OUTREMONT

Los médicos hacemos las cosas muy mal cuando nos toca asumir el rol de pacientes…

Había pasado ya un largo año, era sábado por la tarde y estaba sentado en el orejero del salón, junto a la ventana, mirando el parque nevado y solitario. Unos niños jugaban con trineos y de vez en cuando alguien pasaba caminando o algún coche dejaba la huella de sus neumáticos en la nieve. Los peatones, curiosamente, parecían todos pensativos. Probablemente era yo que proyectaba mis preocupaciones en ellos. Aquella tarde estaba sumergido en un estado melancólico, un poco triste, pero no era del todo así. Me vino a la cabeza la canción de un montrealés de origen italiano, Gino Vanelli. La que se titula Living inside myself. Toda la vida me la había pasado encerrado en mí mismo y alejado de los demás. No era lo que se dice un tipo empático. Aquel día estaba especialmente sumergido en lo más profundo de mí mismo mientras esperaba que viniera  Richard, psiquiatra y antiguo compañero de la universidad. La nieve iba cayendo y no estaba previsto que dejara de hacerlo en un par de días.

Richard siempre me había recordado a Robert Redford. Él y Silvie, también de nuestra promoción, formaban un mundo aparte en la facultad, en el Bloomberg Pavilion. Eran amables con todos, pero eran de otro mundo. El de la alta burguesía canadiense. Los burgueses de todo el mundo tienen,  aparte de grandes patrimonios, muchas cosas en común. Pero los burgueses de un país creado en 1867 eran solo de cuarta o quinta generación. De hecho, de segunda o tercera, porque no todos, pero la mayoría eran descendientes de personas que habían abandonado Europa para hacer fortuna o simplemente la miseria les había expulsado. Pero los aires de Richard y de  Silvie ya eran los propios de personas muy refinadas, con buen gusto y, en este caso al menos, con el “discreto encanto de la burguesía”. Richard, sin embargo, si el ambiente le resultaba confiable, era capaz de mostrarse tal cual y dejar de lado las convenciones de “la alta sociedad”. Inquietudes e inseguridades incluidas. Recuerdo que se podía hablar de todo con él.

A las 4 p.m. en punto, la hora acordada, sonó el timbre. Sí, señor. ¡Robert Redford había envejecido, pero seguía siendo Robert Redford! Elegante y distinguido. Apretón de manos, sonrisa sincera y, enseguida, sentados uno frente al otro en el salón.

-Sabía que estabas aquí y estaba convencido de que nos veríamos. Tenía ganas y mucha curiosidad por saber qué te ha traído de nuevo a nuestro país treinta años después (me dijo).

-Pues mira, Richard, la nieve y el frío seguro que no (sonrisas). La verdad es que no lo sé. El trabajo seguro que tampoco. Hace años que la ambición profesional es historia. No me puedo quejar. Mi carrera, en términos convencionales, fue bastante brillante. Adquirí experiencia de sobras como para estar ahora aquí, trabajando en este proyecto, sin mucho esfuerzo. Ni tampoco demasiado entusiasmo, también te lo tengo que decir y que quede entre nosotros. Estaba pensando en ir dejando de trabajar, y este trabajo, que según cómo me lo tomara podría absorberme, no interfiere mucho con mi proyecto, que no sé cuál es, pero seguro que no es el de vivir para trabajar. ¿Y tú? ¿Qué haces con tu vida?

-Nunca he dejado que el trabajo me provocara la sensación de no poder vivir, valorando y teniendo tiempo para disfrutar de otras cosas. Me gusta lo que hago. Llevo treinta años escuchando los problemas de los demás y tratando neurosis y psicosis, y me sigue gustando hacerlo. No sabes cómo ayuda a relativizar muchas cosas el hecho de ver el poder nocivo de la mente cuando se pone -o haces que se ponga- en tu contra. ¿Has visto a Lucie?

-¡Sí! ¡Claro!

-Me acuerdo cuando, de repente, lo dejasteis y tú volviste a tu país. Han pasado años, pero recuerdo perfectamente que todos los que te conocíamos nos sorprendimos mucho. Los pasillos del Bloomberg Pavilion estaban a rebosar. Lucie seguía en la quinta planta, en su despacho, y el tuyo, en la tercera, cerrado a cal y canto. Tardaron en quitar tu nombre de la puerta…

-El primer sorprendido fui yo, Richard. He tardado años en descubrir algún elemento de ese comportamiento que, ya antes y después, ha marcado mi vida. ¡Quizás inconscientemente busco el psiquiatra aparte del amigo y por asociación de ideas y contexto, el amigo psiquiatra canadiense! Yo cada día me encuentro con amigos que me llaman o me proponen ir a tomar un café o comer. Ya sabes, “hace tiempo que no nos vemos”, “el otro día pensaba en ti y me dije: ‘Tenemos que vernos. Ha pasado demasiado tiempo’”. Al final siempre me hablan de su próstata (risas). Pues a lo mejor me está pasando algo parecido contigo. Los médicos, además, ya sabes que no soportamos estar enfermos, y menos aún tarados de la cabeza. Bromas aparte, ahora no iría a ver a un psiquiatra para hablar de mis dificultades de relación. Hace años, cuando era más joven, lo hice.

-¿Y cómo te fue?

-Bueno… era un psicoanalista. Un día, hablando con un muy buen amigo mío psicólogo de mis dificultades para vivir los sentimientos, me dijo: “Estaría bien que vieras a alguien. Pero a ver quién aguanta a un ‘toro’ como tú. Déjame pensar”. Me acabó derivando a una psicoanalista. ¡No te rías, no, maldito biologista! Acabó siendo aburrido. ¡Me sentía gilipollas allí tumbado en el diván hablando solo! Yo creo que el mito de que se duermen es cierto… Especialmente los que, como este, se sientan detrás de ti.

-¡Qué bueno, Armand, tú con un psicoanalista! De hecho, tu amigo sabía que no te podía enviar a nadie que hablara y te quisiera hacer observaciones. ¡Le habrías discutido todo!

-Calla, calla. Una buena amiga psicóloga que me ha aguantado muchas neuras y tiene un gran sentido del humor, me dijo: “Pero a quién se le ocurre enviar a un Narciso como tú a un psicoanalista. Con tu egocentrismo, solo falta que te dejen una hora semanal entera, para hablar de ti. Debías de tener el ego por las nubes”. Nos reímos mucho. Pero no iba desencaminada. Mi miedo a amar y correr el riesgo de ser demasiado querido me transformó, desde muy joven, en una persona egocéntrica y encerrada en sí misma. Me preguntabas por qué se acabó con Lucie, ¿no? Ya te he contestado. No pude convivir con alguien que me quisiera tanto. Así que, si no me quería yo, ya me dirás…

-No sé qué decirte, Armand. En este mundo de locos, lo que me cuentas -entiéndeme, no te enfades- me resulta casi banal. Seguro que te

PUENTE VICTORIA- MONTREAL

ha hecho sufrir. Y quizás en algunos momentos mucho. Pero a tu edad y con lo bien que te veo… Quizás te has asumido como eres, que no creas que es algo malo. Pero oye, sigo sorprendido de que hayas decidido, precisamente ahora, volver aquí. Pudiéndote jubilar al lado del Mediterráneo con sol y buenas temperaturas todo el año. ¡No pretendas que ni un solo canadiense deje de tomarte por un loco peligroso! Todos se cambiarían por ti. Incluso nosotros que hemos vivido estos inviernos inhumanos desde que nacimos no nos acabamos de acostumbrar nunca. Yo estoy aquí de abril a septiembre -un imprevisto me ha hecho viajar unos días a Montreal ahora-. Soy feliz de poder ir cada día caminando al hospital sin tener que pisar nieve, hielo, sufrir resbalones y congelarme. Ya sabes que la pendiente del Royal Victoria, cuando se hiela… A finales de septiembre me voy a la Provenza. Mantengo mi consulta en Saint-Remy y allí soy feliz. Tú sabes qué es sentarte en una terraza al sol un sábado por la mañana de finales de noviembre y tomar tranquilamente un café en ese entorno bucólico. No sé qué haces aquí.

-Es precioso Saint-Remy. Me encanta la Provenza. Desde Barcelona iba a menudo. Un par de veces al año. Y ahora recuerdo que ya cuando me fui de Montreal, hace treinta años, empezabas a tramitar tus derechos de ejercicio profesional en Europa… ¡Te felicito! ¿Por qué he venido, dices? Dicen que los asesinos siempre vuelven al lugar del crimen. No creo que venga para quedarme. Bueno, ojo, empezamos a ser mayores y esto se puede terminar en cualquier momento. No tengo previsto que me entierren en el cementerio de Côte-des-Neiges, pero… Nunca se sabe. En principio vengo para cuatro años. Mi contrato es renovable cuatro años más, hasta ocho. Pero no sé cuánto tiempo estaré aquí. Me gustaría dejar escrito lo que verbalmente nunca he sido capaz de explicar -y aún menos hacer sentir- a nadie. Lo que viví con Lucie fue tan excepcional que… A lo mejor es una sublimación de lo que podía haber sido y no fue, y no fue nunca y no fue con nadie. Necesito escribir sobre ello. A medida que me hago mayor pierdo el pudor, al menos en cuanto a compartir ciertas intimidades. Bueno, sea como sea, la única vez en la vida en la que he tenido la sensación de poder ser espontáneo, “normal” a la hora de expresar los sentimientos, capaz de ser amado sin miedo a no ser ahogado, fue aquí. En realidad, un día se acabó, se acabó de golpe y me fui. Inesperadamente y sin previo aviso reconecté con el Armand de siempre y desaparecí. Y ahora ya no es la preocupación lo que me mueve. Ni el deseo de que “todavía sea posible” vivir el amor y los sentimientos. Me he ido volviendo misántropo. No aguanto a casi nadie. Pero necesito dejar escrito “quién fui yo en realidad”. Y la nieve, el frío, el esquí de fondo en la ciudad, el hockey en lugar del fútbol, las sensaciones de cruzar el puente Victoria nevado, de sur a norte, de madrugada y ver el skyline de Montreal, el pesebre en el escaparate de Ogilvy, ir a hojear libros a Renaud-Bray, pasear por Westmount o Outremont, recordar el Laloux o el Lola’s Paradise, hacer cola para comer smoked meat en Schwartz’s o smoked salmon bagel en el Beauty’s… Son sensaciones íntimas, potentes e intransferibles. Levantarme cada mañana en esta casa, mirarla y pensar que por muchos años que pasen siempre que me despierte en esta casa nadie me tendrá que decir que estoy en Montreal. ¡¡¡Por no decir el placer de coger el coche e ir a Burlington por la carretera de los mil lagos o salir a las 6 de la mañana y estar comiendo en Gage&Tollner, en Brooklyn, antes de la 1 p.m.!!! La sensación de libertad y la felicidad que me proporciona son indispensables para escribir lo que tengo en la cabeza. De todos modos, será una parte de lo que quiero escribir. Latinoamérica y África han ocupado mucho espacio en mi vida. Y el Mediterráneo y los Pirineos no hace falta que te lo diga. Los capítulos se escribirán en lugares diferentes. De momento… estoy aquí; mañana… ¡vete a saber!

-¿Sabes, Armand? A mí no solo me resulta difícil imaginar mi vida sin la Provenza, sino que probablemente acabe viviendo allí. Siempre vendré alguna vez al año a Montreal mientras pueda. Pero por temas puramente patrimoniales, no sentimentales. En ningún sitio vivo las emociones como allí. Y yo sí que he tenido la suerte de encontrar y compartir muchas etapas de mi vida con una mujer excepcional. Roselyn. Nos tendrás que visitar un día en Saint-Remy. Nunca hemos planificado nada. Nunca nos hemos propuesto nada. Nunca nos hemos casado. Simplemente hemos vivido uno al lado del otro, especialmente los meses que paso en el viejo continente. Ella cada año viene algunas semanas cuando estoy aquí, pero… Me parece que es más mediterránea que tú y nuestra frialdad, toda, la climática y la humana, pueden con ella.

-Nunca olvidaré las cenas en vuestra casa en la calle Oxford, en NDG. Tenía que ser NDG. Westmount, demasiado ostentoso -y demasiado judío para vosotros- y Outremont, demasiado nouvelle bourgeoisie francophone. Le Plateau, demasiado progre… NDG era perfecto para vosotros. Nada más entrar en casa se respiraba hogar y se os veía felices. Ni te imaginas cuántas veces he hablado de vosotros con amigos de todo el mundo. Ya sabes. Yo me presento solo en casa de los amigos y de vez en cuando sale la pregunta inevitable de si estoy con alguien, de si estoy bien solo, de… Y cuando la conversación derivaba hacia el tema tabú de “¿pero tú sabes qué es estar enamorado?” y yo me quedaba como aquel alumno, normalmente brillante, al que le han ido a preguntar lo que no se sabe, me escabullía hablando de vosotros. Y decía: “Tengo unos amigos que conviven en formatos variables desde que eran adolescentes. Yo no sé si están enamorados o no. Pero sí que sé que han apostado por estar juntos, que se lo curran, que les compensa y que se nota. Ya quisiera yo…”. En fin, tú allí contento abriendo una botella de vino blanco que habías traído de Sudáfrica, explicando las maravillas de aquella añada, Roselyn escuchándote como si acabara de ver a Robert Redford por primera vez… Cena deliciosa, sustituyendo el blanco por un negro de California o un Bordeaux, servido todo con mucho amor y distinción, velas, confort, calidez. Nunca olvidaré la luz, el color, el ambiente, el olor de vuestra casa. Deseaba que la velada no terminara. Y cuando, después de hacerte de rogar, accedías a tocar el teclado del Petrof aquel…

-La verdad es que lo disfrutábamos. Mira, seguro que no nos hemos hecho tantas preguntas como tú. Simplemente hemos procurado disfrutar de la vida. Sí, en este sentido nos lo hemos currado. Y hemos sido felices, sin obsesionarnos nunca por ningún gran enamoramiento o no enamoramiento. La vida nos ha tratado bien, pero te aseguro que también hemos sabido practicar lo de poner buena cara al mal tiempo cuando ha sido necesario. Tienes que venir a Saint Remy. Vivimos en el campo en una antigua casa del siglo XVIII restaurada. Después de pensarlo mucho, he montado también la consulta. En un pabellón en el jardín, en una zona tranquila. ¿Quieres que te visite allí? El entorno es más terapéutico (risas). De todos modos, tengo que decir que me transmites una felicidad íntima con lo que me cuentas de tu decisión. Y… hablando de currárselo para hacer la vida agradable, en esta casa no hay nada improvisado. ¡Se nota que sabías qué querías sentir! Qué ambiente necesitabas para escribir aquí. ¿De dónde has sacado estos muebles? Conozco a los anticuarios de la ciudad y no son fáciles de encontrar.

-Te confieso que tenía clara la idea sobre qué mesa quería para escribir y dónde la quería poner. La encontré en una granja, en los Cantones del Este, cerca de Sherbrooke. ¿Te has dado cuenta de que es una antigua mesa de cocina de los pioneers? ¿Estás de acuerdo conmigo en que aquí, delante de la ventana del salón, queda de maravilla? Todo está pensado, Richard. También el parque Joyce. Ya he visto pasar las cuatro estaciones por él. ¡He tenido suerte! Este año el cambio climático ha sido condescendiente con mis anhelos. Vi los arces rojos en otoño, la nieve en invierno, las flores saliendo con fuerza bajo la nieve deshaciéndose en primavera, el verde del verano, las ardillas todo el año… Me da paz. ¿Demasiado materialismo infiltrado? Quizás sí. Me da igual. Todo sea por la exaltación de los sentimientos. Al menos que puedan cubrir el trayecto que va desde mi corazón hasta el papel.

La oscuridad de la noche acortó la tarde y seguimos hablando, recordando, compartiendo sin complejos vidas intensas. Cuando éramos estudiantes, jóvenes, estábamos cargados de puñetas. Aparte de no tener experiencia. La idea en ese preciso momento, la simple idea de imaginar que si en los años 80 mientras discutíamos un protocolo de investigación en el Bloomberg Pavilion alguien nos hubiera dicho, cuando apenas entrábamos en la madurez, que treinta y tantos años más tarde mantendríamos aquella conversación allí, nos habría suscitado mucha curiosidad sobre cómo demonios deberían ser nuestras respectivas vidas para llegar a este punto. ¿Dónde viviríamos, qué haríamos, qué nos pasaría…? Allí estábamos.

– ¿Cenas con alguien?

RESTAURANT L’EXPRESS- MONTREAL

-He quedado con Lucie en el Express. Es un lugar que me transporta. Yo que nunca suelo comer carne, allí soy incapaz de pedir nada que no sea el tartare de bœuf. ¿Te acuerdas de que el dueño era un ginecólogo, mucho mayor que nosotros, que dio un giro a su vida? Debe de estar muerto… Oye, ¿por qué no llamas a Silvie y venís? Lucie estará encantada.

-Hecho, Armand. Cuando tomemos los postres te ajusto la pauta de litio y el electrochoque lo programaremos para el próximo martes, ¿ok?

– ¡Tú sí que eres un amigo! (carcajadas).

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