DESERT D’ATACAMA

Quizás es la primera vez que hago un viaje con atractivos -naturaleza y paisaje en este caso- relevantes y no me lo preparo en absoluto.

Iba al desierto de Atacama, evidentemente lo sabía, pero para mí se trataba de un viaje más a Chile que tenía como objetivo ver a mi hijo Pau, que vive en Santiago de Chile con su pareja.

Quizás he viajado a Chile una veintena de veces desde el principio de la década de los 90, habitualmente por trabajo y en los últimos tres años para ver a mi hijo. Procuro llegar un viernes e irme el viernes siguiente. Como ellos trabajan, más allá del fin de semana los ratos para estar juntos quedan reducidos al final de la tarde y la cena. !Hay que aprovechar muy bien el fin de semana!

Santiago no es Buenos Aires -por citar una ciudad de la región con alto atractivo-, la he recorrido a pie muchas veces -caminando es como se conocen las ciudades- y hacerlo a finales de enero significa soportar temperaturas que, a primera hora de la tarde, bordean por arriba o por abajo, los 30ºC. Por eso mi hijo tuvo la buena idea de ir a pasar el fin de semana al desierto de Atacama y yo alargué la estancia hasta el martes por la tarde.

El viernes fue un día largo, con 17 horas metido dentro de un avión si cuento los tres vuelos que tuve que coger para ir de Barcelona a Atacama. Pero valió la pena. Llegamos a Calama hacia las 8 de la tarde -ciudad en la que había estado una vez por trabajo, relacionado con el subsistema sanitario de CODELCO, la “Corporación Nacional del Cobre de Chile”- y todavía nos quedaba una hora larga de coche hasta San Pedro de Atacama, ciudad construida en un oasis en medio del desierto. ¡“Cogí” la cama con ganas!

Al día siguiente me di cuenta de que tenía cuatro días de alto interés por delante y que si bien había ido a Chile, no había ido, de entrada, a Santiago que es lo que hay que entender cuando yo digo que “voy a Chile”. ¡Estaba en otro Chile desconocido y apasionante!

Afortunadamente Pau y Carla -que ya lo han organizado para otros familiares y amigos más de una vez- fueron unos guías extraordinarios hasta el domingo por la noche que volvieron a Santiago. Me dejaron todo bien organizado para el lunes y martes. ¡Gran idea! Compartimos intensamente el fin de semana y solo me perdí un atardecer con ellos el lunes. El martes hacia las 19 horas llegaba al aeropuerto de Santiago, donde mi hijo me recogió y “mano a mano” fuimos a cenar al restaurante Baco, en el barrio de Providencia.

En este blog hay posts muy descriptivos de ciudades, países, regiones y rincones del mundo. Si en alguno de ellos el lector tiene la percepción de “guía turística”, sin más, quiere decir que no he conseguido lo que pretendía. Puedo ser bastante descriptivo. Recuerdo haber explicado rutas detalladas a pie por Buenos Aires (Ver “Otoño-invierno austral” del 30 de junio de 2016) o Montevideo (Ver “Uruguay, pequeño gran país” del 16 de febrero de 2018), por Montreal (Ver “El verano y el invierno de la vida. El verano (1)” del 20 de enero de 2019 y “El verano y el invierno de la vida. El invierno (2)” del 23 de enero de 2019) o en coche por Miami (Ver “Tormenta tropical en Miami” del 20 de junio de 2016) o Nueva Zelanda (Ver “Recuerdos del mar de Tasmania” del 7 de diciembre de 2016). O un paseo a pie, al atardecer, por las playas de Río de Janeiro (Ver “Escrito intranscendente, Río de Janeiro 21 de abril de 1997” del 3 de mayo de 2015). E incluso descripciones desde la intimidad, de Santiago de Chile (Ver “Verano andino” del 28 de enero de 2018 y “Viaje al Cono Sur” del 9 de octubre de 2016). Pero a pesar de la descripción, este no era mi objetivo principal. Lo que pretendía era transmitir las sensaciones vividas, qué significó para mí aquel trayecto, qué removió dentro de mí… Otra cosa es que lo consiguiera poco o mucho, o nada.

De este viaje me han quedado sensaciones muy agradables de conversaciones con mi hijo, de los paisajes y el clima del desierto y de dos días caminando por Santiago bastantes horas, a pesar de dicha calor. Uno de ellos me perdí por el barrio Brasil -al que raramente irán si van por primera, segunda o tercera vez a Santiago- y el segundo lo destiné a repetir visita, creo que por cuarta vez, a “La Chascona”, la casa de Pablo Neruda en el barrio de Bellavista (Ver “La Chascona” del 3 de febrero de 2018) y a

MANUSCRITS DE PABLO NERUDA

caminar por enésima vez por la calle Lastarria, haciendo la parada de rigor en la librería Ulises. ¡Habría querido ir a comer al Mercado Central -aunque se ha vuelto, sino tan no tan turístico como el de la Boqueria, por lo menos como el de la Concepció – y volver a pasar por delante del Palacio de la Moneda y revivir mi visión particular del final de vida de Allende el 11 de septiembre de 1973 y sentir un escalofrío en la espalda mezclando las imágenes tantas veces vistas -en blanco y negro- del bombardeo de la aviación de Pinochet combinado con tanques y tropas de infantería! Pero no tuve tiempo. Pasé mucho rato sentado en la mesa del patio cubierto por una parra maravillosa -porque lo es y por la sombra que hace- en el patio de la entrada de “La Chascona”. Acabé yendo a comer sin prisa al restaurante Caramano en el mismo barrio de Bellavista.

Si alguna vez vais al barrio Brasil, merece la pena visitar el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Edificio moderno y grande, inaugurado por la presidenta Bachelet en 2010, me hizo pensar en estas “inversiones electorales” -en el 2010 se presentó a la reelección que ganó- hechas en barrios populares con toda la intención de “pescar” votos. Bajé a la estación Los Héroes y fui zigzagueando hasta la Plaza Brasil, en el corazón del barrio, y de allí hasta el Museo. Atrae la decadencia visible de lo que fueron casas de la burguesía a principios del siglo XX. Aún se intuye en algunas su pasado esplendoroso, a pesar del estado lamentable en el que se encuentran. Eso sí, muchas de ellas con grafitis interesantes. Otras, restauradas y conservadas, son sedes de universidades o instituciones. Pero en conjunto, la degradación general del sector oeste de la ciudad, permite entrever lo que fue y ya no es. Cuando llegas al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, el edificio sorprende gratamente.

Muchos metros cuadrados y poca exposición, gratuito y diría que relativamente poco frecuentado, hay que decir que visibiliza de forma impactante las atrocidades cometidas por la dictadura “pinochestista”. Sentado mirando vídeos de aquella época, cierro los ojos y me vienen las sensaciones que vivo cuando me quedo plantado ante La Moneda contemplando e imaginando el ataque impactante de los golpistas. O revivo en mi imaginario el 23 de septiembre de 1973 y sucesivos, día en que murió Pablo Neruda en la Clínica Santamaría y a pesar de las dificultades, la viuda, Teresa Urrutia, se propuso y consiguió, a pesar del toque de queda, la presencia militar en las calles 12 días después del golpe y a pesar del estado lamentable de “La Chascona” como consecuencia de las salvajadas perpetradas por los militares, consiguió llevar el cadáver del poeta a casa y transformar la sala de estar en sala de vela (Ver “De ‘El Tarter’ a ‘La Chascona’ y Vuelta. (Concurso de cuentos ‘Bala de Plata’)” del 9 de abril de 2018)…

He estado en varios desiertos, pero del de Atacama me impresionó la inmensidad, la variedad de paisajes y colores de la tierra y de la escasa vegetación -donde la hay-, la belleza de los movimientos de la fauna… Estuve casi una hora contemplando cómo una vicuña protegía las hembras y las crías, de un zorro. El vuelo de los flamencos… “Como en el Delta”, me sale decir. ¡¡¡Pero no!!! ¡El entorno es tan diferente! El vuelo más largo y hermoso que pude contemplar fue en el Salar de Atacama, un espacio blanco inmenso, precioso. ¡¡¡Que nos recuerda que hace no sé cuantos millones de años aquello era el fondo de un océano!!! Y que de todos los cambios geológicos salen los Andes, los volcanes y el propio desierto… Los géiseres junto a Bolivia -¡merece la pena cruzar la frontera e ir a Uyuni y ver la espectacularidad de Salar que hay!-, los lagos del Altiplano, separados por los Andes de las provincias desérticas del noroeste de Argentina, de Salta y Jujuy…

Me habría gustado aprovechar que el desierto de Atacama es el mejor lugar del mundo para observar el Cosmos. Poder ver las constelaciones del hemisferio sur: Magallanes, Andrómeda… La altura, la escasísima humedad y nubosidad, la lejanía de la contaminación lumínica, hacen que el lugar sea óptimo. Por el contrario, mi estancia coincidió con el “invierno altiplánico” que provoca bastantes nubes que tapan el cielo, alguna lluvia y muchas tormentas eléctricas. Cada tarde caían cuatro gotas y se tapaba el cielo… Esto en un lugar en el que, especialmente en los valles centrales del desierto, pueden pasar décadas sin registrar ni un milímetro de lluvia. Las nubes de la selva amazónica descargan en la vertiente este de los Andes, pero no llegan a hacerlo en el desierto. Y las del Pacífico son alejadas por los vientos alisios. ¡Por eso se formó el desierto! ¡Pero el “invierno altiplánico” existe y me lo encontré y no pude observar el firmamento!

Estuve entre 4ºC y 42ºC, según el lugar y la hora del día. Nos movimos entre los 2.700 y los 4.700 metros y el volcán Llullaillaco de más de 6.700 metros no estaba muy lejos y era visible. Paisajes similares a los de la Luna, los de Marte… ¡Un espectáculo!

La “foto” con la que me quedo mezcla la sequedad extrema (¡la humedad es escasamente del 18% y en zonas y en ciertos momentos puede ser del 0%!), con el silencio más absoluto y sensaciones de estar desbordado por la inmensidad del paisaje que me parece simbolizar algo que me impresiona, con un sentimiento de soledad y de enorme pequeñez frente a esta Naturaleza que me sobrepasa…

Lo mejor del viaje, sin duda, fueron los ratos compartidos con mi hijo. Un bien escaso y preciado desde hace casi tres años. Tres conversaciones largas y anheladas sirvieron para darme cuenta de que, al menos en nuestro caso, la facilidad que proporcionan para comunicar las nuevas tecnologías, no nos permite llegar donde llegamos cara a cara. Ya fuera viajando en avión hacia Calama, o compartiendo mesa con un buen pisco sour como aperitivo de gratas cenas de noches de verano de temperatura agradable, como son las de Santiago.

Hace tiempo que sé que los hijos no nos pertenecen. ¡Nadie nos pertenece! Decimos “mi hijo”, “mi madre”, “mi marido”, pero este posesivo no indica propiedad. Y no lo digo porque en mi caso los hijos estén entre los 25 y los 30 años. ¡Los hijos no nos pertenecen nunca!

Tener a los hijos en puntos lejanos del planeta, a mí me ha servido para aprender a disfrutar de ellos cuando coincidimos y amarlos desde la alteridad, viéndolos como una realidad ajena, profundamente querida pero ajena, que se desarrolla en un contexto, además de diferente, lejano. ¡Y en algún punto me maravilla que de ese vínculo de origen se haya desarrollado esta vida tan rica y tan autónoma e incluso sorprendente!

¡Ah! ¡Olvidaba comentar que en la librería Ulises, en Lastarria, compré una edición de “Trópico de Capricornio” publicada en Obelisk Press, editorial que publicaba en lengua inglesa en París, de 1938! Creo que debe ser de la primera edición, prohibida durante años en Estados Unidos, país de Henry Miller… ¿La primera edición de “Tropic of Capricorn” comprada cerca del Trópico de Capricornio? ¡Eso parece!

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