1. La expresión “ser ciudadano del mundo”, a pesar de poderla asumir perfectamente, cuando es utilizada por determinados colectivos y/o en determinados ámbitos, me puede provocar desde una sonrisa irónica hasta vergüenza ajena -caso, por ejemplo, de los “progres” en vías de extinción o reconvertidos-, pasando incluso por la indignación, caso por ejemplo, de cuando se hace desde un marco mental típico y excluyentemente español, para imponerlo camuflado de visión cosmopolita. En este caso se trata de personas intransigentes con todo lo que es diferente y que no aceptan.

He vivido unos cuantos años fuera de mi país, y el trabajo -y en menor medida algún viaje personal- me ha permitido viajar por los cinco continentes con estancias, en algunos casos largas, en diferentes países. No se me escapa que ello no proporciona, necesariamente, “la distinción” de ser “ciudadano del mundo”. Por otra parte cuando se utiliza la expresión “ciudadano del mundo”, se apela a un sentimiento, a una manera de ser, a una idiosincrasia, o incluso a una ideología. Por tanto, en algunos casos, hay quien realmente lo es, sin haber salido del área donde vive, ha vivido, y quizás vivirá toda la vida. Pero hay quien usando el término quiere dar lecciones o ridiculizar iniciativas como la de la independencia de Cataluña, contraponiendo su supuesto “cosmopolitismo” a un pretendido “garrulismo”, y situándose por encima “de estas minucias de pueblerinos”. Estos no son ciudadanos del mundo. Ni de los de estilo de vida global (porque comprenderían el fenómeno local), ni de los que no han salido de su pueblo y dicen serlo por espíritu, porque si lo fueran aún comprenderían más las realidades locales y regionales.

Por otra parte, todos “los ciudadanos del mundo” tienen un pasaporte, en principio pagan impuestos a varias haciendas públicas y, excepto los que deambulan permanentemente, los “nómadas” vocacionales, la mayoría tienen la residencia establecida en algún lugar. Ser “ciudadano del mundo” no es incompatible con ninguna identidad nacional.

Me voy -para después volver- a Stephen Harper, ex primer ministro de Canadá, entre 2006 y 2015, del Partido Conservador. Hoy día 9 de octubre saldrá su libro “Right Here, Right Now: Politics and Leadership in the Age of Disruption” que me permito recomendar -a partir de una larga reseña que he leído del mismo- a todos los que se consideran “ciudadanos del mundo”. Verán que no se puede ser “ciudadano del mundo” sin formar parte de un Estado (Harper habla de naciones-Estado), pero de un Estado que te garantice plenamente los derechos de ciudadanía. En segundo lugar comprobarán que la gran mayoría de la población mundial no se podría permitir ser “ciudadano del mundo” porque necesitan más que nadie un Estado que los trate como ciudadanos dignos, ya que tienen un mayor riesgo de exclusión social.

El periódico canadiense “National Post” publicó la noticia del lanzamiento del libro de Harper el pasado día 5. Artículo interesantísimo, que me permite proponer alguna reflexión y del que he tomado prestado el título de este post. De hecho, buena parte del post es traducción del artículo de Harper que encontraréis en https://nationalpost.com/news/politics/exclusive-stephen-harper-book-excerpt.

A partir de la cantidad de ciudadanos de todo el mundo sorprendidos y a menudo preocupados por la victoria de Trump hace casi dos años, el resultado del Brexit -uno y otro legítimos y democráticos- o el incremento de los movimientos políticos populistas en gran parte del planeta, en detrimento de los clásicos partidos de centro-derecha y centro-izquierda; Harper propone revisar las ideas preconcebidas. Concluye que el mundo de la globalización no va a favor de una mayoría de ciudadanos a los que las cosas – la economía, pero no solo eso- no les van muy bien, para añadir que:

“Podemos insistir en que se trata de una falsa percepción, pero no lo es. A partir de aquí podemos intentar convencer a la gente de que están malinterpretando lo que les pasa, o bien intentar entender lo que nos están diciendo. Y según cuál sea la opción podemos decidir qué hacer al respecto”.

La caída del muro de Berlín y la extensión de los valores de la globalización después de Reagan y Thatcher -“free societies, free markets, free trade, free movement”-, han llevado a la pobreza a un billón de personas en todo el mundo, especialmente en las economías asiáticas emergentes y en la mayoría de países occidentales los ingresos de los trabajadores, en los últimos 25 años, se han estancado o han disminuido. Trump captó muy bien esta situación bien sintetizada en pocas frases: “America first” o “Make America Great Again”. La realidad que viven los influencers de las costas este y oeste americanas, los lleva a creer que el mundo es como lo han diseñado y lo viven. En relación al total de población son, sin embargo, minoría. Es cierto que cada vez los ricos son más ricos y los pobres son más pobres y que la mayor parte de la riqueza mundial está en manos de un número cada vez más reducido de ciudadanos instalados en la dirección económica de la globalización. ¡Pero la mayoría está en el otro lado y cada vez más, porque la desigualdad es cada vez mayor!

Arthur O. Sulzberger Jr., editor de “The New York Times”, se tuvo que disculpar por el tratamiento que hizo el medio de las elecciones que llevaron a Trump a la victoria sobre Hillary Clinton. Tuvo que escribir una carta a los lectores prometiendo que el periódico “reflexionaría sobre su cobertura de las elecciones (de 2016) en los EEUU, proponiéndose volver a dedicarse a informar sobre los Estados Unidos y el mundo con honestidad”.

David Goodhart diferencia los que viven “anywhere” de los que viven “somewhere.”

El “anywhere” es un tipo de “ciudadano del mundo”, que no es esclavo de la competencia internacional (importación) ni está amenazado por la deslocalización de su puesto de trabajo.

Como dice la canción -un poco tontorrona- de Luc Plamondon (quebequense universal de Saint Raymond), cantada por Celine Dion (quebequense aún más universal de Charlemagne, que en realidad se llama Claudette Dion):

J´ai du succès dans mes affaires/J´ai du succès dans mes amours/ Je change souvent de secrétaire /J´ai mon bureau en haut d´une tour /D´où je vois la ville à l´envers /D´où je contrôle mon univers.

Je passe la moitié de ma vie en l´air /Entre New York et Singapour /Je voyage toujours en première /J´ai ma résidence secondaire dans tous les Hilton de la Terre (…)”.

Este es el mismo “anywhere” que asiste (o intenta ir) a la conferencia de Davos, que probablemente lee “The Economist” y que es entusiasta de Thomas Friedman. Su pareja y sus amigos tienen carreras profesionales similares, están a favor del libre comercio y de la inmigración para disponer de mano de obra. Sus relaciones profesionales, e incluso familiares, son cada vez más, con personas como ellos de todo el mundo.

Bueno, Harper, acertadamente subraya que incluso estos “anywhere” cosmopolitas, “ciudadanos del mundo” en definitiva, son de algún lugar y que a pesar de todo, cada vez más los vínculos con los respectivos Estados son más fuertes. No olvidemos que los mercados globales, la globalización, depende de los acuerdos que establecen estos Estados entre ellos.

Señala la evidencia de que, sí, efectivamente, de estos hay muchos. Pero hay muchos más que trabajan en industrias, en el comercio local o como autónomos, que pueden ser víctimas de los cambios tecnológicos y de las deslocalizaciones y que tanto ellos como sus familias han crecido en la misma comunidad en la que han vivido y en la que continúan viviendo o malviviendo y trabajando. Los hijos van a escuelas y centros de formación locales, y los padres viven cerca. Su vida social discurre en la parroquia, en bares, restaurantes y equipos deportivos locales o en grupos comunitarios. Con suerte salen de su región para hacer vacaciones unos cuantos días al año. Harper señala que los valores de estas personas pueden ser descritos como “locales” -para diferenciarlos de los “globales” – o “somewhere”. Y si los “anywhere/ciudadanos del mundo” son cada vez más nacionalistas, los “somewhere”, en la medida en que su futuro está estrechamente ligado a la sociedad en la que viven, aún más. Para ellos, el nacionalismo no es solo un vínculo emocional, sinó que también es determinante para sus vidas, ya que si las cosas van mal, si las políticas propuestas les van en contra, poco pueden hacer. Dependen del Estado. Y eso es lo que Trump (y los promotores del Brexit y de cualquier movimiento populista) captó muy bien y cogió a bastantes “anywhere” con el paso cambiado…

Harper añade un elemento no despreciable a esta realidad: “La nación-Estado (…) es un hecho concreto, mientras que la ‘comunidad global’ es solo un poco más que un concepto. Los que tienen algo que perder prefieren estar vinculados a una realidad que a un mero concepto”.

Y sigue: “Yo no sé si la presidencia de Trump triunfará o no. Pero estoy seguro de que los problemas que impulsaron su candidatura, lejos de desaparecer, ganarán peso. Y si no se encaran honestamente y de forma adecuada, será peor”.

Recuerda que el populismo de Trump, el de los defensores del Brexit y el de tantos países en los que el populismo gobierna o condiciona las políticas de los gobiernos, han ganado o avanzado, porque un número suficiente o considerable de personas en un número suficiente o considerable de pueblos y ciudades les han votado.

¡Y es que es lo que tiene la democracia! Lo que tanto cuesta entender en algunas latitudes donde la democracia es más formal que real.

En Cataluña, evidentemente, también necesitamos un Estado. Ya lo tenemos. Lo que pasa es que es un Estado que muchos consideramos que lejos de respetar nuestra idiosincrasia, nos expolia fiscalmente y llega a ejercer la represión y la violencia física y psicológica cuando se plantea con hechos la necesidad de disponer de un Estado propio. Un Estado que, a diferencia de lo que tenemos ahora, nos respete tal y como somos, y nos trate dignamente y sin poner en riesgo la estabilidad y la cohesión social.

Y esto concierne a todos, pero en cierto sentido, más a los “somewhere” que a los “anywhere”. No es necesario llegar a la aplicación del 155 y la supresión que ha comportado de subvenciones y ayudas básicas a colectivos necesitados y de alto riesgo social, para darse cuenta de que los que menos tienen y que son mayoría, necesitan a un Estado “amigo”. Muchos “somewhere” a los que legítimamente les cuesta la idea de abandonar España por los vínculos emocionales que mantienen, tendrán que acabar siendo pragmáticos. Es lo que ha pasado durante los años de crisis. Los mismos factores que llevaron a los americanos a votar a Trump, a los británicos a votar a favor del Brexit y a muchos ciudadanos a votar opciones “populistas”, contribuyeron a que muchos “somewhere” abrazaran el independentismo, hartos de ver que por el hecho de vivir en Cataluña, a pesar de sentirse tan españoles como el que más recibían el maltrato generalizado de forma indiscriminada. No valía aquello de: “¡Hey!… ¡¡¡Pero si soy de los tuyos!!!”. ¡¡¡Y es que cuando ves que tus primos hermanos que se han quedado en tu tierra de origen gritan entusiasmados “¡a por ellos!” y tú eres uno de esos “ellos”…!!!

Gran parte de los “somewhere” a los que, probablemente mal informados o simplemente desinformados, les pesan más sus vínculos emocionales y familiares con España, si el trato hostil del Estado no cambia -por ahora nada lo hace pensar, al contrario- seguirán el mismo camino. Lo cual sorprenderá, sin duda, a muchos españoles acomodados y/o bienpensantes, como la victoria de Trump sorprendió a muchos “anywhere” de Wall Street -incluido el editor del “New York Times”– o el Brexit a sus homólogos de la City.

Harper señala que “cuanto más contemplo estas grandes sorpresas políticas, menos sorprendentes las encuentro. Estamos viviendo en una época disruptiva de tan gran alcance y escala, que no tiene precedentes”.

A los que -como me pasa a mí- el término “populismo” nos provoca pesar, pueden inquietarse con que el independentismo pueda parecer comparable a todo lo que rodea a Trump, al Brexit o a ciertos populismos. Pueden pensar que de aquí a dar la razón a los que rápidamente tachan de “nazis” a los independentistas podría haber un paso. ¡En absoluto! Interpretar lo que la gente reclama y proponer un Estado con capacidad de dar respuesta correcta y adaptada a la idiosincrasia de esta gente, es hacer el trabajo que toca responsablemente.

Vuelvo a Harper y sintetizo de forma un poco simplista: populismo viene de pueblo, el pueblo es la gente, la gente son “nuestros clientes” (de los políticos) y el cliente ¡siempre tiene razón! Y vaticina que el declive de los partidos tradicionales no se detendrá si siguen ignorando lo que quiere la gente. Pueden seguir intentando convencer a los ciudadanos de que son unos “ignorantes manipulados” o bien pueden optar por escucharlos. Y eso, en Cataluña, implica escuchar a los “somewhere” convertidos en independentistas, los que están en ello y los que nunca darán el paso por su arraigado sentimiento de españolidad, o por lo que sea.

En cuanto a los “anywhere”, son “ciudadanos del mundo” cada vez más nacionalistas. Precisan formar parte de un Estado colaborador con la globalización y a muchos ya les va bien el Estado español. Ya hay también, entre los “anywhere”, nacionalistas españoles convictos. Como hay -pocos- que desearían la independencia de Cataluña, pero que -dignas excepciones aparte- raramente lo manifiestan. El caso es que todos estos cosmopolitas “ciudadanos del mundo” necesitan un Estado, más allá de que algunos, cuando les conviene, utilizan esta condición para tratar de “paleto” al independentista discrepante que reclama uno propio y a menudo lo hacen desde una pretendida superioridad moral y/o modernidad.

Termino con dos frases de Harper:

“(…) But human nature teaches us that those so disappointed are unlikely to ‘go back”. Que aplicado a Cataluña cuadraría con el “ni un paso atrás”.

“What is happening requires understanding and adaptation, not dogma and condescension”. Que aplicado a España pone en evidencia el contraste entre un político demócrata (¡Al tanto! ¡Del Partido Conservador, no lo olvidemos!) de un país moderno, Canadá, y unos políticos que no se han dado cuenta de que los acuerdos políticos de 1978 se han agotado. España institucionalmente no puede continuar siendo una pseudodemocracia desgastada con tics autoritarios. Afortunadamente, confío en que este edificio institucional viejo y pasado de moda, no aguante mucho más en su actual formato de antigualla.

Supongo que este post no deja de ser una predica en el desierto. Pero… alerta, el mundo está cambiando y el espacio para la disrupción -también la nacionalista- aumenta…

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2 comentarios sobre “LOS “SOMWHERE” Y LOS “ANYWHERE”

  1. Cristina dice:

    Gràcies per les teves reflexions Josep Ma.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies per llegir-les Cristina. Celebro que t’hagin aportat quelcom de positiu, si com sembla, és el cas.

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