Aristóteles-copyLo que me mueve a escribir este post es la naturaleza, la esencia humana, no la política. Lo hago a partir de la lectura de tres artículos –que reproduzco en parte- el pasado fin de semana. Dos de ellos se sitúan en el mundo político pero según mi parecer, reflejan bien aspectos esenciales de la condición humana. Los tres, de forma diferente, permiten pintar un pedazo del mundo en el que vivimos, ahora y aquí.

El profesor de filosofía José Luis Pardo, en una conferencia pronunciada en la Escuela Europea de Humanidades el pasado mes de noviembre, concluía después de una extensa exposición:

 “El hombre subsiste al modo de ese residuo sólido, como lo que está de más en un mundo que sobrepasa ampliamente sus capacidades de sentir, imaginar y comprender y, por tanto, sus capacidades de experimentar ese mundo salvo como un espectáculo fascinante en el cual no desempeña ningún papel relevante. El hombre que muere, que enferma, que sufre, que ama, que canta, que recita, que vota o que escribe es un anacronismo persistente en un mundo que cambia a una velocidad que no es la suya. Se diría que, si hay algo universalmente humano, ese algo es hoy la incapacidad o la dificultad para tener justamente una experiencia, para convertir lo que nos ocurre en conocimiento comunicable, lo cual es tanto más paradójico cuando se nos asegura por todas partes que vivimos en la Sociedad del conocimiento o en la Sociedad de la comunicación. Puede que haya una gran circulación de “información” –habría que medir, de todos modos, cuánta de esa presunta información es simplemente redundancia, basura o hipertrofia de la identidad-, pero para que haya conocimiento es preciso que sea conocimiento de algo, y no simplemente conocimiento en abstracto, pues éste no da nada a conocer ni nos enseña nada acerca del mundo, puede que haya una profusión gigantesca de dispositivos de comunicación, pero eso no nos asegura que sus contenidos –que deben ser forzosamente ligeros para poder vaciarse y rellenarse con cada clic- sean otra cosa que “contenidos de relleno”. Y las “humanidades” que han de dar cuenta de esa experiencia difícil se enfrentan a la tarea que siempre ha sido la suya: la de conferir sentido a una existencia precaria y finita que no puede nunca satisfacerse con la mera racionalidad instrumental.

Coincido con Pardo en que vivimos inundados de información que es –subjetivamente y siendo generoso, como mínimo al menos en un 60% o más- porquería asquerosa destinada a embrutecer el ambiente, la vida social y denigrar a las personas.

Me incomoda que –a pesar de intuir un cierto sentido de hipérbole- califique al hombre de mero residuo sólido que subsiste como puede en un contexto dominado por la racionalidad instrumental. Estoy de acuerdo con que en nuestro mundo predomina la racionalidad instrumental, que se ha sacralizado la ciencia. Precisamente un efecto colateral –para mi devastador- de la sublimación del método científico, es la marginación de las humanidades en los programas educativos y de la religión en las sociedades. Como si, como pretendía Max Weber, el progreso científico y tecnológico hubiera acabado ocupando el espacio de la religión, cosa que ha sucedido sólo en parte.

Pero si fuera universalmente cierto que “el hombre subsiste al modo de residuo sólido”, tendería a relacionarlo con este arrinconamiento: la mitificación de la racionalidad científica y la arrogancia de creer que la eliminación de las humanidades y las referencias a la religión o a la espiritualidad es el peaje que se ha de pagar para ahuyentar la superstición. Como si la racionalidad científica, además de explicarnos el mundo, pudiera dar sentido a nuestra vida en este mundo y aportarnos felicidad…

El diario ARA del sábado 12 de marzo de 2016, Marina Subirats en el artículo titulado “Una sociedad escindida”, afirmaba que hoy en día el consenso político es imposible en España. Asociaba el consenso conseguido durante la transición, que se ha alargado hasta la última crisis, a una operación destinada a “hacer desaparecer el vínculo entre los intereses de clase y las opciones políticas”.

Por tanto, sutilmente o no tanto, acababa restando valor al consenso y, supongo –cosa mía-, a la tolerancia que implica hacia posiciones divergentes. De entrada mi reacción es recomendar prudencia, antes de debilitar la tolerancia bajo el argumento implícito de que una cosa es ser tolerante y otra aceptar estúpidamente la propia eliminación, a manos de una “parte contraria” intolerante.

En la base del discurso hay la exaltación de la lucha de clases. Expone lo siguiente:

“(…) A partir del siglo XXI (…), las desigualdades vuelven a crecer (…). El descontento aumenta, no ya porque la mayoría de las personas hayan dejado de progresar, sino porque muchísimas han perdido las condiciones mínimas que les permitían vivir con dignidad”.

Y con otras palabras entiendo que avala la hipótesis relativa a que en estas condiciones no hubo espacio para la tolerancia afirmando “No es que nadie no quiera ceder: es que las fuerzas son totalmente desiguales y desde los poderosos no hay ninguna concesión, que van a todas.”

Y celebra la aparición de movimientos y partidos representantes de la “nueva política”. “Pero a pesar del dominio ideológico que han conseguido (los poderosos), el malestar ya no se puede esconder, y es necesario agradecer que estén apareciendo nuevas formaciones políticas para expresarlo.”

A partir de aquí, no creo que apueste, pero cuanto menos considera que: “En estas condiciones, un acuerdo político sólido, que pueda rehacer el consenso, es, simplemente, imposible. Y es que lo que vemos, lo que probablemente se irá acentuando, es la distancia entre las posiciones y los objetivos, de carácter económico o territorial, como estamos viviendo ya en este momento”.

Continúa con una advertencia sobre una serie de peligros, preocupantes, que comparto (como advertencia, no como una amenaza con finalidad manipuladora si fuera el caso): “Cuando el Parlamento ya no puede hacer pactos, se suspende la democracia; incluso aquello que sucede allí directamente es una muestra de este desacuerdo profundo, de la imposibilidad de entendimiento: gritos, insultos, broncas, el Parlamento se convierte en una especie de mercado incapaz de guardar las formas.

Y acaba señalando los peligros de llegar a considerar imposible el consenso, en el fondo por intolerancia mutua y –ella no lo cita, pero yo lo incluiría- de odio. Creo que la discrepancia ha dado paso al odio y también, recuperando un fragmento de la conferencia de Pardo, a la prensa basura que basa su negocio en multiplicar este odio y embrutecer el ambiente.

Y al final llega la “solución milagrosa” y única que si no se adopta nos puede “llevar a la catástrofe”. Bien trabado pero me temo que interesado… No habla de la Guerra Civil, pero afirma: “En el pasado estas situaciones se resolvían imponiendo un régimen de excepción; eran los golpes militares. Ahora que formamos parte de la UE, el golpe militar está descartado, pero no otras formas del estado de excepción: un gobierno tecnocrático, impuesto desde arriba y al margen del Parlamento, es una forma de estado de excepción, una manera de doblegar a los partidos y los intereses que representan. Es una vía que deja las manos mucho más libres a los poderosos para imponer sus intereses (…) ¿Es hacia aquí hacia dónde vamos? Todo parece indicar que sí, ante la incapacidad del PSOE de asumir una posición de izquierdas e intentar un gobierno alternativo que inicie una auténtica regeneración democrática que permita recuperar el camino de la cohesión”. ¿Un poco tendencioso tal vez..?

Bien, a pesar de que el artículo parece construido para acabar concluyendo esta fórmula concreta de “gobierno alternativo” se entiende que impregnado de la “nueva política”, a pesar de aceptarla como posibilidad democrática, no tengo nada claro que esta conclusión comporte tener que demonizar necesariamente el consenso en nombre de la lucha de clases. No estamos en 1936, pero hay muchas formas de provocar la guerra, sin balas ni bombas, pero salvaje e inhumana.

Personalmente recomendaría no despreciar la conveniencia de preservar un espacio para las humanidades –sin las cuales no puedo concebir la democracia-, la espiritualidad y la religión.

El hecho de que vivamos en un mundo en el que 62 personas acumulan la misma riqueza que la mitad de la humanidad, en una UE tan indiferente a los millones de pobres que viven en ella como al drama de los refugiados sirios, creo que lejos de excluir del diálogo y de los consensos básico a nadie, lo que necesitamos es todo lo contrario. Integrar a todos sin excepción, evitando clasificar a los implicados maniqueamente entre “buenos y malos”. Evidentemente no para perpetuar o empeorar la situación. Para revertirla.

Si al final el resultado es el que pronostica Marina Subirats, es decir, que sea imposible un acuerdo político sólido que pueda rehacer el consenso, lo que habrá fallado será el sistema de valores básico que nos define como humanos. Esto a pesar de que Pardo nos recuerde en la misma conferencia citada, que Sartre propugnó que el hombre no tiene esencia y que como mucho se puede hablar de “condición humana”, todo ello para preguntarse, el propio Pardo –citando Foucault y su anuncio de “la muerte del hombre” y el antihumanismo d’Althuser como vacuna contra el liberalismo burgués-, si el citado concepto de “condición humana”, 70 años después no ha caducado también… Dado que no se trata de una verdad científica, sino de posicionamientos opinables, aunque comprendo los fundamentos del existencialismo y del marxismo, mi desacuerdo es absoluto.

Lo que he escrito hasta ahora, sin pretender encontrar una conexión de tipo causa efecto entre casi nada de lo que he citado y el relativismo, por alguna razón me hace pensar en ello. Y como muy bien dice el Papa Francisco “la cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como un mero objeto, obligándola a realizar trabajos forzador, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de las personas mayores que no sirve a los intereses propios. Es también la lógica interna quien dice: ‘Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables’”.

Añade Francisco: “Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites puede tener el tráfico de seres humanos, el crimen organizado, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? (La lógica del relativismo) es la misma lógica del ‘usar y tirar’, que genera tantos residuos por el único deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se precisa”.

Las reflexiones teológicas y filosóficas sobre la situación de la humanidad, como apunta Pardo, pueden sonar a la “cantinela de siempre”, ser percibidas como un mensaje abstracto en un mundo dominado por la racionalidad científica. Creo que es suficiente con confrontarlas con el contexto actual y con lo que tiene de inédito para la historia de la humanidad, para ser más cauto a la hora de hacer este tipo de afirmaciones. Pero es necesario hacer este ejercicio y apelar a la esencia humana –en la que, al contrario que Sartre y otros, sí que creo- y al sentido de trascendencia que nos conecta con la idea de que “más allá hay algo bueno”.

De esta manera es posible poner en valor el consenso basado en la tolerancia y el diálogo. Practicar la virtud aportando argumentos y aceptando que el otro también los tiene, aunque no nos gusten y que el desacuerdo sea grande. Evitar ir a la negociación con el objetivo de dominar y derrotar al interlocutor, confiando en que haciendo el esfuerzo de sumar se puede conseguir un resultado, tal vez no óptimo, pero sí el mejor posible o el menos malo si se consideran las alternativas como “un gobierno tecnocrático impuesto por los poderosos”. ¿Imposible? Nadie ha dicho que fuera fácil pero… ¿cuál es la alternativa?

De fácil no tiene nada. Juan José López Burniol escribía el sábado 12 de marzo de 2016 un artículo en “La Vanguardia” titulado “El demagogo”. Para los escépticos con las humanidades, la filosofía o la teología, para los que las sitúan en el terreno de la abstracción o de la superstición, tengo que decir que está basado en la historia y en el empirismo. Lo que no obsta que se fundamente en un sistema de valores claro y que gracias a ello aporte mucha luz al núcleo del problema político, fiel reflejo de nuestra sociedad. Los políticos no vienen de Marte. Son una muestra representativa del universo social que los escoge.

Para mí acierta de lleno en la diana. Cosa que a mi parecer no hacen ni Pardo, ni Subirats. Pone de relieve que el ser humano tiene esencia y que si esta no se forma a partir de principios humanistas básicos y valores humanos elementales, el resultado puede ser tan grotesco como el que describía Marina Subirats o Pardo con su hombre definido a modo de “residuo sólido”.

La consideración que hace López-Burniol, por básica, es previa a propugnar la revolución o la lucha de clases o no sé qué coalición concreta de tendencias, para atacar al actual conflicto social des de la raíz. Y lo es, entre otras cosas, porque afecta a todos –o casi- los líderes de la “vieja” y los de la “nueva” política. López-Burniol decía lo siguiente a partir de una referencia histórica:

“(…) Es la historia la que nos enseña que estamos delante de un demagogo cuando un político manipula una clase social o un grupo, a los cuales no pertenece necesariamente por origen, con proyectos imposibles o halagos sin sentido. Cuando se pone a la cabeza de una reivindicación justa que ha surgido espontáneamente, deslizándose sobre la ola de protesta como si de un surfista se tratase. Cuando defiende con tozudez sectaria su posición, despreciando la del adversario que trata como enemigo. Cuando descalifica personalmente a sus contendientes, sin rehuir el agravio, el menosprecio y el sarcasmo. Cuando rehúye siempre el pacto y la transacción, buscando la confrontación y practicando el rechazo. Cuando retuerce los argumentos, distorsiona la verdad y tergiversa las razones. Cuando gesticula con insolencia, enfatiza sin pudor y desafía con ventaja. Cuando se llena la boca con grandes palabras, que suenan en sus labios vacías y casi como un reclamo baldío. Y cuando debajo de toda esta faramalla sin medida se esconde un ego desmesurado, una ambición sin freno y un ansia de poder descarnada. Por todas estas razones, el demagogo sólo tiene dos salidas: el triunfo en forma de tiranía, que ejercerá sin miramientos, o el fracaso que le llevará, en el mejor de los casos, al ostracismo.

No es difícil detectar a un demagogo. El simple tono que usa le delata. Sí que es difícil, en cambio, que la masa no sucumba a su seducción, especialmente en tiempos de crisis. Por ello, cuando un demagogo consolida su posición y marca la pauta –aunque sea parcialmente- en el devenir de un país, el riesgo de conflicto civil pasa a ser muy grave, ya que el demagogo no es, al fin, más que un amoral que todo lo hace al exclusivo servicio de un proyecto personal. Que es, naturalmente, el suyo.”

Desde la perspectiva personal, en un mundo dominado por el materialismo, el consumo y la falta de escrúpulos –que muchos demagogos despiadados de la vieja política, de la nueva y desde mil ámbitos ajenos a la política, muchas veces muy anónimos y aparentemente inofensivos, utilizan para manipularnos-, acepto la validez del método científico pero deseo que se preserve un espacio imprescindible para las humanidades, la filosofía, la espiritualidad y la religión.

Hay muchos antídotos para combatir el existencialismo pesimista y la lucha de clases entendida como guerra al diálogo y el consenso. Por ejemplo –uno entre tantos posibles entre los textos religiosos o no- Génesis 4,9-11:

Si descuido el empeño en cultivar y mantener una relación adecuada con el vecino, hacia el que tengo el deber de cuidarlo y custodiarlo, destruyo la relación interior conmigo mismo, con los otros, con Dios y con la tierra”.

En estos relatos tan antiguos, cargados de profundo simbolismo, ya había una convicción actual: que todo está relacionado y que cuidar de la propia vida y de las relaciones con los otros y con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia, la fidelidad y el respeto a todo aquello que ha de permitir vivir con dignidad.

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2 comentarios sobre “UNA VISIÓN DEL HOMBRE Y DEL MUNDO ACTUAL. UNA DE TANTAS…

  1. Josep Maria,
    Que l’home en el món… “ no desempeña ningún papel relevante.”, és una afirmació absolutament contestable encara que sigui a partir d’ una reduïda perspectiva negativa: l’innegable “factor humà” en la destrucció de l’equilibri ecològic. Però, acceptar aquesta rellevància destructora no implica, al menys potencialment, la capacitat contrària? L’home esdevé llavors una peça clau en la construcció del món: reprèn el seu valor i la seva responsabilitat. Ja hem parlat (i coincidit) sobre la importància de les humanitats, saps el que penso i com et dono la raó. L’home no és més gran del que és, però tampoc més petit. I hi ha alguna cosa que, més enllà de dogmes i creences, de llenguatges i perspectives, el converteix en un ésser “diferent”: per una banda animal de fang, per l’altra amb pretensions de divinitat. És el que Miquel Àngel va expressar gràficament a la Capella Sixtina: la distància al mateix temps tan reduïda com infinita entre el dit de Deu i el d’Adam.

    1. josepmariavia dice:

      Hi ha una intel.lectualitat molt tendenciosa. Fins i tot n’hi ha que pontifica fent sentir que ho fa des d’una posició de superioritat moral…

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