Retomando el hilo provenzal
Los dietarios tienen esa discreta servidumbre y, al mismo tiempo, esa verdad un poco melancólica. Uno cree que podrá seguir el hilo de lo que ha vivido con la misma cercanía con la que lo sintió, y de repente la vida se interpone, reclama otras palabras, otras obligaciones, otras emociones, y aquel lugar que todavía tenías tan cerca empieza a entrar en otra parte de la memoria. No desaparece. No se borra. Pero se aleja un poco. Queda detrás de un velo fino. La vida no siempre se deja escribir cuando toca. Hay viajes que se viven de una manera y se escriben de otra, no porque el recuerdo se haya debilitado, sino porque mientras tanto han pasado cosas, y esas cosas también han ocupado el espíritu. Eso es exactamente lo que me ha pasado con estos últimos días del viaje a la Provenza. Entre medio han estado Sant Jordi, el intermezzo blaugrana con la entrega de una distinción que me hace mucha ilusión, otros posts, otros sentimientos, otros reclamos de la vida. Y, sin embargo, no me gustaba dejar incompleto este viaje compartido con mi hijo Oriol y con Adriana, porque fue un viaje bonito, muy bonito, de esos que no hacen ruido, pero dejan huella. Y ahora, aunque ya no pueda escribirlo con la inmediatez exacta de aquella misma última tarde en Eygalières, me parece que todavía conservo suficientemente el tono, la luz y el recuerdo como para salvarlo del todo.
El Domingo de Resurrección comenzó en Les Baux-de-Provence, encumbrado sobre la roca, en las Alpilles, no porque a nadie se le ocurriera un día que un pueblo situado allá arriba quedaría bonito, sino porque aquel espolón rocoso era una posición defensiva natural, una fortaleza casi obligada, de evidente importancia estratégica. La información que nos proporcionaron en Les Baux explicaba que la vieja ciudad medieval se alza sobre un emplazamiento habitado desde mucho tiempo atrás, sobre el notable escarpe rocoso. La belleza llegó después, o quizá llegó al mismo tiempo, pero la necesidad primera era otra. El pueblo y la ciudadela, levantados sobre ese peñasco, dominan el paisaje porque antes de dominarlo estéticamente tuvieron que dominarlo militarmente. Y eso se nota. La piedra no parece ornamental. Parece necesaria. Las pendientes, el viento, la propia dificultad de imaginar una vida cotidiana allí arriba, subiendo y bajando, luchando por una existencia estable, todo hace pensar que, si estaban allí, era porque no quedaba otro remedio. Pero, claro está, el resultado, siglos después, es de una belleza rotunda. El lugar sigue siendo impresionante, aunque hoy esa impresión convive con otra realidad, que no es otra que la del gran turismo. Les Baux se ha convertido en uno de los grandes focos de visita de la zona, con todo lo que eso comporta. La piedra sigue ahí, la misma, la historia también, pero la multitud no contribuye a la belleza del lugar.
Después bajamos hacia Fontvieille, y allí el día cambió de tono. No era solo otro pueblo. Era otra Provenza. Más vivida. Más habitable. Más cercana a una vida real. Fontvieille no tiene el prestigio de Saint-Rémy, ni la perfección social de Eygalières, ni la densidad monumental de Les Baux. Y precisamente por eso, o también por eso, para mí tiene un valor especial. He estado allí muchas veces. Guardo muy buenos recuerdos. Recuerdos de calles, de plazas, de horas muertas, pero también recuerdos de mi vida. No tengo ninguno malo. Ninguno. Al contrario. Siempre he relacionado Fontvieille, para mí, con un bienestar muy particular, con una manera muy limpia de sentirme bien.
Comimos en un restaurante con un jardín muy agradable, lleno de gente, porque se notaba que, aunque en Francia la Semana Santa no tenga la misma dimensión que entre nosotros, aquel era claramente un día
festivo. El servicio y la cocina no daban abasto. Algunas mesas empezaron a impacientarse. Nosotros, en cambio, tuvimos una comida entrañable, una conversación familiar agradable, una de esas comidas en las que el entorno, la primavera y la compañía hacen que todo quede en su lugar sin necesidad de forzarlo. Después quise enseñarles La Régalido. Hoy es una especie de establecimiento refinado, aparentemente lujoso, muy lejos de otras versiones que yo había conocido. Pero para mí no es solo eso. O no lo es en primer término. Es un lugar en el que he estado solo y acompañado. Un lugar que corresponde a distintas etapas de mi vida y, por tanto, a distintas versiones de mí mismo. En ese espacio ha habido días de recogimiento, días de esperanza, días de retorno a uno mismo y también algunos días compartidos que la memoria ha decidido no abandonar.
Uno de esos recuerdos, inevitablemente, lo relaciono con Cristina Martí. Debía de ser el año 2008 o 2009. Elegante como es ella, la recuerdo allí, bellísima, con aquel cabello muy corto que volvía a crecer después de una tanda de quimioterapia no muy lejana que, afortunadamente, había significado la curación de una enfermedad grave. El buen recuerdo y el afecto que sigo sintiendo por ella han quedado asociados también a aquella luz.
Con los años, he ido entendiendo que los lugares no conservan solo aquello que hicimos en ellos, sino también la manera en que llegamos, el momento vital que atravesábamos, las personas que nos acompañaban e incluso aquella versión de nosotros mismos que después ya no vuelve exactamente de la misma manera. Por eso algunos espacios nunca son del todo neutros. Un hotel, una terraza, un jardín, una carretera de entrada a un pueblo, pueden acabar guardando una especie de sedimento biográfico difícil de explicar. A veces, un lugar queda unido para siempre a una luz concreta, a una conversación, a una esperanza, a una fragilidad superada o simplemente a un instante de vida que, sin saberlo en aquel momento, la memoria decidirá conservar. Fontvieille, para mí, forma parte de esa clase de lugares. No porque allí haya sucedido nada espectacular, sino precisamente porque han quedado depositadas algunas cosas discretas y buenas, de esas que con el tiempo se vuelven más valiosas que muchos grandes acontecimientos.
Fontvieille ha quedado clavado dentro de mí por otra razón más antigua, más familiar y más medio dicha que dicha del todo. Recuerdo que una figura anterior de mi linaje, empujada por un exilio forzado hacia Brazzaville, entonces capital del Congo francés, acabó haciendo vida allí en relación con un socio belga que tenía casa en Fontvieille, y aquella casa era La Régalido. Me gusta dejarlo en ese punto de ambigüedad. Basta con eso. Hay lugares que, sin hacer ruido, parecen esperarte desde antes de llegar a ellos.
Y todavía hay otro hilo, más visible, que une Fontvieille con algo muy propio de esta tierra. Alphonse Daudet pasó allí temporadas, alojado cerca, en el Château de Montauban, y de allí surge buena parte del hilo que acabaría cristalizando en las Lettres de mon moulin. El molino que hoy lleva su nombre —y que en realidad era el Moulin Ribet, o Saint-Pierre— no fue exactamente su casa, pero sí una imagen decisiva, un símbolo, una pieza de aquella Provenza suya, medio vivida y medio recreada, que ha quedado grabada para siempre en la memoria cultural francesa. Eso da a Fontvieille una idiosincrasia particular. No es solo bonito. Tiene detrás un pequeño poso de literatura, una presencia de palabras que aún parece respirar entre los árboles, los caminos y la calma del pueblo. ¡Qué sensación tan especial y de intensa belleza la de los plátanos a ambos lados de la carretera de acceso al pueblo!
Cuando nos íbamos de Fontvieille, además, hubo una escena de domingo muy francesa, muy agradable. Por un lado, las pistas de petanca, con gente que pasaba la tarde jugando con esa combinación de calma y precisión que sigue pareciéndome admirable. La petanca es de toda Francia y, en ese sentido, forma parte de un imaginario mucho más amplio que el del sur. Todavía hoy, ver aquellas bolas metálicas acercándose a la pequeña, al boliche, o desplazando otras con una puntería exacta, me devuelve a una fascinación infantil muy antigua. Hay cosas que solo la mente de un niño vive en estado puro y que después, de adulto, uno solo puede intentar recuperar con palabras sin llegar a conseguirlo del todo.
Por otro lado, delante de un recinto donde había actividad taurina se veía a unos hombres vestidos de blanco, en una especie de calentamiento o preparación para alguna de las prácticas propias del sur de Francia con toros. Eso sí que era meridional, no francés en general, y pertenecía claramente a aquella cultura taurina del Midi, de la Camarga y de la Provenza, no al conjunto del país. No soy capaz de precisar el nombre. Pero la suma de todo ello —petanca, por un lado, domingo de pueblo y, por otro, aquella escena tan meridional y tan del sur— daba a la salida de Fontvieille una cualidad de pequeña escena perfecta.
Después paramos en Saint-Rémy-de-Provence. Y aquí el día tuvo un pequeño sobresalto, no dramático
, pero sí suficientemente elocuente. Hace muchos años, en 1994, había pasado allí unos días, en una casa que había sido una antigua mansión, en un momento de cambio laboral importante y también difícil de mi vida. Es decir, una vez más, la Provenza aparecía unida a momentos intensos, no siempre favorables, pero sí profundos. Quizá por eso el contraste con aquel Domingo de Resurrección fue tan fuerte. Saint-Rémy era una marea humana literalmente increíble. Un hormiguero. Una acumulación de personas que echaba para atrás. Y en medio de aquel bullicio casi irritante hubo, eso sí, una sorpresa agradable, uno de esos encuentros callejeros que de pronto humanizan el caos. Nos encontramos con Carles Campuzano y Marta Subirà, con sus parejas, y fueron ellos mismos quienes nos dijeron que también habían visto a otros conocidos: Pere Martí, Pere Martínez, Albert Om y otras presencias que confirmaban hasta qué punto aquel pequeño pueblo se había convertido, aquel día, en una especie de punto de encuentro de gente catalana, de turismo culto, de vacaciones más o menos previsibles.
En el caso de Albert Om, además, había una resonancia añadida, porque pasó tres meses en Aix-en-Provence y de aquella experiencia salió el libro El dia que vaig marxar. No digo esto porque mi idea de vivir durante periodos largos en pueblos o pequeñas ciudades agradables derive de ahí. No es así. Pero sí que aquella coincidencia me hizo volver a pensar en una idea que hace tiempo que me ronda y que, de hecho, ya he concretado para el próximo otoño en algún pueblo de la Toscana. No la de ir pasando y acumulando lugares, sino la de instalarse dos o tres meses en un pueblo o una pequeña ciudad agradable, alquilar una casa, ir al supermercado, a la cafetería, a la panadería, vivir un poco como los que viven allí. No para jugar a ser un nativo —eso sería ridículo—, sino para dar tiempo a la mirada. También para escribir. Y, en este caso, la Toscana que busco se parece más a un Fontvieille que a un Saint-Rémy o un Les Baux. Más alejada del foco más intenso del turismo, pero lo suficientemente cerca como para que nada sea inaccesible. Después fuimos a Eygalières y la diferencia fue inmediata. No solo una diferencia de pueblo, sino de rango, de tono y de esa palabra tan polémica llamada clase social. Lo que en Fontvieille era una vida vivida, en Eygalières se convertía en una forma más alta, más filtrada y más consciente de representación del bienestar, al menos —aunque no lo sé, solo lo imagino— material. El pequeño núcleo, la terraza del Café de la Place, Le Progrès enfrente, la gente sentada, la ropa, las posturas, aquella elegancia extraordinariamente refinada incluso en un pueblecito diminuto en medio de la Provenza, todo ello configuraba algo distinto, distinguido. No se trata de una cuestión de belleza, porque la belleza existe en ambos lugares, y las piedras de Eygalières no son menos auténticas que las de Fontvieille. Lo que cambia es el paisaje humano. En Fontvieille todavía ves un pueblo. En Eygalières ves también la elección, el filtro, el glamour, una forma contemporánea de aquello que antes habría tenido una tonalidad aristocrática y que ahora adopta el modo de vida de los muy ricos, de los grandes propietarios, de los franceses acomodados de ciudad, de británicos, norteamericanos y ciudadanos de otros lugares que han convertido la zona en refugio de un lujo silencioso. No hay necesidad ni de idealizarlo ni de desacreditarlo. La realidad es esta. La estética de los muy ricos, cuando es buena, es buena. Y Eygalières ofrece una versión muy convincente de ello. Pero una cosa es reconocerlo y otra convertirlo en modelo universal. A mí lo que me interesa es observarlo y entender cómo este tipo de presencia, transforma un pueblo. La belleza sigue estando ahí. Pero el tono cambia. Viniendo de Saint-Rémy, con aquella saturación casi insoportable, la llegada a Eygalières tuvo incluso una cualidad de descanso, casi de paraíso civilizado.
Al día siguiente, Lunes de Pascua, fuimos a Aviñón. Y aquí el viaje dio un giro. O se enturbió. Porque más allá del Palais des Papes, de la fachada monumental, del núcleo más evidentemente turístico, lo que empezamos a ver dentro de la muralla era una ciudad extrañísima, como si se hubiera vaciado de sí misma. Decrepitud, abandono, despoblación, una especie de sombra urbana difícil de explicar. Había calles donde parecía que no fuera a pasar nunca nada. Casas abandonadas o casi abandonadas. Ventanas muertas. Una calidad de ciudad fantasma. Y lo peor, o lo más inquietante, era no entender por qué. No bastaba con decir inmigrantes. No bastaba con decir degradación. No bastaba con decir centro histórico cansado. No. Había algo más profundo. Algo que no acabábamos de captar. Recuerdo especialmente aquel riachuelo con ruedas de agua, de una belleza inesperada, y al otro lado las casas antiguas, los jardines, una nobleza de antaño que se venía abajo.
Empezamos a preguntarnos qué había pasado allí con una insistencia que ya no era solo curiosidad. Era una especie de pequeña inquietud. Y hasta que no nos sentamos a comer y empezamos a buscar información, no me quedé tranquilo. La propia documentación urbanística de la ciudad admite que la revitalización del “intra-muros” sigue siendo una prioridad y que existe degradación residencial en el casco antiguo. Eso no explicaba toda esa sensación, por supuesto, pero sí le daba sentido. Aviñón había perdido población en el centro, había perdido vida en su casco antiguo, y eso explicaba en parte aquella impresión tan desconcertante de caminar por una ciudad grande, histórica, ilustre y sentirla al mismo tiempo abandonada. Del mismo modo que las crecidas del Roine acabaron dañando e inutilizando el famoso “puente de Avignon” de la canción popular francesa, parecía que la antigua ciudad amurallada hubiera querido mimetizarse solidariamente con él.
Allí, de alguna forma, terminaba el viaje con mi hijo Oriol y Adriana. Después los llevé a la estación del TGV para que volvieran a casa, a París. Más allá de la pequeña tristeza propia de cuando te despides a personas que quieres, había, sobre todo, la serena conciencia de que los días compartidos habían sido agradables y de que ahora cada uno volvía a su mundo, a su ritmo, a su vida. Hace años que la vida nos ha acostumbrado a estas idas y venidas. Mis hijos son mayores. Tienen su autonomía, sus lugares, sus proyectos. Yo también tengo los míos. Nos queremos mucho, pero ya no vivimos los encuentros con aquella idea de permanencia doméstica que correspondió a otra etapa. Los vivimos bien mientras duran, y después dejamos que terminen con naturalidad. Quizá esa sea también una forma madura de quererse.
Y antes de regresar definitivamente a Saint-Marc-de-Jaumegarde hice una última parada. Volví a Eygalières. Me senté en la misma terraza donde el día anterior habíamos estado los tres. Y viví aquella última experiencia, muy sintética, muy silenciosa, de este viaje tan hermoso de mi vida afortunada, al menos desde este punto de vista. Allí estaban, de algún modo, todos los colores de la Provenza, todos los artistas, todos los lugares, todos los registros del viaje. Lagrasse, Aix, Les Baux, Fontvieille, Saint-Rémy, Eygalières, Aviñón. El buen recuerdo y el afecto por Cristina, la presencia viva de Oriol y Adriana, los años
pasados, los años de ahora. Y pensé que quizá eso es lo que nos da un viaje cuando es verdaderamente bueno. No solo lugares. No solo belleza. No solo cultura. Nos da, durante unos días, una manera muy agradable de estar en el mundo.
Y después la vida sigue, sí, pero no como una caída. Sigue con las otras cosas buenas de la vida. Y, en mi caso, con la fortuna de volver a un lugar tan extraordinario como las Terres de l’Ebre, donde me siento bien acogido y donde mi existencia transcurre felizmente. Y eso también cuenta, y mucho. Es una gran suerte ir a la Provenza y, al terminar, saber que el lugar de regreso no es una compensación menor, sino otro espacio de belleza genuina, de una intimidad ganada, de una vida propia muy querida. Quizá por eso no quería dejar este hilo interrumpido. No porque resultase imprescindible explicar nada más, sino porque algunos viajes, cuando han sido tan agradables, todavía reclaman una última mirada antes de desaparecer dentro de la vida que sigue su curso.






Que bonic Josep Maria! I quines ganes de tornar a la Provença que m,has fet venir… Ohhhh…quin record ha aflorat quan has esmentat Lettres de mon moulin,… el curé de Cucugnan….lectures de jovenet… M,has fet dibuixar un somriure…
Moltes gracies com sempre per escriure tan i tan bé!!
Moltes gràcies per aquestes paraules tan afectuoses, Joan. M’agrada molt això que dius, perquè al final els llocs també serveixen per obrir finestres de memòria. Fontvieille em va portar cap a Daudet i cap a aquell món literari de Lettres de mon moulin, però és bonic que, a tu, el record t’hagi dut directament fins al curé de Cucugnan, que no és ben bé Fontvieille. Cucugnan és més aprop de Lagrasse, a la “Llengua d’Oc”,el poble que esmento al primer relat d’aquesta sèrie de tres. Tot és avui, aquesta França meridional tan bonica.
Em fa molta il·lusió que una referència així t’hagi retornat lectures de jovenet i t’hagi dibuixat un somriure. Al capdavall, escriure, com pintar, pretén emocionar!
Una abraçada i moltes gràcies, de veritat!