ADÉU XILE!

Hace dos meses que no escribo en el blog. Algunos amigos me han preguntado si me ocurría algo. Les he explicado que, en este momento, estoy escribiendo bastante, pero no en el blog y parece que se han tranquilizado.

Una Navidad extraña en una vida enrarecida por un virus y un nuevo y entrañable viaje a Chile, han dado para mucho material escrito. Pero no para este blog. Blog inaugurado -pronto cumplirá diez años- durante un vuelo transatlántico, no recuerdo si yendo a Montreal o Washington. Muchos posts del blog, normalmente los que llamo “escritos de viajes”, han sido redactados en aviones y aeropuertos. Esta vez, las 14 horas de vuelo de ida y aproximadamente las mismas de vuelo de regreso, cuando ya había estado con mi hijo, su pareja y mis nietos y después de entrar en contacto, de nuevo, con Pablo Neruda, dieron mucho de sí. No pude parar de escribir. Pero por ahora ninguno de esos escritos se mostrarán a nadie. Pasarán a engrosar el material que se podrán leer cuando yo ya no esté.

Era el día de Reyes y en el árbol de Navidad, sus majestades habían dejado un mensaje y un regalo para cada uno de los 11 miembros de la familia inmediata. La COVID y los 10.000 Kilómetros de distancia existentes entre Barcelona y Santiago de Chile, provocaron una entrega fragmentada de estos regalos. Dado que dos de los destinatarios, un hijo mío y su pareja viven en París y los Reyes allí no reparten, tuve que pedir a los magos que llevaran sus regalos unos días antes y pudieron recogerlos el día de Sant Esteve. Visita rápida de veinte minutos en la que tuve que idear una intrincada fórmula para garantizar que no les contagiaría la COVID. Tuve que pasar los días de Navidad y Sant Esteve solo en casa, en Barcelona y también por este motivo, comer escudella y carn d’olla durante una semana, dado que “la ración” estaba prevista para toda la familia que no pudo acompañarme.

La Nochevieja, por segundo año consecutivo, comportó, debido a la COVID, claro, una “celebración telemática” y el día de Reyes propiamente, sólo cuatro de los once miembros de la familia, pudimos recoger nuestros mensajes y regalos. La decana del grupo, convaleciente de una intervención quirúrgica realizada el 27 de diciembre, tuvo que esperar al 17 de enero para recibir el mensaje y el regalo de los Reyes.

El mismo día 6 de enero a las 21h, iniciaba mi viaje hacia Isla Negra, con parada previa en Santiago de Chile donde pude entregar el mensaje y el regalo de los Reyes a mi hijo mayor, su pareja y mis dos nietos. Los Reyes llegaron hata Chile para dejar regalos a Pau y Carla y por primera vez a Enric y por segunda a Claudi. Si os digo que -evitando entrar en el sentido de la Navidad y todas las disquisiciones habituales y recurrentes sobre el tema- fueron unas fiestas extrañas, estoy seguro que me entenderéis.

Entrar en el aeropuerto también fue muy raro. La noche del día de Reyes el aeropuerto de Barcelona parecía un cementerio solitario. Unas pocas almas esperábamos para subirnos en sendos aviones. De repente me di cuenta que no viajaba en avión desde noviembre de 2019. ¡Y estábamos en enero de 2022! Este pensamiento me causó impacto. ¿Cómo puede ser que nunca antes, desde el inicio de la pandemia, hubiera pensado en el significado profundo de que, un viajero habitual como yo, hiciera veintiséis meses largos que no cogía un avión? ¿Cuántas cosas más habrán pasado y, de forma inadvertida todavía para mí, han alterado mi vida y la de todos los que no la han perdido? ¿Qué habrá cambiado en mí, en mi cuerpo, en mi cerebro, en mi espíritu, como consecuencia de la prisión impuesta para afrontar la COVID?

Acostumbrados a viajar por todo el mundo, decíamos que éste se había hecho pequeño. ¡Con el confinamiento sí que se hizo minúsculo de verdad! ¡La COVID nos aisló de todo y de todos! Hablando con amigos y conocidos nos damos cuenta de que nuestras relaciones se han visto afectadas. En cierto sentido deterioradas. Qué pequeño se hizo el mundo, con la COVID. Un mundo que desapareció para siempre -y ellos de ese mismo mundo- para los que la COVID mató. Muchos murieron solos, alejados de sus familias y amigos que, como los difuntos, ¡no se pudieron despedir! ¡Un mundo de tamaño inalterable para los virtuosos que viven felizmente solos en el silencio de la inmensidad de su mundo interior!

Llegué con suficiente antelación al aeropuerto, porque si ya habitualmente no me gusta ir con el tiempo justo cuando viajo, la incertidumbre del papeleo exigido para viajar en pandemia era un argumento adicional. ¡A las restricciones impuestas por el terrorismo internacional, en forma de medidas de seguridad y controles, ahora se añadían las impuestas por el control sanitario!

Cuando por fin llegué a la sala de espera, me acomodé y el pensamiento me trasladó hacia el día 10 de abril de 2020. En Santiago de Chile nacía mi primer nieto, Claudi Via y yo seguía desde casa, desde el Delta donde estaba confinado, el postparto inmediato por vídeo

DORMITORIO ISLA NEGRA

WhatsApp con mi hijo Pau, al otro lado del Atlántico. En “el bolsillo” tenía el billete de avión para viajar a los pocos días hacia este país. Viaje que, por supuesto, no fue posible realizar. El 23 de noviembre de 2021, había nacido Enric Via, mi segundo nieto, también en la capital chilena. Necesitaba una PCR negativa para poder ir a conocerle -aparte de mil trámites realizados desde hacía un mes con las autoridades sanitarias chilenas- y el día 4 de enero, dos días antes, pese a estar asintomático, la PCR seguía siendo positiva. ¡Ya me veía por segunda vez en tierra con el billete en “el bolsillo”! ¡Afortunadamente al día siguiente ya fue negativa y ahí estaba a punto de embarcar!

Sentado en el avión con mascarilla y pese a saber que sólo me la podría sacar para comer en las siguientes catorce horas, estaba casi tan emocionado como la primera vez que me subí a un avión para cruzar el Atlántico, ¡siendo muy joven!

Los controles sanitarios exhaustivos en el aeropuerto de Santiago alargaron un par de horas el tiempo que va desde la salida del avión a la llegada al punto de control de pasaportes. Una horita más entre inmigración, recogida de equipajes y control de agricultura y por fin pude abrazar a mi hijo Pau y a mi nieto Claudi. Emociones vividas en una situación ya conocida, agradabilísima, de encontrarte de repente en pleno verano, viniendo del invierno.

No me extenderé con lo que fue más importante del viaje: ¡convivir por primera vez con tranquilidad y en su casa, con mis nietos y experimentar la maravilla que es hacer de abuelo! Todo esto en un país con el que ya tenía una relación especial, al que había viajado muchas veces por trabajo en los últimos treinta años. Los lectores del blog conocen el vínculo estrecho y peculiar que, por razones inexplicables para mí mismo, tengo con la aventura de Allende, el golpe de estado de Pinochet/Kissinger, los desaparecidos, el Estadio Nacional, el Palacio de la Moneda -por no hablar del Winnipeg- y, especialmente con Pablo Neruda. Me limitaré a citar dos post La Chascona de 3 de febrero de 2018 y Cuento reescrito de 27 de mayo de 2021, de entre todos los que, directa o indirectamente he dedicado a esa tierra andina. Si el vínculo con el país austral ya era fuerte, ¡dos nietos chilenos lo transforman en permanente e inquebrantable!

En otro orden de cosas, este viaje sirvió para cerrar el círculo de mi peculiar relación con Pablo Neruda. No con su poesía que, personalmente -y tengo amigos poetas que no lo comparten- me apasiona. Siempre hay un momento inesperado, en el que fruto de vete a saber qué, o movido por no sé qué tipo de fuerza, cojo uno de los cinco volúmenes de la obra completa de Neruda -comprados todos ellos en La Chascona- y leo un, dos, diez poemas, los que sea y las sensaciones que experimento son variadas, pero siempre emotivas y especiales.

Visité La Sebastiana, la casa de Neruda en Valparaíso, en un par de ocasiones. La última, diría que, en el 2017, con Pau y Carla. Aún no eran padres ni yo abuelo. La Chascona, la casa de Neruda en Santiago, la he visitado en muchas ocasiones y me he pasado horas, sentado en el patio del primer nivel, bajo la parra que lo cubre y en todas las estancias de la casa. El recuerdo más especial es el de la sala de estar, donde velaron el cadáver del poeta pocos días después del golpe de estado de Pinochet el 11 de septiembre de 1973 y del despacho y de la mesa de trabajo de Neruda. En esa época la vista de los Andes, desde la sala de estar era magnífica. Actualmente edificios altos y rascacielos del gran Santiago interfieren. Es una sala llena de obras de arte hechas en diferentes lugares del mundo. A mí me fascina el retrato de Matilde Urrutia, pintado y regalado por el pintor mexicano Diego Rivera. En este viaje, me hizo ilusión visitar la Chascona con Carla y mi nieto Enric. Ellos, junto con Pau y Claudi me acompañaron también a Isla Negra. Las casas marcan vidas y/o son el reflejo de cómo han sido estas vidas. La vida de Neruda y los sentimientos que se desprenden de su poesía están presentes en sus casas. Un día el poeta dijo que si querían saber quién era él, le preguntaran a su poesía. Sus casas explican también cómo era ese hombre y ayudan a entender el significado de su obra.

En la Sebastiana no encontré a Pablo. En la Chascona sí, y si leéis Cuento Reescrito de 27 de mayo de 2021, veréis que mantuvimos una buena conversación. En Isla Negra ya lo encontré enterrado junto a Matilde, a pocos metros del Océano Pacífico.

La Sebastiana, en el cerro La Florida, es alta y de apariencia estrecha, sin serlo en realidad. Neruda celebraba los fines de año con amigos, incluido el de 1972 que dio paso al año del golpe de estado y de la muerte del poeta, doce días después del asesinato de Allende, el día que Pinochet inició la transformación de Chile en un río de sangre, tortura, sufrimiento y muerte.

La Chascona se escalona en cuatro niveles e Isla Negra se extiende sobre el jardín a pocos metros del Pacífico. Todas las casas tienen cosas en común, una misma personalidad bien asentada que nos presenta matices distintos en cada caso, pero es la misma. El espíritu travieso y

LA COVACHA

juguetón de este poeta, quizás con síndrome de Peter Pan, está muy presente en las tres casas recargadas y exageradamente repletas de obras de arte, objetos simbólicos, recuerdos, murales y detalles estrafalarios de un gran megalómano… ¡Los sentimientos y los recuerdos infantiles se hacen notar a gritos!

La casa de Isla Negra tiene una estructura irregular. Como la Sebastiana está hecha a “pedazos” añadidos a lo largo del tiempo, que en este caso provocan, si cabe, mayores contrastes. Por si faltaban vínculos, añadiré que el arquitecto que -no sin las constantes aportaciones más o menos estéticas o estrambóticas de Neruda- diseñó los añadidos a la casa original de Isla Negra -también de la Chascona- fue el catalán exiliado Germán Rodriguez. ¡Un racionalista que conoció a Neruda en Santiago, en el Café Miraflores, también obra suya, que vio y vivió cómo la poesía podía enriquecer caóticamente el racionalismo arquitectónico! Piedra, mucha madera, grandes ventanales para ver siempre el mar tan presente y determinante en la obra de Neruda.

Necesito del mar porque me enseña:

No sé si aprendo música o conciencia:

No sé si se ola o ser profundo

O solo ronca voz o deslumbrante

Suposición de piezas y navíos.”

Un torreón, un campanario en el jardín, con campanas colgadas de una estructura de troncos que reposan en el suelo (“Me vine aquí a contar las campanas que viven en el mar, que suenan en el mar, dentro del mar. Por eso vivo aquí”…), una barca, un astrolabio, una máquina de vapor con ruedas en recuerdo de su padre, ferroviario en las tierras pobres de Temuco, al sur del país. Un artefacto de cinco toneladas, un capricho que el poeta se hizo instalar en el jardín en los años 50, arrastrándolo kilómetros con bueyes y tractores, poniendo en riesgo un puente de madera durante su traslado. Mascarones de proa de barcos y colecciones, colecciones y más colecciones de todo tipo. De caracoles marinos, de dientes de cachalote, de conchas, de mariposas, de botellas de formas extrañas y de colores, de vasos y copas de colores, de máscaras, de pipas, de zapatos antiguos, reproducciones de veleros, barcos dentro de botellas, retratos e inscripciones de nombres de poetas amigos y/o admirados: Miguel Hernández, Garcia-Lorca, Whitman, Maiakovski, Edgar Allan Poe, Garcilaso, Keats, Verlaine…

Cuando la casa ya parecía terminada, la amplió con la “sala del caballo”. En ella se ve un caballo de madera, de tamaño natural, que Neruda se llevó de Temuco. Un caballo que cuando él era pequeño, estaba en la puerta de una ferretería en Temuco y el niño Neruda le tocaba el hocico cada vez que pasaba por delante. Al cabo de los años fue expresamente a Temuco a comprarlo, pero el precio era desmesurado. ¡No paró hasta conseguir comprarlo en una subasta! El caballo entretanto había “sobrevivido” a un incendio. ¡Pero la cola no! Neruda organizó una fiesta con amigos distinguidos y les hizo llevar una cola de caballo de pelo auténtico, para completar la restauración del caballo de madera, previamente pintado por Julio Escámez, de color azul de cielo y dorado de fuego. Durante la visita observé que el caballo tenía tres colas. Resulta que los amigos llevaron tres colas para que eligiese la que prefería y para contentarles a todos decidió que el caballo del niño Neruda, ¡tendría tres colas!

Hasta aquí, me divertí con las extravagancias y caprichos de, podríamos decir el niño de buena familia, si no fuera porque nació en una muy humilde en El Parral, en el sur pobre, en la Araucanía. De hecho, era un comunista convertido en rico -un nuevo rico-, un tipo de personaje con el que reconozco disfruto haciéndoles notar su contradicción intrínseca, pero que, no sé por qué me suscitan cierta ternura y me hacen sonreír sin que, en esta reacción haya una sola pizca de nada negativo.

Donde recuperé esa extraña conexión que tengo con el poeta, donde reviví las emociones profundas que le hacían vivir intensamente la vida, fue en el dormitorio principal de la casa y en “la Covacha”.

La habitación, en cuyo armario se encuentra el jaqué que vistió para recoger el Nobel de literatura en 1971, está orientada, como no podía ser de otra manera, al océano Pacífico que se ve algo más allá de los pies de la cama, a través de un gran ventanal. En una mesita junto a la cama, se puede ver el aparato de radio – ¡la radio!, ¡siempre la radio!, véase La radio es vida, de 16 de julio de 2018– a través del cual, ya gravemente afectado por el cáncer de próstata, se enteró del ataque al Palacio de la Moneda, del golpe de estado. Encamado y sin fuerza para escribir seguía dictando poemas que escribían Matilde y su secretario personal Manuel Araya, profundamente entristecido por la muerte del compañero Allende y viendo cercano el abismo de su propia muerte.

En “la Covacha”, me detuve un rato. Aquí Neruda escribió gran parte de su obra. La mesa adosada en un extremo a una gran ventana frente al océano, reposa en una columna de madera en el otro, y es una puerta de madera de un barco que naufragó y que llegó flotando (la puerta) a pocos metros de la playa que hay frente a Isla Negra. Encima de la mesa está la reproducción en madera de la mano de Matilde y muy cerca el pupitre que utilizaba en la escuela el padre de Neruda. El techo lo puso de cinc, para revivir las sensaciones que la lluvia abundante en la Araucanía, le provocaba cuando era pequeño.

Aquí, mirando el mismo mar que tenía él delante cuando escribió “La noche en Isla Negra”, quise imaginar, recordando el poema, que Neruda veía un gran océano que le hacía sentir pequeño y cuya fuerza, siempre misteriosa, recordaba al ególatra sensible la incertidumbre de la vida. Oscuridad de la noche, oscuridad de la vida. Oscuridad en una isla…

“Antigua noche y sal desordenada

Golpean las paredes de mi casa:

Sola se la sombra, el cielo

Es ahora un latido del océano,

Y cielo y sombra estallan

Con fragor de combate desmedido:

Toda la noche luchan

Y nadie sabe el nombre

De la cruel claridad que se irá abriendo

Como una torpe fruta:

Así nace en la costa,

De la furiosa sombra, el alba dura,

Mordida por la sal en movimiento

Barrida por el peso de la noche,

Ensangrentada en su cráter marino.”

Y llegó el momento de acabar con una larga historia, el momento de la despedida. Me situé detrás de las tumbas de Pablo y Matilde, mirando al Pacífico y “casi” me despedí con cierto pesar del poeta, y de aquel entrañable país que ha acogido a mis hijos y en el que han nacido mis nietos. Digo “casi”, porque una de las cosas curiosas que me han pasado a lo largo de la vida ha sido despedirme de lugares a los que creía no volvería nunca más y a los que después la vida me ha llevado de nuevo inesperadamente. Me despedí de Chile cuando di por cerrada mi etapa profesional dedicada a la consultoría internacional, que me llevó las primeras veces. A los pocos años volví en viaje oficial acompañando al Presidente de la Generalitat. Todavía regresaría a ella en una tercera e inesperada etapa laboral y, en una aún más

HASTA SIEMPRE PABLO, HASTA SIEMPRE CHILE¡

inesperada, cuando mi hijo decidió ir a trabajar a Chile. No sé si volveré, pero por si acaso, me despedí…de nuevo. Ningún sitio mejor para hacerlo que en Isla Negra en la casa de Pablo Neruda. También cerraba un ciclo de relación llena de contradicciones con el poeta que dejó escrito:

Compañeros, enterradme en Isla Negra, / frente al mar que conozco, a cada área rugosa de piedras/ y de olas que mis ojos perdidos/ no volverán a ver…

Yo tampoco sé si volveré a ver Isla Negra… Y es que en realidad ¡sabemos muy pocas cosas¡

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2 thoughts on “ISLA NEGRA

  1. Núria Via dice:

    Si, Josep Maria, que poques coses sabem!

    La vida és incerta. Una autèntica aventura….

    Comparteixo amb tu aquest gest intern d’acomidar-me dels llocs, i especialment de les persones, amb molta consciència. Els comiats són importants. I els retrobaments també.

    Un plaer llegir-te!

    Núria Via

    1. josepmariavia dice:

      Agraeixo molt el teu comentari Núria. Compartim el repecte que provoquen els acomiadaments, el gust i la felicitat per molts retrobaments i l’estima, l’apreci i la curiositat per tot el que envolta aquesta nostra família dels Via¡

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