SANTIGO DE XILE

Hace unas 12 horas que salí de Roma y faltan 3 para llegar a Santiago de Chile. ¡Qué lejos que vives! O qué lejos que vivo yo según se mire, ¿no? Esta Navidad tu ausencia se dejó sentir. Ahora bien, si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. Así que aquí estoy, sobrevolando Brasil, y creo que a no mucho de hacerlo sobre Paraguay. Como siempre el avión ha entrado en tierra sudamericana por la zona de Fortaleza, Recife, para seguir hacia Brasilia, más o menos por Goiana… Después de Paraguay, Argentina entre Tucumán y Córdoba, los majestuosos Andes y… por fin Santiago de Chile.

Será el verano Austral, el año pasado casi lo viví en Nueva Zelanda. Era final de primavera, pero en el viaje por ambas islas pasé desde bastante frío hasta bastante calor.

En 2016 volví a viajar por trabajo al Cono Sur, concretamente y sobre todo a Argentina y también -menos- a Chile. Hacía años que no había vuelto. A mitad de los 90 iba a menudo. Recuerdo un día de finales de enero, tal vez de 1995 o 96, que en Santiago, el sol quemaba la piel. En aquella época trabajé en muchos países centro y sudamericanos. Entre ellos Uruguay.

Siempre pensé que Montevideo es una de las ciudades en las que podría vivir bastante a gusto.

Me pareció que lo que venía a hacer en Santiago de Chile me permitiría escaparme un par de días, en realidad menos, a Montevideo. Dos horas largas de avión…

Me bastaba con revivir sensaciones de otra época. No sé cuál será el resultado. Es lo que hice hace un par de años, y un año, con Buenos Aires y Santiago de Chile, respectivamente, y fue una buena experiencia. En parte, estas ciudades han cambiado mucho, y en parte, no tanto. Por momentos, en especial Buenos Aires, diría que nada…

Pensé en las personas con las que trabajé hace más de 20 años en Uruguay. ¡A saber qué habría sido de sus vidas! Al amigo Juan Pablo Vico lo había intentado encontrar en varias ocasiones, sin éxito. Hace una semana, viendo que estaba en Facebook, a través de una persona que también está, pedí a esta última que le mandara un mensaje de mi parte. De momento no hay respuesta…

En cambio me resultó fácil, extraordinariamente fácil, encontrar al Dr. Hugo Mussacchio. Busqué en un directorio médico de Uruguay y el viejo cardiólogo aparecía. Un número de teléfono y la dirección de su casa. Una casa preciosa que yo había frecuentado en aquellos años. Llamé y se puso su esposa. Su cordialidad me llevó a conectar de inmediato con el recuerdo que tengo de la gente de aquel país.

Buenos días… ¿el Dr. Mussacchio?

-Sí, ¿quién le busca?

-Josep Ma. Via, de Barcelona.

A partir de ahí comenzó una conversación distendida y llena de amabilidad por parte de la Sra. Mussacchio.

-Ah, “Jòsepp” -la forma en que los latinos pronuncian mi nombre es muy característica-, ¡¡¡pero mira!!! ¡Qué alegría! ¿Cómo está?

Me sorprendió que me recordara…

Muy bien, ¿y usted? ¿Está Hugo? (Pregunta hecha con una cierta desazón… que afortunadamente en esta ocasión no tenía razón de ser).

Mira, está en el hospital con una neumonía. Ha tenido neumonías de repetición desde que le recambiaron una válvula cardíaca. Pero parece que le darán el alta hoy o mañana. En cuanto le quiten el antibiótico por vena y se lo pasen a pastillas. Estábamos de vacaciones en Punta del Este y tuvimos que venir. La idea es regresarnos a Punta del Este si le dan el alta y se encuentra bien. Pero llámelo, por favor, llámelo que se alegrará. Le doy su celular. De hecho estaba saliendo de la casa para ir al hospital. De qué no me encuentra…

 -Claro que lo llamaré…

-Sí, no deje de hacerlo, por favor. Un gusto hablar con usted después de tantos años.

-Igualmente. Qué alegría haberles encontrado.

Al cabo de unos 10 minutos, cuando llamé a Hugo, su mujer ya le había puesto al corriente.

-“Jòsepp”, pero qué sorpresa, qué alegría. ¿Cuántos años han pasado? ¡Me llamó mi mujer y me dijo: ‘Piensa en 10 nombres de personas que te hayan podido llamar y no acertarás a adivinar quién fue!‘. ¿Cómo estás vos? Me dijo mi mujer que nos visitarás la semana próxima…

-Sí, tengo previsto estar unas horas en Montevideo. Aprovecharé para mantener una reunión de trabajo y luego simplemente quiero pasar, recordar y deleitarme con los buenos recuerdos de Uruguay y de todos ustedes. En los últimos años traté de encontrar también a Pablo Vico, pero sin éxito…

-Yo no he sabido más nada de Pablo, desde que hicimos contigo el proyecto del hospital. No sé si marchó del país, si sigue acá… No sé. Pero contame “Jòsepp”, ¿cómo estás vos? ¿Qué fue de tu vida? ¿Cuántos años han pasado desde que trabajamos juntos?

-Yo diría que fue en 1995, así que va para 23 años. ¿Cuántos años tienes, Hugo?

-80. ¿Y vos?

-¡No ando lejos de los 60!

-¡Naaada! ¡Un chiquillo!

Me cuenta que tiene cuatro hijos, todos fuera del país, uno de ellos en Barcelona. Dos en Estados Unidos y el otro no recuerdo. Le cuento que mis dos hijos también viven fuera. Me cuenta que trabajó hasta los 71 años y que en la última década ha tenido algunos problemas de salud… En fin, nos ponemos al día. Lo veo sinceramente emocionado de que haya pensado en él y lo haya llamado, y creo que le entiendo cuando me dice: “Esta llamada me ha producido una gran alegría, una alegría, cómo te diría, espiritual. ¿Me entendés?“. Supongo que a los 80 años y con problemas de salud, cuando pasan cosas agradables que no te esperas, las valores de forma diferente. Si tienes 20 o 40, en principio aún quedan años para que puedan pasar cosas. Nunca se sabe…

No nos falta mucho para sobrevolar la Cordillera. De momento la neblina empaña poco el cielo que aquí arriba está extraordinariamente claro. ¡Color azul cielo intenso! Anuncian por megafonía que todo el mundo se siente y se abroche los cinturones de seguridad por las turbulencias que suelen producirse cuando se sobrevuelan los Andes. ¡Pronto debería ver el Aconcagua!

La semana próxima, cuando estés en Montevideo, llámame. No sé si nos habremos ido de vuelta a Punta del Este. Si estamos en Montevideo nos vemos y si no por lo menors hablamos.

Lo que me lleva a viajar a Montevideo ha hecho que haya reservado una habitación en el hotel al que

SALVADOR ALLENDE Y FIDEL CASTRO

íbamos cuando trabajábamos allá. Entonces hicimos un acuerdo para alojar a todos los profesionales que durante 6 meses fueron y vinieron para sacar adelante el proyecto hospitalario que nos encargaron. Era un hotel funcional, sin ningún lujo. No sé cómo será ahora, pero quiero volver al lugar en el que un día de junio -quizás julio, diría que junio- de 1997, alguien de Barcelona queriéndome llamar a primera hora de la mañana, se equivocó y me despertó a las 4 de la madrugada.

-Buenos días. ¿El Dr. Via?

-Sí.

-Le paso a…

La persona que me pasaron me hizo una propuesta laboral que -en ese momento, además de sorprenderme por totalmente inesperada, no acabé de entender en qué consistía- me cambiaría la vida. Al cabo de dos días viajé hacia Costa Rica a cerrar un proyecto, acabando el viaje en Miami antes de llegar a Barcelona, ​​después de tres semanas largas de estar por las Américas. Desde entonces, nunca más he vuelto al Hotel Lafayette de Montevideo. Ni a Montevideo.

Llego al aeropuerto… de Santiago. Paso muy rápidamente el control de pasaporte, cuando llego a la cinta la maleta ya está saliendo y en muy poco tiempo enseño al aduanero la comida que me han encargado y que previamente he declarado. Hoy en día por todos lados se encuentra de todo, pero aún hay productos que cuesta encontrar o bien que se pueden adquirir a precios irracionales.

Salgo al exterior, donde me tienen que recoger en coche y hace calor -vengo del invierno y lo noto más- pero como hasta el mediodía no llegaremos hasta una máxima de 32 grados, a las 9 y media se está bien. Llega, abrazo, buen aspecto, ilusión por el reencuentro y yo a casa a deshacer maleta y ducharme, y quien me recoge, a proseguir una jornada laboral que suele ser exageradamente larga. Cuántas veces le he explicado que durante demasiados años trabajé en lugar de vivir y que no me siento especialmente satisfecho de este hecho… Pero todo el mundo tiene que vivir por sí mismo su propia vida. La experiencia de los demás, es de los demás…

He venido a hacer lo que he venido a hacer y tengo que esperar a la hora de cenar. Jetlag relativo -4 horas no se notan mucho-, pero he pasado 15 en un avión y cuando me meta en la cama hará casi 48 horas desde que me levanté de mi cama en Barcelona… El día se hace largo y cuando salgo a comer llegamos a los 32 grados mencionados. Como en una terraza sombreada, lo que no haría nunca si estuviera en mi verano. El aire caliente y el ambiente caluroso no me gustan como compañeros de comidas solitarias. Pero vengo del invierno y me apetece estar fuera. El camarero es muy amable y me hace buenas recomendaciones para comer.

La tarde se hace larga. Subo a la terraza, en el piso 20, y veo el Santiago moderno. Los rascacielos, entre los que destaca el edificio de La Costanera, el más alto de América Latina, me resultan ostentosos. Chile es “alumno avanzado” en Latinoamérica, pero sigue siendo un país con grandes desigualdades y sin una clase media significativa. Aquellos rascacielos, aquellos barrios…

Más tarde, ducha reparadora. Todavía me queda rato para empezar a hacer lo que he venido a hacer. Y… ya se sabe. ¡Quien espera desespera!

Finalmente vamos a cenar a las 10 y la cena se alarga hasta muy tarde. Pero la vivo tan intensamente que me olvido del cansancio y de las horas que hace que no estoy en una cama. Va bien. Me siento satisfecho y tranquilo. ¡Bien!

Comparto el fin de semana con personas muy queridas. El lunes quedo a comer con un directivo expatriado que no conozco. Quien lo contrató ha sido despedido de la compañía, y él solo lleva 4 meses en el país. Nunca antes había vivido en un país diferente del suyo -pienso que todo el mundo debería poder vivir una temporada en uno o varios países diferentes del propio-. Creo que le cuesta más de lo que me explicaba adaptarse a la vida chilena. No sabes por qué, en ocasiones, pequeños detalles menores, se convierten en indicadores de variables mayores -en este caso la dificultad de adaptación a un nuevo país- y los recuerdas para siempre. Obviamente no creo que lo que más le preocupara fuera la dificultad para encontrar tapas adaptables a las sartenes para no quedar salpicado mientras cocinaba. Pero no encontró por más que buscó y… no sé. Seguro que estaba más preocupado por el encaje con su nuevo jefe y el cumplimiento del presupuesto anual, pero… Bueno, ya se adaptará. Solo lleva 4 meses… No me lo dijo pero se le veía añorado.

A las 4 había terminado y hasta las 9 no tenía trabajo. Decidí ir a dar una vuelta por el centro. El metro es moderno. Las estaciones están limpias y cuidadas. Tardé 15 o 20 minutos en llegar a la Plaza de Armas. En la fachada de la Catedral había una gran pancarta con la imagen del Papa Francisco, que acababa de abandonar el país hacía uno o dos días. Muchos estaban contentos y orgullosos de haber podido ir a la Misa que celebró en el Parque del Bicentenario. Y sobre todo de que los argentinos se hubieran molestado porque no se detuviera en su ciudad: Buenos Aires.

Entré un momento a la Catedral y me pareció bastante impresionante. Entendámonos bien, estamos en Chile, no en Europa. Apenas hacía 6 o 7 semanas había visitado la Catedral de Colonia en Alemania y claro… Ya nos entendemos. Pero no está mal si lo situamos en contexto.

Me acerqué al Mercado Central que, como el centro antiguo en general, muestra a otro Chile más decadente que el de Providencia, Vitacura o Las Condes. Me senté a tomar un agua en la barra de un bar. Un par de metros a mi derecha tenía a un chileno de aspecto humilde. Muy humilde. Tenía una cerveza delante y con los brazos cruzados sobre la barra, se dormía dando cabezazos sobre los mismos. Me sorprendió que el camarero le llamara la atención y le amenazara o le advirtiera de que ya no le serviría más bebida.

De aquí fui el Palacio de la Moneda. Una advertencia de tipo muy personal. Esta es una visita trascendente para mí. Me he acercado 6 o 7 veces a lo largo de mi vida y siempre me impresiona y me emociona. No hace falta decir que lejos de sentir ninguna afinidad hacia la figura de Augusto Pinochet, lo que me provoca es rechazo. Está claro. Dicho esto debo aclarar que la imagen que tengo de Salvador Allende es la de un soñador peligroso. Pero lo que quiero decir lo expresé bien en un WhatsApp que envié a algunos amigos -junto con fotos del lugar- mientras lo contemplaba impresionado. Les dije:

Cada vez que veo el Palacio de la Moneda y pienso en Allende suicidándose el día 11 de septiembre de 1973 bajo el acoso de Pinochet/Kissinguer, sintonizo de alguna manera con personajes como él, Castro, el Che…, y toda la épica de la miserable Latinoamérica. Esto a pesar de encontrarme ‘muuuy’ lejos de lo que hicieron o -caso de Allende- pretendían hacer. ¡¡¡Impresiona!!!“.

Una de las dos personas que me contestaron escribió: “Lo que me dices no me sorprende porque, aunque la lucha sea diferente, todos los idealistas tenéis un punto de conexión”... ¿Me estaba llamando soñador? Chile con Pinochet pagó el precio que pagó. Horroroso. Con Allende quizás lo hubiera convertido en una segunda Cuba: ¡¡¡un desastre!!! Me hizo reflexionar. Es una persona que de joven tenía perfil “mayo 68”. ¡Y de mayor “ex mayo 68”!

Continué camino hacia el Cerro Santa Lucía accediendo al parque por la zona donde hay un ascensor que no funcionaba. Subí a pie a la cima. No es el Aconcagua, pero era verano y hacía mucho calor. Buena vista de la extensa ciudad de Santiago desde lo alto. Bajé por el lado que va a parar a la Avenida del Libertador O’Higgins y seguí caminando hasta llegar a la Universidad Católica para girar a la izquierda por la calle José Victorino Lastarria hasta llegar a una pequeña zona (conocida como Lastarria), de ambiente turístico-bohemio-estudiantil, muy agradable. Me senté en una terraza a tomar una cerveza, aún bajo el impacto que me provocó visionar La Moneda. Mientras contemplaba el Palacio de Gobierno chileno, me venía a la cabeza una imagen de aquellas que se te quedan grabadas en la memoria. La vi durante mi primera visita a “La Chascona”, la casa de Pablo Neruda en Santiago, en 1995. Me acompañó Pancho, un viejo militante socialista que al principio de la dictadura estuvo encerrado en un barco prisión el puerto de Valparaíso. Se salvó por los pelos… La imagen en cuestión era de un documental que proyectan al inicio de la visita a “La Chascona” en el que se ven -en blanco y negro- los bombardejos de la aviación militar chilena sobre La Moneda. A no muchos metros de altura. ¡Impresiona! Pablo Neruda lo

PALACIO DE LA MONEDA

explica bien en el capítulo final de sus memorias:

“Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del Palacio de Gobierno; uno evoca la blitzkrieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante dos siglos fue el centro de la vida civil del país…”. (Pablo Neruda)

Poco a poco, la cerveza me sació la sed, fui recuperándome del calor y volviendo al Chile moderno -para lo bueno y para lo malo- para el que Allende y Pinochet, afortunadamente, son historia.

 

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