Viernes 8 de mayo de 2026. Mañana

Me he levantado temprano, con esa primera luz que todavía no permite saber qué día hará. He abierto la ventana, he dejado que entre el aire dentro de casa y, como hacen los japoneses, me he quedado unos instantes de pie, mirando hacia el mar mientras sentía el fresco de la mañana en el rostro. He preparado café. Se escuchaban los pájaros cerca, en el jardín y en los alrededores, cantando como solo lo hacen en esta época del año, haciendo que se note con fuerza la primavera. La casa, a esa hora, está inmersa en una paz que no tiene nada de espectacular, pero que quizá precisamente por eso resulta tan necesaria. Qué placer ese primer café de la mañana, tomado con calma, con la mirada perdida hacia el horizonte, viendo las olas golpear la punta del Fangar. Cada día es distinto, aunque la frase, dicha así, pueda parecer una evidencia. La luz nunca cae de la misma forma, el mar no es nunca,exactamente, el mismo color, el viento modifica el paisaje e incluso el silencio, cuando se le escucha un poco, tiene matices que el día anterior no estaban.

He bajado a la “Peixera”. Libros abiertos, libros cerrados, papeles dispersos, una página medio escrita, la posibilidad de escribir un rato antes de que el día trajera distracciones, llamadas y alguna pequeña obligación. Una sensación intensa de que esta es la vida que quiero. A un lado de la mesa quedaban todavía algunos papeles de la conferencia de Tortosa del día 2: notas, borradores, hojas impresas, materiales que habían pasado por ExpoEbre y que después habían ido quedando allí, mezclados con documentos de otros trabajos. Entre aquellos papeles ha aparecido la diapositiva sobre genética y epigenética. La feria había servido para explicar, de una manera entendible, que una parte de nosotros y de nuestro estado de salud, aproximadamente un 20%, viene determinada por la genética y que después, con los años, vamos dejando nuestra propia huella. El 80% restante está en nuestras manos: la forma de comer y dormir, los movimientos que hacemos, el lugar donde vivimos, las tensiones que arrastramos durante demasiado tiempo, las personas con las que compartimos los días, el sentido que vamos dando al tiempo que todavía tenemos. Todo eso, que en una diapositiva puede parecer un esquema, visto desde la mesa de casa, con la luz entrando por las ventanas y el mar al fondo, recuperaba una concreción mucho más íntima.

Vista desde la “Peixera”, aquella imagen ya no pertenecía solo a una conferencia. Me llevó hacia una pregunta más cercana. En uno de los posts anteriores (ver Un encuentro de vida del 4 de mayo de 2026) escribí sobre el propósito de vida y las relaciones humanas, pero ahora me parece que aquel hilo tenía que pasar por esta casa, por esta mesa, por este paisaje y por esta etapa. Escribir sigue siendo una parte esencial de mi propósito, seguramente la más visible y la más constante. Pero esta mañana, entre los papeles de Tortosa, las diapositivas sobre longevidad y aquella imagen de la genética y la epigenética sobre la mesa, he sentido que la escritura me conducía hacia otro tipo de pregunta. Ya no se trataba solo de pensar cómo envejecemos las personas, sino también de observar cómo evoluciona, cómo “envejece” un país cuando pierde capacidad productiva, cuando los servicios públicos están tensionados y cuando las grandes cifras, presentadas de forma poco detallada, ya no explican suficientemente bien la vida real de la gente. Durante unos minutos he tenido la tentación de quedarme escribiendo. Pero he sentido que necesitaba sacar aquella reflexión fuera de la mesa, dejar que el paisaje pusiera un poco de distancia y darle un respiro a ese hilo de pensamiento antes de convertirse en frase. He cogido una chaqueta fina y he salido a caminar.

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Sábado 16 de mayo. Mediodía

Dedico infinitamente menos tiempo a las conversaciones sobre el país del que dedicaba en otros momentos. Sin embargo, hacía tiempo que esperaba con interés el Informe Fénix, por lo que me había adelantado su coordinador, mi amigo Xavier Roig. También hace tiempo que, dentro de lo posible, intento filtrar la información y termino descartando la mayor parte de ella. Procuro evitar que cada noticia, cada disputa y cada alarma invadan y ensucien mi entorno inmediato. Durante muchos años había vivido demasiado cerca de las urgencias, de las reuniones, de los informes, de las decisiones que había que tomar o que alguien debería haber tomado. Ahora todavía me importan algunas cosas que suceden en el mundo, pero me resisto a que todas tengan derecho a entrar con las botas puestas, pisándolo todo dentro de mi vida.

En el informe han participado también personas a las que conozco bien desde hace muchos años y a las que respeto profundamente, como Miquel Puig y Guillem López Casasnovas. Cuando profesionales de este nivel —junto con el resto de autores y asesores a quienes no conozco personalmente: Xavier Cuadras, Modest Guinjoan, Jordi Galí y Jaume Ventura— deciden poner sobre la mesa un diagnóstico incómodo, mi primera reacción es escuchar y ver qué pasa.

Lo que plantea el informe tiene, a mi modo de ver, una considerable gravedad. Catalunya puede crecer en términos globales y empobrecerse en términos reales. Podemos tener más actividad, más población, más consumo aparente, más movimiento, más empleo agregado y, al mismo tiempo, perder renta per capita, capacidad productiva, margen fiscal y calidad de vida. La fotografía oficial puede resultar razonablemente presentable mientras la vida de mucha gente se vuelve más difícil. Esta es una de las grandes trampas de nuestros tiempos: confundir volumen con prosperidad, actividad y consumo con progreso, empleo con trabajo dignamente remunerado, crecimiento del PIB con bienestar efectivo. Cuando la vida real queda por debajo de la magnitud publicitada, la cifra deja de ser una explicación y se convierte en una forma de encubrimiento.

A mí, que he pasado muchos años observando el sistema sanitario, los servicios sociales, las instituciones y los siempre difíciles equilibrios entre necesidades y recursos, esta parte del informe me parece especialmente relevante. Un trabajo muy mal pagado, impacta en el conjunto de la sociedad. Si una persona cobra tan poco que no puede contribuir suficientemente a financiar los servicios que ella misma necesita, alguien acaba pagando la diferencia. La sanidad, la educación, los servicios sociales, la seguridad, la vivienda tensionada, la presión sobre los barrios y los municipios, todo ello reaparece en algún punto del sistema, aunque la cuenta de resultados de una empresa concreta o de un sector aislado resulte favorable. El beneficio empresarial, al menos en parte, termina siendo asumido, de facto, como un coste público que pagamos entre todos. Apostar por eso es hipotecar el futuro del país.

Por eso me sorprendió la crítica de Xavier Sala i Martín al informe. Le he escuchado muchas veces con interés y le reconozco una capacidad sobradamente demostrada. Precisamente por eso, algunos de sus reproches al Informe Fénix me parecieron poco convincentes. Cuando afirma que las medias esconden diferencias y que dentro de un sector subvencionado por el conjunto de la sociedad puede haber personas que sigan viviendo muy bien, formula una evidencia. Pero esa evidencia no elimina el problema de fondo. Incluso quienes viven muy bien dentro de un sector empresarial basado en un modelo económico que pasa por pagar salarios bajos o indignos, acaban formando parte de un país empobrecido, en la medida en que también tienen que contribuir a compensar aquello que ese modelo no paga. La cuestión relevante es si el conjunto del sistema genera suficiente valor, suficientes salarios y suficiente retorno fiscal para mantener una sociedad razonablemente equilibrada. Cuando esa respuesta falla, el éxito particular de algunos deja de servir para tranquilizar a nadie. ¡Tampoco a la multitud de inmigrantes incorporados masivamente como mano de obra barata para satisfacer las necesidades de un modelo empresarial poco ejemplar!

La otra objeción tampoco me pareció demasiado sólida. Advertir que una reducción de determinados sectores de bajo valor añadido, como el turismo de sol y playa, podría afectar también a empleos bien remunerados es comprensible. Pero esa advertencia no puede blindar indefinidamente un modelo que necesita una gran masa de trabajadores mal pagados para hacer posible el beneficio de otros. Un negocio que solo es viable cuando una parte importante de su coste real queda trasladada al conjunto de la sociedad arrastra un problema de legitimidad económica y moral. Naturalmente, cualquier transición tiene costes y nadie serio debería hablar de ello con frivolidad. Pero mantener el modelo actual también los tiene, y probablemente son más profundos de lo que nos gusta admitir.

El informe abría un debate importante, quizá uno de los más decisivos de los últimos años sobre el futuro económico de Catalunya, y parecía que la discusión quedara desplazada hacia objeciones laterales. Me pareció raro…

Volviendo al encaje de estas noticias en mi mundo, evidentemente ya no tienen nada que ver con otras etapas en las que todo reclamaba una intervención directa. He participado mucho en consejos, instituciones, debates, informes y reuniones, he tenido suficientes responsabilidades en los sectores pú como para saber qué significa intentar influir en las cosas desde dentro. El Informe Fénix me importa porque habla del país en el que vivo, de los servicios públicos que deben protegernos cuando los necesitemos, de la calidad de las ofertas laborales, de la cohesión social y de la diferencia entre una economía subvencionada y una economía que genera riqueza real en una sociedad. Pero mi respuesta ya no pasa por entrar de lleno en cada réplica, cada tertulia y cada batalla de egos.

Desde aquí puedo leer un informe de esta importancia, hablar de él con el amigo que lo ha coordinado, escuchar las críticas, detectar cuáles me parecen consistentes y cuáles forzadas, y después volver a mirar el jardín, los papeles de la conferencia de Tortosa, la punta del Fangar y la luz cambiante sobre el mar. El país entra en casa, pero ya no lo hace con aquella fuerza invasiva que antes desplazaba todo lo demás. Entra como entran las cosas serias cuando uno quiere observarlas con calma, sin convertirlas en espectáculo ni en una nueva forma de agitación personal. Al menos, así intento que sea.

XAVIER ROIG. COORDINADOR INFORME FÈNIX

Dejé el informe sobre la mesa, junto a las diapositivas sobre longevidad, los apuntes sobre las zonas azules y las notas de la conferencia. Me pareció curioso que aquellos documentos, dedicados en principio a reflexionar sobre el envejecimiento saludable, acabaran conviviendo con un informe que pone de manifiesto prácticas empresariales, laborales, económicas y sociales tan poco saludables para las personas y para la comunidad. El Informe Fénix habla de economía, sí, pero en el fondo habla de la vida. De la vida concreta de la gente. De la diferencia entre crecer de cualquier manera y vivir mejor. De la responsabilidad de no permitir que una sociedad entera se acostumbre a empobrecerse mientras le dicen que todo va de maravilla y mejorando.

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Viernes 22 de mayo

He salido a caminar por la playa de la Marquesa. La arena, las hierbas bajas, aquella luz blanca del Delta que parece venir de todas partes a la vez, los pájaros que aparecen de repente y desaparecen sin apenas ruido, el mar bajo, las lagunas y la línea lejana del horizonte me acompañaban con una discreción que agradezco cada vez más.

Anteayer estuve en Palma por cuestiones de la Fundación Edad y Vida. Desde esta entidad intentamos trabajar por una integración más real de los servicios sociales y sanitarios. Lo hacemos desde el lugar que nos corresponde, que es el de pensar, estudiar, contrastar, proponer e intentar que la sociedad y los responsables públicos afronten los problemas de frente. Edad y Vida no gobierna, no gestiona, no maneja presupuestos públicos, no firma decretos. Su función es más discreta, pero necesaria. Poner sobre la mesa aquello que a menudo todo el mundo conoce, aunque sea parcialmente, y que casi nadie convierte en una decisión política tan necesaria como poco priorizada.

En ese contexto, quise hablar con personas del Departament de Salut de la Generalitat que conocen muy bien el sistema desde dentro. Les planteé lo siguiente: si cogiéramos las proyecciones demográficas de Catalunya a veinte o treinta años vista y quisiéramos mantener el mismo modelo de hospital de agudos que tenemos hoy, con la misma lógica de la cama hospitalaria de alta tecnología como respuesta central a necesidades que a menudo ya son crónicas, sociales o de dependencia, ¿cuántas camas/hospitales nuevos tendríamos que construir?

La respuesta, aunque uno pueda imaginarla, resulta impresionante. Necesitaríamos una cantidad de hospitales que cuesta incluso representar mentalmente. Y aunque alguien quisiera defender semejante disparate, Catalunya difícilmente podría permitírselo. Si al empobrecimiento real que refleja el Informe Fénix le añadimos los aproximadamente 20.000 millones de euros anuales que van a parar a España y no vuelven, ni este despropósito ni muchas otras medidas necesarias y acertadas serían realizables. Sin recursos para invertir, transformar y reconvertir dispositivos asistenciales, el sistema acaba administrando el presente con parches, prolongando soluciones antiguas para problemas nuevos que se agravan de manera exponencial.

Por eso me interesó tanto saber cuántas camas hospitalarias de agudos están ocupadas hoy de forma inadecuada. Pensaba sobre todo en estancias que se prolongan por razones que ya no son propiamente, o principalmente, sanitarias: personas mayores con cronicidad, comorbilidad, dependencia, fragilidad social, falta de apoyo familiar o ausencia de un lugar adecuado al que ir después del alta hospitalaria, que en algún momento quizás resultó de una estancia bien indicada. Hablo de camas de agudos convertidas, de hecho, en una solución social carísima porque el país no ha construido suficientes alternativas intermedias, suficientes plazas residenciales con atención sanitaria integrada, suficientes dispositivos de convalecencia y rehabilitación, suficientes servicios de atención domiciliaria, suficientes recursos de cuidados adecuados a la complejidad de nuestra sociedad envejecida. Cuando una persona ocupa durante semanas o meses una cama de un gran —o no tan gran— hospital porque el problema de fondo es social, residencial o de coordinación entre sistemas, el país paga a precio de alta o bastante alta tecnología una necesidad que requería otra respuesta asistencial mucho menos costosa y más adecuada. Otro “negocio” poco rentable, no solo social y humanamente, sino también económicamente, que acabamos sufragando con los impuestos de todos.

Así pues, se dilapidan recursos que no llegan al sector de la atención residencial y domiciliaria. Y, como ocurre con los sectores cárnico, del turismo de sol y playa y del delivering a domicilio, este sector, altamente feminizado, es también un importador de inmigrantes mal remunerados que necesitan, como es lógico y justo, escuela, sanidad, servicios sociales, vivienda, seguridad y atención pública, sin que sus salarios permitan que paguen impuestos y cotizaciones suficientes para cubrir siquiera sus propias necesidades. Muchos proceden de historias durísimas y aceptan empleos y salarios que aquí casi nadie aceptaría si tuviera una alternativa. Por tanto, del mismo modo que hacen los responsables de los sectores empresariales “subvencionados”, las administraciones públicas, la clase política, con su incapacidad y/o temor a pagar un elevado precio electoral por las decisiones que deberían tomar y no toman, se suman a la apuesta por el empobrecimiento general del país.

Esta reflexión, en aquel paisaje abierto, con el mar cerca y el Delta desplegando esa belleza algo sobria que no tiene nada de decorado, suponía un contraste que, en mi caso, me aleja todavía más de la primera línea de combate. Sé perfectamente que disfruto de una calma que forma parte de un entorno que pertenece a este país que acumula problemas graves sin afrontarlos. ¡Incluso los oculta y los niega!

Me entristece lo que ocurre, me importa, me preocupa y todavía intento aportar algo desde el lugar en el que ahora puedo hacerlo. Pero mentiría si dijera que vivo el problema como lo vivía cuando tenía otras responsabilidades que, afortunadamente, ¡ya no tengo! En este contexto, votar, con todo lo que significó para mí y para tantos que conocimos la dictadura, ha quedado reducido a una especie de derecho al “pataleo”, en un panorama en el que la credibilidad y la confianza en la mayoría de los políticos son muy bajas. Demasiados responsables públicos han perdido la capacidad de mirar más allá del ciclo electoral, de la noticia del día y del miedo a abrir conflictos que requieren años de trabajo serio y que pueden implicar perder trabajo y sueldo. Conviene empezar a llamar a las cosas por su nombre: el problema no es solo de recursos económicos disponibles.

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Atardeceres

POSTA DE SOL DARRERA EL MONTSIÀ

Cae la noche y el silencio vuelve a hacerse plenamente evidente. Salgo un rato al porche. El jardín apenas se divisa, con esa oscuridad amable de las casas apartadas, y el cielo, cuando las nubes lo permiten, aún conserva aquí una belleza estrellada que en la ciudad casi se ha perdido. Abajo, en la “Peixera”, quedan los papeles, los informes, las notas de la conferencia, las cifras incómodas, las preguntas que nadie acaba de responder. En el exterior, la noche sigue haciendo su trabajo en silencio. Y pienso que quizá una parte de la madurez consiste también en eso. En saber hasta dónde llega la propia responsabilidad en cada momento de la vida, en decir lo que honestamente se puede decir, en aportar lo que todavía se puede aportar y, después, cerrar la puerta, mirar el cielo y permitir que la paz del lugar te devuelva a una forma más serena de vivir.

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2 thoughts on “OBSERVAR, REFLEXIONAR, SENTIR, ADAPTARSE

  1. Joan Colomer dice:

    Aquí hi he après molt….un panorama com a mínim molt preocupant… Com deia algú:
    – Optimista amb el futur que ens espera? -Gens ni mica!!
    – Alguna esperança ? Tota!
    Una abraçada i gràcies Josep Maria.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies, Joan. No sé qui va dir això, però no hi puc estar més d’acord!

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