La esperanza después de la decepción
En el post anterior reflexioné sobre la construcción y la posterior degradación del modelo sanitario catalán a partir de las cuestiones que me suscitó la lectura de Anatomía de la esperanza, de Francesc Torralba. Retomo ahora aquella reflexión en el punto en que quedó. ¿Qué sucede con la esperanza cuando una obra en la que se ha creído, y a la que se ha contribuido decisivamente, acaba desmantelada? ¿Y cuando los años y la experiencia han modificado el lugar desde el que uno está dispuesto a relacionarse con ella?
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Informarse o preservar el criterio
Una de las consecuencias de haber vivido aquel proceso fue comprobar hasta qué punto una realidad conocida directamente podía ser simplificada y deformada por el relato público. La pluralidad jurídico-institucional de los proveedores se presentaba como una privatización, la autonomía de gestión, como una falta de control, y la progresiva apropiación política y administrativa del sistema, como una defensa de su carácter público.
Es desde esta experiencia desde la que me interpela la advertencia de Francesc Torralba sobre el peligro de apartarse de la información en general, no específicamente de la información sanitaria, aunque pienso que la reflexión es aplicable. Señala el riesgo de que la desconexión informativa se convierta en desvinculación moral y de que protegerse de las malas noticias acabe siendo una forma de ignorar el sufrimiento, la injusticia o los conflictos de nuestro tiempo. La advertencia es pertinente. Existe una forma de aislamiento que consiste en no querer saber nada de aquello que pueda incomodarnos o exigirnos una respuesta.
Pero no toda distancia respecto del flujo informativo responde a esta voluntad de evasión. Después de haber comprobado hasta qué punto determinados relatos pueden alterar el sentido de una realidad, limitar su consumo también puede ser una forma de proteger el juicio. El problema no es únicamente que los medios se equivoquen, sino que la exposición continua a una narración fragmentaria y emocionalmente dirigida puede acabar sustituyendo el conocimiento de los hechos por la familiaridad con un relato.
La actualidad se convierte entonces en una sucesión de estímulos que reclama adhesiones inmediatas, alimenta la indignación y deja poco espacio para comprender los procesos de fondo. La reiteración produce una sensación de certeza que no nace necesariamente del conocimiento, sino de la repetición. Las categorías con las que se presenta una cuestión acaban determinando aquello que el público es capaz de ver en ella y, a menudo, también las decisiones que los gobiernos consideran posibles.
Una persona puede mantenerse vinculada a los problemas colectivos sin someterse cada día a este factor de riesgo para la salud mental. Puede intentar informarse con criterio, distinguir lo relevante de lo que solo es ruido e intervenir cuando considera que puede aportar algo. En determinadas circunstancias, apartarse un
poco no es esconder la cabeza bajo el ala, sino preservar la facultad de comprender.
La tensión que señala Torralba sigue existiendo. Hay que evitar que la protección de la paz interior se convierta en indiferencia, pero también que la responsabilidad cívica se identifique con la sumisión a una industria de la atención que puede deteriorar el mismo criterio que necesitamos para actuar.
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Un diagnóstico similar de nuestro mundo
Podría pensarse que la esperanza que expresa Francesc Torralba parte de una visión poco realista del mundo actual. Pero no es así. Hemos hablado de ello más de una vez y la coincidencia es amplia. Veo, como él, una sociedad en la que el sistema económico y cultural surgido de la globalización ha reducido progresivamente a la persona a su función de productora y consumidora. El viejo “tanto tienes, tanto vales” se ha convertido en un principio general que condiciona la autoestima, las relaciones y la manera en que medimos el valor de los demás.
Veo salarios que no permiten construir una vida digna, una vivienda convertida en un bien inaccesible para una parte creciente de la población, vínculos afectivos cada vez más frágiles, estructuras familiares sometidas a tensiones constantes y una soledad cada vez más extendida. La sociedad en red ha multiplicado las conexiones, pero no necesariamente la compañía, la comprensión ni la confianza. Ha creado una disponibilidad permanente que fatiga, fragmenta la atención y convierte la comparación con los demás en una experiencia cotidiana.
Creo que vivimos un problema de salud mental de dimensiones colectivas. El aumento de los diagnósticos psiquiátricos, como la ansiedad y la depresión, así como la irritabilidad, la falta de sentido, el aislamiento y la dificultad para sostener proyectos vitales, configura un cierto malestar generalizado y contribuye a la tensión colectiva. Una sociedad que convierte el consumo en propósito, la competencia en una forma ordinaria de relación y el éxito visible en la medida de la dignidad humana acaba produciendo personas profundamente insatisfechas y las predispone a enfermar.
Al mismo tiempo, este sistema degrada el medio ambiente, agota los recursos y compromete las condiciones que hacen posible la vida. La destrucción de la persona y la destrucción del entorno no son dos procesos independientes. Proceden de una misma incapacidad para poner límites a una economía que necesita crecer indefinidamente y transformar en mercancía todo aquello que encuentra.
Torralba contempla esta realidad con una severidad muy similar. La diferencia, si la hay, se encuentra en la
necesidad de hacer explícita la confianza. Torralba acompaña el diagnóstico con la afirmación de que el futuro no está clausurado. Yo no siempre me siento cómodo ni seguro a la hora de concluir lo que digo con un mensaje destinado a compensar la crudeza del análisis.
No creo que la realidad mejore porque la expresemos con palabras más suaves. Tampoco considero que cualquier intervención pública deba acabar con una invitación a la esperanza y, aún menos, al optimismo (véase la diferencia propuesta entre optimismo y esperanza en la entrada A propósito de la esperanza. Pensando en el modelo sanitario catalán (I) del 22 de julio de 2026). Esta forma de hablar puede favorecer, sin embargo, una interpretación que no necesariamente es correcta. Quien me escucha puede deducir, a veces, que no tengo suficiente confianza en el futuro que nos espera. No es así. Confianza sí tengo, pero no soy optimista y tampoco me parece prudente proclamar una esperanza que no tenga en cuenta lo que la experiencia me ha enseñado.
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La decepción y el paso de los años
Formo parte de la generación que contribuyó a definir y desplegar el modelo sanitario catalán. La esperanza que depositamos en él no quedó en una declaración de principios. Dio lugar a una acción sostenida, articuló instituciones y llegó a construir una realidad que, con todas las imperfecciones que se quiera, tenía una lógica propia y obtenía resultados reconocidos.
Años después, una vez alejado de las responsabilidades directas, vi cómo aquel sistema era desmantelado por intereses que se presentaban bajo una retórica ideológica. La defensa de lo público servía para justificar una mayor concentración de poder político, la gestión directa de las instituciones para controlar sus decisiones y la ampliación del sector administrativo permitía distribuir puestos estables y posiciones de influencia.
Las críticas a este proceso solían tropezar con dos respuestas. Quienes habían hecho de aquella retórica la base de su legitimidad reaccionaban con agresividad. Reconocer los hechos los habría obligado a cuestionar el relato con el que justificaban una centralización y una administrativización crecientes.
Al mismo tiempo, algunos de quienes conocían el modelo y habían contribuido a construirlo compartían el diagnóstico y lamentaban su degradación, pero continuaban adaptándose a ella. El nuevo orden les garantizaba cargos, influencia, seguridad profesional o posibilidades de promoción. Podían deplorar sus consecuencias sin renunciar a las ventajas que obtenían de él. La crítica era aceptada mientras no obligara a modificar ninguna conducta.
De esta experiencia me queda una profunda decepción. La palabra es exacta. No se trata de un estado de ánimo pasajero ni de una incapacidad para soportar que otros piensen de manera diferente. La decepción nace de comprobar cómo ciertos intereses pueden revestirse de principios, cómo una institución puede conservar el nombre mientras pierde la lógica que la justificaba y cómo personas que conocen los hechos pueden adaptarse a ellos sin dejar de lamentarlos.
El hecho de que conociera el sistema, pudiera identificar las causas de su degradación e imaginar algunas vías de recuperación hizo que, sobre todo años atrás, bastante gente me animara a volver y a asumir de nuevo un papel activo. Yo tenía claro que no lo haría. Algunos expresaban aquel deseo sinceramente. Era lógico que, en general, no lo hicieran personas de otros espacios políticos. Más difícil de interpretar era la actitud de los compañeros que habían contribuido a construir el modelo y después se habían acomodado a su desmantelamiento. Cuando coincidíamos, apelaban a mi regreso con una insistencia más retórica que real, mientras mi ausencia les ahorraba tener que revisar las posiciones que habían acabado ocupando. 
Por mi parte, conocer un problema y saber imaginar algunas soluciones no me hacía sentir obligado a convertirlo indefinidamente en el centro de mi vida. La cuestión no se reduce al agotamiento. Con los años cambian las prioridades, la manera de entender a qué merece la pena dedicar el tiempo, la disposición a volver a asumir responsabilidades ya ejercidas y, en definitiva, el lugar desde el que uno se relaciona con una obra que sigue considerando valiosa.
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Un matiz a la concepción de la esperanza
La muerte de un hijo y la degradación de una obra institucional pertenecen a órdenes que no admiten comparación. La primera es una pérdida irreparable. No hay ninguna acción capaz de restituir aquello que se ha perdido, y continuar viviendo exige encontrar una manera de incorporar la ausencia sin permitir que ocupe todo el futuro. Francesc Torralba ha seguido afirmando la esperanza después de haber atravesado esta experiencia extrema. Si hago referencia a ello es porque, al leerlo, me asaltó una asociación que todavía me provoca incomodidad: “¿Cómo podemos cuestionar la esperanza en un sistema institucional destrozado cuando alguien con la solvencia y la capacidad de Francesc no lo hace ni siquiera ante la muerte de un hijo?”. Pero el pensamiento asocia experiencias libremente, aunque uno mismo pueda sentir vergüenza de la comparación.
Una institución desgarrada plantea una situación diferente, precisamente porque puede ser corregida o reconstruida. En la medida en que Torralba no concibe la esperanza sin una predisposición a la acción, si el bien sigue siendo posible, hay que trabajar para que vuelva a ser una realidad.
No discuto esta tesis. El matiz aparece cuando la esperanza ya produjo la acción, la acción construyó una obra y, después, aquella obra fue alterada por los procesos que he descrito. En estas circunstancias, mantener el futuro abierto no impone una disponibilidad personal indefinida ni obliga a repetir siempre el mismo tipo de intervención. La cuestión es qué forma debe adoptar ahora esta acción, qué corresponde hacer a quien decide apartarse sin desentenderse de aquello que contribuyó a construir y qué deberían hacer quienes todavía siguen ahí.
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El legado y las generaciones
La dimensión generacional no sirve para explicar quién desmanteló el modelo. La degradación no fue obra de una generación que sustituyera a otra, sino de actores diversos, muchos de los cuales eran coetáneos de los propios constructores del sistema y conocían muy bien su funcionamiento. El problema generacional aparece después y se sitúa en dos ámbitos estrechamente relacionados: la transmisión del legado y el relevo de las personas.
Una institución se convierte en legado cuando puede pasar de unas manos a otras sin quedar congelada, pero también sin perder los principios que le daban sentido. El modelo sanitario catalán no debía conservarse como una pieza intocable ni reproducirse indefinidamente en la forma adoptada en los años noventa. Debía ser comprendido, actualizado y mejorado. Para que esto fuera posible, había que transmitir su lógica, los equilibrios que lo sostenían y el proceso que permitió su desfiguración. Quienes participamos en su construcción debemos preguntarnos si supimos explicarlo suficientemente bien y formar a personas capaces de comprenderlo.
Esta insuficiencia en la transmisión se vio agravada por un segundo problema. Demasiadas personas que habían contribuido a construir el modelo prolongaron su permanencia dentro de las estructuras y fueron adaptándose a los criterios que lo deterioraban. Su acomodación legitimó el nuevo orden y redujo el espacio para que una generación diferente pudiera asumir responsabilidades reales. La permanencia deja de ser compromiso cuando se convierte en una forma de preservar la propia posición.
Miro a las generaciones más jóvenes y reconozco en ellas capacidad, sensibilidad, conocimiento y aptitud para identificar problemas que nuestra generación no supo ver suficientemente bien. También sería injusto ignorar las condiciones en las que deben construir sus proyectos. La precariedad laboral, la dificultad para acceder a la vivienda y una relación con el tiempo dominada por la urgencia dificultan el compromiso sostenido con las instituciones.
Si, como sostiene Torralba, la esperanza debe traducirse en acción, la pregunta es qué acción corresponde ahora y a quién. No podemos pedir a las nuevas generaciones que reproduzcan nuestra manera de hacer ni que conserven sin cambios aquello que ni siquiera hemos sabido transmitirles. Lo que deben recibir no es solo información técnica ni una fórmula organizativa cerrada, sino una concepción del servicio público basada en la responsabilidad por los resultados, la autonomía vinculada a la rendición de cuentas, la diversidad institucional y la prioridad de los ciudadanos frente a los aparatos que administran el sistema. Deben conocer el modelo anterior a su desfiguración y las causas que permitieron desmantelarlo, no para restaurarlo mecánicamente, sino para poder decidir qué hay que preservar, qué hay que modificar y qué forma debe adoptar en el futuro.
Pero la transmisión sin relevo es incompleta, del mismo modo que el relevo sin transmisión es ciego. A quienes participamos en aquella etapa nos corresponde explicar, poner el conocimiento acumulado a disposición de los demás y retirarnos de los espacios que ya no nos corresponde ocupar. A las generaciones siguientes les corresponde recibir este legado críticamente y darle una forma propia, sin tutelas ni hipotecas. El legado solo existe cuando el conocimiento se transmite y el lugar queda libre.


Sempre d’acord. Un matís: no varen acabar de construir el model, ens vàrem quedar a mitges, per tant l’arquitectura era més feble. Exemple: l’ICS . No vàrem saber o poder donar el pas definitiu per a la seva transformació . Ha tornat enrera , vàrem tibat l’elàstic però no vàrem saber trencar-lo. Es més fàcil desfer el model si no has rematat( desconcentració, concertació real, desfuncionarització ,…
L’ICS era la part del sistema que calia modernitzar. La resta, potser amb alguna petita excepció, permetia ja implantar la contractació real sobre la base de personalitats jurídiques diferenciades del comprador, òrgans de govern propis (amb millor o pitjor governança)…
Pel que fa a l’ICS, calia un cert temps. Temps que no va existir. Amb independència de quan es va fer la llei de l’ICS, la maquinària regressiva destinada a que la resta del SISCAT actual, s’assemblés a l’ICS, ja funcionava ben engreixada.
Ja saps Helena que sempre he estat molt autocrític amb la nostra feina. Més d’una vegada vas trobar que massa.
Però el problema no el veig en què fos necessari un temps per transformar l’ICS. El veig en la destrossa del model que, personalment atribueixo a qui indico en el post.