Hoy quería escribir y no sabía sobre qué. Mira por dónde la lectura de la columna de los sábados de Silvia Soler en el periódico “ARA”, me lleva a escribir sobre un tema que no es nuevo: el de estar inspirado o no para escribir.

Hace seis años que estrené este blog y sé que en ocasiones escribo sobre temas ya tratados y no siempre soy consciente o lo recuerdo. Uno es víctima de las propias obsesiones y de los sentimientos recurrentes… Recuerdo bien, sin embargo, haber tratado el tema de la inspiración, del vértigo ante la página en blanco, de querer escribir y no tener ideas ni saber sobre qué… He abordado esta dificultad de maneras diferentes y siempre he llegado a la conclusión picassiana que “cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”. La experiencia me dice que el resultado, suele ser bueno. Alguna vez -pocas, este verano quise iniciar una serie sobre “escritos americanos” y no pasé de medio folio- te encallas y no sale nada, pero normalmente no es así.

Dicho esto, la presión que supone “tener” que escribir, como es el caso del compromiso de publicar una columna semanal, me da mucho respeto. ¡¡¡Me viene a la mente el admirado Josep M. Espinàs y su columna diaria, creo que desde 1976!!! “Il faut le faire”. ¡¡¡Qué presión!!!

Y Silvia Soler, con mucho oficio, sensibilidad y calidad literaria hoy ha acabado publicando su columna semanal a partir de combinar el sentimiento que provoca “un día difícil”, uno de esos días en los que “no sale nada”, con el otoño y la amargura que le provoca el recuerdo de los hechos de octubre de 2017.

Y casi cada uno de los párrafos de lo que ha escrito me resuenan.

“Disponer de un espacio semanal en un periódico es un privilegio. Una responsabilidad y también, muchas veces, una desazón. Hay temporadas en que las ideas para los artículos aparecen en cualquier esquina, viajan en el metro, florecen en los parques públicos o se esconden entre las páginas de un libro. En cambio, hay épocas de una sequía desesperante, que pueden coincidir con una crisis personal o con los momentos en que la actualidad se agita y genera un exceso de ruido.

Así he vivido buena parte de esta semana lamentable en el terreno de la política, angustiada porque quería alejarme y no podía, dudando si quería pronunciarme en esta página del “ARA”’.

Así hace tiempo que vivo yo y supongo que muchos. Cansados ​​de este exceso de ruido y queriendo estar lejos, sin olvidar a los encarcelados y a los que no pueden volver. Pero lejos de este ruido. Tanto que prácticamente no he escrito nada sobre el tema. No sabes cómo te entiendo, Silvia -no te conozco pero me permito tutearte- cuando acabas eligiendo hablar del otoño, eso sí, sin dejar de decir lo que tenías que decir sobre los hechos políticos, lo indispensable.

La semana pasada o la anterior, quien suele compartir página contigo -hoy no-, Narcís Comadira, escribía también una oda preciosa al otoño y tenía los mismos problemas que tú: su prosa poética no podía evitar verse enturbiada por los sentimientos que provoca la situación que vive el país y este mes de octubre de triste aniversario.

Te preguntas en un momento si quizás ya habías escrito en otras ocasiones sobre el otoño y si merecía la pena escribir de nuevo sobre el mismo. Pero es que no es lo mismo. Cada otoño es diferente. Cada día de otoño es diferente. La forma en la que nosotros vivimos cada otoño y cada día de otoño también son diferentes. ¡El otoño, es el otoño, es él! Pero cada año es otro. Yo ya no soy aquel personaje de hace 5, 10, 15, 20, 30… años. Todos estos personajes que vivieron muchos otoños, han muerto y solo vive el actual, yo, tú en tu caso, hoy. Por lo tanto, seguro que merece la pena escribir sobre el otoño y especialmente que tú escribas sobre el otoño.

“Y con el otoño vinieron las tardes lluviosas, la comodidad del sofá y la manta, el confort de los viejos jerséis de cuello alto (…). Todo ello dando vueltas y despegando en aquel torbellino de aire que había hecho revolotear momentáneamente las hojas de los árboles”. Sí, Silvia, sí. ¡Aléjate del ruido y no dejes de escribir, por favor! ¡Haces feliz a mucha gente!

Recuerdo un escrito precioso tuyo sobre el verano. Has escrito mucho

SILVIA SOLER
Font: ABC.es

acerca de las estaciones que, como tantas cosas de nuestro mundo, pierden identidad clara. Lo aprecio especialmente. ¡¡¡A mí me gusta tanto escribir sobre el frío y la nieve, el calor y el color del mar, el verde primaveral o estas hojas secas tuyas de otoño!!!

Decías en “Los largos días de playa”: “No hay luz más agradecida que la de las largas tardes de verano en la playa. Cuando el sol comienza a insinuar que pronto se irá poco a poco (…). La playa, a medida que pasan las horas, va ganando elegancia (…). Y, entonces, la playa va recuperando lentamente la calma y todo queda cubierto por una pátina dorada. Vuelve a sentirse el suave murmullo de las olas que se rizan cerca de los pies (…). Es el momento de (…) coger la novela que estamos leyendo (…). Leer un texto bonito con las olas de fondo y la luz oblicua del sol poniente es un privilegio difícil de igualar (…). Y si no hemos traído el libro, no importa. Lanzamos la mirada mar adentro, hacia el horizonte, y poco a poco nos vendrán a la cabeza párrafos memorables. Y recordaremos los versos con los que el poeta badalonés Marcel Riera nos cuenta cómo los niños nadaban hasta la barrica para mirar el campanario de la parroquia desde mar adentro. Y aquella cuerda de la barrica que ‘ya no está, pero todavía tensa’ (…). Entre las olas navegan las palabras de Hemingway y de Joseph Conrad, de Virginia Wolff y de Baudelaire, de Kate Chopin y de Pablo Neruda”.

A ti no te conozco, Silvia, pero al poeta badalonés que citas, Marcel Riera, sí. Desde que éramos muy jóvenes. Y yo sé -probablemente tú también- que se pasa las horas escribiendo y traduciendo poesía y que de su obra, ya reconocida, pero aún no suficientemente, se hablará. Ya se habla. Pero aún poco… Marcel vive para escribir y cada día más escribir es lo que desde la distancia me parece que da pleno sentido a su vida.

“Ayer llegué tarde a la casa del Delta. Ya estaba oscuro y al entrar me estremecí un poco. Por primera vez en meses noté aquel frío húmedo que invade las casas cerradas cerca del mar. La oscuridad y aquel ligero fresco húmedo, me recordaron que el otoño ha llegado.

Hoy me he levantado temprano, como siempre, para ir al mercado. Las nubes luchaban para intentar ocultar el sol. Por un momento he pensado que todo era posible: lluvia, viento y fresco o un día soleado y cálido de otoño como así ha sido. No me esperaba poder tomar el sol en la playa. Confiaba poder estar con bermudas y camiseta, no sabía si de manga larga o corta. Pero he acabado en bañador leyendo agradablemente bajo un sol que calentaba pero no quemaba.

Me he acercado al agua y he puesto el pie dentro. Las noches son frescas y me esperaba una temperatura más baja. Pero no, la sensación era agradable. Así que me he zambullido en una playa tan solitaria como solitaria pueda ser una playa en la que solo estaba yo. He mirado a norte, sur, este y oeste y no he visto a nadie más dentro del agua. Solo un velero navegando a lo lejos en el horizonte.

No he tenido ninguna prisa para ir a comer. Me costaba encontrar el momento para romper el hechizo. Sí, los otoños son siempre los otoños y el sol de otoño siempre es el sol de otoño y el ruido de las olas del mar siempre es el ruido de las olas del mar. Pero hay momentos en los que cierras los ojos o teniéndolos abiertos dejas que la mirada se pierda en el horizonte, momentos en los que la calidez del sol sobre la piel y la sinfonía insuperable de las olas avanzando hasta romper junto a los pies, transforman la tragicomedia que se representa en el gran teatro del mundo en un lugar agradable, cálido, confortable, en el que merece la pena estar…

Cuando he llegado a casa el color del cielo y de las nubes ha ido variando hasta hacer desaparecer prácticamente todo el sol. Se debía preparar el día tormentoso que parece ser que será mañana. Pero estaba bien en el porche en bañador y camiseta veraniega mirando estos cambios de color del cielo, del mar y de todo el paisaje en su conjunto…

A las seis y media o las siete, sin embargo, he puesto la calefacción a mínimos porque volvía a sentir la humedad fresca de ayer cuando llegué. Y rápidamente la noche lo ha transformado todo en oscuridad y aquel mar tan bonito que veía desde aquí, donde escribo, se ha hecho invisible. Existe, estoy seguro y mañana reaparecerá. Pero ahora está oculto… El día ha sido, sí, claramente de otoño”.

Y termino este post inspirado en las dificultades de Silvia Soler para ponerse a escribir la columna de hoy, con el último poema que he leído esta mañana en la playa, antes de abstraerme de todo y quedarme con el libro de Jaime Gil de Biedma plegado entre las manos y reposando sobre las piernas. El poema se titula “No volveré a ser joven”. Me lo recomendó esta semana una amiga mediante un corto mensaje que decía: “¿No conoces este poema? Léelo. Me ha hecho llorar”. A mí no me ha hecho llorar, pero sí me ha emocionado. Dice así:

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan solo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra

Pienso que cuando era joven me comí el mundo. Y se me indigestó… No cuento con irme del teatro entre aplausos, seguro que no. Pero, sabiendo que desde que nacemos empezamos a envejecer y a morir, el argumento de la obra me parece mucho más rico y hace que me encuentre a gusto sentado en este teatro mirando a los artistas cómo representan los respectivos papeles…

¡¡¡Mil gracias, Silvia!!! ¡¡¡Escribe mucho, por favor!!! Y… tú también, Marcel.

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