Lanzarote, todavía…

Lanzarote sigue siendo Lanzarote y, a pesar de la obviedad rajoyniana de la frase, para mí lo sigue siendo especialmente. Si ponéis “Lanzarote” en el buscador del blog, encontraréis los posts —no sabría decir cuántos— escritos sobre esta isla, lo que indica la unión íntima que sentí con aquella tierra, con la que todavía soy capaz de reconectar, sobre todo a partir del recuerdo. A partir del recuerdo y de la idea que yo me he hecho durante los años del vínculo profundo de José Saramago con la isla. He leído buena parte de la obra del Premio Nobel, así como artículos, declaraciones y crónicas de él y sobre él. De ahí surge la idea que tengo de este vínculo suyo con Lanzarote. Ahora bien, soy perfectamente consciente de que puedo estar lejos de cualquier parecido con la realidad. Pero, en este caso, da igual. Primero yo conecté desde el alma con las entrañas telúricas y misteriosas de los paisajes oníricos de Lanzarote, y después la idea que me hice de la relación de Saramago con la isla —diría que la lectura de Cuadernos de Lanzarote fue definitiva— reforzó mi unión con aquel trozo de tierra emergido de la profundidad del océano.

Desde el año pasado, mi visión de la isla, construida a lo largo de los años —la visité por primera vez cuando tenía dieciséis años—, ha cambiado. En este caso, también es posible que este cambio sea una percepción subjetiva. Sea como sea, nunca antes de julio de 2025 había sentido en Lanzarote —quizá debería decir que nunca había sido tan consciente— el profundo malestar que me provoca el tipo de turismo masivo por el que, tristemente, ha apostado mayoritariamente España. Este julio ha sido aún peor. Si alguien me dice que esto solo ocurre en julio y agosto, me sentiré un poco aliviado. Pero…

Llegué el miércoles pasado hacia el atardecer y fui directo del aeropuerto al supermercado para comprar las cuatro cosas que puedes necesitar en una estancia de cinco días. El hecho de que allí me encontrara con Eva, una grancanaria establecida desde hace años en Lanzarote, me hizo darme cuenta de que mi historia con la isla tiene cierto peso. De lo contrario, no llegas a Lanzarote y, a la primera de cambio, te encuentras con una persona conocida. Al día siguiente, desayuno rápido con Andrea Valls, una amiga catalana que hace, diría, más de veinte años que vive en la isla y después… Después, de inmediato, fui a A Casa, disfruté una vez más de la casa, el jardín y la biblioteca de José Saramago y su esposa, Pilar del Río, y ese momento, dos estancias solitarias en las playas de Playa Quemada y Las Cocinitas, así como pasear por las calles de Mozaga y El Islote, sin que hubiera un alma en sus calles, fueron los únicos que me permitieron reencontrar mi vínculo más íntimo y místico con la isla.

El regreso a Famara me decepcionó. La casa en la que había estado el restaurante inolvidable llamado El Risco, en medio del pueblo, con las calles sin asfaltar y junto al mar, estaba vacía. Por un momento dudé si me equivocaba. Pero no. Miré dentro y vi suficientes detalles que me permitían identificar el restaurante desaparecido. En realidad, trasladado. Trasladado a un nuevo barrio lleno de lo que parecen ser segundas residencias o casas para el alquiler turístico. La antítesis del encanto que aquel pueblo todavía mantiene a medias, a pesar de cierto ambiente «surfista-alcohólico-macarra» y estos nuevos desarrollos urbanísticos de un supuesto cierto nivel. De caros, seguramente lo son. Y uno solo, aislado, estará seguramente bastante bien. Pero las series de chalés clónicos en filas y columnas rompen el sabor a auténtico que tuvo aquella cala. Abandoné la idea de tomar allí un aperitivo y me fui. Un lugar menos para sentir mi Lanzarote, no sé si en vías de extinción.

__________________________________________________________________________________________________________________

A resguardo del turismo pandémico                                                                                                                                                                                                                     

MOZAGA

Mozaga, El Islote, San Bartolomé. El interior de la isla. Lejos —adaptad “lejos” a la medida y a las vías de comunicación de Lanzarote— de las playas es el lugar que más me gusta para alojarme en Lanzarote. En el año 2015 estuve mirando casas en esta zona, cuando tenía la idea de irme a vivir allí. Casa Tomaren, el Caserío de Mozaga, fueron lugares en los que me sentí muy bien. En esta ocasión he ido a una casa típica del pueblo, cerca de las mencionadas. El letrero “VV” —vivienda vacacional— culmina la transformación de una antigua casa de pueblo en tres viviendas bonitas y funcionales que combinan la estructura rústica de la casa con decoración y complementos modernos. Jardín de cactus, vegetación y piedra volcánica, desde el que veo una casa muy bonita, entre viñedos típicos lanzaroteños, sobre el paisaje de tierra oscura, negra y roja, detrás de la cual se recortan algunas montañas volcánicas. Con la mirada fijada en el paisaje, un silencio reconfortante típicamente roto por algunos golpes de viento, un cielo de un color gris muy familiar e incluso un olor agradable que, más que intentar absurdamente describirlo, diré que me hace sentir que estoy donde estoy y no en ningún otro lugar. Absorbo lentamente piedra negra, cactus, cepas, casitas blancas… Cierro los ojos y me veo sentado en el jardín de la casa llamada Akarwuangui, una noche muy fresca de verano, sintiendo lo mismo que siento ahora. En cualquier caso, la sensación es de coincidencia entre el recuerdo y el momento presente. Todos sabemos cómo, involuntariamente, deformamos los recuerdos hasta el punto de que lo que recordamos tiene mucho, poco o nada que ver con lo que fue de verdad. Pero esta es la sensación ahora y es única, placentera y protectora de la degradación derivada del turismo que se va comiendo la isla a no muchos kilómetros de donde me encuentro. Si no lo supiera, creería que estoy en el fin del mundo y a resguardo de la deriva decadente que sigue gran parte de la humanidad.

__________________________________________________________________________________________________________________

Las entrañas del alma, las entrañas de la tierra

Me siento identificado con la soledad tranquila, la paz, el recogimiento, la profundidad, el sentimiento, la poesía que transmite la fotografía que ilustra la portada de Cuadernos de Lanzarote. Se ve al autor, José Saramago, ¡dándonos la espalda! Vemos a un ser humano que se aleja caminando y delante de él no tiene ningún camino.

… el escenario del mundo, desde todos los puntos de vista, me parece una demostración clara de la irracionalidad humana. El sueño de la Razón, ese que nos convierte en irracionales, hace de cada uno de nosotros un pequeño monstruo. De egoísmo, de fría indiferencia, de desprecio cruel. El hombre, por mucho cáncer y mucho sida, por mucha sequía y mucho terremoto, no tiene otro enemigo sino al hombre” (Diario III-1995, 5 de febrero).

He elegido este fragmento entre decenas o cientos o más, escritos sobre la preocupación que le provocaban a Saramago el hombre, la humanidad, la vida que vivió. No era optimista. Seguramente era pesimista. Pero tenía esperanza. Y era un hombre de acción (véase A propósito de la esperanza. Pensando en el modelo sanitario catalán I de 22 de julio de 2026 y II de 25 de julio de 2026). Un intelectual de izquierdas de la hornada en la que esta etiqueta, más allá del grado de acuerdo o desacuerdo con sus ideas, era un sello de calidad, rigor y nobleza. No era un “progresista”, un “progre” vulgar. Era un hombre de convicciones profundas, un militante consecuente y pacífico del Partido Comunista de Portugal que nunca dejó de denunciar las injusticias que le golpeaban y le hacían sentir el dolor de las víctimas como un dolor propio. Tenía esperanza y nunca dejó de luchar, a pesar de la tristeza que le provocaba lo que veía y lo que vivía.

Lanzarote es lo que se ve. Desnudez, tierra quemada, dureza, un mundo despojado de toda decoración, ninguna máscara, un paisaje estremecedor. Pero, curiosamente, al mismo tiempo, sin saber muy bien por qué, Lanzarote es vida. Lucha contra la muerte y la devastación. Triunfo de la vida. Cuando en Timanfaya una amiga de Saramago rompió a llorar ante las lavas porque veía “la muerte de la tierra”, él le hizo observar que los líquenes ya empezaban a atacar la lava y que, al cabo de los siglos, aquella roca acabaría convirtiéndose en tierra fértil. No era optimismo absurdo. Era esperanza de raíz humanista. Lo que transmite la isla es lo mismo que Saramago, realismo sin edulcoraciones ridículas y también, como él, vida y esperanza.

En efecto, el Saramago que nos da la espalda y camina no tiene delante ningún camino. No hay un camino trazado por Dios, por la historia, por el mercado ni por una ideología que garantice la llegada a ningún paraíso. Pero hay que caminar igualmente. Incluso sin camino. No, no. No es optimismo banal. Es la Esperanza, con mayúscula, de un ateo. La ausencia de trascendencia protectora, sin embargo, no elimina la moral. Hace más pesada la responsabilidad humana. Si no hay nadie por encima que arregle el mundo, lo que los hombres hacemos con los otros hombres se vuelve aún más decisivo. La fotografía no es la de un hombre que ha encontrado su camino. Es la de un hombre que avanza aunque no haya camino. ¡Es la esperanza contra todo pronóstico!

__________________________________________________________________________________________________________________

Desolación y belleza, dos caras de la misma moneda

Creo que el escritor está siempre en conflicto con la sociedad; más aún, tengo la impresión de que se escribe como una forma de resolver ese conflicto personal del escritor con su medio

Gabriel García Márquez

Escribimos para saber lo que significa vivir y no para encontrar respuestas a las famosas preguntas ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?

José Saramago

Si escribimos, como decía Saramago, para saber qué significa vivir, quizá sea porque la vida se resiste obstinadamente a darnos una respuesta. Y esta resistencia, en el caso de un ateo, todavía es más radical. No existe el recurso de la Fe, capaz de situar la existencia dentro de un orden superior, ni aquella posibilidad de confiar en que detrás de lo que no comprendemos hay un sentido que algún día nos será revelado. Quedan el azar, el dolor, la belleza, la injusticia, el amor, la pérdida y la muerte, pero también queda la conciencia de estar aquí, durante un tiempo limitado, compartiendo el mundo con los demás. Y queda la escritura. Quizá por eso escribir puede llegar a ser una manera de explorar la vida sin esperar resolverla, de acercarse a aquello que se nos escapa cada vez que creemos haberlo entendido. Saramago debía saber muy bien que las grandes preguntas tienen este inconveniente. Sobreviven a todas las respuestas. Quizá por eso seguimos haciéndonoslas.

En Lanzarote esta pregunta abandona durante un rato los libros y se vuelve material. Estoy tumbado sobre una toalla en la playa de Las Cocinitas, resguardado dentro de un soco, ese muro semicircular de piedra volcánica que alguien levantó para poder estar aquí a pesar del viento. A mi alrededor, la lava negra alterna con una arena finísima, amarilla, casi blanca bajo el sol. Medio incorporado, veo a pocos metros un mar sorprendentemente plácido y, más allá, quizá a doscientos o trescientos metros, las olas se levantan y estallan en grandes cortinas de espuma. No llego a ver contra qué chocan. Es como si hubiera una barrera de coral, que no debe ser el caso. Aquí, delante de mí, en cambio, el agua apenas se mueve. El viento pasa por encima del soco, el sol ya empieza a bajar, noto la temperatura del aire sobre la piel, el olor del mar, la luz que va perdiendo intensidad, el sonido del aire rozando la piedra. La percepción detiene el pensamiento. La pregunta por el significado de la vida deja de reclamar una respuesta y se disuelve en la propia experiencia de estar vivo. Quizá haya momentos en que esto sea suficiente. No porque las preguntas desaparezcan, sino porque el cuerpo, los sentidos, la contemplación de aquello que tenemos delante introducen una forma diferente de conocimiento, menos articulada y quizá más profunda. La atemporalidad, el no-lugar. Esto es todo.

Miro el soco y pienso en la extraordinaria sencillez de esta construcción. Unas cuantas piedras volcánicas puestas unas encima de otras permiten habitar durante un rato un lugar que el viento haría incómodo. En los viñedos, una arquitectura casi idéntica permite que las cepas prosperen en unas condiciones que parecerían poco propicias. Hay en todo ello una inteligencia antigua, elemental, que no pretende dominar el medio sino entenderlo lo suficiente para convivir con él. Quizá sea esta capacidad de adaptación, esta manera de encontrar refugio sin negar la intemperie, lo que me conmueve. Las Cocinitas no es una playa amable en el sentido convencional. La roca corta el paisaje, el viento obliga a protegerse, el océano recuerda a poca distancia su fúria. Y, sin embargo, estoy aquí, absolutamente tranquilo, mirando aquella agua inesperadamente quieta, sintiéndome bien. Lanzarote tiene esta extraña capacidad de ponerte ante una realidad severa y, al mismo tiempo, hacerte sentir que formas parte de ella. No te explica nada. No te consuela. Te deja mirar. Y, si te quedas el tiempo suficiente, algo dentro de ti vuelve a colocarse en su sitio. La dureza deja de ser necesariamente hostil, la fragilidad deja de parecer debilidad y aquello que a primera vista podía parecer desolación adquiere una belleza difícil de explicar. Quizá por eso vuelvo. Quizá por eso, después de tantos años, todavía soy capaz de reconocer aquí una parte de mí mismo.                                               

En Lanzarote todo ejemplifica la lucha por la vida como manifestación de la sabiduría de la naturaleza. En ningún lugar mejor para encontrar algún sentido a la vida aunque, globalmente, no haya respuesta a qué significa vivir. No hay garantías, pero sí razones para la esperanza, a pesar de la estupidez humana.

NORMAS DE PARTICIPACIÓN

Los comentarios están sujetos a moderación previa, por lo que es posible que no aparezcan publicados de inmediato. Para participar es necesario que te identifiques, a través de nombre y de un correo electrónico que nunca será publicado ni utilizado para enviar spam. Los comentarios tendrán que ser sobre los temas tratados en el blog. Como es lógico, quienes contengan insultos o sean ofensivos no tendrán espacio en este blog. Los comentarios que no cumplan estas normas básicas serán eliminados y se podrá vetar el acceso de aquellos usuarios que sean reincidentes en una actitud inadecuada.
El autor no se hace responsable de las opiniones e información contenida en los comentarios.

2 thoughts on “LANZAROTE, JULIO DE 2026

  1. TERESA SALAS dice:

    Bona nit, potser t’haurien de nomenar fill predilecta de Lanzarote.
    Solament he estat una vegada, al març de 2021. Encara amb mascaretes i certificats. Vaig anar en part per els teus blocs. I no em va defraudar. No em vaig enamorar com tu, potser necessitaria anar mes vegades, però tinc un record meravellós.
    Tot canvia, però cal mantenir els record i trovar les coses bones del present…i sobretot no perdre l’esperança

    1. josepmariavia dice:

      Per ser honest i no simular “optimismes” grotescos i absurds, propis d’ingenus i de farsants, he de dir que el que tinc ara amb Lanzarote és un desamor. El record idíl·lic, en tant que record, és passat.
      El futur? El de Lanzarote, com en general, l’afronto sense cap optimisme i amb moltíssima Esperança!!!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *