Parece que el Black Friday ha cuajado. Escuché a un cura que señalaba la contradicción entre la exaltación del Rey Dinero y el mensaje del Evangelio. Destacaba la concurrencia entre el Rey Dinero y Cristo Rey (era el día de Cristo Rey).

Más allá de lo que significa el consumismo en nuestro mundo (las referencias al tema serían interminables), en términos de deshumanización, de pérdida “del centro”, de confundir lo que debería ser esencial con lo que debería ser accesorio pero se convierte en principal…; más allá de todo esto, el arraigo de estas tradiciones americanas en nuestra sociedad, me provoca cierta incomodidad.

Seguro que hay gente que está encantada con la iniciativa. Los humanos somos muy diversos y hay gente para todo. No hay opción ni propuesta que no tenga adeptos y opositores.

Inevitablemente me viene “el proceso” a la cabeza. Reconozco que nunca había vivido tanta tensión y malestar entre discrepantes. Nunca en primera persona, como protagonista. Desgraciadamente, en estos últimos meses, he vivido tensiones desagradables con buenos amigos y personas queridas y no me he sentido ni me siento bien por ello. Al contrario. No me imagino, sin embargo, -en principio- tanto sufrimiento asociado a una eventual discusión centrada en el Black Friday, como las vividas con gente querida a propósito del proceso. No…

Volviendo a las importaciones transatlánticas, primero fue -en mi particular y subjetiva forma de ordenar estos impactos- el Halloween que ha ido comiendo terreno a la castañada. Y el cambio climático a las castañas y los boniatos. (Hoy 2 de diciembre -últimamente tengo que escribir a ratos y la elaboración de los posts se alarga durante días-, he visto por primera vez a un vendedor de castañas y boniatos en la feria de pesebres de la Sagrada Familia. Supongo que hace días que están, pero yo no los había visto).

Antes -era antes, ¿no?- Papá Nöel entró en concurrencia con los Reyes Magos. Este hecho me dolió mucho. Muchísimo. Sí, ya sé. Lo que decíamos. Habrá quien piense que todo enriquece, que suma, que no pasa nada… Para mí la Navidad tenía un significado y los Reyes, dentro del conjunto de las fiestas navideñas, cerrándolas, ya al final de las mismas, uno propio, mágico, maravilloso y diferente.

No me gusta el Black Friday, ni el Halloween, ni que el venerable Papá Nöel haya entrado en nuestro escenario de la manera en que lo ha hecho.

Pasar de los disfraces del Halloween a, como quien dice, en un santiamén a las luces de Navidad en las calles, me desorienta. Es como si de pronto el carnaval, en lugar de ser en febrero, precediera en unos pocos días a la Navidad. No creo que sea bueno para la salud mental, en especial a medida que envejeces, introducir en la vida estos elementos de desorientación, de pérdida de referentes. No, no me gusta. ¡Ah! Me dejaba el Cyber ​​Monday: ¡sin comentarios!

Sí que en las últimas semanas he tenido una clara sensación de otoño por las hojas secas cubriendo el suelo y revoloteando. Y aparte de las hojas, han caído ilusiones de gente cercana este otoño.

Lo decía al final del último post (ver “Otoño en Cataluña” del 19 de noviembre pasado). De forma retórica me preguntaba si multinacionales y sensibilidad humana representaban realidades compatibles. Pero bien visto, las multinacionales hoy -y no desde hace tiempo, sino desde siempre en mayor o menor medida- son producto y reflejo de la sociedad enferma de inhumanidad en la que se desarrollan.

Esta semana hablaba con un directivo de multinacional, un directivo joven, en fase de desarrollo de carrera, expatriado, que especulando sobre su futuro, empezaba a inquietarse del poco tiempo que le quedaba libre, tiempo para él y no para la multinacional. Él pensaba en tiempo libre, para compartir con la familia y los amigos, para hacer actividades.

Me recordó a mí mismo cuando tenía su edad. A menudo digo que desde el final de los estudios hasta aproximadamente los 50 años de vida, más que vivir, trabajé. En ese momento ni me planteaba disponer de tiempo para mí. Esto significa que tampoco tuve todo el tiempo que hubiera sido necesario para la familia. El joven directivo expatriado con el que hablaba, era mi hijo.

Esto hablaba con mi hijo y compartía con él -con un absurdo sentimiento de culpa que nunca me he quitado del todo de encima- el tiempo que me había pasado “descentrado”, lejos de mi centro, por tanto, de mí mismo y de mi familia, amigos y círculos vitales no laborales. Él no iba tan lejos. Hablaba simplemente de tener tiempo de ocio. Un tiempo que queda reducido -y gracias- a sábados y domingos en semanas de interminables jornadas laborales con horarios irracionales. Creo, sin embargo, confío en el fondo, en que lo que él “sufrió” conmigo le hará corregir a tiempo. De hecho me pareció que ya se lo planteaba seriamente.

Todo vino derivado del despido fulminante de un amigo mío, alto directivo de una multinacional, que mi hijo también conoce. El amigo, de 56 años, ha hecho una carrera brillante en -hasta donde yo recuerdo- 3 multinacionales y, además de caracterizarse por conseguir excelentes resultados para sus empresas, es una persona cargada de humanidad que nunca ha dejado de ejercerla en el entorno laboral. ¡Uno es como es y si las virtudes son auténticas, no se las deja en casa para ir a trabajar!

El año pasado -último ejercicio cerrado- hizo los mejores resultados de la historia de la compañía en la región del mundo que dirigía, que no es precisamente pequeña, ni se trata de un mercado fácil.

Él no me ha dicho qué pasó porque con certeza ni él lo sabe. Intuyo que tiene una idea clara del porqué de lo sucedido, pero que no creo que exprese si no puede aportar pruebas. Creo que le ha pasado algo que yo experimenté a principios de los años 90. Hicieron director general de mi compañía a un compañero de Comité de Dirección con el que teníamos pocas coincidencias respecto a cómo desarrollar nuestra misión, y yo dimití. En el caso del amigo, su hasta hace poco compañero de Comité de Dirección -un igual en el “board” – fue nombrado CEO mundial de la multinacional -máximo directivo- y lo fulminó sin miramientos. Como diría la canción, “cuestión de feeling”, que no de valía profesional.

Hablando con mi hijo -que ahora trabaja en la tercera multinacional desde que comenzó su vida laboral- sentí que este hecho que le ha sucedido a mi amigo y que él, a pesar de ser joven y aún en los inicios de su carrera, ya ha experimentado a su alrededor, me pareció que reflexionaba más allá de lo que a mí me verbalizó, sobre lo que merece de verdad la pena en esta vida y lo que no.

Volviendo a los años en los que este hijo mío, ahora directivo de multinacional, era pequeño, aquellos años en los que, como decía, más me habría valido dedicar más tiempo a la familia y menos a trabajar, los pasé entre la política y una empresa privada de consultoría creada conjuntamente con un socio.

¡¡¡Qué mala idea hablar ahora de política!!! Hoy en día la política y los políticos están tan desacreditados que demasiada gente no entendería nada que pareciera una defensa de los mismos, que tampoco es lo que tengo previsto hacer. Creo que hoy la palabra política -especialmente en nuestro país, ya sea Cataluña y/o España- se asocia de inmediato a corrupción. Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Y no por rehuir el tema. He escrito sobre la cuestión en este blog y hace más años en artículos de prensa. Estaba hablando de sensibilidad humana en referencia a las frías e inhumanas multinacionales. Máquinas con un gran potencial destructor de personas.

Pero el maltrato a profesionales y trabajadores no es exclusivo de las multinacionales, como la corrupción no es tampoco exclusiva de la política y el ámbito público.

En cualquier caso el mundo de la política, vivido desde dentro, de humano no tenía nada y no creo que esto haya mejorado en los 20 años que hace que no estoy. Más bien al revés. Era un mundo de intereses y codazos para trepar más alto, en el que, entre otras cosas, podías ser despedido en cualquier momento, sin ninguna explicación, sin ninguna relación con los resultados de tu trabajo y sin ningún tipo de compensación económica de ninguna clase. Recuerdo al admirado Toni Farrés, que cuando dejó de ser alcalde de Sabadell, fue a hacer cola en la oficina del INEM, para denunciar que tras años de dedicación responsable y honesta al interés público, no tenía derecho a percibir la prestación correspondiente como parado. En el mundo de la política, como en el de la empresa y como todo, hay buena gente, honesta, que hacen bien su trabajo y son tan respetables como cualquiera.

Otro amigo, director general durante los últimos 15 años de una Fundación dedicada a intentar mejorar la vida de las personas, ha tenido que dejar de trabajar por una serie de problemas importantes de salud. La respuesta que se ha encontrado a la hora de negociar su salida, ha sido legal y sin duda aceptable y correcta por parte de los responsables de la Fundación, pero quizás con falta de sensibilidad en un caso que, como los anteriormente citados, se puede preguntar -seguro retóricamente- si ha merecido la pena tanto esfuerzo, dejarse la piel, en este caso, casi literalmente.

Escribo yo y lo hago movido por “las hojas que este otoño han caído cerca de mí” que me han evocado otras experiencias vividas. Seguro que muchos lectores tendréis cerca casos que evidencian que el mundo en el que vivimos va perdiendo de forma creciente la sensibilidad hacia las personas y el buen trato que todas merecemos. Quizás habéis experimentado el hecho de llegar un día al despacho, encontraros la puerta cerrada, la cerradura cambiada y alguien esperándoos con un sobre en la mano de aquellos que contienen una carta dentro que tienes que firmar aceptando el despido y que los abogados te dicen que no firmes nunca. Yo viví una situación homologable a esta cuando la entidad que dirigía fue absorbida por otra de la competencia. ¡¡¡No bastando con ello, por el hecho de haber pasado hace años por la política y con la única intención de perjudicar a políticos en ejercicio que rocambolescamente asociaban conmigo, determinada prensa acabó presentando esta situación de forma envenenada y haciéndome pasar por lo que no soy!!! (Ver post “Mi versión de los hechos” del 5 de junio de 2017). En fin…

Llegados aquí, si alguien dice “ya basta de quejarse, ¿no?”, o bien “¿qué demonios es eso comparado con una enfermedad mortal o un desastre humanitario o tal problema o tal otro?”, o lo que queráis en esta línea, ya nos entendemos, os doy toda la razón.

Perdonad, la coincidencia del Halloween con la caída de hojas otoñales y “cosas” que han pasado en mi entorno -y sin entrar en consideraciones sobre presos políticos o vulneración de derechos básicos de ciudadanía- me ha llevado a esta reflexión compartida sobre el nuestro funcionamiento como humanos.

Acabo con un texto de Omraam Mikhaël Aïvanhov que pondrá las cosas en su sitio. Permitidme:

Por todas partes se oye cómo la gente se queja de que el mundo va mal. Así es: se quejan, no saben más que quejarse, y esperan que sean los demás quienes se pongan a trabajar para mejorar las condiciones. ¿Por qué no empiezan ellos mismos? No, esperan, y los demás actúan como ellos, también esperan… lo cual puede durar eternamente.

Diréis que ante la inmensidad de la tarea a realizar, nos desanimamos. Pues no, al contrario, hay que conservar el ánimo, porque esto es lo que tiene valor. Bajo buenas condiciones, es demasiado fácil creer en el bien y ponerse a trabajar: todo es simple, agradable. Es en las dificultades que merece la pena involucrarse y perseverar sin dejarse influenciar por las condiciones (…)”.

Hoy, día de otoño con temperaturas de pleno invierno en Barcelona, es un buen día para pasear, sentir el viento en la cara. Un buen día para ir a pasear y comprar “Reyes Magos” para el pesebre y castañas y boniatos, que Papá Nöel y el Halloween ya han ocupado más espacio del que -al menos en mi opinión- sería deseable.

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