Hacía días que sentía la necesidad de revisar el primer post de este blog, publicado el 7 de diciembre de 2012 y titulado “Bienvenida. La casualidad ha querido que esta necesidad de volveros a dar la bienvenida de una forma diferente, haya coincidido con el día de Sant Jordi. Un Sant Jordi especial, emotivo. Hace un año estábamos confinados y sufrimos íntimamente la falta de la verdadera celebración de Sant Jordi. Este año nos coincide con un momento en el que, claramente, estamos un poco lejos, aún, de volver a algo que nos parezca “normal”, pero en el ambiente se respira un sentimiento de liberación colectiva, de felicidad, de emociones a flor de piel y de esperanza. De sentir que podemos empezar a intuir el final de la pesadilla. ¡Atención! Los que habéis seguido el blog, sabéis que pienso que hace años que los humanos vivimos en una terrible pesadilla que la mayoría ha bautizado como “la normalidad”. Y el final de la pesadilla de la pandemia significa volver a la decadencia de nuestro mundo prepandémico, la pretendida “normalidad”, consistente en la deshumanización creciente, que se verá agravada por los efectos de meses de aislamiento y tensión. Pero, verdaderamente, sería injusto no reconocer que la gente desea volver, no a la nueva normalidad sino, simplemente, a la antigua anormalidad, poder continuar el proceso normal de destrucción del planeta y autodestrucción de la especie o suicidio colectivo.

La cuestión es que el primer post de este blog, del 7 de diciembre de 2012, el de  “Bienvenida, allí está, lo podéis leer y no lo borraré. Fue escrito en un avión, cruzando el Atlántico, en una época en la que yo cruzaba aquel océano cinco o seis veces al año. Años atrás hacía la travesía –ida y vuelta– una vez al mes. En aquella ocasión iba… No me acuerdo. Debía de ser Montreal o Washington o Chicago o Miami. Hacía años que escribía y la decisión de abrirme el World Wide Web, me imponía respeto.

Expresé lo que creía –y me atrevía a exponer públicamente en aquel momento– en el universo del WordPress, de Internet. Decía entonces:

“En primera instancia, lo podría ubicar en el campo de la política sanitaria. Pero no únicamente porque la sanidad y la salud no se pueden aislar de la sociedad, los valores predominantes en la misma, las instituciones, las organizaciones sociales, los partidos políticos, la baja calidad de nuestra democracia, el rol de los medios de comunicación y tantas otras cosas como el contexto nacional catalán y, claro, la crisis. La crisis económica y su causa: la crisis de valores”. De hecho, lo que he escrito durante estos años encaja con lo que proponía. Por otro lado, pensemos en la COVID-19 y veamos si alguno de los ítems señalados no está relacionado con la pandemia. ¡Desgraciadamente, todos y más!

He hablado mucho de sanidad, especialmente durante los primeros años. Y el resto de posts escritos en estos nueve años, creo que unos trescientos, todos tienen cabida en la amplia definición de “sociedad, instituciones sociales…”. Al final, las humanidades y la narrativa, creo que han ganado la partida y no os sé decir cómo evolucionará el blog en el futuro. Ni idea.

Sí que os puedo decir que siempre me ha gustado escribir, que siempre he escrito, que tengo muchas libretas de escritos anteriores a la aparición de los ordenadores (y posteriores), que no sé vivir sin escribir y que, de momento, todo, la pandemia por supuesto, el vivir en soledad lejos del “mundanal ruido” en las Terres de l’Ebre, la disminución deseada del tiempo dedicado al trabajo, la proximidad a la jubilación, en fin, todo en mi vida, me lleva a querer priorizar el escribir e ir disponiendo cada vez de más tiempo y mejores condiciones para hacerlo. Por lo tanto, la “Bienvenida puede seguir siendo válida pero he sentido la necesidad de ponerla en contexto.

Los que dicen que entienden de blogs, consideran que este es poco pertinente por dos razones: los posts son demasiado largos y no es un blog temático, en un mundo donde la gente va rápido y quiere textos breves, y cuando acude a un blog, busca un blog especializado en el monotema que le ocupa. En cualquier caso, este no es un blog temático y no lo será. Y los posts no son cortos y seguirán siendo largos… Es lo que me sale. Lo contrario sería artificial. La variedad quizá también merece la pena, ¿no? Ni soy Leonardo da Vinci ni vivo en el Renacimiento, pero no me desagradaría tener las virtudes de Leonardo y, sin renunciar al valor de la superespecialización (no me dedico mucho a ello pero todavía soy médico y estoy colegiado), me preocupa la idea de evolucionar hacia un mundo de idiotas especializados.

Vayamos, sin más dilación, al día de hoy como referente interpretativo de qué quiere ser este blog. Sant Jordi siempre es Sant Jordi y este no es el primer post escrito en la diada (ver “El día de Sant Jordi. Belleza y sentimientos”   del 23 d’abril de 2015, “Escribir en Sant Jordi, tanto si llueve como si hace sol” del 23 de abril de 2016, y “Sant Jordi, sentimientos, ironía y locura”  del 26 de abril de 2018). Este Sant Jordi, sin embargo, ha hecho emerger de manera especial humanismo, sentimientos, emociones, elementos vinculados a lo que es auténtico de las personas, lo que –a pesar de todo, aún– nos hace humanos, más allá de las apariencias, la parafernalia y la locura de nuestro mundo. Y todo esto sucede alrededor de la expresión humana escrita, en torno a los libros… Un día que consigue que un científico como Oriol Mitjà se emocione viviendo algo que, mínimamente –porque se ha hecho bien– en algún momento, ha comportado que la gente se agolpara para, para … para, simplemente, ¡¡¡VIVIR!!!

Hoy, día de Sant Jordi, se ha confirmado la previsión meteorológica y cuando me he despertado ya he visto que el día era espléndido. Me he levantado temprano, he salido al porche, he mirado al horizonte, y el mar y el cielo eran un todo armónico, en el que el tono del azul evolucionaba suave y respetuosamente. Los pájaros cantaban. Los colores eran intensos y la ausencia de otros sonidos reconfortaba el alma. He mirado el rosal y me he acordado de que, hoy hace un año, me había regalado una rosa, solo una, preciosa. Hoy aún no se vislumbran. El invierno se ha alargado, invadiendo la primavera astronómica. He pensado que este año los albaricoques llegarán más tarde. He entrado en la cocina y he preparado café, mientras escuchaba en la radio locutores, tertulianos, escritores, autores, personas humanas varias, expresando una emoción palpable, diferente, especial, por el hecho de poder volver a celebrar Sant Jordi, de sentir que la vuelta a la vida era posible.

Y es que el día de Sant Jordi, sin pretender exagerar ni ser hiperbólico, creo que es algo que nos hace extraordinarios como país. Y me gustaría que se internacionalizara. No solo para difundir lo mejor de nosotros, sino para que otros pueblos pudieran disfrutar, como lo hacemos los catalanes, de este día maravilloso de rosas, libros, emociones, sentimientos, pasiones y alegría de la de verdad. Un día que nos recuerda que, si nos lo propusiéramos, podríamos volver a ser seres humanos completos.

Me ha gustado la delicadeza con la que Xavier Bosch ha explicado su trayecto en tren desde Sant Cugat –mi querido pueblo– hasta Barcelona. ¡Delicioso! Rafel Nadal, Maria Barbal, incluso el antes mencionado y controvertido –pienso que entiendo bien su tormento interno– Oriol Mitjà. O Gerard Quintana. Su complicidad gerundense con Rafel Nadal, lo que significa para ellos, y yo creo que para todos los que la conocemos, la librería Geli de Girona, fundada en 1879. ¡Qué fácil empatizar con lo que sentían y expresaban! Qué alegría sentirnos todos parte de un colectivo que, como todo el mundo, hemos sufrido y sufrimos un cautiverio pandémico y, este año, hemos tenido la suerte de que Sant Jordi y todo lo que significa para nosotros, ha coincidido con este momento de intuición de la liberación. Cuando Jordi Basté y Rafel Nadal han especulado sobre la posibilidad de que Gerard Quintana pudiera acabar siendo definido como “aquel escritor que durante años se dedicó a cantar”, no he dudado de la sinceridad de lo que decían. No era un elogio con fines comerciales.

Gerard Quintana parecía músico y por ello es conocido. Puede que en realidad sea escritor. Xavier Bosch y Rafel Nadal eran y son periodistas, pero se han convertido en buenos escritores. Oriol Mitjà no es escritor. Es un científico. Es sincero y parece atormentado, y lo reconoce. Lo que le remueve dentro y no puede evitar sacar hacia fuera de manera poco adaptada al mundo en el que vive –y por lo que paga un precio elevado– le ha llevado a ser escritor ocasional, quizás furtivo y casual, seguramente efímero o casi… Shakespeare, Hemingway, García Márquez, Albert Camus, Petrarca, Josep Pla, Mercè Rodoreda… En fin, lo que queráis, es diferente, claro. Pero hoy, el tormento real, la fuerza de las virtudes y flaquezas enormes de Mitjà, “vomitadas” por él mismo sin filtros, de forma abrupta, políticamente incorrecta, sorprendente para la gente “bienpensada y como Dios manda”, tienen una energía que, con mejor o peor técnica literaria –no he leído todavía el libro– le han llevado a captar el interés de la gente. En resumen, hablo de algo maravilloso y confío en que nos entendamos.

Todo esto pasaba en Barcelona. Mi querida Barcelona, ​​a pesar de que Ada Colau haga todo lo posible para transformarla en un esperpento que avergüenza. Y yo, desde las Terres de l’Ebre, mientras me disponía a iniciar un paseo de horas por el Delta, por un momento me he trasladado al Passeig de Gràcia y he contemplado la Casa Batlló engalanada para la ocasión. Y, como he dicho, he sentido el olor característico de la centenaria librería Geli. Y antes, a primera hora de la mañana, la llamada de Montserrat desde Lleida, además de confirmarme que el sol y el buen tiempo ha sido un regalo de Sant Jordi para todo el país, me ha trasladado el mismo deseo de vivir un Sant Jordi intenso, después de un año de pandemia.

“Mi país es tan pequeño que cuando el sol se va a dormir nunca está totalmente seguro de haberlo visto”. Es tan pequeño nuestro país y tiene tantos problemas… No se escapa de las corrientes de locura y autodestrucción mundiales. Pero siempre lo llevo en el corazón y en días como hoy lo quiero especialmente. Es el mío. ¡¡¡No tengo otro!!! Y yo he decidido celebrar Sant Jordi a mi manera y en mi tierra de adopción, las Terres de l’Ebre.

Y con todo esto que os cuento, creo que podréis intuir el sentido de la nueva bienvenida a este blog, nueve años después. Lejos queda aquella bienvenida escrita en un avión, con un iPad, cruzando el Atlántico. El final de una época que me llevó a viajar y vivir en unos setenta países de los cinco continentes. Ahora os vuelvo a dar la bienvenida al blog, mirando desde la ventana del despacho de casa el faro de la Punta del Fangar, al norte del Delta de l’Ebre. Y no me muevo de aquí, ya he dado suficientes vueltas. Pero es que estoy muy bien aquí. Siento que ahora tengo que estar aquí.

“Me he montado sobre la bici y, después de hacer unos seis kilómetros, he llegado a la playa del Arenal, donde comienza la curva de sur a norte, para volver hacia el sur que, partiendo de la costa, conforma la bahía de la parte norte del Delta. He seguido por ‘Lo Goleró’ y, en cuanto he recuperado la playa a escasos metros de las ruedas de mi bicicleta, me ha sorprendido ver flamencos tan al norte y, aún más, algunos solitarios, separados del grupo, en los canales de riego, cerca del mar, pero fuera del agua salada. Me lo he tomado con calma, he disfrutado del mar, del cielo, de los flamencos, los patos, garzas reales, garcetas, cercetas carretonas, patos colorados…

Lo he saboreado desde la sensibilidad y la magia de este Sant Jordi. Me he parado más veces que nunca para grabar aves, paisajes… El mar y los arrozales labrados a punto para ser inundados. Y he decidido filmar un vídeo con todos los elementos y colores para compartir mi particular, único y solitario Sant Jordi con la gente que quiero. Les he explicado dónde estaba la Punta del Fangar. Y el Faro del Fangar, las mejilloneras, las aves… Les he explicado que aquella tierra de arroz, aún con el color marrón invernal, era maravillosa. Los arrozales tienen cuatro colores: marrón en invierno, espejo de agua cuando quedan inundados en primavera ahora ya deberían empezar a estar inundados, pero este invierno se alarga verde cuando el arroz va creciendo en verano, llegando al verde sublime y al dorado en agosto/septiembre, cuando lo siegan y queda el amarillo de los rastrojos para volver a ser marrón hacia el mes de noviembre. Hay que decir, sin embargo, que el cambio climático lo relativiza todo.

He estado prácticamente cuatro horas pedaleando, parándome, fotografiando, filmando vídeos, compartiendo, disfrutando… Y cuando he abandonado los sedimentos del Delta para entrar en tierra firme y volver a casa… ¡Increíble! Junto a un contenedor, alguien había tirado unos treinta libros, de los que, de vez en cuando, te puedes encontrar en paradas de quioscos, de ferias en la calle. Recuerdo una de esas paradas en el Mercado de la Concepció, el de mi barrio de Barcelona. Son libros usados, en mejor o peor estado, más o menos limpios o sucios, que pueden costar entre un euro y siete u ocho euros, sin que el precio tenga necesariamente que ver con la calidad literaria ni del encuadernado, el renombre del autor ni el buen o mal estado. He seleccionado quince, los he escondido detrás de unos matorrales, he completado los cinco kilómetros que me quedaban para llegar a casa, he dejado la bici, he cogido el coche y he ido a buscarlos. Menos Quima, nunca nadie me había regalado tantos libros, y menos en Sant Jordi. ¡¡¡Graaaacias!!!”.

Año de libros, año de escribir, año de leer. Y de eso va la cosa, de escribir, de disfrutar escribiendo, de alegrarme si de vez en cuando alguien disfruta leyendo lo que escribo, de sentir, de vivir… ¡Bienvenidos de nuevo a este blog, nueve años después!

 

 

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