La Palma y El Hierro, Junio de 2026
He vuelto de La Palma y de El Hierro con la sensación de haber conocido dos islas y, al mismo tiempo, dos maneras de vivir un poco al margen. No al margen del mundo, no al margen de todo, porque hoy la globalización llega a todas partes, pero el ritmo en aquellas islas es otro.
Sin que ese fuera el propósito, con este viaje he completado el conocimiento directo de las siete islas principales del archipiélago canario. En efecto, no era el objetivo. Nunca me he sentido coleccionista de lugares. Más bien al contrario. Cada vez me cuesta más viajar si no hay alguna razón que de una manera u otra me ayude a conectar conmigo mismo, una amistad, una conversación pendiente, el deseo de encontrar respuestas a preguntas que quizá no las tienen… Esta vez la razón fue una buena amiga, Fátima, sus orígenes palmeros, una casa familiar en Los Quemados, en Fuencaliente, y la coincidencia con un encuentro que ella organizó con antiguas compañeras de colegio. Me propuso aprovechar la ocasión para sumarme al grupo y cumplir así el objetivo, hablado muchas veces, de conocer su casa familiar de La Palma y disfrutar de su compañía y de la isla.
De las Canarias, la isla que conozco mejor es Lanzarote. Los lectores del blog saben que durante un tiempo me planteé seriamente irme a vivir allí. Ahora pienso que, probablemente, fue una suerte no hacerlo. Lanzarote sigue siendo una isla de una belleza exclusiva y singular, pero también es una isla asediada. El turismo ha ido avanzando allí como una lava de otra clase, más lenta, más amable en apariencia, pero igualmente transformadora. Allí donde antes había vida local, ahora a menudo hay rentabilidad. Las casas se han transformado en alojamientos, y los individuos con maletas de cabina con ruedecitas han ido conquistando el terreno. No es un problema solo de Lanzarote, claro. Es un mal contemporáneo que afecta a todos los lugares bellos cuando el mundo decide que han de dejar de ser lugares hermosos para convertirse en productos comercializables.
La Palma y El Hierro todavía resisten. En estas islas pervive, por ahora, lo que podríamos llamar una escala humana. La orografía resultante del subsuelo volcánico representa una dificultad física, una incomodidad geográfica que las protege un poco. No tienen la facilidad obscena de las playas infinitas, y los hoteles no han podido proliferar tanto. Hay que llegar, subir, bajar, perderse un poco, aceptar sus curvas, sus silencios, la niebla, la piedra negra, las pendientes, el hecho de que no todo es evidente. Quizá fue eso lo que me conmovió. Son islas que todavía no han sido domesticadas del todo. Todavía no ha sido posible destruirlas.
La Palma, con sus más de setecientos kilómetros cuadrados y unos ochenta y seis mil habitantes, es una isla lo bastante grande como para tener mundo propio. El Hierro, con poco más de doscientos sesenta kilómetros cuadrados y unos doce mil habitantes, es otra cosa. El Hierro más que una isla pequeña, parece una isla concentrada. Como si alguien hubiera comprimido en muy poco espacio una cantidad
desproporcionada de roca, viento, mar, pendiente, soledad y secreto.
La Palma me pareció una isla trabajada por la vida. El Hierro, una isla trabajada por la lucha contra los límites. A La Palma fui sobre todo para ver personas y disfrutar de la amistad. A El Hierro fui, en cambio, para ver la isla.
El Hierro
El deseo de conocer El Hierro me lo despertó la serie que lleva el nombre de la isla. Más allá del argumento, del buen trabajo de los actores, de la tensión narrativa, lo que se me quedó grabado fue la atmósfera. La fotografía, los paisajes, los silencios, la manera en que el mar y la roca parecían participar en los hechos. Hay producciones cinematográficas en las que el paisaje es decorado. En Hierro, quienes la hicieron posible consiguieron que el paisaje transmitiera un mensaje a caballo entre la paz y una especie de presencia inquietante, una vibración estremecedora. No deja indiferente.
Cuando llegas allí, entiendes enseguida que aquella ficción no traicionaba del todo el lugar. El Hierro tiene una dureza que no necesita exageración. Las carreteras serpentean como pistas de esquí colocadas sobre un volcán. Los desniveles son repentinos. El mar a ratos acompaña, pero cuando menos te lo esperas amenaza. Las zonas de baño existen, pero nunca son una concesión fácil. Todo exige adaptación. Todo parece decirte que aquí la comodidad no es un derecho adquirido. No sabría decir si la isla me impresionó porque ya venía condicionado por la serie, o si la serie me había impresionado porque me había permitido captar alguna verdad profunda de la isla. Probablemente ambas cosas sean ciertas. Pero la sensación que tuve allí no fue turística. Fue física. El Hierro se siente en el cuerpo. En el viento sobre la piel, en los bramidos de la naturaleza, en el silencio de los pueblos, que salvo en días señalados presentan unas calles desiertas. El mar omnipresente obliga a la mirada a alargarse hasta las siluetas sombrías del Teide y de La Gomera.
Percibí allí una cierta severidad humana. Rostros cerrados de entrada. Gente discreta. Poca teatralidad. Una indumentaria marcada más por la utilidad que por las ganas de lucirse. No era pobreza exactamente, o no solo pobreza. Era una especie de desprendimiento de la apariencia. Como si la isla no favoreciera demasiado la frivolidad. Como si vivir allí exigiera una economía gestual, verbal y emocional. En una comunidad de doce mil habitantes, todo el mundo debe de saber demasiadas cosas de todo el mundo. Pero saber no significa explicar. Quizá el secreto, en una isla así, no consiste en ocultar, sino en callar.
Por eso el crimen, el tráfico de drogas, la corrupción y las lealtades oscuras que atraviesan la serie me resultaban verosímiles. No porque El Hierro sea eso, sería absurdo e injusto decirlo, sino porque en un lugar pequeño cualquier grieta moral hace más ruido. La culpa no se disuelve en el anonimato. La sospecha no se va muy lejos. El pecado, si se me permite usar esta palabra antigua, no desaparece entre la multitud, sino que queda pegado a las paredes, a las cimas, a los túneles, a los bares, a los miradores. Hay lugares que protegen. Y los hay que protegen y oprimen al mismo tiempo. El Hierro me pareció uno de esos lugares.
El fondo sonoro de la isla es el viento y el mar. A veces, solo el viento. A veces, solo la ola rompiendo contra la piedra negra. Pero incluso cuando todo parece quieto hay una vibración subterránea. Quizá sea la sugestión de saber que vives sobre una geología joven, sobre una tierra que todavía no ha terminado de hacerse. Quizá sea la memoria volcánica, ese recuerdo de que lo que parece sólido puede resquebrajarse en cualquier momento. Las islas volcánicas nos recuerdan que la estabilidad es una ficción útil.
Subí en coche al santuario de la Virgen de los Reyes un día de niebla espesa. Desde el nivel del mar hasta los setecientos metros, la subida me pareció casi vertical. A medida que avanzaba, la niebla se hacía más densa. Cuando llegué arriba, no se veía nada. El agua caía de la niebla, más que del cielo. No había paisaje, solo humedad, silencio, piedra, ermita y una especie de gravedad antigua. Allí pensé en la Bajada de la Virgen de los Reyes, ese gran acontecimiento que cada cuatro años atraviesa la isla y mezcla fe, tradición, identidad popular, superstición, fiesta y necesidad de comunidad. En la serie, aquella bajada se convierte también en escenario de persecuciones y crimen. En otro lugar quizá me habría parecido un recurso narrativo. Allí arriba, con la niebla cerrándolo todo, me pareció posible cualquier cosa. No probable. Posible. Suficiente para que el lugar adquiriera una fuerza inquietante.
Pero sería falso reducir El Hierro a una isla oscura. También encontré allí una paz intensa. Una energía telúrica, estimulante, limpia. Hay una clase de silencio que, lejos de vaciarte, repara. Hay paisajes que
parecen hechos para proteger algo esencial del alma. El Roque de la Bonanza, Las Playas, el Parador volcado al mar, La Dehesa, El Sabinar, las carreteras que parecen no llevar a ninguna parte y que, precisamente por eso, te llevan un poco más adentro de ti mismo.
En El Hierro el paisaje no es amable, pero tampoco es hostil. Es anterior a nosotros. Esa es su fuerza. No busca gustar. No pide ser fotografiado. No hace concesiones. Está ahí. Y ante eso, lo que te sale es callar y dejarte impregnar por todo.
Puntagrande
Puntagrande merece un aparte.
No sé si es un hotel, un faro, una casa, una extravagancia o una pequeña declaración de resistencia contra la vulgaridad del mundo. Situado sobre una lengua de roca volcánica, rodeado por otras lenguas de piedra que entran en el mar evocando monstruos marinos, está colocado en un punto donde la tierra parece como si todavía no estuviera del todo segura de haberse consolidado. El mar llega allí con fuerza. La espuma sube, estalla, desaparece, vuelve. Todo es pequeño y al mismo tiempo inmenso.
Puntagrande parece un lugar situado en la frontera entre el mundo habitado y otra cosa. No hay nada grandilocuente. Al contrario. Su fuerza viene de la pequeñez, de su obstinación en permanecer allí, plantado sobre la piedra, mirando el mar.
En un tiempo en que casi todo quiere ser grande, visible, promocionable, consumible, Puntagrande conmueve porque parece no querer nada más que seguir siendo. Una casa concebida por César Manrique redondea con un cierto toque de distinción el buen gusto imperante en este pequeño rincón.
La Palma
A La Palma, como decía, no fui con la misma disposición. No era una isla que tuviera que recorrer en tres o cuatro días. Estaba Fátima, su casa, su historia familiar, y después Núria Badia, a quien conozco, aprecio y con quien siempre he sentido una conexión fácil. Vino con Jordi, su pareja, a quien casi no conocía y que me pareció una persona cercana, entrañable, de esas que no necesitan demostrar nada y que desprenden amabilidad y sencillez. El viernes llegaron Eva y Juanjo, la pareja de Fátima, con quien solo pude compartir una cena, pero a veces una cena es suficiente para darte cuenta de que aquella persona no pasa inadvertida.
Juanjo me interesó enseguida. Tiene una curiosidad viva, que comparte sin estridencias. En un momento de la conversación habló de la conciencia como aquello que nos diferencia de los demás seres vivos, y en concreto del poder tener conciencia de la magnitud del universo. Hay personas que aportan valor porque saben cosas. Hay otras que lo aportan porque tienen una manera propia de mirar y de transmitir su mirada diferente. Juanjo me pareció de esta segunda clase. En cualquier conversación podía encontrar un matiz, un ángulo inesperado, un recoveco sorprendente del tema. Disfruté escuchándolo.
El miércoles 17 de junio, Fátima me enseñó Santa Cruz de La Palma. Aprovechamos el paseo para ponernos al día. Santa Cruz es una capital pequeña, atlántica, con balcones de madera, casas de colores, una elegancia un poco antigua y una memoria indiana que se nota sin necesidad de explicitarla demasiado. Tiene esa belleza de las ciudades que han mirado el mar no solo como un paisaje, sino como un camino. En Santa Cruz, el mar significa salida, regreso, pérdida, comercio, emigración, noticia, esperanza.
La casa de Fátima, o mejor dicho el conjunto de edificios que la remodelación ha convertido en tres casas, viene de los abuelos. Ellos la construyeron e inauguraron en tiempos difíciles. Esta frase, dicha así, puede parecer un recurso literario. Pero no lo es. En determinados lugares, y La Palma es uno de ellos, evidentemente no el único, pero sí uno de ellos, decir que una casa fue construida en tiempos difíciles significa que, además de haber muchas horas de trabajo enterradas en las paredes, hay ahorro, sacrificio, renuncia, perseverancia. Significa que alguien creyó que valía la pena levantar una casa en un lugar donde la tierra no regalaba nada.
La sensación que me queda de La Palma es la de una dureza abierta. El Hierro me pareció más cerrado, más hermético, más mineral. La Palma, en cambio, pese a su dureza, mira hacia el exterior. Su historia es una historia de cultivos difíciles, de plataneras, viñas, pendientes inconcebibles, barrancos, volcanes, emigración y regresos. La montaña ha tenido que trabajarse palmo a palmo. En la zona de Fuencaliente, las cepas situadas en pendientes casi imposibles parecen una lección más que de perseverancia, de terquedad humana. Plantar allí, cuidar, esperar, cosechar, volver a empezar. Hay una nobleza en ese trabajo que el visitante percibe enseguida, aunque no pueda entenderla del todo. La emigración a Cuba, a Venezuela y a otros lugares no necesita grandes explicaciones cuando ves esta tierra. No es que La Palma expulse. Es que durante mucho tiempo debió de obligar a escoger entre quedarse resistiendo o marcharse en busca de una vida mejor. Y, sin embargo, quienes se van no siempre se van del todo. La Palma conserva una memoria de
idas y vueltas. Las casas indianas, los acentos, las historias familiares, el dinero enviado, los estudios lejanos, los hijos que no vuelven del todo pero tampoco acaban de marcharse nunca.
La madre de Fátima tuvo que salir de la isla para estudiar Farmacia en la Universidad de Santiago de Compostela. En aquellos años, el viaje no era cualquier cosa, era casi una expedición. Barco, días de travesía, distancia real, distancia emocional. También el hermano estudió Medicina en Santiago. Cuesta imaginar hoy qué significaba para una familia de una isla como La Palma enviar a dos hijos a estudiar tan lejos. Había, sin duda, esfuerzo económico. Pero sobre todo había una apuesta moral. La idea de que la vida puede adquirir una amplitud difícil de alcanzar en el lugar que te vio nacer.
La Palma es una isla que ha aprendido que una parte de sí misma vive fuera.
Los volcanes
El San Juan abrió la tierra en 1949. El Teneguía lo hizo en 1971. El Tajogaite, en 2021. Tres erupciones en menos de un siglo, más allá de una cierta excepcionalidad geológica, al menos en el contexto canario, implican una manera de vivir que incorpora la posibilidad de que la tierra que pisas deje de ser la misma de un día para otro.
El jueves 18 de junio hice una ruta de unos ocho kilómetros por la zona afectada, por el Tajogaite, hasta poder ver de cerca los cráteres principales. Caminábamos sobre una alfombra de ceniza. La sensación recordaba la de avanzar sobre nieve polvo un poco compactada, pero allí nada de frío, sino una calidez inquietante. La tierra todavía conservaba el calor. En algunos puntos salían pequeñas fumarolas. El amarillo del azufre y el rojo del hierro tenían una intensidad reciente, como si la herida todavía no hubiera decidido cicatrizar.
Todo el mundo ha visto imágenes de la erupción. Todo el mundo recuerda, al menos, aquellas lenguas de lava bajando lentamente, engullendo casas, carreteras, plataneras, paisaje. Pero una cosa es verlo en la televisión y otra escucharlo allí, caminando sobre la ceniza, mientras la guía que lo vivió te cuenta que aquella casa medio sepultada era de alguien conocido, que aquella otra desapareció por completo, que había gente que, cuando podía, volvía a retirar ceniza del tejado para evitar que la casa se hundiera. Casas hechas después de décadas de trabajo. Casas que no eran patrimonio inmobiliario, sino vida acumulada. No fue una tragedia de muertos. Hubo uno. Pero sí fue una tragedia humana. Perder la casa, perder los recuerdos, perder la documentación personal, perder las propias escrituras de la casa y, por tanto, la posibilidad de señalar exactamente dónde estaba aquello que había sido tuyo. Algunas casas no estaban registradas. En una tierra transformada por la lava y por la ceniza, eso podía significar algo brutal. No solo he perdido mi casa, sino que quizá no podré demostrar nunca que la tuve. Me golpeó esa posibilidad. La vida entera reducida no ya a ruina, sino a indeterminación. Ni siquiera la ruina clara, identificable, visitable. Nada. Ceniza. Lava. Un terreno convertido en otro terreno. Una memoria sin lugar.
La guía nos explicó los días y, sobre todo, las noches de los casi tres meses que duró la erupción. Ochenta y cinco días y ocho horas. La lluvia de ceniza constante. Las partículas en el aire. Los metales pesados. Las emisiones de azufre, con aquel olor a huevos podridos que lo impregnaba todo. Los temblores de tierra. La cama moviéndose de noche. Los objetos haciendo ruido. Y, por encima de todo, el bramido ininterrumpido de la lava saliendo de la tierra. Me impresionó especialmente una cosa. La noche del 13 de diciembre, cuando la actividad volcánica se detuvo, el ruido cesó de golpe. No fue disminuyendo poco a poco, como
una bestia que se duerme. Se apagó. Como si alguien hubiera desconectado un altavoz inmenso. Imagino aquel silencio. Después de ochenta y cinco días de ruido, aquel silencio debió de ser casi más irreal que el volcán.
Quizá La Palma sea eso. Una isla capaz de pasar del bramido al silencio, de la destrucción a la reconstrucción, de la pérdida a la vida que continúa. Una isla que ha conocido el sufrimiento, pero también la red, la familia, la memoria. La capacidad de volver a empezar no como una consigna optimista, sino como una necesidad elemental.
Una impresión de forastero
Todo lo que escribo puede contener errores de percepción. Seguro que los contiene. He pasado pocos días en La Palma y en El Hierro. Soy un forastero de paso, un hombre que mira, escucha, pregunta, se equivoca, asocia, exagera quizá alguna sombra y no ve lo suficiente alguna luz. Los lugares no se conocen en cuatro días. Pero también es cierto que hay una primera impresión que tiene un cierto valor. Es subjetiva, no se trata en absoluto de la verdad completa, ni necesariamente de la verdad justa, pero sí de una verdad inicial que después hay que poner en cuarentena sin destruirla del todo. La Palma y El Hierro me han dejado dos impresiones diferentes y complementarias.
La Palma me ha hablado de familias, casas, cultivos, emigración, estudios lejanos, volcanes, ceniza y regresos. Es una isla con biografía. Una isla donde la belleza no tapa la dureza, sino que la contiene. Una isla donde la tierra parece haber sido ganada palmo a palmo a la pendiente, a la pobreza, al volcán y a la distancia.
El Hierro me ha hablado de límite, silencio, viento, roca, mar, comunidad y secreto. Es una isla menos biográfica y más metafísica. No explica tanto vidas concretas como una condición. La del hombre ante una
naturaleza que no necesita justificarse. La de la comunidad pequeña consciente del peso de lo que sabe y no dice. La del visitante que llega a un lugar que no quiere seducirlo y que, por eso mismo, lo impresiona.
La Palma es una isla trabajada por la vida. El Hierro es una isla definida por el límite.
Quizá por eso he vuelto pensando que algunas islas no se visitan del todo. Se pasa por ellas. Nos atraviesan. Y después, cuando ya estamos lejos, siguen hurgando dentro de nosotros con la paciencia oscura de la lava cuando se enfría. Nos queda un poco de sal en la piel, un poco de cansancio en los ojos y una resistencia interior a convertir los recuerdos en simples imágenes fotográficas.









Interessant!
Gràcies. Isabel!