Libros que aparecen demasiado temprano

Debo a la señorita Guitart, profesora de literatura francesa, una parte esencial de aquella primera apertura hacia Francia, hacia los libros y hacia una forma de conocimiento que yo todavía no sabía muy bien cómo describir. Los lectores del blog saben que le he dedicado posts enteros y algunos fragmentos, porque hay agradecimientos que no se agotan con una sola evocación (véase Una Misa laica, del 25 de noviembre de 2018). Yo debía de tener catorce o quince años, y ella se caracterizaba por ser una de esas personas que llaman la atención. Era distinta. La diferencia, en su caso, más allá de algo situado entre lo pintoresco y una cierta extravagancia, procedía de una autenticidad muy arraigada, de una fuerza interior poco común, de una manera de ponerse ante la literatura que no parecía obedecer ni a la rutina escolar ni a ningún manual de instrucciones pedagógicas. Algunos profesores transmiten conocimientos, lo cual no es poco. Otros, rarísimos, nos descubren una parte de nosotros que todavía no sabíamos que existía. De su mano empecé a leer literatura francesa, y también de autores de distintos orígenes, porque Hesse, Freud o Dostoievski también me los presentó ella, de una manera impropia para un muchacho de quince o dieciséis años. Impropia en el sentido más fértil de la palabra, porque aquellos libros me llegaban antes de que yo dispusiera de suficiente vida vivida para comprenderlos y, justamente por eso, pudieron dejar una huella que el paso de los años no ha borrado.

Leí La peste y después El extranjero, L’Étranger, en aquella edad en que uno ya intuye que el mundo no es tan simple como le habían explicado, pero todavía no tiene suficiente vocabulario para formularlo. Aquellos libros me impresionaron profundamente. No los entendí del todo, y ahora sería ridículo reconstruir a aquel adolescente como si hubiese tenido una capacidad de análisis que no tenía. Pero sí recuerdo una intuición muy clara, anterior todavía a cualquier razonamiento. Allí había algo que me concernía. La peste me ponía ante el mal que llega sin pedir permiso, ante una ciudad cerrada, ante unos hombres que deben decidir cómo se comportan cuando todo se resquebraja. El extranjero me dejaba en una incomodidad más dura, más difícil de digerir, porque Meursault no parecía solamente un personaje extraño o frío, sino alguien que ponía en cuestión el gran teatro del mundo, la manera en que la sociedad nos exige representar los sentimientos que considera correctos, la dificultad de vivir sin acomodarse del todo a la mentira compartida. Yo no podía expresarlo así. Pero sentí que aquel autor me abría un hilo que algún día quizá podría retomar con más solvencia.                                                                                                       

La vida, después, hizo su trabajo. Tras un año de andar por el mundo, llegaron la universidad, los años de estudio en América, la necesidad de abrirse camino profesionalmente, la familia, las responsabilidades, las décadas en que el trabajo ocupa una parte tan grande del día que acaba ocupando también una parte demasiado grande del pensamiento. No lo digo con resentimiento. El trabajo me ha proporcionado otro tipo de disciplina, contacto con la realidad, responsabilidades concretas, capacidad de intervenir en el mundo y también una cierta manera de entender a las personas. Pero durante muchos años fue arrinconando aquella pregunta que Camus me había dejado abierta. Se diría, sin embargo, que no siempre abandonamos  aquello que nos ha marcado. A veces lo dejamos en suspenso. Lo llevamos dentro, medio dormido, mientras la vida exige otras cosas. A partir de los cincuenta y cinco años, cuando empecé a reducir de manera voluntaria la carga de trabajo, sentí que ya bastaba de vivir tan condicionado por la agenda, por las obligaciones, por la disponibilidad permanente. No fue una huida. Fue una decisión madura. Había llegado la hora de recuperar aquel cabo del hilo que había quedado pendiente desde la juventud.


La luz, el mar y una manera de pensar

Este regreso a Camus no se ha producido en el mundo de la academia ni deriva de una voluntad tardía de convertirme en especialista. Ha venido mezclado con otra transformación, más lenta y más personal, que tiene que ver con el paisaje, con la luz, con el mar, con la decisión de vivir en El Perelló y con la manera en que las Tierras del Ebro me han ayudado a mirar la vida de otra forma. El paisaje, para mí, no es un decorado amable ni una compensación estética para soportar mejor la vida. Cuando lo miro de verdad, me devuelve a una realidad anterior a lo que acabó siendo un ruido ensordecedor. He hablado mucho de ello en este blog. Sin ir más lejos, en el último post, Observar, reflexionar, sentir, adaptar-se, del 26 de mayo de 2026. Allí narraba cómo se vive la primera luz de la mañana en un día cualquiera, con la sinfonía de los pájaros, con la punta del Fangar tal como se ve desde casa, con las playas. Explicaba las sensaciones de aquella hora todavía imprecisa en que abro la ventana y entra el aire fresco antes de que el día empiece a cargarse de mensajes, noticias y pequeñas urgencias. No busco ahí ninguna salvación. Encuentro una posibilidad de mirar con menos interferencias.

El mar tiene ese extraño poder de llevarnos a relativizar la importancia de las cosas sin borrarlas. Una preocupación seguirá siendo una preocupación, una herida tendrá el peso que tenga, una decepción no desaparece porque el horizonte se ensanche. Pero ante esa extensión inmensa de agua, a veces azul, a veces más bien verdosa y siempre salada, ante el movimiento de las olas y bajo una luz que va cambiando sin pedir permiso, lo que ha dolido parece deshincharse, ocupa menos espacio. Después, cuando vuelvo a los mensajes, a las noticias, al ruido de cada día y a esa prisa un poco enfermiza que lleva a opinar antes de haber pensado, el mar todavía mantiene su efecto amortiguador.

La luz ocupa un lugar parecido. Hablo de la luz concreta, la que entra en casa por la mañana, la que todavía no permite saber qué día hará, la que transforma el jardín después de una noche húmeda, la que vuelve más quieta una tarde de invierno o más vibrante una pizca de primavera. Esa luz no me salva de nada. No evita la enfermedad, la pérdida, la fragilidad de los afectos, la vejez, la muerte, la parte más cansada y más absurda de la existencia. La herida está ahí y está bien presente, con esa clase de dolor que no admite maquillaje ni literatura ornamental. Pero esa claridad, alguna mañana, me ha permitido seguir pensando que la vida conserva valor incluso cuando no ofrece ninguna respuesta completa. Aquí aparece el primer vínculo íntimo con Camus. Antes que el absurdo, antes que las disputas intelectuales, antes que su posición política, hay en él una fidelidad a lo que provoca la naturaleza, a dejarse impregnar por ella, a una manera de amar la luz mediterránea, el mar, el cuerpo, la pobreza inicial, la madre, la belleza sensible. Esa belleza no esconde la herida. La hace un poco más soportable.


Sin optimismo obligatorio ni pesimismo satisfecho

Nunca he podido instalarme ni en el optimismo ni en el pesimismo. El optimismo, cuando se convierte en obligación emocional, me parece una forma de no querer mirar. Sabemos que no todo irá bien, no todos los golpes de la vida nos hacen más sabios, ni de todo aquello que se rompe se desprende una lección aprovechable. Pero, no se sabe cómo, el dolor puede convertirse en material de superación personal. Algunas bofetadas de la vida, sin redimir nada y sin justificar nada, nos obligan a descubrir una parte de nosotros que ignorábamos. Tengo todavía una herida reciente, profunda, que siento que me ha hecho mejor persona. Y lo escribo con toda la prudencia que exige una afirmación así, porque ninguna mejora personal compensa del todo ciertas fracturas demoledoras ni las transforma en aceptables de la noche a la mañana. Pero, en este caso concreto, en aquella pugna contra lo que nadie deseaba, descubrí una capacidad de entrega que yo mismo no sabía que tenía. Cuidé a una persona querida con una dedicación que no había tenido nunca por nadie. No era heroísmo. No era una virtud poseída de antemano. Era una fuerza que aparece cuando la vida te pone ante un abismo y ya no te deja especular sobre qué harías en una situación así. Lo haces porque no puedes hacer otra cosa.

Entonces entendí, de una manera mucho más dura que con cualquier lectura, que la pregunta por el sentido de la vida puede dejar de ser una cuestión filosófica y convertirse en una amenaza real, inmediata, que tienes al lado, dentro de casa. En El mito de Sísifo, Camus parte de aquella pregunta terrible sobre si la vida merece ser vivida. En el terreno conceptual, teórico, intelectual, esa pregunta se formula desde una cierta distancia. En aquella experiencia que me tocó vivir, la distancia desapareció. Había momentos en que la vida parecía haber perdido cualquier camino practicable, y vi a mi lado cómo la tentación de dejar de estar aquí no era una figura literaria, sino una sombra concreta, demasiado próxima, demasiado presente. Yo tenía que combatir aquella sombra con todo lo que tenía y también con lo que no sabía que tenía. La vida no podía ofrecer ninguna garantía última, ninguna respuesta completa, ninguna explicación capaz de convencer de manera estable. Y, a pesar de ello, aquella vida seguía siendo digna de una lealtad enorme. Quizá no podía verlo quien más lo necesitaba. Yo tenía que verlo por los dos.

Ante una experiencia así, el pesimismo tampoco sirve de nada. Cuando llega la hora de cuidar de alguien, cuando una vida querida está en peligro, no sirve de nada declarar que el mundo es absurdo y retirarse vencido por la impotencia y el desaliento. Tampoco sirve el optimismo decorativo, ese optimismo que promete salidas fáciles y convierte el sufrimiento en una etapa hacia una mejora inevitable. La vida, en esos casos, es mucho más áspera. No hay ningún manual, ninguna consigna, ninguna frase que sirva. Hay que pasar por ello y procurar salir entero. Las horas se pueden hacer largas, hay vigilancia, cansancio, miedo, conversaciones repetidas, silencios, una fidelidad que no puede permitirse el lujo de claudicar. Nada traicionó aquel amor. Yo sabía que aquello era un cataclismo, pero la fidelidad no se tambaleó. Esta es una de las pocas cosas que puedo decir con mucha satisfacción.

En La peste, esta realidad toma una forma que con los años me ha llegado todavía más adentro porque yo mismo acabaría siendo médico. El doctor Rieux no es para mí una figura heroica en el sentido fácil, brillante y casi divinizado con que a veces se ha querido presentar la medicina. Ha habido médicos extraordinarios, por supuesto, personas que han salvado vidas y han llevado la profesión a un nivel admirable. También he conocido la vanidad profesional, el autobombo, la inclinación a convertir al médico en una figura superior, como si el contacto con la enfermedad confiriera automáticamente una especie de superioridad moral. Rieux me parece otra cosa. Lo veo como un hombre atrapado en una épica dura, nada esplendorosa, atravesada por el cansancio, por el sentido del deber, por la angustia de no saber nunca lo suficiente, por la conciencia de que el mal continúa ahí aunque uno salga cada mañana a intentar contenerlo un poco. Ser médico puede ser algo muy grande, sí, pero conviene no mentir. También puede ser terrible, repetitivo, física y moralmente agotador. Llega un momento en que no sabes cuál es el sentido final de todo ello. Te queda levantarte, salir, hacer lo que sabes hacer, intentar mitigar un poco el dolor, retrasar una pérdida, acompañar un miedo, asumir que no tienes ningún manual definitivo ni ninguna verdad que te proteja. En este sentido, Rieux no me parece un santo ni un héroe de bronce. Me parece un hombre indefenso que sigue actuando. Quizá esa sea su grandeza. Una grandeza austera.


Sartre, la fascinación y la distancia

Abordar el capítulo de Sartre me inquieta un poco. Pero no quiero ahorrármelo. Me da casi vergüenza hablar de la controversia entre Sartre y Camus sabiendo que hay tantos autores, tantos estudiosos y tantas personas eruditas que la han analizado con una profundidad que ni puedo ni pretendo imitar. No hay que hacer el ridículo dando a entender que puedo aportar una lectura nueva de una dialéctica intelectual que me supera. Mi aproximación es más modesta, y el único valor añadido que tal vez puede aportar es de tipo personal. Sartre me ha fascinado siempre como personaje, como inteligencia, como figura central de la cultura europea del siglo XX. Simone de Beauvoir también me ha interesado mucho. Los lectores del blog saben de esta pasión mía por ambos, y saben también que, como visito de vez en cuando a mi hijo Oriol, que vive muy cerca del cementerio de Montparnasse, en París, casi siempre encuentro un momento para entrar, caminar hasta su tumba y quedarme allí de pie un rato, dejando que aquel lugar, aquel silencio mineral, aquella acumulación de nombres y de muertos ilustres haga su trabajo dentro de mí. No es una peregrinación. Voy porque hay figuras que nos siguen interrogando incluso cuando no nos identificamos con ellas del todo.

Desde esa mezcla de fascinación y distancia, quisiera evitar una contraposición infantil entre Sartre y Camus, como si se tratara de una rivalidad deportiva o de una adhesión sentimental de bando. Las cosas importantes casi nunca son tan simples. Sartre no puede ser despachado con una etiqueta, ni Camus puede ser convertido en un tótem que nos ilumina. Hay en Sartre una potencia intelectual, una capacidad de incidir en su tiempo, una ambición filosófica y literaria que siguen impresionando. También hay, para mí, una zona de profunda incomodidad. Me cuesta aceptar su confianza en determinadas formas de compromiso histórico, su proximidad a ciertas expresiones del comunismo y la indulgencia con que una parte de la intelectualidad del siglo XX miró violencias que, si hubiesen venido de otro bando, habría condenado sin matices. Aquí la distancia que me separa de Sartre es muy grande. Si hay una tradición política que me resulta radicalmente ajena, es el comunismo, y todavía más su versión de salón, la de los progres, la gauche caviar, la gauche divine, los que han predicado liberación, igualdad y superioridad moral desde posiciones de privilegio cultural, social o económico. Esta familia político-cultural y las versiones descafeinadas y patéticas que quedan de ella han hecho mucho daño. Han erosionado el valor de la responsabilidad individual, han confundido compasión con tutela e intervencionismo, han convertido la discrepancia en condena moral y han dejado a menudo un rastro de sectarismo ensangrentado o “amable”, sonriente y aparentemente bienintencionado, según el entorno y el momento. En Cataluña y en España hemos visto y sufrido expresiones recientes en Podemos, en los Comunes y en todo un clima ideológico que ha querido presentarse como conciencia de nuestro tiempo mientras contribuía a empobrecer el debate público y a dividir la sociedad repartiendo carnés de buenos y malos con una frivolidad peligrosa. Cuando ves a esta caterva, acabas echando de menos a Sartre.

Camus me queda más cerca, pero esta proximidad no anula la complejidad del problema. La ruptura con Sartre después de El hombre rebelde tuvo elementos personales, heridas, egos, juicios de época y batallas de prestigio intelectual. Este tipo de rivalidades no dejan de ser un clásico ni pueden simplificarse de forma reduccionista contraponiendo la pureza moral de uno y el error del otro. Sería demasiado fácil y del todo injusto. Lo que me interesa es una diferencia de fondo que yo percibo como decisiva. Camus desconfiaba de cualquier justicia que acabara necesitando víctimas concretas para demostrar su futura grandeza. Su rebelión tenía límite. Su exigencia de justicia no le hacía olvidar que una causa que necesita matar a un inocente se corrompe en el mismo instante en que pretende justificarse. Aquí es donde me reconozco más. No porque Sartre deje de fascinarme ni porque Camus resuelva todas las preguntas, sino porque, cuando la inteligencia se convierte en justicia de parte, cuando la Historia se presenta como una absolución anticipada, cuando una causa exige silenciar el sufrimiento real de una persona concreta, siento la necesidad de volver a una medida más humana, más vulnerable y quizá menos brillante, pero más fiel a aquello que no querría traicionar.


Camus y el hilo recuperado

Hay libros que quedan abiertos dentro de nosotros hasta que la vida nos da suficientes elementos para volver a ellos. Con Camus me ha pasado eso. Aquella impresión adolescente no era comprensión. Era simplemente una semilla que arraigó dentro de mí. Durante años, la semilla quedó enterrada bajo muchas capas de vida cotidiana, de trabajo, de responsabilidades y de urgencias perfectamente justificables. Ahora no tengo la sensación de regresar a una lectura abandonada, sino de llegar, por otros caminos, a entender mejor una pregunta que ya me acompañaba desde hacía muchos años. La medicina enseña el contacto con el dolor real y con los límites de la reparación humana. Aquella experiencia dolorosa vivida recientemente me ha enseñado hasta dónde puede llegar una fidelidad cuando una vida querida se va apagando lentamente sin que puedas hacer nada. El paisaje me ha hecho ver que la belleza no explica el mundo, pero ayuda a no degradar la mirada. La escritura me ha hecho evidente que crear exige paciencia, y también una cierta humildad ante lo que no sabemos formular. Quizá por eso Camus reaparece ahora con tanta naturalidad. No como una autoridad para citar, sino como una voz que acompaña preguntas que durante décadas fueron haciendo su camino.

Lo que me conmueve de él es esa negativa a elegir entre la verdad y la vida. No me invita a maquillar la realidad para poder amarla ni a dejar de vivir porque una mirada cruda y clarividente muestre una vida que puede asustar e incluso resultar repugnante y odiosa. Me deja en un punto ciertamente difícil, pero, honestamente, muy fecundo. Aceptar que el sentido no nos viene garantizado y, a pesar de ello, seguir buscándolo con ilusión es en sí mismo un gran propósito de vida y un motivo para no bajarse del tren. Buscar el sentido, desde luego, pero también la alegría de vivir en la vida cotidiana. En la manera de tratar a los demás, de ejercer una profesión sin embriagarse de importancia, de leer sin fingir una sabiduría que no tenemos. En la forma de contemplar el mar por la mañana sin convertir el paisaje en una religión privada y protectora. En la manera de resistir el ruido de una época que a menudo invita más a la reacción que a la prudencia, al pensamiento o a la actitud reflexiva. Camus me resulta creíble porque no me ofrece ninguna salida clara. Por eso me sirve. Me ofrece un esfuerzo exigente, una voz que no consuela gratuitamente, una forma de lucidez que, contra lo que pueda parecer, no se ha vuelto amarga. Y eso, después de tantos años de haber dejado aquel libro abierto en algún lugar de la juventud, me parece una manera estimulante de continuar.

NORMAS DE PARTICIPACIÓN

Los comentarios están sujetos a moderación previa, por lo que es posible que no aparezcan publicados de inmediato. Para participar es necesario que te identifiques, a través de nombre y de un correo electrónico que nunca será publicado ni utilizado para enviar spam. Los comentarios tendrán que ser sobre los temas tratados en el blog. Como es lógico, quienes contengan insultos o sean ofensivos no tendrán espacio en este blog. Los comentarios que no cumplan estas normas básicas serán eliminados y se podrá vetar el acceso de aquellos usuarios que sean reincidentes en una actitud inadecuada.
El autor no se hace responsable de las opiniones e información contenida en los comentarios.

2 thoughts on “ALBERT CAMUS, EL CABO QUE QUEDÓ PENDIENTE

  1. Jordi Sarroca dice:

    Magistral com sempre, benvolgut Josep Maria.

    M’acabo d’afegir al club dels que ara poden recuperar aquelles lectures que van quedar enrere però mai oblidades, doncs com a tu em va quedar la sensació de que amb l’experiència dels anys i les vivències les tornaria a gaudir d’una manera més personal i profunda.

    Moltes felicitats pel magnífic escriptor (o potser pintor amb paraules?), que has arribat a ser.

    Cordialment,

    Jordi

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies, Jordi! Rellegir llibres que ens van marcar durant la joventut i situar el contingut en aquest etapa més que madura, és un exercici interessant, sorprenent, estimulador! Abraçada

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *