Lunes, 4 de mayo. La salud también era eso

El fin de semana pasado, en Tortosa, ExpoEbre celebraba su octogésimo aniversario. Dicho así, parece una noticia administrativa, una de esas frases que podrían aparecer en una nota de prensa, con su punto de solemnidad, si acaso, pero con muy poca intensidad emocional. Pero las cosas, cuando dejan de ser simples formulaciones y trascienden, rara vez son solo aquello que parecen en el titular. Una feria no es solo una feria cuando, en medio del barullo de los estands, de la luz blanca de los pabellones, de los saludos más o menos protocolarios y de ese aire de capital de territorio que tienen las ciudades cuando quieren demostrar que todavía conservan cierta energía cívica, alguien introduce una pregunta que desborda el escaparate, el programa y la rutina institucional.

El Rotary Club de Tortosa intentó desempeñar ese papel, organizando unas jornadas sobre salud y calidad de vida de las personas mayores. No se trataba de añadir una actividad más al calendario de ExpoEbre, sino de abrir, dentro de un espacio pensado para mostrar cosas, una conversación sobre aquello que a menudo cuesta más mirar de cara. La cuestión, formulada con rigor técnico, humanidad y sensibilidad social, era la distancia entre la longevidad como tal y la vida vivida libre de discapacidad y con buena salud. Vivir muchos años, sí. ¿Pero cómo vivirlos? ¿Con qué salud, con qué autonomía, con qué compañía, con qué propósito, con qué dignidad?

La pregunta, aunque no era nueva para mí, aquel fin de semana se me presentó con una concreción inesperada. Durante años he ido pensando, escribiendo y discutiendo sobre el final de la vida, sobre la dependencia, sobre la salud, sobre los límites de la medicina, sobre la manera tan pobre en que la sociedad contemporánea suele reducir la vida humana a una suma de indicadores, protocolos, prestaciones y buenas intenciones. Pero ahora, en aquel encuentro ferial de Tortosa, el tema me afectaba por una vía más íntima. No se trataba solo de hablar a los demás sobre longevidad saludable. Se trataba de darme cuenta de que algunas de las variables que explican vivir más y vivir mejor me interpelaban a mí mismo de una manera casi incómoda. Entre todas las variables posibles —alimentación, movimiento, sueño, estrés, entorno, microbiota, inmunidad, ritmos, espiritualidad— había dos que me parecía que merecían una atención especial porque no pertenecen solo al ámbito de la salud, sino también al ámbito del sentido y de la esencia humana. Una es la sociabilidad, la calidad de los vínculos, las relaciones humanas que ensanchan la vida. La otra es el propósito, esa palabra tan usada y tan maltratada, pero que, bien entendida, significa algo muy sencillo y muy exigente a la vez: tener alguna razón para levantarse por la mañana que no sea únicamente seguir funcionando.

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Las relaciones sociales

Hablar hoy de relaciones sociales obliga a evitar dos simplificaciones igualmente pobres. Una de esas formas es el catastrofismo prefabricado, que intenta explicar el malestar contemporáneo recurriendo siempre a las mismas palabras —capitalismo, pantallas, individualismo, ansiedad, estrés—, como si pronunciarlas con gravedad ya equivaliera a pensar. La otra es la vieja retórica que mira a la empresa, al beneficio o a la iniciativa privada como si llevaran una culpa de origen. No es eso. Una sociedad viva necesita actividad, riesgo, inversión, innovación y capacidad de crear prosperidad. El problema empieza cuando esa energía, legítima y a menudo fecunda, pierde la medida y se convierte en el lenguaje único de la existencia. Durante unas décadas, sobre todo en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo convivió con una arquitectura social que lo moderaba y lo hacía más civilizado. Mercado, sí, pero también derechos, educación, sanidad, pensiones, cohesión, confianza comunitaria y una idea de progreso compartido. El Estado del bienestar. Con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del bloque soviético, una parte de Occidente leyó a Fukuyama como quien escucha una absolución. El fracaso del socialismo real pareció autorizar al capitalismo liberal a olvidar sus propias virtudes sociales. Y, cuando el mercado deja de ser una herramienta y coloniza la vida humana, el tiempo se convierte en rendimiento, el descanso parece negligencia, la conversación hace perder el tiempo productivo y las relaciones humanas quedan relegadas al espacio sobrante que dejan la agenda, el cansancio y la pantalla. La persona puede acabar rodeada de contactos, mensajes y notificaciones, pero sin compañía verdadera. Conectada con todo. Pero acompañada por muy poco. Sola.

Esta transformación no es ninguna abstracción. Se inscribe en el cuerpo, en el cansancio, en la manera en que mucha gente habla, come, ama, opina y se indigna, siempre con una prisa que ya no parece una circunstancia, sino una forma de vida. Nunca habíamos dispuesto de tantas pequeñas opciones y, al mismo tiempo, quizá nunca había costado tanto orientar las grandes decisiones. Podemos elegir serie, restaurante, destino, aplicación, tarifa, gimnasio, dieta o suplemento, pero cada vez hay más personas que no saben muy bien a qué comunidad pertenecen, qué relato compartido las acompaña o qué valores pueden sostenerlas ante una desgracia, una enfermedad, una vejez o una pérdida. No hace falta ninguna consigna para darse cuenta. Basta con mirar con un poco de honestidad. Cuando una sociedad conserva su sentido cívico, puede crear prosperidad y ampliar libertades. Cuando la pierde, puede fabricar individuos aparentemente autónomos y profundamente solos, rodeados de bienes, servicios y pantallas, pero cada vez más pobres en comunidad, tiempo y sentido.

Esta deriva también se percibe en el debilitamiento de muchas clases medias y populares. Durante décadas, el trabajo no prometía ningún paraíso, pero sí cierta progresión vital, estabilidad, vivienda, educación para los hijos, vacaciones modestas, protección sanitaria, jubilación razonable y confianza en el futuro. Cuando ese pacto implícito se resquebraja, cuando los salarios pierden fuerza, la vivienda se convierte en una carga desproporcionada, la riqueza se concentra demasiado y la vida cotidiana se transforma en una carrera de obstáculos, el malestar social es una consecuencia lógica. El problema no es que alguien prospere. Al contrario, debemos alegrarnos cuando las personas prosperan. El problema es que demasiada gente empiece a percibir que el esfuerzo ya no garantiza una vida suficientemente digna, que el futuro se estrecha, que la prosperidad ha perdido reciprocidad y que las instituciones llegan tarde, o llegan débiles, a corregir los excesos. Cuando eso ocurre, la convivencia se desgasta, se degradan las relaciones sociales.

Por eso, cuando hace años me fui de Barcelona hacia las Terres de l’Ebre, no lo viví solo como un cambio de domicilio. Tampoco hace falta convertirlo ahora en una mitología personal, porque ya he hablado bastante de ello y el riesgo de repetirse siempre es alto. Pero hay hechos que, si son ciertos, vuelven. Dejé una ciudad que me había dado mucho y que también me había ido expulsando por saturación, por ruido, por exceso de fricción, por esa manera tan barcelonesa de confundir centralidad con sentido. En El Perelló encontré aire, silencio, horizonte, caminos, una relación más elemental con la luz y con la naturaleza. Encontré una vida menos irritada. El viento, los olivos, los márgenes de piedra seca, el azul distante del mar, la dureza seca del paisaje cuando el verano no perdona y todo parece reducido a mineral, polvo y resistencia. Me sentí a resguardo de muchas cosas que me habían ido erosionando sin que yo mismo me diera del todo cuenta.

Pero toda protección tiene también una sombra. Al irme de Barcelona, dejé allí una parte muy importante de mi vida social. Al principio, la inercia era tan grande que quizá ni siquiera lo eché mucho de menos. La vida nueva impone su propia música. Están la casa, las rutinas, las lecturas, la escritura, el paisaje, los desplazamientos, el descubrimiento lento de un territorio que primero se mira desde fuera y luego, si tienes un poco de suerte y un poco de humildad, empieza a mirarte él a ti. Pero llega un momento en que uno se da cuenta de que la calma no puede convertirse en clausura. Que el silencio es una bendición mientras no se transforme en aislamiento. El contacto con la naturaleza no sustituye del todo la conversación humana de calidad, esa conversación que obliga a precisar, a escuchar, a salir de uno mismo, a tolerar la diferencia, a descubrir que el otro no es solo una compañía contra la soledad, sino la presencia concreta que nos saca de nosotros mismos y nos recuerda que una vida humana no puede vivirse únicamente desde el propio yo.

Las jornadas del Rotary me hicieron ver esto de una manera curiosa, prácticamente irónica. Yo me había acercado al Rotary con la intuición de que podía ser un espacio de relación social interesante, maduro, civilizado, con cierto nivel cultural y cierta capacidad para mantener conversaciones que no fueran solo la repetición amable de las tonterías de cada día. No me interesaba demasiado una sociabilidad entendida como simple distracción, esa manera de encontrarse para perder el tiempo con una alegría ruidosa y un vacío impecable. Me interesaba, en cambio, un ámbito donde la relación con los demás pudiera tener contenido, una forma de servicio, una conexión con el territorio, una exigencia mínima. Y lo primero que encontré fue acogida. Una acogida real, no invasiva, no teatral, no de esas que hacen sentir al recién llegado como una pieza decorativa. Me sentí bien recibido. Y eso, en una etapa de la vida en la que uno ya no está para demasiadas comedias, tiene un valor que no siempre sabemos reconocer.

La paradoja es que este intento mío de recuperar una sociabilidad valiosa acabó llevándome, casi de inmediato, hacia una actividad que se parecía mucho al trabajo. Yo, que vivo en una etapa en la que el trabajo ya no debería tener la centralidad absoluta que tuvo en otros momentos de la vida, me vi preparando una conferencia exigente, ante un público no profesional, en el marco de una feria de fin de semana, en Tortosa, sobre un tema que requería rigor, pedagogía y cierta capacidad escénica. Tortosa no es un medio rural en sentido estricto, naturalmente. Es una ciudad con historia, con una capitalidad antigua, con una memoria que a veces parece más grande que su fuerza presente. Pero comparada con los grandes escenarios donde suelen imaginarse las conferencias, los congresos y las ceremonias de la cultura institucional, conserva una escala que podríamos llamar periférica, y lo digo sin ningún desprecio. Todo lo contrario. Había algo irónico y precioso en el hecho de que, justo cuando yo quería apartarme del esquema productivo, se me pidiera volver a trabajar intensamente para hablar de cómo vivir mejor.

Además, el reto no era menor. No se trataba de dar una conferencia para especialistas, con ese lenguaje protector que a veces permite esconderse detrás de las palabras técnicas. Se trataba de hablar a un público general, de hacer comprensibles conceptos complejos sin rebajarlos, de explicar la diferencia entre esperanza de vida y esperanza de vida con buena salud, de hablar de zonas azules, de determinantes de salud, de biología, de hábitos, de entorno, de comunidad y de propósito sin convertirlo en una charla de autoayuda ni en un sermón motivacional. Ese tipo de trabajo exige mucho. Exige porque el público no profesional detecta enseguida cuándo se le habla desde demasiado lejos. Y también detecta cuándo se le trata como si fuera incapaz. Había que encontrar el punto exacto. Ni tecnocracia ni simplismo. Ni superioridad ni populismo. Decir las cosas claras y con respeto. Conseguir que una persona que nunca ha leído un informe de salud pública pudiera salir de allí entendiendo que su manera de caminar, de comer, de dormir, de relacionarse y de dar sentido a sus días no es una cuestión menor, sino una parte importantísima de su salud futura.

Me reconfortó comprobar que podía hacerlo. No porque necesitara demostrar nada, o no solo por eso. A estas alturas de la vida, las demostraciones ya tienen un punto un poco ridículo si no van acompañadas de alguna forma de servicio. Me reconfortó porque sentí que aquel esfuerzo tenía sentido, y que el trabajo, cuando no es servidumbre ni vanidad, puede aportar algún valor.

Durante unos días volví a entrar en una disciplina intensa, preparando, ordenando, pensando en el público, buscando imágenes, datos, frases, transiciones, silencios. Y, en lugar de sentirme atrapado por el viejo mecanismo productivo, tuve la sensación de que aquello me ayudaba a pasar de una etapa a otra. No era exactamente trabajo. O no era solo trabajo. Era una mediación. Mi deseo de relaciones sociales activas e interesantes cogía forma, paradójicamente, de un encargo que exigía trabajo. Y quizá ahí había una lección que yo mismo no había previsto. A veces, la sociabilidad no llega como una tertulia apacible, sino como una responsabilidad compartida.

También había otra paradoja, más sutil. Yo, que no tengo el menor interés en confundir la vida con producción, rendimiento, consumo y escaparate, me encontraba hablando en una feria, en un espacio donde inevitablemente conviven instituciones, empresas, sectores productivos, intereses varios, presencias públicas y privadas. Pero la vida real siempre es más ambigua que los esquemas puros. No todo espacio económico es una rendición a nada, del mismo modo que no toda crítica de nuestro modelo de vida es una forma de lucidez. En aquel entorno había también ciudad, territorio, personas mayores, voluntariado, escucha, curiosidad, ganas de hacer algo útil. Había un club que me había abierto la puerta. Había personas que, antes incluso de conocerlas demasiado, yo ya sentía que formaban parte de este territorio que me ha acogido. Y aquí la idea de relación social dejaba de ser una variable de estudio para convertirse en una experiencia concreta. La salud también era eso. Entrar en una sala, saludar, mirar rostros, notar una expectativa, sentir que lo que dices puede interesarle a alguien y descubrir que, en el fondo, la comunidad no es una palabra grandilocuente, sino una sucesión de pequeños gestos que acaban convirtiéndose en hogar.

No es solo que las relaciones sociales ayuden a vivir más años. Esa sería la versión pobre, instrumental, sanitaria, casi contable de la cuestión. Es que una vida sin vínculos significativos queda expuesta a una intemperie profunda. Podemos tener una alimentación correcta, caminar cada día, dormir razonablemente bien, controlar el colesterol y la presión arterial, leer libros inteligentes y contemplar paisajes magníficos. Pero, si no hay nadie con quien compartir una parte de la vida, si no existe una comunidad mínima en la que podamos reconocernos, si no hay una conversación que nos saque de nuestro yo interior, algo esencial se debilita. La sociabilidad no es decoración. No es agenda. No es vida social entendida como ruido. Es una arquitectura invisible de la salud. Y quizá por eso, al salir de aquellas jornadas, tuve la impresión de que lo que había ocurrido en ExpoEbre no era solo una conferencia, ni solo un acto del Rotary, ni solo una actividad dentro de una feria que celebraba ochenta años. Era una pequeña confirmación biográfica. Yo había ido a hablar de longevidad saludable y había acabado entendiendo un poco mejor una necesidad propia.

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El propósito de vida

La segunda variable es aún más delicada, porque la palabra propósito ha sido prácticamente secuestrada por el lenguaje contemporáneo de la autoayuda, de la empresa emocional y de la felicidad prefabricada. Hoy todo tiene que tener propósito. Las marcas tienen propósito, los directivos tienen propósito, los cursos tienen propósito, las fundaciones tienen propósito. Incluso las campañas publicitarias más banales quieren parecer sumidas por una misión trascendente. Es una inflación verbal muy propia de una época que, cuando pierde el sentido profundo de las cosas, las convierte en eslogan. Pero que una palabra haya sido deteriorada no significa que debamos renunciar a ella. Al contrario. A veces hay que rescatar las palabras importantes de las manos que las han desgastado. Propósito de vida no significa tener un plan brillante, ni una misión heroica, ni una vocación espectacular. Significa que la vida conserva una dirección interior. Que los días no son solo días que pasan. Que el tiempo no es únicamente una superficie donde colocamos actividades, sino un camino que, incluso cuando no sabemos del todo adónde va, mantiene una cierta orientación.

Aquí conviene hacer una precisión importante. No debemos identificar automáticamente la vida laboral con el propósito de vida. Sería un error conceptual y, sobre todo, una injusticia con muchas biografías. Hay personas que han trabajado toda la vida en aquello que amaban, que han encontrado en la profesión una forma real de servicio, de creación, de utilidad, de reconocimiento y de sentido. Un buen médico, un maestro vocacional, un artesano, un científico, un abogado honesto, un enfermero, un agricultor que ama la tierra, un empresario que construye algo que va más allá del beneficio inmediato, pueden haber vivido el trabajo como una parte esencial de su propósito. Pero también hay muchas personas que han trabajado toda la vida simplemente porque había que trabajar, porque había que pagar facturas, criar hijos, mantener una casa, sostener una familia, obedecer un orden social que no preguntaba demasiado si aquello hacía feliz a alguien. En esos casos, el trabajo no era propósito. Era obligación. Era estructura. Era, a veces, una distracción enorme, una máquina de días llenos que impedía ver el vacío que había bajo la superficie.

Por eso la jubilación no siempre es el momento en el que se pierde el propósito. A veces es el momento en que se descubre que nunca lo hubo. Mientras existían horarios, jefes, clientes, reuniones, turnos, desplazamientos, nóminas, plazos, hijos pequeños, padres mayores, vacaciones cortas y una agenda llena de obligaciones, la vida parecía tener una dirección. Pero una dirección impuesta no siempre es una dirección interior. Cuando todo eso cae, cuando el despertador ya no manda, cuando la mañana queda abierta como una habitación demasiado grande, puede aparecer una pregunta que no nace ese día, sino que llevaba décadas oculta. ¿Y ahora qué? Pero quizá esa pregunta no significa “he perdido mi propósito”, sino “he descubierto que había vivido sin preguntármelo nunca”. Es una diferencia enorme. En un caso, hay que transformar un sentido que ya existía. En el otro, hay que empezar una búsqueda que quizá se había aplazado toda la vida.

También están los afortunados, si es que esa palabra no suena demasiado a la ligera, que no tienen que jubilarse nunca del todo porque su propósito no depende de una plaza, de un cargo, de un sueldo ni de una institución. Un pintor no deja de ser artista porque cumpla sesenta y cinco años. Un escritor no se jubila y sigue regalándonos su manera literaria de mirar el mundo. Un músico puede perder agilidad en los dedos, pero no necesariamente la relación con el sonido. Un escultor, un ceramista, un fotógrafo, un actor, un cineasta, un poeta, un creador de artes plásticas, cuando lo son de verdad, no practican solo una profesión, sino una forma de vida. Naturalmente, también pueden cansarse, equivocarse, degradarse, perder el favor del público o descubrir que la vanidad los había confundido. Pero, cuando la creación es auténtica, el propósito no depende del calendario laboral. Puede transformarse, ralentizarse, hacerse más sobrio, más interior, menos “exhibible”, pero continúa. Hay personas que no tienen un trabajo creativo, pero tienen una vida creativa. Y quizá esa sea una de las grandes cuestiones que deberíamos atrevernos a plantear cuando hablamos de envejecimiento saludable. No solo de qué vive una persona, sino qué hace que su vida siga generando algo.

Es aquí donde la palabra Ikigai aparece con una fuerza especial. No es casualidad que una cultura tenga una palabra para decir aquello que nosotros tenemos que expresar mediante una perífrasis larga: necesidad de tener un propósito de vida, razones para levantarse por la mañana, sentido íntimo de la existencia. Cuando una lengua dispone de una palabra así, significa que esa experiencia ha sido pensada, dicha, transmitida, sedimentada. Japón es un país difícil de explicar, y todavía más difícil de conocer de verdad. Cualquier simplificación occidental sobre Japón corre el riesgo de convertirse en un cliché, en exotismo o en una de esas caricaturas elegantes que nos fascinan precisamente porque no nos comprometen. Es un país de tradición y tecnología, de ritual y aceleración, de refinamiento y dureza, de comunidad y soledad, de una cortesía exquisita que no siempre equivale a cercanía y que incluso puede desembocar en el suicidio (Harakiri también es un término japonés. Todo un ritual. ¡Un arte!). En ese país tan complejo, la palabra Ikigai existía desde hacía mucho tiempo, pero la modernización, la occidentalización y la presión de una vida urbana cada vez más productiva hicieron que, en muchos contextos, quedara medio escondida, conocida quizá como palabra, pero no siempre capaz de orientar la manera concreta de vivir, trabajar, envejecer y dar sentido a los días.

Okinawa, una de las zonas azules del planeta, conservó de manera más natural ese hilo. Allí, el Ikigai no era una moda importada por conferenciantes ni una fórmula de mercado, sino una manera de referirse a aquello que hace que una vida siga teniendo valor. No hace falta que sea heroico. No hace falta que sea grandilocuente. Puede ser cuidar un huerto, reunirse con los amigos de siempre, cuidar de los nietos, cocinar, caminar, cantar, participar en una comunidad, mantener una habilidad manual, ayudar a alguien, rezar, pintar, escribir, recordar, transmitir. Las zonas azules nos han fascinado porque parecen decirnos que la longevidad no nace solo de una dieta o de un marcador biológico, sino de una ecología entera de vida. Comer de una determinada manera, moverse de forma natural, tener vínculos, pertenecer a una comunidad y saber por qué te levantas. En ese contexto, el propósito no es un lujo espiritual. Es una pieza de salud El libro Ikigai, de Héctor García y Francesc Miralles, tuvo el mérito de haber captado esta necesidad contemporánea. Se podrá discutir, como siempre, si Occidente simplifica demasiado aquello que toca, si convierte en fórmula lo que en origen era experiencia, si transforma en producto editorial una sabiduría que vivía en el tejido de una comunidad. Pero también sería injusto negar que el libro puso una palabra sobre una herida muy real. Se ha dicho a menudo que es uno de los libros escritos originalmente en castellano más traducidos del mundo, solo por detrás del Quijote. Aunque esa fórmula tenga algo de leyenda editorial y convenga decirla con cautela, el hecho relevante es otro. Si millones de personas, en lenguas muy diferentes, se han interesado por esta palabra japonesa, quizá sea porque el mundo contemporáneo padece un hambre de sentido que su abundancia material no consigue calmar.

La falta de sentido convive, paradójicamente, con una sociedad que nos impone la obligación imposible de la felicidad permanente. Lo he dicho muchas veces. La felicidad, si queremos hablar de ella con un poco de decencia, no es un estado continuo. Es una experiencia intermitente. Llega a momentos, a veces con una intensidad inesperada y breve, como una claridad que atraviesa una habitación y después se va. Cuando decimos que alguien ha tenido una vida feliz, normalmente queremos decir que, en el conjunto de su vida, ha habido suficientes momentos de plenitud, de amor, de sentido, de calma o de alegría como para compensar a los otros. Pero una vida humana tiene de todo. Tiene tristeza, miedo, rabia, cansancio, envidia, decepción, pérdida, enfermedad, confusión. Vivir bien no significa eliminar esas emociones negativas, sino entenderlas, darles su lugar, no dejar que nos gobiernen y tampoco negarlas como si nos avergonzaran. La madurez no consiste en estar siempre bien. Consiste en poder vivir también cuando no estamos bien.

El problema es que el capitalismo emocional de nuestros tiempos tolera muy mal esta verdad. Ha construido una idea de felicidad asociada a la disponibilidad permanente de soluciones. Si tienes dinero, puedes comprar descanso, experiencias, terapias, viajes, cuerpos entrenados, casas bonitas, alimentos saludables, entrenadores, aplicaciones, retiros, entretenimiento, cosmética, técnicas de respiración, promesas de serenidad y simulacros de plenitud. Todo parece resolverse mediante el consumo. Y cuando todo parece resolverse mediante el consumo, no queda bien no ser feliz. La tristeza molesta. La desgracia incomoda. El dolor ajeno interrumpe la fiesta. Nadie quiere escuchar durante demasiado tiempo hablar de una vida que no funciona, de una vejez solitaria, de un hijo perdido, de un matrimonio desierto, de un cuerpo que falla, de una mañana sin sentido. La cultura de la invulnerabilidad nos ha educado para aplaudir el éxito, la juventud eterna, la belleza aparente, la vida plena, la superación constante, pero nos ha dejado casi analfabetos frente a la fragilidad.

Entonces puede ocurrir algo muy contemporáneo. Una persona se jubila, o pierde su lugar dentro del engranaje, o simplemente deja de tener la vida llena de obligaciones. Se levanta por la mañana y percibe una tristeza profunda, una especie de desorientación sin nombre. No sabe hacia dónde tirar. No es necesariamente una depresión clínica, aunque podría acabar siéndolo si el malestar se cronifica, se intensifica y se apodera de la persona. Quizá sea, inicialmente, una tristeza humana, una alarma existencial, la señal de que la vida ha quedado sin brújula. Pero en una sociedad que no soporta la tristeza, esa experiencia se convierte enseguida en una anomalía que hay que eliminar. La persona va al médico. Y puede encontrarse con un médico tan víctima del sistema como ella misma: un profesional cansado, quemado, con una agenda imposible, obligado a atender pacientes cada pocos minutos, sin tiempo real para escuchar una historia de vida, sin margen para preguntar qué ha sucedido, qué ha perdido esa persona, de qué vive, con quién habla, qué espera, qué ama, qué teme, qué ha dejado de hacer, qué es lo que nunca pudo decir.

En este contexto, la receta puede aparecer como una solución rápida a un problema que quizá no era solo farmacológico. Hay que decirlo con mucho cuidado. Existen depresiones graves. Existen trastornos de ansiedad capaces de arrasar una vida. Por desgracia, me ha tocado vivir demasiado de cerca hasta qué punto la depresión puede devastar a una persona y dejar también profundamente heridos a quienes la rodean. Hay situaciones en las que los antidepresivos, los ansiolíticos u otros fármacos e incluso técnicas mucho más agresivas y cruentas que la química son necesarios, beneficiosos e incluso salvadores. Sería una frivolidad, y una crueldad, negarlo. Pero una cosa es tratar una enfermedad mental y otra muy distinta medicalizar toda tristeza, toda desorientación, toda incapacidad cultural para aceptar que la vida también duele. Cuando un sistema sanitario saturado, una sociedad acelerada y una cultura intolerante al dolor se encuentran, el riesgo es evidente. Lo que necesitaba tiempo, palabra, comunidad, propósito y acompañamiento puede acabar convertido en una prescripción. No porque el médico sea insensible, sino porque el sistema lo ha colocado en una posición casi imposible.

El elevado consumo de antidepresivos, ansiolíticos e hipnosedantes nos dice algo que va más allá de la farmacología. Nos habla de una sociedad que sufre. Nos habla de una soledad disfrazada de vida normal. Nos habla de personas que duermen mal, que viven con miedo, que están tristes, que tienen ansiedad, que no encuentran palabras para explicarse, que reciben diagnósticos cuando quizá antes habrían necesitado tiempo, conversación, comunidad y sentido. También nos habla, por supuesto, de un avance en el reconocimiento de los problemas de salud mental. Hoy existen sufrimientos que antes se ocultaban o se moralizaban. Eso es positivo. Pero no podemos quedarnos ahí. Si cada vez hay más problemas de salud mental, si cada vez consumimos más psicofármacos, si cada vez hay más personas que no saben cómo sostener su propia vida interior, quizá no estemos solo ante un problema individual. Quizá estemos ante un indicador social. Algo no funciona en la manera en que vivimos.

Por eso el propósito de vida no es una decorado espiritual para gente sensible. Es tan determinante en la vida humana como la dieta, el movimiento, el sueño o la fortaleza del sistema inmunitario, aunque no actúe de la misma manera ni pueda medirse con la misma facilidad. Una persona con propósito no es inmune al dolor, ni a la enfermedad, ni a la pérdida, ni a la tristeza. Pero posee una estructura interior que la ayuda a no quedar completamente dispersa cuando la vida se resquebraja. El propósito ordena. Dirige. Ayuda a soportar el esfuerzo. Permite transformar una parte del sufrimiento en significado. Y eso, probablemente, tiene efectos sobre el cuerpo, sobre la inflamación, sobre el sueño, sobre la manera de comer, sobre la voluntad de moverse, sobre el sistema inmunitario, sobre las relaciones sociales, sobre la calidad de los años que quedan. No porque el propósito sea una medicina mágica, sino porque la vida humana no está dividida en compartimentos estancos. El cuerpo escucha la biografía. Y la biografía, cuando pierde el sentido, acaba hablando a través del cuerpo.

Aquí la imagen de la brújula me parece útil. El propósito no es el mapa completo. Nadie tiene el mapa completo de su vida. Más bien deberíamos desconfiar de quien cree tenerlo. El propósito es más bien una brújula. No elimina la niebla, no aplana la montaña, no evita la pérdida, no garantiza ninguna llegada triunfal. Pero ayuda a no dar vueltas indefinidamente sobre uno mismo. Una persona sin propósito se parece a alguien que despierta en medio de una sabana o de una montaña nevada sin orientación, rodeado de una inmensidad que no sabe interpretar. Puede caminar mucho y no avanzar hacia ninguna parte. Puede llenar el día de actividades y seguir desorientado. Puede tener compañía y sentirse solo. Puede estar entretenido y no sentirse del todo vivo. En cambio, una persona que conserva una brújula interior puede atravesar días difíciles sin perder del todo el hilo. Puede mirar atrás e intentar dar coherencia a la vida vivida. Puede descubrir que incluso los errores, las heridas, las decisiones equivocadas o los años aparentemente perdidos pueden incorporarse a una narración menos cruel.

Eso tiene una dimensión espiritual, aunque no sea necesario entender la espiritualidad de una manera confesional. Trascender no significa hacerse importante. No significa dejar una huella narcisista. No significa querer que el mundo recuerde nuestro nombre. Trascender es salir del pequeño yo, abrir la vida a algo que la supera. Puede ser Dios, para quien cree. Puede ser la familia, la comunidad, el servicio, la naturaleza, una causa noble, una obra, una manera de cuidar de los demás, una fidelidad discreta. El propósito se debilita cuando consiste únicamente en mejorar el propio bienestar. Por supuesto que el bienestar importa. Por supuesto que hay que cuidar el cuerpo, la casa, el dinero, el descanso y la propia paz. Pero una vida encerrada en el mantenimiento del yo acaba siendo una vida demasiado pequeña. El propósito necesita una apertura. Necesita que algo nos reclame más allá de nuestra comodidad. Quizá por eso las sociedades más individualistas producen tantas formas de malestar que no saben curar, porque ofrecen muchas distracciones, pero pocas orientaciones.

Quizá por eso, en aquel fin de semana de ExpoEbre, las dos cuestiones acabaron uniéndose para mí. Las relaciones sociales y el propósito de vida no son compartimentos separados. Se necesitan mutuamente. Las relaciones sin propósito pueden acabar en distracción. El propósito sin relaciones puede acabar en abstracción o en orgullo. Necesitamos vínculos que nos humanicen y una dirección que no nos deje dispersos. Necesitamos comunidad y brújula. Necesitamos a alguien que nos mire y algo que nos oriente. Yo había ido a Tortosa a hablar de envejecimiento saludable, pero salí de allí con una confirmación íntima que no figuraba en ninguna diapositiva. En esta etapa de la vida, después de haber dejado Barcelona, después de haber encontrado en El Perelló una forma de paz y de protección, después de haber constatado que la naturaleza puede ser una maestra severa y benigna al mismo tiempo, necesitaba también no confundir la calma con el retiro. Era necesario volver a relacionarme con los demás. No para llenar la agenda. No para hacer vida social. No para ser visto. Sino para seguir formando parte de algo.

Al final, lo que me queda de esos días no es solo la satisfacción de haber dado una conferencia digna, ni el agradecimiento por la acogida del Rotary, ni la curiosidad de haber hablado de salud en una feria que celebraba ochenta años de vida ciudadana. Me queda una emoción más profunda y más difícil de explicar. La sensación de que un territorio puede acogerte antes de que tú mismo sepas del todo cómo entrar en él. Que hay personas a las que todavía no conoces demasiado y que, sin embargo, ya forman parte de tu paisaje humano. Que una ciudad como Tortosa, con sus contradicciones, su historia, su luz sobre las piedras, su río y su manera algo reservada de decir las cosas, puede ofrecerte una nueva forma de pertenencia. Yo ya amaba este territorio antes de conocer a estas personas concretas. Ahora, después de este fin de semana, lo quiero un poco más. Y quizá eso, al fin y al cabo, también sea una definición de salud. Vivir suficientes años como para poder seguir descubriendo lugares donde todavía es posible sentirse agradecido.

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2 thoughts on “UN ENCUENTRO DE VIDA

  1. Salvador dice:

    Un escrit molt interessant JMa, rigurós, entenidor i ple de missatges importants. Socializar i propòsit, societat i virtut, … Per afegir una petita contribució a un escrit tan potent, permet que afegeixi cultura i sentit crític com a actituts actives que precisament amb la edat les podem ejercer amb mes llibertat.
    Gracies per totes i cadascuna de les teves paraules. Una abraçada!!!

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies per les teves paraules, que agraeixo de veritat. M’agrada molt aquesta aportació que fas, Salvador. Potser, amb els anys, quan ja no cal demostrar tantes coses ni córrer darrere de tantes obligacions absurdes, podem exercir millor aquesta llibertat interior de pensar i optar lliurement, llegir, estar oberts a la creativitat i el coneixement, mirar el món amb una mica més de distància i no deixar-nos arrossegar tan fàcilment pel soroll dominant. Perseverar per envellir sense renunciar a viure amb plenitud. Gràcies a tu per llegir-ho amb tanta atenció i per afegir-hi aquesta mirada. Una abraçada

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