Ya hace unos años que dejé, prácticamente del todo, de comer carne. Aún no sabía que el consumo de carne favorecía la emisión de gases de efecto invernadero, ni todavía María me había puesto a dieta para normalizar unos insidiosos e inespecíficos marcadores tumorales. Dicen que a medida que te haces mayor vas perdiendo las ganas de comer carne. En mi caso es cierto. Muy de vez en cuando, me apetece comer carne. Entonces busco algún restaurante especializado y disfruto. Si puedo me gusta acompañarla con un Malbec.

Desde que dejé de comer carne, prácticamente no vi más a Viviana. Después de mucho tiempo nos encontramos por la calle. Yo había decidido salir a pasear y ella parecía que no tenía prisa. Al cabo de 10 minutos charlando parados, nos fuimos a una cafetería, justo al otro lado de la calle.

-No me extraña lo que me cuentas… Quizás puede parecer un recurso fácil decir que «se veía venir», pero…

– (Viviana) Lo he pasado francamente mal y a ver cómo va el tratamiento. Apenas hace un mes que fui al psiquiatra por primera vez. Hace muchos años tú me recomendaste un psicólogo. Recuerdo que era agradable hablar contigo, me iba bien y, además, siempre me pareciste bastante discreto. Además, tú no formas parte de mi mundo y eso me tranquilizaba. Aún ahora, pienso que es bueno compartir con alguien «de otra tribu» que me escuche y «me devuelva la pelota».

-Ahora estoy encantado de escucharte. Por aquel entonces no acabé de sentirme cómodo. Es fácil decir a los demás lo que te cuesta aplicar a ti mismo. Pero desde fuera el problema era muy evidente y yo te veía morir en la cárcel donde tú misma te habías encerrado…

– (V) Sí, recuerdo que me daba cuenta de que estaba metida en un buen lío, pero me veía incapaz de salir. Comprendo que desaparecieras… Ahora me viene a la cabeza algo que -¡imagina!- nunca me atreví a comentarte. Aunque no me hablabas nunca de ello, sabía que estabas metido en política y me parecía raro. Creía que no encajaba contigo.

-A mí ahora también me parece raro y… de hecho, en cierto modo, siempre me pareció extraño también. La política me interesaba y de joven me impliqué en movimientos políticos juveniles, pero nunca hubiera imaginado acabar en el mundo institucional. Yo era -y en realidad, nunca he dejado de serlo- alguien del ámbito técnico, profesional. Y pasé años formándome de un modo reglado y formal, y siempre informalmente. La experiencia política, entonces me pareció interesante. Pero… yo nunca me sentí parte de ese mundo. ¡¡¡Y cuando veo cómo va ahora…!!! Abandoné la Administración en 1994 y nunca me habría imaginado volver en 1997. Cuando me sentaba en la mesa del Govern, me sentía como un espectador privilegiado al que los actores habían invitado a ver la función desde el escenario. Pero espectador al fin y al cabo. Siempre tuve claro que ellos eran actores y yo espectador. Y ellos también tuvieron claro que yo no era «de los suyos». Me veían como un bicho raro en aquel mundo. ¡¡¡Supongo que por eso me acabé yendo, ya hace más de 20 años, y no volví nunca más!!!

-Deberías escribir un libro…

-Quizás. Pero en cualquier caso todavía no siento que sea el momento. ¡Pese a saber que si esperas demasiado para hacer lo que sea, igual no estás a tiempo! Si lo escribiera, supongo que sería inevitable contar anécdotas curiosas, sorprendentes, divertidas. Pero no sería un libro descriptivo de hechos, y menos de chismes. De entrada me atraería hablar más de cómo veía yo a aquellos políticos, de la diferencia entre la percepción pública y la realidad derivada de la convivencia con ellos, de cómo los años de práctica política pueden, si no borrar, hibernar a la persona que, a menudo, cuesta mucho encontrar detrás del político cuando convives con él… No sé. Sea como sea, por ahora no me lo planteo. Me interesa más hablar contigo y que me cuentes cosas del mundo real, de la calle. Hace 20 o 25 años, cuando empecé a venir al restaurante, venía también por eso. Lo que me explicabais, sobre todo tú, y alguien más de por allí, después de una jornada de 12 horas rodeado de políticos, suponía reconectar con la vida cotidiana de la calle…

-(V) Supongo que por eso me gustaba hablar contigo. Nunca me habría imaginado hablando con un político. Puede que lo haya hecho alguna vez más si han venido al restaurante. Pero nunca de temas personales. Tampoco era el lugar. Aunque tampoco lo era para hablar contigo y en cambio lo hacíamos…

«La reunión del lunes a las 19h, había terminado. Crucé el Saló Sant Jordi hasta mi despacho, cogí la bufanda y la gabardina y bajé las escaleras de aquel palacio gótico, pensando en las siete personas -ocho conmigo- que nos reuníamos cada lunes en aquella, relativamente pequeña, sala. Siempre los mismos con las lógicas ausencias esporádicas de uno u otro…

Mientras cruzaba la Plaça de Sant Jaume en dirección a la calle Jaume I daba vueltas a los asuntos tratados en la reunión, a la vez que observaba las caras, los movimientos, la forma de caminar de las personas que me iba cruzando. Mi sensación era que aquellas personas que nos reuníamos, éramos un poco ‘alienígenas’ en relación a todos aquellos peatones y de vez en cuando me costaba ver la relación entre lo que debatíamos o decidíamos y la gente, la calle…

Había oscurecido, no hacía frío, pero sí mucha humedad. Aquella humedad que si estás mucho rato en la calle te acaba calando. Por eso había cogido la gabardina, una prenda que casi nunca usaba ni uso. Seguí hasta Via Laietana y fui hacia abajo en dirección mar. La humedad se notaba más. Me ajusté la bufanda y subí el cuello de la gabardina, estirándolo e intentando que me protegiera la parte inferior de las orejas. Seguía observando a los peatones…

Al llegar al Passeig de Colom giré a la derecha. La estatua del aventurero americano no se veía como consecuencia de la neblina. Cuando intuí mínimamente la silueta de la misma, clavé los ojos en ella y a medida que caminaba, con la mirada fijada, la figura de Colón, iba adquiriendo consistencia, haciéndose más visible. ¡Por un momento me hizo pensar en un truco de magia al ver aparecer a Colón allí arriba, como si viniera del espacio!

Llegué a casa después de caminar unos 20 o 25 minutos más. Me aflojé la corbata, la tiré sobre la cama. Como la gabardina y la americana. Aquel baño de realidad que suponía para mí entonces, simplemente pasear y mirar a la gente con otros ojos, me fue bien. ¡Incluida la parte más ‘irreal’ de la aparición de Colón de la nada!

Me puse ropa de abrigo más cómoda y fui a comer carne…

Viviana, sonriente como siempre, me trajo la carta… Yo hacía tiempo que tenía la sensación de que detrás de esa sonrisa se escondía mucho sufrimiento…».

– (V) Creo que sé de qué día me hablas. A menudo sentía que cuando entrabas y te sentabas en la mesa, tardabas un rato en «aterrizar». Pero ese día, ni te fijaste en la carta. Tuve que venir dos o tres veces para tomarte nota… Sentía que estabas en otra galaxia. Por lo que me dices, venías de otra galaxia. No sabía que fuera la de «la política» (je, je). Bueno, en cualquier caso ha pasado tiempo y tengo la sensación de que estás bien.

-Todo es mejorable, pero sí, bastante bien… Ya sabes, «cositas» a corregir.

Recordamos aquellos años en los que el peso del negocio familiar impidió a Viviana tener tiempo para hacer lo que hace la gente joven. No puedo decir que no tuviera juventud, pero me parece que, como mínimo, le faltó… No me hubiera imaginado que aquella espiral hacia un pozo negro muy profundo durara tantos años. ¡Casi 20!

-A mí me hacías sufrir. Poco después de conocerte, sentía ya que algo importante no iba bien en tu vida. ¡Y eras una cría! Yo tendría la edad que tienes tú ahora…

– (V) Y desapareciste. Recuerdo que alguna vez nos encontramos por la calle y también en un parking. ¡Y en una farmacia!

-Sí. Y en alguna de estas ocasiones, te vi peor que nunca a pesar del esfuerzo visible que hacías por reír, hacer buena cara y estar como si nada. No te comenté nada de eso.

Escuché el proyecto que me explicó de montar un negocio turístico en otro continente a partir de poner en valor una cultura indígena amenazada. No vi claro que hubiera un estudio de mercado sólido, ni un plan de empresa, ni el mínimo necesario para obtener el capital… Mucha ilusión, sí. Pero no sé hasta qué punto derivada de tres semanas de visita idílica a un paraíso de la naturaleza y, sobre todo, de la necesidad de escapar.

-¿Eso quiere decir que dejarías el negocio familiar aquí y te irías a la otra punta del mundo?

– (V) Bueno, ahora el negocio es mío y de mis hermanos y tendré que alternar estancias allí y aquí… Ir y venir, teletrabajo…

-Ya… parece evidente que sin ti, el negocio familiar puede peligrar y no pondrías en riesgo tus hermanos… ¿Pero, y tú? ¿Esto no es una versión aparentemente descafeinada de la misma dependencia familiar que te llevó a no tener mucha juventud? ¿Quieres decir que es realista este part time? Aparte, si quieres ayudar a preservar esta cultura indígena amenazada, ¿estás segura que una explotación turística no será más un riesgo que una ayuda, en caso de que el turismo llegue allí? Pero es que si no llega… ¿Y si vendéis el negocio familiar y dividís las partes entre los hermanos, te tomas el tiempo necesario para reinventarte bien y que cada uno viva su vida sin depender los unos de los otros…?

Aquellos días una contra de «La Vanguardia», estaba dedicada a una compañera de escuela del curso posterior al mío, Marita Osés, a propósito de la publicación de su libro «¿De qué va el amor?». Se lo envié a Viviana, ya que el contenido iba más allá del amor, a mi modo de ver.

En el resumen, Marita decía:

«Para poder querer a alguien es imprescindible conocerte, cuidarte, no abandonarte, estar en paz con quien eres; amarte, hacer contigo mismo lo que nos han explicado que se hace con alguien a quien quieres».

«El amor propio se lee como egoísmo, aunque es lo contrario, porque si tú no aprendes a amarte a ti mismo, le pedirás a la otra persona que te complete, que te llene el vacío».

Es decir, más que dos medias naranjas, dos enteras y a poder ser bien completas cada una por sí misma.

Cuando aún te cuesta vivir contigo mismo, los riesgos no se asocian exclusivamente a las parejas. Determinados proyectos, ambiciones, idealizaciones de futuro, sacrificios malentendidos… pueden también hacernos mucho daño. Uno de los riesgos es la huida hacia adelante, escapar mientras aparcas -mejor o peor- lo que tendrías que afrontar…

¡En fin, como decía, fácil diagnosticar y proponer tratamientos a los demás! En cualquier caso, el encuentro fue muy agradable y… también me hizo reflexionar a mí.

¡Ah! Este no es un post «de autoayuda»: los hechos son reales y lo que se describe es una parte de unas vidas.

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2 comentarios sobre “HUIDAS HACIA ADELANTE (O HACIA ATRÁS)

  1. Cristina dice:

    Els projectes, les ambicions i les idealitzacions són desitjos que et porten a la decepció. Benvinguda. Al’altre banda només hi ha buit.
    M’ha agradat.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies Cristina

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