Escrito en Saint-Marc-de-Jaumegarde, cerca de Aix-en-Provence
La llegada a Saint-Marc-de-Jaumegarde, relajada, discreta, no necesitaba ningún ingrediente especial para quedar grabada en la memoria. No ocurrió nada extraordinario y, sin embargo, había algo que hacía presentir de inmediato que el lugar merecería que le dedicara un escrito. La casa era bonita, tranquila, apartada, situada en ese punto preciso donde la distancia del bullicio, lejos de inquietar, se convierte en un privilegio. Los propietarios —una pareja que debe de rondar los sesenta años, con esa apariencia tan reconocible de las uniones que ya no pertenecen a la primera juventud sino a una segunda construcción sentimental, más reposada, más consciente, quizá también más libre— parecían disfrutar de la presencia de los huéspedes sin invadirlos, contentos de ofrecer alojamiento a gente venida de fuera y contentos, también, de poder intercambiar unas palabras, de conocer otras procedencias, otros itinerarios vitales, de escuchar otros acentos. Había en ellos una cordialidad pausada, sin efusión ni teatro, como si su manera de acoger formara parte de un pacto alcanzado con la vida.
Llegué un jueves. Jueves Santo. Después solo hubo la instalación, algunas actividades prácticas inevitables, la necesidad de situarme en aquel entorno nuevo y, finalmente, el desplazamiento a la estación del TGV de Aix-en-Provence para ir a buscar a mi hijo Oriol, que llegaba de París. Ese era, en realidad, el centro de gravedad del viaje, aunque no hiciera falta formularlo en voz alta. Hay desplazamientos que se organizan alrededor de un lugar, de un paisaje o de un deseo de conocimiento. Y hay otros que, sin dejar de tener todo eso, encuentran su sentido más claro en una presencia humana concreta. Reencontrarse con un hijo lejos de casa no es poco. No requiere puesta en escena. No reclama ninguna frase solemne. Tiene más que ver con una sensación de calma que, de pronto, pone cada cosa en su sitio. Hasta ese momento yo había llegado, me había instalado, me había situado. Pero el viaje aún no había acabado de entrar del todo en sí mismo. Fue yendo a buscarlo a la estación, viéndolo aparecer entre los pasajeros de un tren llegado de París, regresando después juntos a Saint-Marc-de-Jaumegarde, cuando tuve la sensación, muy simple y muy profunda, de que aquello empezaba de verdad. Hablamos, pasamos esa primera noche sin más y, sin embargo, había ya en esa normalidad una plenitud discreta. El viaje tenía, por fin, un rostro compartido.
Paseando por Aix
A la mañana siguiente, viernes, Oriol se quedó teletrabajando y yo me fui solo hacia Aix-en-Provence. Este detalle no es menor. La ciudad la recorrí primero en solitario, y eso es importante, porqué en ocasiones un
primer encuentro agradece una cierta soledad, una disponibilidad sin conversación que distraiga, una especie de silencio interior para que la impresión se forme al completo antes de ser compartida. El día había amanecido bajo un cielo azul, sin una sola nube, con esa limpieza del aire que aquí parece una condición natural. Esta luz ha sido una constante durante todo el viaje, y empiezo a pensar que es una de las claves profundas de esta tierra. No es una luz blanda ni indulgente. No difumina. No disimula. Todo lo contrario. Hace más preciso el perfil de las cosas, refuerza su contorno, extrae su forma con una nitidez propia del corte de diamante. Quizá por eso esta Provenza remite tan rápidamente a la pintura. No solo porque sea bella, sino porque la luz obliga al ojo a mirar de otra manera.
Entré en la ciudad antigua y, enseguida, se impuso esa evidencia que solo Francia sabe formular de un modo tan nítido, tan indiscutible y, al mismo tiempo, tan lleno de matices. No hay duda de que estamos en Francia. No es solo una cuestión de arquitectura, de urbanismo o de lengua, aunque también. Es otra cosa, más profunda y a la vez más visible. Una personalidad colectiva fortísima, marcadísima, que se manifiesta en los detalles y que convierte el simple tránsito por una calle en una forma de observación cultural. El casco antiguo de Aix no es espectacular en el sentido banal de la palabra. No abruma. No impone. No busca el efecto. Más bien es un despliegue continuado de belleza, de piedra clara, de plazas y calles que se encadenan sin ruptura, como si la ciudad hubiera sido pensada para ser vivida antes que contemplada. El Cours Mirabeau, con sus plátanos, las fuentes y los cafés, actúa como gran eje urbano, paseo noble que une el barrio Mazarin con la parte vieja comercial. Pero la verdadera fuerza de Aix no se encuentra solamente en el gran paseo. Es también la de las calles que se desprenden de él, los rincones que se estrechan, las plazas que aparecen de pronto tras una esquina, esa alternancia entre amplitud y recogimiento que hace que la ciudad no se deje consumir sin más. A medida que uno se adentra en su interior, la ciudad se vuelve más antigua, más densa, más precisa. Cada portal parece tener su personalidad. Cada sombra parece contener una hora. Cada fachada parece haber aprendido, con el tiempo, a sostener la luz sin reclamarla.
La Place de l’Hôtel de Ville obliga a detenerse. No solo porque sea bella, que lo es, sino porque conserva una autoridad serena, una especie de dignidad pública que en otros lugares ha sido sacrificada al ruido, al exceso, a esa confusión contemporánea según la cual toda ciudad viva debe parecer necesariamente ruidosa, abarrotada, vociferante, entregada a la banalidad del espectáculo turístico. El edificio monumental del ayuntamiento preside la plaza con seguridad, sin alarde, y la torre del reloj, allí mismo, parece condensar diversas capas de tiempo en una única vertical. Hay cafés, hay mesas, hay movimiento, pero no hay esa histeria callejera que tan a menudo degrada las ciudades cuando pierden el respeto por sí mismas. Este es un punto importante. No idealizo nada. Aix también es una ciudad visitada, una ciudad consciente de su prestigio, una ciudad que conoce perfectamente las servidumbres del presente. Pero aún no ha caído —o no del todo— en la degradación ruidosa, en el mal gusto ostensible, en esa vulgaridad estridente que convierte tantos espacios urbanos en escenarios fatigantes. Barcelona es otra cosa, y precisamente por eso duele más verla tan a menudo desfigurada por un turismo desbordado y antiestético, por el bullicio sin forma, por la pérdida de densidad civil y por una dejadez que ya ni siquiera parece ser consciente de sí misma. España, por otro lado, arrastra desde tiempos ancestrales un problema mucho más profundo y mucho más general: la mala educación, la falta de urbanidad, la desconsideración en el espacio común. Mi buen amigo Xavier Roig suele situar esta característica, demasiado acentuada en España, como una variable explicativa de por qué Francia, diga lo que diga la propaganda oficial hispana, sigue estando a años luz. No es una anécdota ni una exageración. Se percibe en la calle, en el ruido, en la dificultad para convivir con discreción, en las conversaciones a gritos, en la confusión constante entre espontaneidad y grosería, entre vitalidad y escándalo, entre libertad y falta de respeto. Francia, con todos sus defectos, conserva todavía mejor que España una idea de la buena educación, del gusto, de la finezza y hasta de lo que antes se llamaba clase. Aquí aún sobrevive una cultura del equilibrio, del silencio relativo, de la contención, de una forma de estar en el espacio público que no necesita imponerse a gritos para llamar la atención.
Hay ciudades que quieren resultar agradables. Aix, en cambio, parece querer ser justa consigo misma. Esa es, quizá, su cualidad más extraña. La calle no está pensada para que el turista la consuma sin respeto, sino para que la ciudad pueda seguir habitándola sin humillarse. Y eso se percibe. Se percibe en los cafés, en la proporción de las plazas, en la relación entre los edificios y los peatones, en la forma en que el ruido no anula del todo la conversación, en la manera en que la gente no parece haber cedido completamente al imperio del desorden. No es ningún paraíso, por supuesto. Pero tampoco es aún ese desastre ridículo que tantas veces convierte el espacio público en una combinación de mal gusto, mala educación y el cansancio derivado de contemplar la degradación. Aquí todavía hay algo que resiste. No sabría decir si es civilización, educación, memoria o simplemente una suma de hábitos antiguos que no se han dejado destruir del todo. Sea lo que sea, el resultado se percibe físicamente. Uno se siente menos agredido. Menos expulsado. Más dispuesto a mirar con respeto.
Y es precisamente mirando como la ciudad se abre de otra manera, sentado en un restaurante, observando, cuando he tenido la impresión de que una ciudad puede explicarse tanto por sus fachadas como por la manera en que la gente se sienta, se quita unas gafas, se recoge el pelo, se coloca un pañuelo o combina unos vaqueros con unos zapatos. Dos chicas vestidas de negro, muy elegantes, una de ellas con gafas de sol, se sentaron y, justo en ese momento, una hizo el gesto de recogerse el cabello con una precisión tan medida que parecía un acto mínimo de coreografía. No había afectación, o quizá sí, pero tan bien integrada que dejaba de ser ridícula. En esa naturalidad disciplinada, en esa pequeña atención a la forma sin esfuerzo visible, había ya toda una cultura. Frente a ellas, otra pareja sugería una forma de resistencia al tiempo, una resistencia tenaz, consciente, quizá incluso un poco dramática y, justo por eso, humana. Ella tenía un cabello larguísimo, de un rubio impecable, demasiado impecable para no sospechar el blanco original que hay debajo. Él lucía cabello blanco, una melena relativa perfectamente peinada, ojos azules, buena estatura, espalda ancha, aires de viejo seductor, de hombre que debió causar furor y que aún hoy se esfuerza por conservar algo de aquello, aunque una pequeña barriga —esas barrigas modestas, pero especialmente indiscretas en los cuerpos delgados— introducía una nota de realidad en el conjunto. Y, sin embargo, la elegancia persistía. Vaqueros, zapatos con cordones de estilo británico, tipo Oxford, una camisa que parecía hecha a medida, el cabello, sin duda, trabajado durante un buen rato por su estilista. Una caricatura? Tal vez. Pero si lo es, es una caricatura refinada de la belleza que un día encarnaron sin más matices y a la que no se resignan a renunciar, consiguiendo un buen resultado. También ella, con unos zapatos claramente elegidos, nada casuales, y con ese pañuelo que se quitó, se volvió a poner y definitivamente se quitó cuando le sirvieron el plato, parecía recordar que hay personas que siguen construyendo su presencia en el mundo a través de gestos discretos y delicados.
Otra pareja, de nuevo, aún me hizo pensar en ese mismo código, quizá llevado a otra variante. Por el lugar, por el día, por el tono informal del momento, sorprendía que él llevara una americana tan elegante, de una
elegancia casi desproporcionada respecto al conjunto. En otros entornos eso haría pensar en un error o en un exceso. Aquí no. Aquí esa americana dialogaba con el resto de la vestimenta, aparentemente deportiva, sin romper nada, como si la distinción no fuera una excepción sino una posibilidad siempre disponible. Cabello y barba cuidadísimos, bien recortados, todo ajustado a una idea de presencia. Y alrededor, más o menos, todo el mundo respondía a esa mismo criterio. No era exactamente lujo. Tampoco ostentación ni nada relativo a la vanidad. Era otra cosa. Una especie de muestra de respeto formal por el espacio compartido. Como si vestirse bien, moverse bien, ocupar el espacio con cierta compostura formara parte de un aprendizaje que viene de lejos, de una herencia incorporada que aún no se ha disuelto del todo. Por no hablar de los camareros, perfectamente uniformados. Camisa blanca impecablemente planchada, cuello ajustado, puños pulcros i visibles, bajo una chaqueta negra ajustada pero cómoda y pajarita negra. Pantalón también negro, de corte recto, sin una sola arruga. Zapatos de cordones negros relucientes. Delantal blanco, largo, ajustado a la cintura con un nítido pliegue frontal. Pequeña libreta en el bolsillo de la chaqueta. Paño blanco, cuidadosamente doblado colgando del brazo izquierdo. Comme il faut!
Quizá sea ahí donde Aix-en-Provence se me hizo más intensa. No solo en las plazas ni en las calles, no solo en el Cours Mirabeau ni en la plaza del ayuntamiento, sino en esa correspondencia tan exacta entre la ciudad y sus habitantes, o al menos entre la ciudad y la parte de su humanidad que se deja ver. Qué suerte vivir en un lugar en el que la forma aún no ha sido humillada, donde la gente no ha renunciado a una disciplina del detalle que lo cambia todo. Todo eso, para alguien que viene de lugares donde la dejadez se ha normalizado hasta convertirse casi en una ideología “progresista” de la naturalidad, resulta muy elocuente. Aquí la gracia no es que la gente vaya arreglada. La gracia es que parece lo natural. El buen gusto no responde a ningún esfuerzo especial, simplemente es un hábito. En España, con demasiada frecuencia, el espacio público ha sido colonizado por la exhibición basta i grotesca i por el ruido, cuando no por el olor desagradable de excrementos, no todos ellos caninos. Aquí aún queda algo de una vieja civilización del detalle. Y eso, en tiempos de tanta fealdad consentida y en ocasiones exhibida como muestra de modernidad y progreso, casi conmueve.
La luz desempeña un papel decisivo. No solo porque lo embellece todo, sino porque lo fija. Todo parece dispuesto según una lógica visual que la pintura supo reconocer antes que nosotros. Por eso es inevitable que, paseando por Aix, llegue un momento en que todo acabe llevando a Cézanne. Nació aquí y aquí murió. Se fue a París, intentó medirse con el centro del mundo artístico de su época, soportó incomprensiones y resistencias, pero nunca dejó de volver a Aix-en-Provence, como si en esta ciudad hubiera algo más valioso que cualquier consagración exterior. La casa donde murió el pintor tiene puesta una placa conmemorativa en la fachada, y visualizarla ha tenido una fuerza muy particular. Porque hay artistas que el tiempo convierte en mitos flotantes, casi desligados del lugar concreto donde vivieron. Con Cézanne ocurre lo contrario. Cuanto más piensas en él, más lo sientes ligado a esta ciudad, a esta luz, a esta manera seca y precisa de hacer emerger las cosas. No me interesa en absoluto la devoción turística, ni la pequeña religión cultural de los itinerarios obligatorios. Pero sí esta impresión muy profunda de que algunos hombres, cuando han absorbido el paisaje de verdad, dejan una especie de huella que deja sentirse en los lugares donde vivieron. Aix-en-Provence no se entiende solo como una ciudad bella del sur de Francia. Se entiende también como el lugar del que Cézanne no pudo ni quiso desprenderse del todo. Y eso la eleva. No de manera monumental. De forma espiritual, le proporciona riqueza interior.
Las calles de Aix-en-Provence, también conocieron a Van Gogh, aunque su gran paisaje provenzal es el de Saint-Rémy-de-Provence y los Alpilles. En la Provenza interior, la luz seca, el cielo azul exclusivamente provenzal, la piedra que no admite difuminados, forman un continuo que hacen que el paso de un pueblo a otro, de una ciudad a otra, se viva casi como un desplazamiento dentro de una misma pintura expandida. Y quizá sea esta misma continuidad la que hace que el viaje, más que una suma de lugares deslavazados, sea una experiencia única. Un todo poliédrico.
Por la tarde fui a buscar a Oriol. La ciudad, que por la mañana había recorrido solo, adquirió nuevos matices cuando volvimos juntos. También en eso los lugares cambian un poco. No porque se transformen, sino porque la mirada ya no es la misma. Lo que por la mañana había sido observación, por la tarde se convirtió más bien en compañía. Paseamos, cenamos, pudimos compartir tiempo —todo un lujo!— hasta la hora de ir a buscar a Adriana a la estación. Fue apacible, no ocurrió nada extraordinario. No hacía falta, fue muy valioso. La tarde se fue alargando sin prisa, como si la ciudad nos dejara quedarnos un poco más dentro de su luz antes de que llegara la noche. Cuando además de la noche llegó Adriana y regresamos los
tres, tuve esa sensación sencilla que a veces acompaña a las cosas cuando han encontrado su lugar. Ya estábamos todos. Y el viaje, que hasta entonces había tenido algo incompleto, quedaba por fin armado.
Hay momentos así que no precisan de grandes palabras. Son más bien una suma de elementos humildes y modestos que, juntos, acaban construyendo algo importante. Un reencuentro, una ciudad recorrida primero en soledad y después en compañía, una cena, una espera en la estación, una llegada tardía, un regreso nocturno. Nada que, contado deprisa, parezca gran cosa. Pero la vida está hecha también de esta materia. Y, cuando el lugar acompaña, cuando la luz ayuda, cuando la compañía es la adecuada, todo eso adquiere una consistencia especial. No solo recuerdas la ciudad. Recuerdas lo que viviste en ella.
Al caer la tarde y después la noche, he pensado que Aix-en-Provence, además de gustarme e impresionarme, me deja una sensación de paz i equilibrio. Quizá eso sea lo mejor que puedan proporcionar algunos lugares. No solo el placer de haberlos visitado, sino una manera más simple y más humana de habitar, aunque sea por unos días, el mundo.


És un text extraordinari (encara més que l’anterior). A Pla o Xammar els hauria agradat. C’est tout.
MR
Caram, Marcel! Moltes gràcies! Es nota que ets amic!!! 😉