LA FI DEL SILENCI

Es una buena persona. Es positivo, optimista y está agradecido a la vida. Como tanta gente, diréis. ¿Sí? ¿Tantos?… No sé…

Es un hombre hecho a sí mismo, de origen humilde, que se lo ha ganado. Ha hecho una brillante carrera profesional en varias multinacionales y se lo ha ganado.

Hay escenas que se te quedan grabadas fotográficamente en la memoria. Hay noticias que te impactan, de aquellas que no se olvidan y que quedan para siempre enmarcadas en el contexto en que las recibiste. Ya sean buenas o malas noticias.

Supe que sería padre por primera vez en Túnez. Estaba trabajando en el primer proyecto de consultoría internacional de mi vida. Lógicamente, era joven. Después vendrían muchos más proyectos de consultoría en todo el mundo. La noticia me la dio mi esposa y me llegó por carta postal. ¡Aún escribíamos y recibíamos cartas, y sin necesidad de estar encerrados en una cárcel!

Mi amigo me llamó en un día soleado y frío de invierno. Yo estaba en un despacho de estos que tienen las paredes tan finas que según qué conversación tengas que tener, más vale salir fuera del edificio a menos que no te importe que todos los ocupantes de los despachos adyacentes participen de lo que dices.

Salí a un patio, muy abierto y bastante amplio, con unos pocos árboles que ya hacía días que habían perdido las hojas, y me puse al sol disfrutando del calor reconfortante por contraste con el frío.

-Hola. ¿Cómo estás?

-Bien. ¿Y tú? ¿Cómo va todo?

-Mira, somos amigos y no quiero que te enteres por otro. No digas nada hasta que el tema se haga público. Estoy fuera de la compañía y la decisión no la he tomado yo.

-¡¡¡¿Pero qué dices?!!! ¡No me lo puedo creer! ¿Qué ha pasado?

-No lo sé. Excuso decirte que no he cometido ninguna irregularidad. Por otra parte, los resultados de la compañía del ejercicio pasado fueron los mejores de la historia en los países que yo dirigía. Creo que ya sabes que el CEO se jubiló y que lo ha sustituido un compañero mío de board. Siempre pensé que teníamos buena relación, pero seguramente me equivocaba en mi valoración… No sé por qué me han despedido. No me han dado ninguna razón clara…

-Me sabe muy mal, me parece tremendamente injusto y me contengo por respeto a ti. Te conozco y sé que no te gustan los lamentos y que agradecerás que no me extienda demasiado en este tipo de consideraciones.

-Pues sí. Te lo agradezco. Estoy triste, evidentemente. Pero creo que la vida me ha tratado muy bien, que tengo que estar agradecido y que ahora me queda negociar la salida y pasar página lo más rápidamente posible. Esto se ha acabado. No ganaré nada dando vueltas a lo que ya no tiene solución. Creo que se han equivocado, pero no puedo hacer nada.

Impotencia. Terrible sentimiento que cuando se acompaña de contención autoimpuesta o forzada por las circunstancias es aún peor.

Al cabo de unos días fui a cenar con este amigo y su esposa. Ella se desahogó mientras él callaba. Yo la comprendía, pero en parte y pensando en mi amigo, seguro que habría preferido ahorrarse esta parte de la conversación. Era, sin embargo, inevitable. Yo estaba en medio, entendiéndolos a los dos. Ella necesitaba hacer patente la tremenda injusticia y yo no podía hacer otra cosa que darle la razón. Él, por su parte, no podía evitar que se produjeran los comentarios muy a su pesar, lo que me situaba en la necesidad de no dejar de contestar a su mujer pero intentando a la vez limitar la duración de esa parte del “desahogo” en atención a mi amigo.

La situación me recordó un episodio personal que, en su momento, viví muy mal, y que con el paso de los años he agradecido cómo terminó. No cómo sucedió, pero sí cómo terminó.

No debe de ser el mejor momento de la historia para hablar de un asunto que, con respecto al “gran público”, he mantenido cerrado a cal y canto: el de mi paso por la política. Pocas cosas trascendentes he explicado a pocos amigos y la mayoría a nadie, y creo que muchas me las llevaré a la tumba sin haberlas compartido. La que ahora explicaré no es ningún gran secreto. Tiene de novedad que, creo, no recuerdo al menos, haber hablado mucho en público de vivencias personales de la política. Otra cosa es de posicionamientos sobre temas políticos, en especial sociales y sanitarios, que sí lo he hecho.

Un día de enero de 1996, mientras me afeitaba por la mañana, oí que Antoni Bassas -entonces conductor de “El Matí de Catalunya Radio”- anunciaba -con una discreta dosis de reserva- que yo sería consejero de Sanidad y Seguridad social de la Generalitat de Catalunya. Al cabo de poco rato, al abrir la puerta de casa vi el periódico y en portada, a pie de página, anunciaba lo mismo. Yo era conocedor -por azar durante el descanso de un Barça-Español en el Camp Nou, el dia 4 de enero, alguien que tenía la información me advirtió- de que esa posibilidad era real, pero hasta entonces no se había hecho pública. El Barça ganó 2 a 1. No recuerdo quien marcó. Pero sí que Pep Guardiola jugaba y también (con el Barça) Iván de la Peña.

Al cabo de un tiempo alguien me hizo ver que había sido como una especie de globo-sonda. Una especie de “periodo de exposición pública” para presentar  “alegaciones”. Seguramente nunca sabré por qué no se acabó produciendo ese nombramiento. Sí que me dijeron -nunca lo he contrastado- que mi nombramiento llegó a ser enviado al DOGC y retirado al cabo de un rato. Parece que algún lobby del sector, temiendo por sus intereses, añadió dificultades a mi nombramiento. ¡¡¡Es curioso porque en los últimos años he sido muy criticado por mi supuesta -y absolutamente falsa- vocación privatizadora de la sanidad pública, y parece ser que la presión decisoria para evitar mi nombramiento llegó desde el sector privado de prestación sanitaria pública!!! En concreto de una patronal de la que hoy soy miembro de su Junta Directiva: ¡Qué vueltas da la vida¡

Pero no era de eso de lo que quería hablar. Simplemente me ha apetecido explicarlo. Quería referirme a que en ese momento, todo este proceso lo viví con mucha frustración. Creía, me sentía con la fuerza necesaria -visto desde la experiencia que tengo ahora, dudo que hubiera salido adelante- de llevar a cabo la reforma que necesitaba el sector y que no se ha hecho nunca. Esta era mi ilusión. ¡Y la frustración se derivó directamente de perder la posibilidad de sacar adelante unas medidas, para mí muy claras y precisas, que por supuesto que ahora no detallaré!

En aquel momento mi familia, viéndome encerrado en mí mismo, afectado y callado, mudo, sufría y me forzaban a desahogarme, a expresar mi sentimiento de frustración como práctica saludable. No fui capaz. Me molestaba seguir escuchando hablar de aquel episodio y tenía ganas de pasar página.

Por lo tanto, volviendo a la conversación con mi amigo y su esposa, recordé ese momento personal que acabo de sintetizar y les expliqué para ilustrar cómo de diferentes se viven las cosas cuando eres el protagonista o eres un espectador cercano y preocupado que aprecias al protagonista y le querrías evitar el sufrimiento inevitable.

Preguntarse si las multinacionales tienen alma, parecerá ridículo. Ciertamente, pregunta retórica. ¿La política tiene alma? ¿Y la empresa familiar? ¡¡¡Ay, la empresa familiar!!! ¿Hasta qué punto es compatible la gestión profesional y poder celebrar la comida de Navidad toda la familia sin apuñalamientos masivos por la espalda? ¿Y el tercer sector? ¿Y la Iglesia? Y…

Parece mentira que no seamos capaces de aceptar que el ser humano no es perfecto. ¡Qué fácil es criticar! Mi amigo tiene el derecho legítimo de pensar que con la decisión de prescindir de sus servicios, quien la ha tomado ha cometido una gran injusticia. Yo puedo pensar y sentir legítimamente que quien decidió echar atrás mi nombramiento de consejero de Sanidad, se equivocó mucho. Ahora bien, ¿nosotros somos mejores que ellos? ¿No nos equivocamos gravemente muchas veces? ¡¡Qué fácil ver la paja en el ojo ajeno, y no ver la viga en el tuyo!!! ¿O es que no estáis de acuerdo con que quien esté libre de pecado tire la primera piedra? ¿Quién soy yo o tú, lector, para juzgar a nadie? ¿Hasta dónde la justicia social es justicia social o un concepto demasiado adulterado por la envidia, el odio y el resentimiento? ¡Qué fácil criticar desde el odio y el resentimiento! ¿O no?

Por cierto, en el caso que he mencionado sobre mi (no) nombramiento como consejero de Sanidad, he hecho algunas consideraciones, pero al final el único responsable era uno muy concreto, el único que podía tomar esta decisión: el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol i Soley. Persona con la que siempre tuve lo que se dice “un problema de piel”. No conectábamos. Qué fácil lo tendría ahora para aprovechar que “el árbol ha caído” y terminar de destrozarlo haciendo más leña a hachazos, ¿no? Amigos, siento decepcionaros, pero no lo haré. No solo no lo haré sino que anuncio que, confío, ya llegará el día en el que podré contribuir a situar a este hombre en el lugar que se merece y que la historia le reconocerá. Es un humano y como tal, tiene grandes defectos, grandísimos. Del mismo modo que sus virtudes aportaron grandes beneficios colectivos, sus defectos y los efectos de los mismos han tenido una repercusión colectiva demoledora y ciertamente superior a la de la mayoría de mortales con menos capacidad de incidencia sobre la vida de todos. Un desastre, sí. Una lástima, sí. Si un día es juzgado por un tribunal realmente justo, independiente y no politizado, y es condenado porque se demuestra que lo que se le atribuye es cierto, que pague. Ahora bien, esto ni debe impedir reconocer el valor añadido de su obra de gobierno, ni impedirá que la historia lo sitúe en el lugar destacable que merece y que no será precisamente, por sombras que hayan, que  habrá, el de un delincuente.

Desde el 1 de octubre hasta ahora he escuchado decir muchas veces “ni olvido, ni perdón”. Pues no. ¡¡¡No, no y no!!! Yo no olvidaré, pero perdonaré. Ya he perdonado. Ni sé ni quiero vivir instalado en el resentimiento.

Justicia sí. Odio no. Olvidar no, perdonar sí. No me parece justo que se presente como un misterio indescifrable averiguar quién demonios es este M. Rajoy ni olvido que el “señor X” del caso GAL, era el responsable último de asesinar seres humanos -no sé si con más o menos defectos que sus verdugos- enterrándolos en cal viva. Dicho esto, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Esto vale para M. Rajoy, para F. González y para todos.

¿Seguimos hablando de qué pasa hoy? ¿Hablamos de la independencia del Poder Judicial? ¿De encarcelados, exiliados y lazos amarillos? O hablamos de la superioridad moral de Podemos o de los intelectuales de izquierdas que todavía esperamos que a uno solo de ellos se les caiga la cara de vergüenza ante estos hechos y tantos otros. ¿Hablamos de Florentino, de Castor, del palco del Real Madrid, de La Caixa y la fuga de empresas atemorizadas por el independentismo? ¿Hablamos de los monopolios de Estado privatizados y del IBEX 35? ¿De las radiales de Madrid? ¿De la calificación ética y moral de los últimos discursos del Rey?…

Me quedo con la contención y el pasar página de mi amigo y, si me lo permiten, con la mía propia en la circunstancia antes mencionada. Quien tenga boca que hable si cree que debe hacerlo. Generalmente prefiero ser dueño de mis silencios que esclavo de mis palabras aunque más veces de las que hubiera deseado he sido víctima de mis palabras. ¡¡¡Si pudiera agradecería -empezando por mí mismo- a tantos y tantos que hablan (o hablamos) mucho y demasiado sin mirarse (o mirarnos) en el espejo ni un segundo, que callaran (o callásemos) de una vez por su propio bien y el de todos!!!

La vida cotidiana de la mayoría de los humanos está constituida de quejas, de luchas, de tormentos y de rencores. ¿Por qué? Porque su campo de conciencia es tan estrecho y limitado, que nada les parece más importante que sus preocupaciones, sus ambiciones, sus codicias y sus querellas. No ven la inmensidad del cielo sobre ellos, todo este espacio infinito… Si se dignaran a alzar los ojos, se liberarían de esas limitaciones y respirarían libres finalmente. Simplemente se trata de la dirección de la mirada: no tanto dirigirla hacia abajo, sino hacia arriba…”. (Omraam Mikhaël Aïvanhov)

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