Fuente: FORUM LIBERTAS

Son las 8 y media de la tarde, las neblinas y la calima han desaparecido, el bochorno ha dado paso a un aire fresco, en comparación con el que hemos tenido durante el día y, parece que sí, que puede que haya un cierto descenso de la temperatura, después de esta semana en la que, pese a ser aún primavera, las temperaturas han batido récords estivales. La vista del mar azul y el Delta verde, con el arroz ya crecido, reconforta, tiene un efecto peaceful.

Este calor sofocante me ha hecho pensar en este verano. Lo que me rodea, más los humanos que la naturaleza y el paisaje, no tengo la sensación, en general, de que estén demasiado satisfechos, ni optimistas. Y la naturaleza sigue proporcionándonos belleza y transmitiendo buenas vibraciones, a pesar de lo que la llegamos a maltratar. Ella reacciona. Gloria, Filomena, viento de levante descomunal. La propia COVID, según nos cuentan, no es ajena al calentamiento global. Mientras escribo este post, los incendios forestales van quemando el país…

Si no hay sorpresas, este será, verdaderamente, el primer verano, digamos, post-COVID. O con un virus Omicron —repito, si no hay sorpresas— que no provocará, ni de lejos, los problemas vividos en los dos últimos años.

Cuando estábamos confinados se decía que la vida no sería igual después de la COVID. Probablemente la vida no sea igual, pero no estoy seguro de que esto sea fruto de haber reflexionado, aprendido lecciones y aplicarlas. Diría que hemos decidido olvidar y continuar la huida hacia adelante iniciada hace tiempo. Los humanos, en principio por suerte, tendemos a intentar no pensar en los malos recuerdos. Sin embargo, las situaciones traumáticas siempre dejan huella. Más allá de otros posibles efectos, seguro que, en el subconsciente, ha quedado grabado que un hecho totalmente imprevisto nos cambió la vida radicalmente en un santiamén. No nos dimos cuenta y estábamos encerrados en casa. Hay quien dice que posteriormente, ahora, ha habido, hay cierta respuesta tipo “vivir el presente”. Y probablemente sea cierto. Otra cosa es cómo entiende cada uno lo de “vivir el presente”…

Unos pensamientos llevan a otros y, más allá de que haya tantos “presentes” como personas hay en el mundo, el digamos “presente común objetivo”, pone de manifiesto elementos que conviene no ignorar. Probablemente desconozcamos todavía el impacto de la COVID sobre la salud mental de la población. Empieza a haber estudios disponibles. Yo solo he leído uno con detenimiento, y es estremecedor. Analiza un amplio colectivo de profesionales sanitarios y la conclusión es que, después de la COVID, casi el 50% de ellos presenta problemas de salud mental que van desde la ansiedad y la depresión a las ideas suicidas, con efectos colaterales como el abandono de la profesión y jubilaciones anticipadas, entre otros. Ya antes de la COVID, la prevalencia de los trastornos mentales era del 25% en la población general. Uno de cada cuatro ciudadanos tenía problemas de ese tipo. Una medida (in)directa de esto es el crecimiento constante del consumo de psicotrópicos. Tras la COVID, este consumo se ha multiplicado. Hay hechos que no tienen valor científico, pero… Os acordaréis de que, especialmente en las últimas olas de COVID, muchos de nosotros, antes de que las autoridades sanitarias nos informaran, ya veíamos que teníamos la ola encima por el número creciente de casos que se producían a nuestro alrededor. Bueno, pues tengo la sensación de que esto me está pasando con los problemas de salud mental. Mi entorno cercano y no tan cercano, está lleno de casos de insomnio, de ansiedad, de depresión y no he parado de referir amigos y conocidos a compañeros psiquiatras y psicólogos.

Y en este contexto, llega el verano… Y todo el mundo quiere olvidar lo ocurrido y no pensar en lo que nos amenaza y vivirlo “intensamente”. “Vivir un presente” encajonado entre la COVID por detrás y lo que representa la guerra de Ucrania por delante. Más allá de lo peor de la guerra, del drama que supone para los ucranianos, las consecuencias son muchas y diversas. Sobre una inflación preexistente, la guerra con el encarecimiento de los productos en general y de los productos básicos en particular, ha contribuido a disparar la inflación. El presente de las vacaciones de verano se situará entre una inflación desbocada, con la gasolina por encima de los dos euros el litro y la vuelta en septiembre marcada por el incremento de los tipos de interés y su incidencia, diversa, pero en concreto, sobre las hipotecas. Todo esto en un mercado laboral muy precarizado. Este contexto me lleva a pensar que, en muchos casos, “vivir el presente” signifique intentar olvidar los dos últimos años y no pensar en lo que nos espera en otoño. Cuando llegue ya nos lo encontraremos. En demasiados casos, vivir el presente equivale a evadirse y también evadirse de uno mismo y quedar instalados en el vacío…

Mientras pienso en esto, se va haciendo de noche, el aire fresco se deja sentir más y la sensación es reconfortante. Al fondo, el mar se ve todo lo bien que puede verse a esta hora. La calima ya no está. Ahora es la oscuridad incipiente de la noche que va llegando, la que comienza a esconder el mar del alcance de los ojos. Evasión, evasión de uno mismo, vacío… Pienso en cosas que dice el compañero Francesc Torralba:

“La evasión revela una herida escondida en el corazón, el vacío. El antídoto del vacío es la autenticidad. Pero vivir es tenérselas con la incertidumbre. Somos frágiles. Evadirse es empezar a morir. Vivir con sentido es vivir con autenticidad en un mundo incierto, es construir la propia casa con esfuerzo, dignidad y tenacidad, sabiendo que, en cualquier momento, puede ser derribada”.

Y añadía:

“La vida per se no es bella: en la vida hay belleza, pero también hay mucha fealdad; hay bondad y maldad, y vacío. El antídoto del vacío no es la evasión, ni el fármaco, ni el bufón que entretiene, sino la apuesta por la autenticidad. O sea, vivir de acuerdo con el yo. Una persona vive auténticamente cuando intenta hacer de su vida un proyecto personal. No simplemente una rutina para cubrir las necesidades primarias, algo que debemos hacer todos, sino que intenta hacer de su vida una obra de arte. No admite que su vida tenga un guión escrito”.

Los colapsos de los últimos fines de semana en la AP-7 —que, como dice un buen amigo de la Ametlla de Mar, Josep Martí, ya no es una autopista— tengo la sensación de que son un aperitivo de cómo serán los meses de julio y agosto en playas, montaña, aeropuertos y en todas partes. Entre estos sufridos viajeros habrá quien desee pasear, hacer deporte, disfrutar de la naturaleza, leer, pintar, compartir buenas conversaciones con familia y amigos… Y, por qué no, ver una buena serie en una plataforma o ir a tomar una copa al atardecer frente al mar y disfrutar de un buen bailoteo, que no son incompatibles con una vida con sentido y con la autenticidad. Todo lo contrario. El problema es cuando la vida es solo eso. Entre los conductores de la AP-7, habrá muchos que solo se sabrán “divertir” evadiéndose de todo, juntándose ilegalmente, digamos una quincena de cuerpos humanos en un chalet que tiene licencia para seis o siete, durmiendo la mona hasta las 12 y poniendo reggaeton y gritando y berreando desde que se levanten hasta que termine la fiesta a las 7 de la mañana. No sabemos cómo reaccionarán aquellos que después de que la compañía aérea, low cost o no, les haya suspendido el vuelo quince días antes de salir hacia Costa Rica. Pidieron un crédito para pagar un billete que no será reembolsado, ya que la aerolínea no está obligada a avisar con dos semanas de antelación. Como tampoco recuperarán todos los depósitos por alquiler de coche o reservas hoteleras realizadas. No tendrán más remedio que quedarse en casa, ya sea conformados o enfadados con el mundo, o bien, pagando la gasolina a ya sabemos qué precio, ir a hacer vivac o acoplarse a los invasores de un chalet-patera de los antes mencionados, si lo que necesitan es evadirse. No vaya a ser que acabaran encontrándose en algún momento con el “yo” que evitan y tuvieran un susto. ¡Al fin y al cabo, donde caben quince, caben veinte!

Me quedo dormido en el porche y sueño con que estoy hablando con un desconocido que resultará ser el diablo, caminando por la playa del Fangar…

“—Viendo cómo hablas, quiere decir que tienes la suerte de vivir en la autenticidad, que has conseguido ser tú mismo, ¿no?

—¡Ya quisiera yo!— digo sonriendo, y añado —me haces pensar que seguramente nada es más importante en mi vida que intentar ser yo mismo. Pero confieso que me cuesta. Sé que debo convivir con cosas que no me gustan e incluso experimentar el vacío, a veces durante largos ratos. Vivo contradicciones. Por ejemplo, el consumismo y el individualismo, los considero nocivos, para todos. Hoy en día no soy un gran consumidor, si me comparo con hace años, pero soy aún más individualista de lo que quisiera. Pese a esto y otras dificultades que tengo, no he renunciado a la autenticidad, a conectar con mi yo, al menos de vez en cuando. Ni siquiera a escribir el guión de mi propia vida, a pesar de

Fuente: DIARIO DE NOTÍCIAS

que lo que escriba difícilmente será una “obra de arte”. Pero el camino se hace caminando. Llega un momento en que tienes que preguntarte menos por el sentido de la vida y simplemente vivirla con sentido. Hace falta coraje y valor, sí.

—Dicen que no se tiene que juzgar y tú asimilas a los del reggaetón y la borrachera, a los incapaces de vivir una vida auténtica…

—Si hablamos de juzgar, sin más, estamos en el terreno de la subjetividad y puede llegar a ocurrir que el juicio retrate más a quien lo hace que al destinatario del mismo. Es un juicio de valores, basado en los valores que tiene quien juzga. Y sí, aunque los principios y los valores no son exactamente lo mismo, me viene a la mente la célebre frase de Grouxo Marx: “Estos son mis principios, si no le gusta tengo otros”. Ya nos entendemos. Lo que he escrito, pretendía ser un juicio de valores ético. Todas las sociedades tienen valores comunes, que sirven para determinar qué conductas, qué actitudes son mejores que otras o incluso cuáles resultan inaceptables. Si vas en coche y ves que el semáforo que está a cien metros se pone rojo, tienes diferentes alternativas. Si formas parte de las sociedades que regulan el tráfico con semáforos, tus conciudadanos —y eventualmente, la policía—  coincidirán a la hora de evaluar si lo que has hecho ante un semáforo rojo, ha sido lo correcto o no. Aplicando el mismo razonamiento, prefiero tener a un vecino que disfrute pescando, sentado con ademán tranquilo en unas rocas frente al mar y con la mirada serena perdida en el horizonte, que a un energúmeno escandaloso que no respeta el descanso nocturno de los demás. Esto no es un juicio de valor subjetivo.

—Entonces, ¿de la peña de los borrachos ruidosos del reggaetón no hay nada que aprender? ¿Y del pescador, sí?

—¿Pero tú quién eres? ¿El diablo? —Sonrío—. De entrada, los incívicos me reafirman que no quiero actuar como ellos. ¿No quiero ser como ellos? En principio, no. ¿Qué resulta que hay un par que la cosa les ha cogido con las “defensas bajas”, que en su contexto se les juzga de forma diferente? ¿Y que quizás el pescador sea un pobre deprimido, una persona marginal y solitaria, tan alejada de su centro como los violadores de la paz nocturna? ¿Que la mirada perdida se explica por su ausencia y no por la conexión consigo mismo? Todo es posible. En cualquier caso, el silencio favorece más la introspección y el recogimiento que el ruido. Tú hablas de aprender. Hay maestros de gran valor añadido en cuanto al conocimiento instrumental, práctico, y hay maestros de vida, personas que son referentes. De estos últimos es de los que puedes aprender. Si no tienes referentes, eres un vagabundo. Aprendes de quien va por delante de ti en el camino de intentar vivir con plenitud. Y estos referentes, los identificas por cómo viven, por cómo actúan, no por lo que explican. No tengo ni idea de si el pescador puede ser un referente. Los de los disturbios… Me temo que no y no es un prejuicio. Te invito a experimentar la vecindad con ellos durante una semana y que al terminar me expliques qué has aprendido…

—¿Quieres decir que no eres un privilegiado? En términos de oportunidades lo has tenido todo, al margen de lo que hayas sido capaz de aprovechar, ¿no?

—No sé en qué piensas cuando dices que he tenido todo. ¿A buenos trabajos, interesantes y bien retribuidos? ¿Acceso al conocimiento, a viajar y hacerlo con comodidad? ¿Confort, buenas casas? ¿Bienes materiales? ¿Quizás piensas en tener muchos amigos? Te diría que a medida que me he hecho mayor he ido aprendiendo que más es menos, y mea apresuro a aclarar que lo digo con todo el respeto por quienes no tienen lo que resulta indispensable para vivir. Me refiero a que demasiadas cosas, demasiadas horas dedicadas a trabajar, demasiados viajes, demasiados gadgets, incluso demasiados libros de según qué tipo, solo sirvan para huir y no afrontar con coraje lo que más cuesta… Ya te he dicho que lo importante en mi vida es intentar ser yo mismo. Ya he trabajado demasiado, ya he viajado lo suficiente, ya me he “distraído” más de lo deseable con todo tipo de cosas inservibles. Al final, si haces las cosas bien, te das cuenta de que el mejor coche, el mejor barco o un jet privado, pueden ser un vulgar trasto, un estorbo en tu vida. En cuanto a los amigos… No sé a lo que llamas amigos. Pero la respuesta es pocos y buenos. Mi abuela decía que “tots els massa, piquen” (todos los excesos hacen daño). Tenía razón.

—Todo lo que dices son obviedades. Ya hace años que se publicó El monje que vendió su Ferrari y otros best sellers de poca monta. Hace tiempo que el mundo está lleno de charlatanes y espabilados que te venden la fórmula secreta de la felicidad…

—¡Definitivamente, eres el diablo! Puedo estar de acuerdo contigo en que lo que digo son obviedades. Pero ¿no crees que lo que está pasando nos indica que las lecciones obvias, lo que los anglosajones llaman the basics, es necesario repasarlas cada vez más a menudo? ¿Te das cuenta de la ola de calor que estamos sufriendo? ¿Crees que si hubiéramos interiorizado estas obviedades, tendríamos esa temperatura? Está claro que el mundo está lleno de farsantes. Y de personas que, en la práctica, viven totalmente ajenas a estas “obviedades”. Y algunos que, con mucho esfuerzo, intentamos que en nuestro día a día, se note que alguna obviedad hemos incorporado, mejor o peor. Y unos poquitos que son referentes y que, sí, son los que menos necesitan repasar la lección. Si estuviera de más reiterar las obviedades, este verano para la mayoría de los que hacen cola en las diferentes AP-7 del mundo, sería diferente de lo que será…

—Quizás sí que soy el diablo, porque sé que dos buenos amigos tuyos dicen que eres un pesimista.

—Sinceramente, me siento lleno de esperanza, una virtud que nada tiene que ver con el pesimismo. Ni con el optimismo. No soy, ni mucho menos, el único que considera que nuestro mundo está gravemente enfermo. Pero también hay conciencias que despiertan y pienso que en este siglo XXI más se tendrán que despertar. Tú, diablo, querrías acabar con mi esperanza. Sabes también que tachar a quien dice lo que no quieres escuchar de pesimista, es una forma de evadirse y vivir en el vacío. ¡Qué cabrón eres, diablo! Por eso eres diablo, ¿no?

—Claro, mi misión está clara. ¿Pero no crees que estoy ganando la partida? Tú hablas del impacto de la COVID sobre la salud mental. También ha habido muertes y sufrimiento y acortamiento de la esperanza de vida. Habéis vivido una restricción limitante de vuestra libertad de movimientos, de las relaciones sociales. Solo os habéis podido evadir con Netflix, haciendo pasteles y bebiendo alcohol y, como decías, no ha habido los cambios positivos que algunos auguraban al principio. ¿Qué más crees que necesita que pase para que la vida sea más humana? —dice socarronamente—.

Mientras el diablo va hablando, llego solo a casa, pero lo sigo sintiendo como si siguiéramos caminando por la playa. Las contraventanas con cierre en forma de libro, metálicas, que dejé cerradas para evitar la entrada de aire caliente, se están fundiendo y, como si de velas de cera se tratara, las lágrimas de metal van cayendo hasta llegar al suelo. Una especie de bolas de fuego, impulsadas por el viento caliente, entran por las ventanas. Estúpidamente, mientras siento que me voy achicharrando, intento ir a buscar la manguera del jardín, pero ya de lejos veo que ha quedado chamuscada por el calor… Siento el fuego del infierno y cuando empiezo a entender todo, me despierto…”.

Estoy sudado, aunque ya es de noche y el aire es fresco. Me sobrepongo y mientras pienso en el sueño y en la última pregunta, escucho a una periodista en la radio que, a pesar de estar en el interior de la casa, se puede oír a través de la ventana abierta. La voz femenina en cuestión, explica las desventajas que tienen los políticos actuales respecto a los de hace veinte o treinta años, y lo hace desde el punto de vista de la presión y la inmediatez que implica vivir inmerso —podríamos decir “evadido”— en las redes sociales y el mundo de la comunicación trepidante. Tanto que las pantallas —en sentido literal y metafórico— impiden pensar en horizontes, en políticas a medio plazo y, menos aún, a largo plazo. De nuevo, la concepción de verse abocado a vivir el presente de forma corrosiva, la política de quitarse “los marrones” de encima como puedes, y gracias. La política hecha desde el vacío, la vida vivida desde la contradicción entre lo que se siente, se piensa, se dice y se hace.

Miro a mi alrededor, como si buscara el diablo del sueño por el porche y no lo veo. Pero mentalmente, le cuento lo que me viene a la mente:

—Maldito diablo, no voy a caer en la trampa de las soluciones imposibles. Quizás todo no se puede resolver y lo que se pueda resolver, será yendo poco a poco. Parando, desacelerando. No cambiando de pantalla tan rápidamente, no viviendo tan rápidamente. ¿Has leído Elogio de la lentitud? Pues este será uno de los caminos para que dejes de ganar la partida tú. Poco a poco. Observar, escuchar, pensar y actuar, claro. Los mayores tendremos que aprender —y tendremos que enseñar a los niños— a esperar. Dejar de coger el smartphone para que el señor Google nos dé todas las respuestas al momento. Estas respuestas no contestan a las preguntas esenciales, que ni siquiera tenemos tiempo de hacernos.

Cuando la periodista termina, explican una muerte trágica. Un ciudadano que debía ser desahuciado al día siguiente, se ha tirado por el balcón. Un enviado especial al sitio de los hechos comienza a dar todo tipo de detalles. Supongo que en la TV deben de dar las imágenes. La

Font: DIARI DE GIRONA

transmisión en directo se ve interrumpida por la noticia de un atentado yihadista y esta, por la de un tsunami en el Pacífico. Un muerto, decenas de muertos, cientos de muertos. Para mañana anuncian que los termómetros rozarán los 40 grados y… ¡Todo esto ocurre en diez minutos!

¡Apago la radio y me reafirmo en la confianza de que el siglo XXI será el siglo de la reacción de los humanos en favor de la humanidad!

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2 thoughts on “PRIMAVERA, VERANO Y OTOÑO TÓRRIDOS

  1. En serio, Josep maria? Creus de debò això que dius? Deu ser perquè vas apagar la ràdio i vas tornar a somniar… Salut i bons instants!

    1. josepmariavia dice:

      Hola Isabel! Tinc esperança i confio de veritat en la generació dels meus fills. I dic aquesta, perquè és la que més conec, la dels que ara en tenen 30 amunt o avall. Conec menys als més joves i els una mica més grans, però “no les tocará otra”. No els hi hem deixat fàcil i el repte que tenen és gran. Però hi confio de veritat! Tinc esperança. I també en alguns que envellint mostren maneres en el camp de la “saviesa”. Hem de confiar, sí o sí. Com deia, no es tracta d’optimisme, ni de pesimisme, per a mí qualitats instrumentals. És tracta d’esperança, de tenir la virtut de l’esperança!

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