Dos paréntesis obligados
Dejo el dietario del reciente viaje a la Provenza en suspenso temporal —el viaje ya había terminado hacía días—, porque la escritura tiene su propio ritmo, el que es posible, compuesto de horas disponibles, de interrupciones, de retornos y de esa especie de disponibilidad interior que no siempre atiende la llamada. No volveremos ahora a aquello de Picasso, “cuando
llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”. Para escribir hay que sentarse cada día un rato dispuesto a hacerlo, aunque te parezca que no tienes nada que escribir, nada que decir. Pero hay que reencontrar esa conexión especial, llámese inspiración o como se quiera, que hace que sientas que sí. Que es el momento. Quisiera dar continuidad al capítulo 3 de “Viaje hacia la luz de la Provenza. Dietario de un encuentro en Aix-en-Provence con Oriol y Adriana”, pero dos acontecimientos cargados de fuerza merecen dedicar un tiempo a dejar constancia escrita. Se trata del pequeño homenaje vivido en el Auditori 1899 del Nou Camp Nou y la gran diada de Sant Jordi.
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Martes, 21 de abril de 2026. Auditori 1899
Quizá pueda sorprender que el acto de los cincuenta años como socio del Barça me lleve hacia una antigua herida familiar. Pero, aquel martes por la tarde, sentado en el Auditori 1899, no sentí solo la alegría de una distinción del club. Sentí eso que explico. Y quiero ser fiel a la emoción que me dominó durante todo el acto.
Mi abuelo, Cristòfol Via Canals, nacido en 1892, fue brutalmente asesinado en un campo de concentración el 12 de julio de 1938, en Ogern, en el Alt Urgell. Víctima, como recoge el Memorial Democràtic de la Generalitat, de “violencia revolucionaria y represión en la retaguardia”. Vivió, por tanto, 46 años. En el momento de su muerte violenta, mi padre estaba a punto de cumplir diez.
Me cuesta imaginar qué recuerdos podía conservar mi padre de su propio padre, pero recuerdo perfectamente que me hablaba de él con frecuencia. Hablaba más a menudo de su madre, mi abuela, y de las situaciones duras que ella, mi padre, mi tía y mis tíos tuvieron que soportar. Pero también hablaba mucho de aquel padre suyo del que apenas había podido disfrutar unos pocos años, y tengo grabada en la memoria una historia que me contaba siempre en el mismo orden, como si el paso del tiempo la hubiese convertido en una pequeña liturgia familiar. Recordaba primero, con emoción, haber asistido a la inauguración del Camp Nou, el día de la Mercè de 1957. Después, le brillaban los ojos al evocar los partidos en el campo de Les Corts, Kubala, el Barça de las Cinco Copas, la famosa delantera formada por Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón, antes de que Joan Manuel Serrat la popularizara con la canción que les dedicó, y aquella jugada del régimen que acabó desviando el fichaje de Di Stéfano hacia el Real Madrid. Y, al final, casi siempre, retrocedía aún más, hacia su padre, mi abuelo Cristòfol, que le había explicado las dificultades que tuvo para ir, desde la Granada del Penedès, unas pocas veces al campo de la calle Industria y alguna más a Les Corts.
Fui por primera vez al Camp Nou con mi padre cuando era muy pequeño, y recuerdo perfectamente que aquel día ya me contó esta historia. No era una simple explicación futbolística. Era una forma de transmitirme el Barça como se transmiten algunas cosas de familia, con orgullo, con ternura, con una emoción difícil de explicar y con una amargura que venía de muy lejos. Cuando mi padre hablaba del abuelo Cristòfol, fuera cual fuera el motivo de la conversación —y también, naturalmente, cuando hablaba del Barça—, en sus palabras aparecía siempre, aunque fuera de forma contenida, la herida de los hechos trágicos que acabaron con la vida de mi abuelo durante la Guerra Civil.
En este blog he explicado en distintas ocasiones cómo las familias con muertos o desaparecidos durante la Guerra Civil quedan profundamente marcadas. La nuestra no es una excepción. Basta leer “Familia, sentimientos, incógnitas”, del 28 de marzo de 2024, para entender la sorpresa de todos los primos, hijos de primos y nietos de primos, reunidos en marzo de 2024, al descubrir el impacto que había tenido sobre todos nosotros aquel episodio que afectó tan terriblemente a nuestro abuelo y a nuestros padres, y que nunca habíamos compartido previamente con tanta apertura. ¡Ya sabéis, de las guerras no se habla! De aquel encuentro ha salido un libro que verá la luz dentro de unos meses y que, además de la historia de la familia y del enorme valor sentimental que tendrá para todos nosotros, contendrá un árbol genealógico con 388 miembros.
Lo digo para que se entienda mejor por qué, el pasado martes, 21 de abril de 2026, cuando fui a recoger el reconocimiento por mis cincuenta años de socio del Barça, acompañado de mi hijo Pau Via —Oriol, mi otro hijo, vive en París y no pudo estar; si hubiera podido, seguro que no habría faltado— y de mis nietos Claudi Via y Enric Via, aquel acto me removió muchas más cosas de las que caben en una insignia. El club me distinguía a mí, sí, pero allí había también un reconocimiento más íntimo y más amplio, el de una estirpe familiar, el de cinco generaciones vinculadas al club, el de una fidelidad al Barça que venía de mi abuelo, había pasado por mi padre, continuaba en mis hijos y llegaba ahora a mis nietos.
La cosa, además, tiene una curiosa derivación administrativa y biográfica. En realidad, según cómo se mire, yo ya había cumplido los cincuenta años de socio hace unos quince años. Cuando era muy pequeño, mi padre me hizo socio del Barça. Aquel primer carnet, sin embargo, se perdió o quedó abandonado antes de que yo llegara siquiera a pisar el Camp Nou con conciencia de socio. Más tarde, en 1972, cuando tenía catorce años, yo mismo me volví a hacer socio. Si contamos desde esta segunda alta, los cincuenta años se cumplieron en 2022. El club, diría que sobre todo a raíz del parón provocado por la COVID, ha acumulado años de retraso en la entrega de este reconocimiento. Sería muy importante corregir esta situación. Hay socios muy mayores que quizá no lleguen a tiempo, y algunos a quienes habría correspondido recibir la distinción han muerto durante este periodo de espera.
Sea como sea, en nuestro caso, aquel reconocimiento no podía quedar reducido a la literalidad de una insignia ni a la frialdad administrativa de una antigüedad computada por el club. Era también para mi abuelo Cristòfol, con sus desplazamientos difíciles, escasos y casi heroicos a los viejos campos del Barça; para mi padre, que había visto a Kubala en Les Corts y que me transmitió esta pasión inseparable de la memoria familiar; para mis hijos, Pau y Oriol, ambos socios desde el día en que nacieron; y para mis nietos, Claudi y Enric, también socios desde su primer día de vida. Unos estaban físicamente allí, sentados a mi lado. Los otros, los que ya no están, comparecían de una forma aún más profunda, como suelen comparecer los muertos queridos en los momentos en que la vida parece querer hacer balance.
Por eso la emoción fue profunda y un poco sobrecogedora. Estaba la alegría pura de un acto bonito, familiar, entrañable, también el orgullo de sentir que aquella fidelidad había atravesado el tiempo y las generaciones. Estaba la satisfacción íntima de ver a mis nietos sentados allí donde, de algún modo,
también estaban mi padre y mi abuelo. Pero había también una sombra antigua, la memoria herida de lo que la guerra nos había arrebatado. La relación de la familia con el Barça ha sido siempre, para mí, una historia entrañable. Pero la luz que brilla, cuando viene de tan lejos, a veces lleva también consigo su sombra. Aquel martes de abril, mientras recibía la distinción, sentí que la recibíamos todos, cada uno desde su lugar. Los vivos, con la continuidad de la familia; los muertos, con esa fuerza silenciosa con la que todavía siguen formando parte, aunque no siempre nos demos cuenta, de lo que somos.
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Jueves, 23 de abril. Sant Jordi
Todo había empezado unos días antes, en una cena solidaria organizada por el Rotary Club de Tortosa a favor de un programa de pobreza infantil de Cruz Roja. A mi lado tenía a mi amiga Maite Masià y, al otro lado, a Mercè Cabrera, una persona encantadora a quien Juani Piñana me había presentado poco antes. La conversación con Mercè fue fluyendo hasta que, en un momento dado, apareció el nombre de Francesc Torralba. Mercè había sido alumna suya, y al decirlo se le iluminó el rostro. Es una reacción que conozco bien. Todas las personas que han sido alumnos de Francesc, hablan de él con un respeto vivo, con una gratitud que no parece en absoluto de compromiso. Recuerdan las clases, la manera de hacer pensar, su manera de estar ante los alumnos. Le expliqué mi relación con él, los años compartidos en un consejo asesor sobre el final de la vida, el afecto personal. Hablamos de su capacidad de trabajo y también de la herida —la muerte de su hijo Oriol— que atraviesa su obra más reciente. La conversación terminó como terminan las buenas conversaciones, sin necesidad de cerrar nada.
Días después, pensando en Sant Jordi, aquella escena volvió, como una idea que pedía forma, y pensé que podía tener sentido hacer llegar a Mercè algunos libros de Francesc con una dedicatoria suya, precisamente ese día. No era una ocurrencia. Lo veía como una forma de reconectar a una alumna con su maestro a través de los libros, y hacerlo en una jornada en la que los libros tienen una función que va más allá de la lectura. También pensé en Juani, y para ella compré otro libro y le escribí una dedicatoria yo mismo. El gesto era distinto en cada caso, pero en ambos había la misma voluntad de decir algo que no siempre se dice, que uno cree que vale la pena, y hacerlo en el mejor día del año para hablar a través de los libros. ¡Eh! No hace falta que sea Sant Jordi para comprar, regalar, leer o transmitir cualquier cosa a través de los libros. Sin embargo, con iniciativas como esta se construyen la belleza y la grandeza de la diada.
Sant Jordi amaneció más bien gris. No era un día radiante, pero estaba bien. Salí hacia Tortosa con la idea de pasear entre las paradas, mirar libros, dejar que la mañana avanzara sin prisa y disfrutarla como merecía. Al llegar, pensé en un par de amigas que trabajan en Tortosa. Podía estar bien tomar un café con ellas y, si tenían tiempo, pasear entre rosas y libros. Sant Jordi no es festivo, y quizá por eso tiene esa cualidad tan particular. La gente encuentra huecos, sale un momento del trabajo, baja a la calle, compra una rosa, mira libros, quizá compra alguno, y vuelve. Las llamé. Una no podía. La otra sí.
Mientras la esperaba, de forma totalmente espontánea, compré una rosa. No lo había pensado antes. Fue un gesto que apareció de manera imprevista, también porque se me hacía extraño un Sant Jordi sin regalar rosas. Incluso el año pasado, estando en Osaka, en Japón, pensaba en encontrar alguna floristería cuando me topé con una que se llamaba Saint Jordi Flowers. The Decorator. ¡No me lo podía creer! Entré e intenté explicarles a los dependientes japoneses qué era Sant Jordi, la rosa, el libro… para ver si reaccionaban dando señales de saber algo. Eso que hacemos los catalanes cuando vamos por el mundo. Pero no. Sonreían, se decían cosas entre ellos y reían, sin dejar de hacer alguna reverencia de esas que los caracterizan y que uno no sabe interpretar con exactitud. No parecían tener ni idea, a pesar de que estaban muy ocupados envolviendo rosas y haciendo centros con rosas y cosas similares, con la extrema delicadeza y el buen gusto que los caracteriza.
Era Sant Jordi, estaba en Japón, y el viaje, al contrario de lo que yo esperaba, no sirvió para que Romina volviera a ver la vida con algo de color. Había en ella una tristeza profunda y desgarradora, oculta detrás de
aquella cara acostumbrada desde hacía años a tener que sonreír, a tener que ser amable y a fingir que no pasaba nada, por si la vida volviera a ser cruel. Tenía un pequeño hilo de esperanza de que la rosa de Sant Jordi encontrada inesperadamente en Osaka ayudara a mejorar su ánimo, a ahuyentar, aunque fuera por unos instantes, aquella tristeza ancestral que parecía venir de muy lejos y que a mí me impactaba enormemente. Pero no. Hay demonios que devoran el alma. En cualquier caso, la rosa estuvo allí, como cada año de mi vida. Al fin y al cabo, la vida no tiene demasiado sentido si no consigues hacer felices a los demás, o al menos lo intentas.
Mientras hojeaba libros en la parada que Viladrich había montado en la calle, justo delante de la librería, llegó Clàudia. Le entregué la rosa, y la sorpresa fue mutua, casi simultánea. Ella no se lo esperaba. Yo tampoco había previsto del todo qué podía pasar cuando un gesto tan antiguo, tan repetido y aparentemente tan simple, aparece en el momento exacto. No había ninguna intención oculta. Solo una rosa en un día de Sant Jordi. Pero a veces solo eso ya significa mucho. Su reacción fue inmediata, clara, y aquella alegría me transmitió una fuerza inesperada, hasta el punto de que sentí, por dentro, una especie de afirmación sencilla, como si fuera evidente, una frase dicha sin solemnidad, casi con una sonrisa: “Sí señor, hoy es Sant Jordi, ¡qué narices!”.
Tomamos un café rápido, de esos que ocupan el tiempo justo para no volverse insignificantes ni alargarse más de la cuenta. La conversación derivó hacia la conferencia que tengo que dar la semana próxima en ExpoEbre sobre calidad de vida y envejecimiento, y apareció el tema del propósito vital, lo que los japoneses llaman Ikigai. No como una etiqueta de bienestar, sino como una pregunta que puede resultar muy incómoda y a la vez concreta. Quizá por eso mismo, por esa concreción que impide esquivar el golpe, se vuelve pesada. ¿Qué hace que una vida tenga dirección, tenga sentido, tenga propósito? Mi experiencia me dice que la respuesta no suele ser demasiado evidente, por no decir nada evidente. Ella dijo enseguida que mi Ikigai era escribir. Y tenía razón. Yo, del suyo, no sabía nada. Pero quizá aquella mañana me enseñaba, sin querer teorizar, que una parte del sentido de vivir pasa también por esto, por saber provocar en otra persona una alegría pequeña, pero auténtica. No debería ser tan difícil, ¿verdad? ¿O sí?
La rosa, en ese momento, dejaba de ser un detalle y se convertía en una forma concreta de esa idea. Creo que la suma de miles, de millones de pequeñas alegrías contenidas en estas ofrendas florales hechas con ilusión, con amor, hace del día de Sant Jordi una jornada especial y a veces difícil de describir. Si fuera poeta, seguro que lo explicaría mejor.
Cuando ella volvió al trabajo, continué el recorrido por la calle Sant Blai. Miré paradas y me detuve sobre todo en las de libros antiguos, de segunda mano. Allí siempre hay otro ambiente. Entre cubiertas gastadas, lomos algo vencidos y ediciones que parecían haber pasado por muchas manos, encontré correspondencias deliciosas, magníficos intercambios epistolares, voces que dialogan en el tiempo. Simone de Beauvoir y Nelson Algren. Mercè Rodoreda y Joan Sales. También algún libro de Hemingway, y otros volúmenes que ya iré ordenando. Libros encontrados más que buscados. Este tipo de hallazgo tiene algo que no se repite, porque no depende solo del libro, sino de la calle, del día, de la mano que se detiene en el momento exacto y de una alegría de lector que no se improvisa.
Yo conocía perfectamente aquellas obras. No las descubría. Las reconocía. Y quizá por eso la impresión fue más fuerte. Hay libros que, cuando los tienes en las manos en un lugar inesperado, te devuelven una parte entera de tu vida lectora. Cogí Cartas a Nelson Algren con esa excitación discreta que solo producen los libros que ya forman parte de tu imaginario. No era solo un epistolario amoroso. Era la prueba escrita de una grieta, o quizá de una verdad más profunda, dentro de la gran leyenda intelectual del siglo XX formada por Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Y, al tocarlo, dejé de estar del todo en la calle Sant Blai. El ruido de la mañana, las paradas, las rosas y la gente que iba y venía quedaron un poco lejos. Me vino a la cabeza el cementerio de Montparnasse.
Cada vez que voy a París a ver a mi hijo Oriol, que vive al lado del bellísimo cementerio de Montparnasse, entro y voy a visitar la tumba de Beauvoir y Sartre como si fuera un acto religioso. No religioso en sentido doctrinal, claro, sino en ese sentido más antiguo y más desnudo que consiste en acercarse a un lugar donde reposan personas que han pensado la vida con una intensidad considerable. Curiosamente, personas —viejos comunistas de la gauche caviar— con las que no coincido en nada ideológicamente, pero por las que sí siento una gran empatía humana.
Frente a aquella piedra, con los dos nombres juntos, siempre me impresiona la persistencia de una relación que quiso ser vida y pensamiento a la vez. Beauvoir y Sartre habían convertido su vínculo en una especie de pacto filosófico vivido, con una fidelidad esencial y otros amores considerados contingentes, según aquella distinción tan famosa y tan peligrosa entre el amor necesario y los amores accidentales. Pero Sant Jordi, que es el día de la rosa y del libro, y también, en cierto modo, el San Valentín de los catalanes, obliga a mirar el amor sin reducirlo a una simple estampa sentimental. La rosa simplifica el gesto, pero no simplifica la vida. Y cuando aparece Nelson Algren, el escritor de Chicago, ese esquema se tambalea. Se vuelve carne, distancia, espera, celos, deseo, contradicción.
Las más de trescientas cartas que Beauvoir le escribió entre 1947 y 1964 muestran a una mujer que no cabe
del todo en la imagen de la gran intelectual soberana. Aparece también la mujer enamorada, vulnerable, impaciente, atravesada por una pasión que no era ninguna nota a pie de página. La relación con Sartre fue, durante décadas, una alianza intelectual y vital de primer orden, pero no impidió otras relaciones. Beauvoir y Sartre quisieron vivir contra la idea —para ellos burguesa— de posesión amorosa, aunque la vida, siempre más dura que las teorías, los obligara a pagar el precio. Algren no fue un episodio menor. Fue un amor transatlántico, físico y literario, nacido en Chicago, sostenido por cartas, castigado por la distancia, por el clima político norteamericano de posguerra, por los obstáculos materiales de los viajes y por la imposibilidad de que Beauvoir abandonara París, Sartre y su obra. Algren quería una vida que ella no podía darle del todo. Ella lo amaba, pero no podía dejar de ser quien era.
Por eso encontrar este volumen por Sant Jordi, entre libros usados, tenía una intensidad especial. No es un libro sobre el amor entendido como decoración sentimental, sino sobre el amor cuando choca con la libertad, con la obra, con la fidelidad a una vida pensada hasta el final. Beauvoir escribe a Algren desde el deseo y desde la inteligencia, desde la necesidad de amar y desde la necesidad aún más dura de no traicionarse. Estas cartas impresionan porque no resuelven la contradicción. La dejan viva. Y un Sant Jordi que te pone en las manos un libro así, por el precio simbólico de un euro destinado a una sociedad protectora de animales, en medio de la calle, con el ruido amable de Tortosa alrededor, deja de ser solo una jornada de compras y se convierte, por un momento, en una pequeña lección sobre literatura.
Junto a ese volumen, el epistolario entre Mercè Rodoreda y Joan Sales abría otra ventana del mismo día. Aquí no había una pasión amorosa atravesando océanos, sino una relación literaria y humana hecha de confianza, exigencia y lucidez. También conocía muy bien ese territorio. La lectura de La plaça del Diamant, de Mirall trencat, de los cuentos, de otros epistolarios de Rodoreda, y aquella primera lectura de Incerta glòria cuando tenía dieciséis o diecisiete años, todo volvió de golpe. Incerta glòria me sacudió de una forma que aún recuerdo. Hay edades en las que algunos libros no solo se leen, sino que entran en el interior de uno y dejan una huella permanente. Con Sales me ocurrió eso. Aquella Guerra Civil contada sin simplificaciones, con toda su fuerza moral y humana, no podía ser para mí una materia abstracta.
Por eso Incerta glòria no me interpela solo como una gran novela sobre la Guerra Civil. Me interpela porque lo que Sales escribe con tanta fuerza —la guerra como desorden moral, como devastación íntima, como máquina que rompe familias y deja sombras mucho más largas que los hechos mismos— dialoga con la herida de mi abuelo Cristòfol y con la manera en que mi padre, incluso hablando del Barça, dejaba aparecer aquella ausencia profunda de su padre.
Con Rodoreda, de otra manera, también me ocurrió. En ella había una lengua llevada a un grado de precisión y misterio que no parecía venir de ninguna escuela. Rodoreda tampoco es una figura sentimentalmente sencilla, y en un día como Sant Jordi eso también pesa. La relación con Armand Obiols, Joan Prat i Esteve, en el exilio, en Francia y luego en Ginebra, forma parte de esa complejidad. Fue una relación larga, difícil, marcada por la guerra, la distancia del país, las precariedades y una vida que no podía avanzar por cauces normales. Y todavía hay, en mi memoria particular de las conversaciones sobre Rodoreda, una pequeña curiosidad privada, de esas que hacen sonreír porque la literatura y la vida a veces se rozan por los lugares más inesperados: aquel asunto amoroso que, según me habían contado, tuvo con el abuelo de mi mejor amigo. Nada más que una nota al margen, quizá, pero también una prueba de que las biografías de los grandes nombres nunca viven del todo separadas de la vida de los demás.
También aquí el amor es una materia delicada. No es solo compañía, ni pasión, ni refugio. Es necesidad, herida, orgullo, persistencia. Rodoreda supo mucho de jardines, de casas, de flores, de mujeres solas, de memoria, de pérdidas y de deseo. Lo sabía porque lo había mirado de cerca. Por eso La plaça del Diamant, y Mirall trenca no son solo grandes novelas. Son libros sobre las formas visibles y subterráneas del amor, sobre lo que da vida y lo que la consume.
Las cartas entre Rodoreda y Sales tienen un valor distinto. Nos dejan ver una obra mientras aún se está haciendo. Rodoreda defiende su voz, su tono, su manera de decir las cosas. Sales lee, discute, acompaña, a veces incomoda, pero sobre todo entiende que aquella obra importa. En medio del exilio, de las dificultades para publicar en catalán y de la precariedad moral de un país derrotado, ambos sostienen la convicción de que la literatura no puede hacerse de cualquier manera. Aquellas cartas no son solo documentos. Son la cocina interior de una literatura que quería seguir existiendo con dignidad.
Por eso el azar de aquella parada me pareció tan fértil. En una misma mañana, Sant Jordi me ponía en las manos dos maneras distintas de entender la correspondencia. Beauvoir y Algren, el amor en tensión con la libertad. Rodoreda y Sales, la literatura en tensión con la exigencia. Y, en el fondo de ambas, la
evidencia de que las cartas conservan lo que la vida hablada se lleva. El temblor de un deseo, la duda ante una frase, la incomodidad de un silencio, la insistencia de una voz que busca a alguien al otro lado. Quizá por eso me gustan tanto los epistolarios. Porque son dietarios con destinatario. Una intimidad que no habla sola.
Luego fui hacia L’Ampolla. Visité las paradas, entré en la librería y de allí me fui al Piñana. Comí solo, frente al puerto, con el mar abierto al fondo y un cielo que no terminaba de despejarse del todo. No hacía falta. Hay días que funcionan bien con otra clase de luz. Comer solo en ese punto del día tenía un sentido de pausa que ya me venía bien.
Cuando terminé, llegó Mercè. Después Juani y, cuando las obligaciones propias de formar parte de la familia propietaria del restaurante le permitieron encontrar un rato, se sentó con nosotros. Tomamos el café juntos. Fue en ese momento cuando saqué los libros. Veía la sorpresa y, también, imagino, una pequeña emoción, y entendía que todo lo que había empezado días antes en aquella cena encontraba aquí una continuidad natural. Quizá la palabra felicidad es demasiado grande para ciertas cosas, pero también sería absurdo reservarla solo para los grandes acontecimientos. Hay felicidades pequeñas que no hacen ruido y que, precisamente por eso, tienen un sentido especial. Un libro dedicado puede ser una de esas felicidades. Un café compartido también.
La conversación del café derivó hacia terrrenos que no hace falta describir demasiado. Inquietudes, preguntas, experiencias que acercan a las personas. En aquel momento, Sant Jordi entraba de lleno en la conversación y hacía que aquel café admitiera preguntas, recuerdos y confidencias que en otro día quizá habrían quedado a medio decir.
El día acabó en El Perelló. En la plaza, frente al Ayuntamiento, estaban las paradas. Volví a mirar libros, compré algunos más, para mí y para regalar, como siempre hago. Después, un café en el Híbrid, con la tarde ya
avanzada, y finalmente de vuelta a casa. El día había empezado gris y, sin haberse vuelto nunca del todo radiante, había ido adquiriendo una claridad propia. Hay días que no necesitan sol porque los iluminan las cosas que ocurren en ellos.
Todo el día había ido uniendo cosas que, en apariencia, no tenían relación alguna. Y, sin embargo, todo acababa conduciendo al mismo lugar. Tal vez el Ikigai más elemental y más difícil consista precisamente en aprender a no dejar pasar esas ocasiones modestas en las que una vida puede tocar otra sin invadirla. Una rosa no salva el mundo. Un libro tampoco. Pero una rosa ofrecida desde la bondad y un libro elegido pensando en quien lo recibe pueden encender una claridad que dura más que el día. Y mientras esa claridad exista, por pequeña que sea, la vida puede vivirse con más plenitud.
