SIMONE DE BEAUVOIR
Font: Gatopardo

Neus tiene 32 años, es alta y delgada, y tiene la melena rubia, abundante, larga y frondosa. El cabello, primero alisado, se va rizando, progresivamente, le cubre los pechos y los sobrepasa. Los ojos brillan en el centro de un contorno hundido. Pómulos ligeramente marcados, y labios finos y estilizados. Llama la atención su cintura elíptica y el vientre plano, discretamente hundido, detrás de un jersey negro de cuello alto, muy ajustado. Habla de Jean-Paul Sartre y de su obra mientras va de un extremo al otro de la tarima, mirando al frente o al suelo y, solo de forma esporádica, a las personas que la escuchan sentadas frente a ella, en las sillas del auditorio del Aula Magna de la Facultad de Humanidades. Se sienta, cruza las piernas, largas, enfundadas en unos vaqueros de pitillo, apoyando las manos sobre los muslos, una sobre la otra. Son finas, los dedos, largos, y las uñas, también, pintadas de color marrón granate. Sigue hablando y mirando al suelo, arriba o a los lados, pero poco a los grandes maestros que, parece, la escuchan.

Tony acaba de cumplir 54 años. Es alto y delgado, tirando a esquelético. Menos alto que Neus, que es muy alta, y más delgado que ella, que es proporcionadamente delgada. Sentado en medio de la primera fila, lleva unos pantalones, tipo Dockers, de un beige descolorido. Son tan estrechos que solo pueden cubrir unas piernas muy delgadas. Acaban a medio camino de la rodilla y los zapatos náuticos, gruesos, marca Gorila, dejando ver un trozo de piel blanca cerúleo entre el borde descosido y los calcetines rojos que lleva al tobillo. A la camisa vaquera le falta un botón, justo el de encima del cinturón viejo de cuero, la púa de la hebilla del cual se inserta en el último ojete, de manera que el resto de ojetes quedan en la parte izquierda de la cintura llegando, el primero de ellos, casi a la altura del canalillo. A la derecha no queda ningún ojete, porque la cintura de Tony es más estrecha que la, ya de por sí estrecha, de Neus. Las manos son de piel y hueso, y las uñas, largas y descuidadas, pero no mordidas. Encima del cuello, largo y delgado con la nuez prominente, una cara reseca e igualmente alargada, se caracteriza por una nariz aguileña de curvatura sobresalida, unas orejas de soplillo, y unos ojos de color marrón oscuro hundidos en las órbitas y empequeñecidos por los cristales gruesos de unas gafas de pasta de color negro. El cabello blanco, que no llega a tapar las entradas pronunciadas, converge en una coronilla de diámetro remarcable que precede un occipucio voluminoso, como el resto del cráneo. Cuando Neus termina la disertación y Tony se levanta para aplaudir -es el primero en hacerlo y el que lo hace con más entusiasmo- los pantalones le llegan a tapar el trozo de pierna, pero quedan aún lejos de las Gorila, mostrando los pliegues de los calcetines rojos. Las gafas se le caen al suelo.

Visiblemente emocionado y admirado por la disertación -y también por la disertante-, Tony se dirige hacia Neus para felicitarla efusivamente. Ella se sonroja y no sabe dónde mirar ni dónde meterse. Tony, como decano de la facultad que le ha invitado, hace una pequeña clausura, deshaciéndose en elogios y destacando las aptitudes de Neus, que acaba de doctorarse en Humanidades en la Universidad de Stanford. El resto de los asistentes, todos ellos profesores, doctores, catedráticos, investigadores e intelectuales -entre ellos un Premio Nobel de la Paz y uno de Literatura, que se ha sentido un poco molesto cuando Neus ha recordado, en la conferencia, que Jean-Paul Sartre rechazó el Nobel- tienen, excepto Tony, una edad que se sitúa entre el doble y el triple de la de Neus.

Satisfecho de haber descubierto el talento de la joven a partir de una serie de artículos publicados por ella en el segundo año de estudios de grado y de haberla tutelado hasta su marcha a California, estaba contento de que hubiera regresado a Boston. Mientras iba a casa, con su viejo y destartalado Ford Monarch, pensaba: “Qué chica más enigmática. Sus razonamientos brillantes y su capacidad de análisis me llamaron la atención desde que llegó hace doce años… Hoy es  toda una mujer, muy madura dada su edad, pero tan manifiestamente tímida como siempre. Solo la ambición profesional sana y legítima puede explicar el esfuerzo que, sin duda, ha sido para ella, que siempre evita cualquier forma de protagonismo, ponerse ante este auditorio y sostener sus puntos de vista ante toda esta gente mucho más mayor y experimentada”.

Mientras pensaba, se daba cuenta de que tanta capacidad y belleza unificadas en esa persona, lo estaban aturdiendo: “Pero si nunca he sido capaz de dirigirme a una mujer, si las pocas veces que me he fijado en alguien me he reprimido por no distraerme del estudio y la investigación, ahora… ¿Neus? ¿Quizás se me está yendo la cabeza? Pero si podría ser su padre… ¿y si lo nota? Lo peor que se puede hacer en esta vida es el ridículo, pero sin embargo…”.

Esa noche tuvo que triplicar la dosis de somníferos, pero no por los racionalistas, ni por los empiristas ni por la filosofía del lenguaje ni la metafísica ni la hermenéutica de Heiddeguer. Quien le impedía dormir era Neus.

Neus colgó el teléfono emocionada, después de que Tony la invitara a comer. “Sin las limitaciones impuestas por la pandemia en la restauración, ¿me habría invitado a cenar? ¿Por qué ha tardado tantos años en llamarme si desde que lo conocí todos los de mi edad me han parecido unos ‘pipiolos’ y no me lo he podido sacar de la cabeza? ¡Está claro que mi timidez extrema hacía opacos mis sentimientos! ¿Quizás la invitación solo responde a un acto de reconocimiento intelectual? ¡Espero que no!…”. La cabeza le iba a explotar.

Se armó de valor y, mentalizándose para que su timidez no le truncara una posible oportunidad, decidió esforzarse en sacar el máximo

CLAUDE LANZMANN
Font: Libertad Digital

partido de su atractivo natural. La belleza de su rostro y la perfección de su cuerpo hacían fácil lograr el efecto, en parte temido pero, por encima de todo, deseado. Así, una vez peinada, se alborotó un poco el pelo, adquiriendo un aspecto desenfadado. Un toque de maquillaje en los ojos para agrandar su mirada penetrante e intensa. Los labios repasados ​​con un toque de pintalabios color rosado suave, carne. Para la frente, la nariz y la barbilla usó un maquillaje claro y casi imperceptible que le iluminaba la cara, y a la parte lateral, por debajo de los pómulos, le dio un poco más de tono. Pendientes criollas grandes, jersey negro ceñido con escote estudiado y vaqueros pitillo para resaltar su esbelta figura. El abrigo negro de piel permitiría mostrar todo su atractivo en el momento de quitárselo al llegar al restaurante. Solo había que retrasarse unos minutos para asegurarse de que Tony ya estaría allí, lo esperable dada su reputada puntualidad.

Tony, por su parte, sin entender todavía cómo había osado, y sintiéndose entre inseguro y ridículo, hizo lo que pudo, que no fue otra cosa que cambiar las Gorila por unos zapatos de ante con cordones, sustituir los Dockers de imitación, desgastados, por unos auténticos que conservaban el color y ponerse, en lugar de la camisa vaquera, la azul cielo -con todos los botones cosidos- y la americana azul marino que se compró para el acto de nombramiento como decano. Se cortó las uñas e intentó arreglarse mejor el pelo, poco acostumbrado a los peines.

Cuando llegó Neus, Tony -como era de prever- ya estaba, y tuvieron que sustituir los dos besos por el choque de codos, haciendo aún más extraño el encuentro. “Maldita COVID”, pensó ella (y él también). “Parece mentira. Ahora que ya había conseguido relajarme un poco, gracias a las conversaciones mantenidas con Tony para preparar la conferencia, de repente siento un nudo en el estómago”, pensó Neus. Esto no le impidió, sin embargo, darse cuenta de que había conseguido el efecto perseguido sobre Tony.

Tanto consiguió el efecto deseado, que Tony, decidido como estaba a hablar de algo más que de filosofía o literatura, se quedó bloqueado. “Estoy loco, todo el restaurante debe pensar que soy un ‘viejo verde’. Soy tan feo como Woody Allen -dicen que nos parecemos- pero no tengo su osadía con las mujeres jóvenes. ¡Ni con las jóvenes ni con ninguna!”. Incómodo, optó por el camino fácil…

El tiempo se les pasó volando. El contenido -que ninguno de los dos deseaba- de la conversación lo facilitó. Primero, el dilema moral de Heinz. A continuación, la correspondencia entre Jean-Paul Sartre y Albert Camus…

-Después de diez años de relación epistolar, ciertamente con muchas discrepancias, terminó bastante mal…

“Vaya, no se da cuenta de que quizás no es buena idea hablar de relaciones que acaban mal, precisamente ahora”, pensó ella, viéndose obligada a seguir la conversación…

 -Sí, la publicación de “El hombre rebelde” por parte de Camus fue definitiva.

-Y tanto, porque el debate no era literario, confrontaban ideologías. Sartre creía en el socialismo y en su superioridad moral sobre el capitalismo, y Camus opinaba que, precisamente, estas visiones hacían el socialismo igual de condenable que la explotación capitalista (“al menos si algún comensal o camarero nos escucha, verá que no caigo en el ridículo. ¡Pero qué digo, si no es de eso de lo que quiero hablar!”).

-Claro, “El hombre rebelde” fue definitivo, por el simple hecho de que Camus intentaba identificar algunas de las antinomias filosóficas que, bajo su punto de vista, fueron decisivas para transmutar el idealismo revolucionario. Consideraba que, en la naturaleza radicalmente nihilista de esta dinámica, estaba el origen de regímenes que, en nombre del proyecto emancipatorio, acababan implantando la represión social de la forma más despiadada. Aún recuerdo cuando nos lo contaste, Tony. Ha pasado tanto tiempo… (“¡A ver si cambia de tema de una vez!”).

-Sí, es verdad. Y eso que podía ser bien aceptado por sectores de la izquierda anti estalinista, no lo era tanto por los ambientes cercanos al Partido Comunista, y cuando Camus publicó este libro, Sartre comenzaba a acercarse al Partido Comunista Francés y…

“¿Y por qué en lugar de hablar de la correspondencia de Sartre con Camus no hablo de la que mantenía con Simone de Beauvoir, que iba más allá?”, pensaba Tony. Y seguía: “¿Pero qué digo? Si era una feminista radical, contraria al matrimonio, promiscua y promotora del amor libre y… yo no me veo compitiendo con jovencitos por una Neus polígama abierta a todos los hombres. Al fin y al cabo, Beauvoir iba loca por lanzarse a los brazos del cineasta Claude Lanzmann, dieciocho años más joven que ella. ¡Aún conseguiré que se decante por las relaciones con hombres más jóvenes que ella! Dios mío, estoy enloqueciendo…”. ¡Estaba cortado por sentirse viejo ante la belleza joven y exuberante de Neus!

El camarero, estupefacto por lo que inevitablemente podía escuchar, hacía rato que estaba a una distancia prudencial con la bandeja y la cuenta encima, sin encontrar el momento de interrumpirlos. Finalmente, se aproximó. ¡El chico irrumpió con un “horarios COVID” sin lograr disimular su satisfacción por poder terminar la jornada y cerrar el restaurante!

JEAN-PAUL SARTRE
Font: MR Online

Ella habría continuado y deseaba que Tony hiciera el gesto. Pero con el interruptus del camarero, ninguno de los dos se atrevió a proponer alargar la tarde con un paseo. Los bares estaban cerrados y la idea de proponer ir a casa no tenía cabida.

Tony volvió a casa, sintiéndose ridículo y prometiéndose a sí mismo el retorno a la cordura. “¿Cómo me he podido confundir tanto?”, se preguntó.

Ella, decepcionada por no resultar suficientemente interesante para aquel hombre, por el que estaba loca desde que lo conoció, se lamentaba “¡Creo que nunca me había confundido tanto!”…

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