VIEUX MONTREAL
Font: Air France

Algunos días optaba por ir al despacho que me habían proporcionado los de Investing Intelligently in Research Corporation. El edificio estaba entre el Centre Ville y Le Vieux Montreal, y desde el piso 22 veía al sureste el puente Champlain; al noreste, los puentes Victoria y Jacques Cartier; al norte, el parque Mont Royal; al este, la torre del estadio olímpico, el que hizo famoso la gimnasta rumana Nadia Comaneci…

De hecho, no necesitaba ir para nada a la oficina. Podía hacer el trabajo cómodamente desde casa o citar a mis interlocutores, todos ellos investigadores, en cafeterías con charme, restaurantes o, incluso, en parques, entre los meses de mayo y septiembre. Podía trabajar desde casa o leer, escribir o ver series -había empezado a escribir guiones para series- en el despacho.

Aquel jueves había quedado con William Lacordaire en la oficina. Afortunadamente, él ya estaba jubilado, de lo contrario habría podido plantearme problemas razonables -y en ese país moderno, fácilmente resolubles- de compliance. Había dirigido grandes proyectos de investigación en MGill, en Yale University, en el MIT, y había trabajado en grandes compañías de consultoría privadas y en el Gobierno Federal canadiense, manejando proyectos mixtos de colaboración público-privada. En España le habrían tachado de maestro de las “puertas giratorias” y le habrían vejado y tratado de corrupto. En Canadá y en Estados Unidos, la compliance nunca impide que cerebros excepcionales puedan ser vetados por analfabetos resentidos y envidiosos -normalmente políticos, periodistas y otros “lumbreras”- como ocurre en España.

-Qué sorpresa, Bernard. ¿Pero tú no te tenías que jubilar? ¿Qué haces trabajando?

-Bueno, no siento que esté trabajando exactamente. En este país tuyo sabéis aprovechar la experiencia. Yo les dejé claro que mi vida ya no pasa por el trabajo. Que tengo otras prioridades. Y la oferta que me han hecho me permite aportar lo que me piden, sin mucho esfuerzo, y sin tener que romper el compromiso adquirido conmigo mismo. La casa del Delta que tú conoces puede esperar. Me ha apetecido volver con vosotros una temporada, a pesar de los inviernos que, te confieso, ha sido lo que echaba para atrás. Lo único que me ha hecho pensar a fondo la decisión. Por lo demás… me encaja bien esta experiencia.

-Te entiendo. Sé que viste a Richard que, como sabes, ya prácticamente vive en la Provenza. Yo también me planteo ir a vivir a Europa. ¡Y ahora vienes tú aquí, cuando todos nos vamos! ¡Lo mejor de todo es que fuiste tú quien me convenció de mandar a tomar viento el trabajo! ¿No tienes miedo de reincidir ahora que ya hace años que dejaste de ser un workaholic? Me acuerdo bien de cuando me contaste que el trabajo y la ambición de triunfar fueron un refugio, una excusa para no enfrentarte a ti mismo y a tus dificultades para vivir tus sentimientos.

-Sí, William. Me acuerdo perfectamente, fue paseando por el Mall de Washington DC. Y también recuerdo que tu situación era similar y la solución refugio peor…

-Afortunadamente, mi alcoholismo es historia. Pero, aparte del alcohol, mi adicción al trabajo era igual o mayor que la tuya. ¡Y mi inestabilidad emocional total! Al menos tú no reincidiste en el matrimonio. ¡A mí, los tres divorcios, casi me arruinan! En serio, ¿no tienes miedo de volverte a enganchar al trabajo? ¿Has conseguido tus objetivos personales desde que dejaste de trabajar? ¿No tienes miedo a envejecer solo?

-Respuesta corta, ningún miedo a engancharme al trabajo, si por no envejecer solo piensas en pareja, esta es una idea que he abandonado hace tiempo y lo que normalmente la gente entiende por “objetivos personales” los doy por razonablemente alcanzados. Antaño el reto era descubrir quién era yo en realidad. Ahora no hablaría de reto. Más bien de curiosidad. Pero entonces era un reto. Pienso que, no sin dejar de sorprenderme, he ido descubriendo quién soy en realidad y que me he aceptado bastante bien, sin necesidad de apartar el espejo cuando veo cosas de mí que no me gustan. Sé que seguirá habiendo cosas de mí mismo que me gustaría cambiar y no conseguiré cambiar. No se trata de aplicar la lógica de la locura de los años de búsqueda permanente del éxito profesional. Aquello no tenía límite. Nunca tenías bastante. Siempre lo querías todo y perfecto… No hay que repetir este error en el momento actual, que no es de “qué hago”, sino de “quién soy”. Me acepto imperfecto sin fustigarme. A partir de aquí, ningún riesgo de desaparecer otra vez enterrado por el trabajo.

-¿De verdad que no quieres parejas, que te ves solo en las últimas etapas de vida?

-La soledad no es un objetivo. Pero si decides conocerte, intentar saber qué persona se escondía detrás de aquel empresario de éxito, aquel político ambicioso, aquel investigador, como los que tengo ahora aquí, dispuesto a sacarle los ojos a quien le ganara en la carrera por los fondos de investigación… Si no te da miedo mirarte al espejo y aceptarte con humildad, por tanto, con defectos, supongo que decides ser claro y sincero contigo y con los demás. Por lo tanto, también con las potenciales parejas. Les explico que, sinceramente, no me veo conviviendo en este formato de pareja con nadie y si tiene que acabar siendo así, por mucho que cueste, hay que superar modelos clásicos e innovar. Y te tengo que decir que empiezo a conocer a gente que ya ha innovado. Mira, sin ir más lejos, Richard con Roselyn o Lucie con Guy, creo que han sido muy creativos y son felices. Es posible que hayan decidido serlo por encima de todo, y eso cuenta. Me quedo con una observación de Richard, refiriéndose a él y a Roselyn: “Mira, seguro que no nos hemos hecho tantas preguntas como tú”. Y tiene razón.

PONT CHAMPLAIN

Hacía tiempo que no daba tantas vueltas a estos temas. No por ninguna aversión. Pero no dejan de ser “divertimentos intelectuales” y tenemos mucha suerte de poder permitírnoslo.

-Bueno, yo soy un intelectual. Me han pagado toda la vida por pensar, investigar y descubrir. Y me he ganado muy bien la vida… Ahora estoy jubilado, pero mi cabeza está estructurada para pensar…

-En mi país, mucha gente se burlaría de alguien que, como has hecho tú, seriamente y con toda humildad, dice: “Yo soy un intelectual”. Te considerarían un parásito. Lo más suave que te dirían es pretencioso. Y pensarían que eso -en el contexto de la lógica capitalista- no sirve para nada. No sabes cómo me gustaría hacer entender a esta panda de ineptos, que por eso -entre otras cosas- Canadá es un país serio y de primera división, y España -y desgraciadamente Cataluña cada vez más- es un bluf. Critican a Franco y no se dan cuenta de que respaldan su perversa interpretación de la famosa frase de Miguel de Unamuno “que inventen ellos”. Perdona, que te he cortado. Pero no he podido evitarlo.

-De acuerdo, Bernard. Tú, si te hubieras quedado en Canadá, habrías podido vivir muy bien haciendo exactamente lo que he hecho yo. Me parece extraordinario que en tu país todavía quede alguien suficientemente listo para pagar por tus ideas y consejos fruto de tu experiencia. Pero lo que quería decir es que el trasfondo de lo que hablamos, no tiene tanto que ver con el intelecto, la razón, el cerebro, como con la dimensión espiritual.

-Esta es la clave, William. Si no estás en paz contigo mismo, no puedes estar bien. Ni solo, ni tampoco acompañado. Y la lógica de consumo, producción y crecimiento económico infinito, está en las antípodas de facilitar que el hombre, inserto en este sistema, pueda actuar de acuerdo con lo que, de forma natural, conectando con la esencia humana -dejemos de lado ahora a Dios y religiones para hacerlo fácil, quedémonos simplemente con lo que tenemos todos y que nos define como humanos- haría. Entonces viene cuando te buscas y no te encuentras. Entonces viene cuando ves una foto tuya de hace treinta años, con traje y corbata, rodeado de powerful people o recogiendo un premio internacional de relieve, y preguntas “quién coño era ese”. Y cuando lo descubres y decides ser tú, en lugar de “aquel”, provocas un efecto espejo peligroso para los demás. La mayoría de las personas no se quieren ver reflejada en este espejo, no sea que no se gustaran mucho o… ¡nada!

-Y lo que pasa, Bernard, cuando la gente que te viene a ver, que habla contigo, aparentemente preocupados por tu soledad -aceptemos que, incluso, algunos al menos, sinceramente preocupados- como queriendo que tengas pareja sí o sí y que no te aísles, lo único que hacen es trasladarte su incomodidad porque les estás poniendo ante un espejo que les muestra lo que quizás querrían hacer y no se atreven. Cuando hace años que has abandonado a tu alma, te incomoda que te recuerden que la tienes y que has perdido el contacto con ella.

-No sé, William, en cualquier caso, el sistema exige que las cosas sean así. Evidentemente, yo no he salido del sistema. Esto, desgraciadamente, ya no puede ser. Pero intento vivir tan apartado como puedo del mismo. Afortunadamente, aún es posible mantener conversaciones como esta, con gente como tú, y eso es un lujo hoy en día. Y si te lo propones seriamente, puedes evitar a quien no tienes ganas de ver. En mi caso, la mayoría de personas. Y no se trata de misantropía innata. A riesgo de parecer que incurro en el error de trasladar a los demás la culpa de mis males, siento honestamente que mi misantropía está inducida por la locura que domina la sociedad. Inducida por un mundo de locos. ¿Cómo te explicas que una persona centrada vea cada día los telediarios y, aún peor, se los tome en serio? ¿Dónde está el instinto de protegerse del mal?

-Está claro, tu opción, tu soledad, resulta inquietante porque, en el fondo, cuestionas el sistema y las masas, la mayoría de las personas.

-Podemos decir que la soledad es deseada. Pero lo es porque no hay alternativa si de verdad quieres proteger la salud mental. Al fin y al cabo, ya nos lo dice la sabiduría popular: “Mejor solo que mal acompañado”. ¡El objetivo de mi vida no es estar solo, pero aún lo es menos estar mal acompañado y, de ningún modo, convivir en un mundo de locos, como un loco más! Llegados a este punto, vuestra frialdad -sois fríos como el clima- la vivo como una actitud más respetuosa, menos invasiva. No me siento juzgado y no sabes cuánto lo agradezco. Y, además, sois ricos y vivís bien. Esto os permite ser menos envidiosos y agresivos, y este beneficio marginal del maldito sistema capitalista, egoístamente, no me resulta nada despreciable. Solo un país rico puede permitirse un contrato como el mío. Todo un lujo que, para mí, es una oportunidad para, ahora mismo, estar en un entorno favorable para hacer lo que necesito, lo que quiero, lo que me importa, lo que me hace feliz, que no es, prioritariamente, relacionarme con gente. Es escribir.

-Pon todo esto en Tinder, Bernat, a ver si encuentras a alguien que te entienda (carcajadas). No estás solo. Seguro. Muchos sentimos -y también pensamos- como tú. El problema es encontrarnos unos a otros, y hacerlo a tiempo. Quiero decir que aunque nunca es tarde, tampoco tenemos todo el tiempo del mundo. ¡No somos de la primera hornada!

-Hagámoslo fácil. Mira, ¿ves el puente Champlain? ¿Qué significa para ti? Ya, ya. Debes de estar alucinando. Debes de pensar: “Y qué pensarías tú si ahora estuviéramos en Barcelona y te señalara la Sagrada Familia y te preguntara qué te sugiere”. Pues bien, me sugeriría cosas, pero seguramente muy diferentes de las que te haría sentir a ti. ¿Sabes qué me suscita el puente Champlain? Los viajes a los Estados Unidos. Pensar que en cinco horas puedo estar viendo un partido de los Celtics en Boston, o en seis estar cenando en Brooklyn con unas maravillosas vistas de Manhattan desde el otro lado del Hudson, o degustando un lobstair bajo un faro de un fiordo de la costa de Maine… Qué material dirás, ¿no? Sí. Pero qué exaltación del alma, ¿no? La misma que siente Richard tomando un café al aire libre, un mediodía de noviembre en una terraza de Saint Remy de Provence. O la que sentirás tú paseando por los Champs Élisées. Porque doy por hecho que tu opción de final de vida será París, ¿no? Sobre todo, no te vuelvas a casar. ¡Pagar un cuarto divorcio acabaría con todos tus suculentos planes

RESTAURANT AU PIED DE COCHON
Font: Restaurant Guru

de pensiones!

-¿Sabes en qué me has hecho pensar? No me preguntes por qué. ¿Te acuerdas de nuestras cenas en Au Pied de Cochon?

¡Qué bestia! Ni me acordaba de que existía. ¡¡¡Y ahora que lo has mencionado, recuerdo perfectamente que estaba en el Plateau-Mont-Royal, en la rue Duluth Este, casi esquina con De Chateaubriand, y que el foie poilée era inolvidable!!! Tú vete a Paris, que yo tengo que revivir Montreal en esta etapa de mi vida. ¡Ah! Hoy a las 7 p.m. en Au Pied du Cochon. ¿Reservas tú o yo? ¿Invitamos a Richard?

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