Ultima posta de sol 2018. Puertecillo (Xile)

Este año, a diferencia de otros, algunos mensajes recibidos en Fin de Año me han llamado la atención y suscitado una serie de sensaciones positivas. La diferencia seguro que radica en mí mismo y no en la naturaleza de los mensajes. Pero, en cualquier caso, la experiencia la he valorado más positivamente de lo que solía hacerlo.

“De hecho me gustaría que me consideres del grupo que te escribe porque lo siente”, me dice un apreciado amigo. Tras afirmar que “quiero seguir cultivando y disfrutando nuestra amistad aunque, últimamente, no coincidimos mucho”.

Alguien me envía una contra dedicada hace pocos días al escultor Jaume Plensa, subrayando unas frases que, dice, le han hecho pensar en mí en cuanto a la soledad y su relación con el paso de los años, con el envejecimiento:

“Lo mejor que me ha pasado es que he envejecido. Envejecer es una liberación lenta de muchas cosas, y esto da valentía (…). Más que solitario soy muy individual. Yo solo veo una manera de mejorar la sociedad y es individuo por individuo, pero tengo pasión por la comunidad, por lo que nos une”.

Curioso busco la entrevista completa y ciertamente sintonizo -pese a no coincidir miméticamente- con Plensa:

“No soy religioso, pero creo mucho en la espiritualidad, en una memoria colectiva, en algo que nos une a todos. Creo que lo más importante de nuestra vida es invisible”. Digo que no coincido miméticamente, simplemente porque a eso que él define como “lo más importante” y que es “invisible”, yo simplemente lo denomino con la palabra “Dios”.

Añade:

“Cuando estaba instalando en la playa de Río de Janeiro ‘Mirar en mis sueños’, estatuas de 12 metros de resina y polvo de mármol, un hombre me preguntó: ‘¿Por qué tiene los ojos cerrados en medio de tanta belleza? Mírela como un espejo y observe toda la belleza que tiene usted en su interior y que por pudor o educación no expresa nunca”.

Por pudor o educación, o vergüenza, o miedo al ridículo o lo que sea, hay demasiadas cosas que no expresamos con la frecuencia con la que deberíamos. Sin duda, en los mensajes de Navidad y Fin de Año, maximizados exponencialmente con el auge del mundo de las redes sociales, puede ser difícil diferenciar lo importante de lo que no lo es. Por eso el amigo del que hablaba al principio señalaba: “Me gustaría que me consideres del grupo que te escribe porque lo siente”. Damos por hecho que la mayoría de expresiones no contienen sentimientos asociados.

Y seguramente es compresible que sea así. Probablemente hay mucho contenido mimético, “social”, de quedar bien… De todas formas, sigo creyendo en la bondad del hombre y en este individuo solitario que, más allá de “la guerra del día a día”, en su pequeño radio de acción humano suma y aporta su granito de arena a la colectividad. Nadie es perfectamente bueno, ni perversamente malo. El bien y el mal conviven en el ser humano, eso sí, en proporciones diferentes según las personas, los momentos y las circunstancias. Como decía el poeta Yevgueni Yevtushenko:

“Cada uno tiene un mundo secreto, muy suyo, donde se esconde el mejor instante, donde se esconde la hora más terrible, pero del que nosotros no sabemos nada”…

Pero me resisto a creer que esta necesidad de expresar buenos deseos en días señalados, no tenga ningún valor y deba ser menospreciada y devaluada.

Esta mañana he llamado a uno de mis mejores y queridos amigos para desearle de todo corazón un feliz 2019. No sé cómo, la conversación ha derivado hacia la Iglesia católica y yo le expresaba mi asombro en cuanto a un determinado tipo de crítica -por parte de muchos, feroz- a esta Institución, en el sentido de que como se le presupone una ejemplaridad muy superior a la que estamos acostumbrados, esto la hace despreciable y no merecedora de respeto. Yo le decía que no entendía cómo personas inteligentes podían decir esto. Por mucho que la Iglesia simbolice lo que simboliza, no deja de ser una realidad humana, una organización de seres humanos y, por tanto, por definición, imperfecta y llena de contradicciones.

Una conocida, hace poco me rechazaba, en parte, por su militancia radical en favor de no juzgar. Yo le dije que lo entendía, pero que me veía incapaz de no emitir juicios y valoraciones sobre personas, organizaciones, eventos y que, entendiendo desde su posición hasta la de Jesucristo -ella no era creyente-, del “no juzguéis y no seréis juzgados”, no me podía comprometer a no emitir juicios.

Veo todo lo que tiene relación con los humanos como el resultado de un equilibrio entre virtudes y defectos, valores positivos y negativos, hacer el bien y hacer daño. Y que lo que cuenta es el resultado final, el balance, dejando de lado la utopía de alcanzar la perfección. Está bien perseguirla para obtener un buen resultado global, pero sin creer realmente que se alcanzará. Y eso me vale para la Iglesia y para cualquier organización o persona humana. Entiendo, entonces, que incluso los más “malvados” tengan su momento de necesidad de ser buenos y aprovechen ciertas ocasiones para intentarlo, aunque, para los que los juzgan o los que  los juzgamos, no resulten creíbles.

Pero el hombre necesita perseguir la bondad y hacer el bien, aunque parezca todo lo contrario. Dejemos -digo yo, ¡eh!- que aunque sea ocasionalmente la gente exprese buenos sentimientos. Y si podemos no juzguemos aunque, como decía, personalmente no me obsesiono y por eso estoy juzgando -en este caso positivamente- la práctica de felicitar las Fiestas con los mejores deseos…

Entre los mensajes recibidos, destaco un vídeo de Pepe Mujica, personaje controvertido y peculiar que yo -gran amante y conocedor de su país, Uruguay- admiro a partir de esta práctica de poner lo que conozco de él que no me gusta en un lado de la balanza y lo que me gusta en el otro, y obtener un resultado extraordinariamente positivo. Agricultor, guerrillero tupamaro, pasó 15 años en prisión y fue también presidente de Uruguay. Conocido como el presidente “más pobre del mundo”, siguió viviendo en su humilde casa y circulando con su viejo “escarabajo”, conducido por él mismo.

Poco parece tener que ver con el escultor Plensa. Pero todo parece indicar que el envejecimiento ha incrementado también su sabiduría. Que cree en el individuo y en estimular la capacidad individual de hacer el bien, pensando en la colectividad. Y como Plensa, es ateo. Decía en una entrevista: “Yo le tengo admiración política a la Iglesia católica. Y yo soy ateo”.

Algunas frases del vídeo recibido merecen ser destacadas. Para mí no hay que juzgar mucho la bondad o no de ser creyente o ateo, porque es evidente que en el corazón del hombre hay una bondad innata que, es verdad, como hemos dicho, no siempre se expresa. La manera de ponerla en práctica desde el ateísmo, las religiones, determinadas militancias políticas -por desgracia en decadencia excesiva- o de otro tipo, no dejan de ser métodos para, potencialmente, hacer o al menos promover el bien.

Dice Mujica:

El hombre es un animal utópico y aparte de la razón necesita tener fe, creer en algo”.

Las revoluciones no están afuera, están adentro“. (“Observe toda la belleza que tiene usted en su interior y que por pudor o educación no expresa nunca”, decía Plensa).

El hombre necesita fe y esperanza, porque de la otra manera lo único que le queda es el refugio del egoísmo”.

La esperanza no es llegar, es caminar”. Caer y volver a levantarse. Perdonar y perdonarse. Arrepentirse sinceramente, aunque se reincida…

Vivir no es igual a tener. Vivir es ser”.

No hay necesidad de vivir tan desesperado, que si es difícil cambiar el mundo, es posible controlar nuestra cabeza (…). No podemos cambiar el mundo así como así, pero podemos manejar nuestra conducta para ganarnos un pedazo de libertad”. La apelación a la responsabilidad individual, la que solo se ejerce desde dentro de uno mismo, desde la soledad, aunque se esté rodeado de gente y que sea para contribuir a esa cosa “que nos une a todos” en el lenguaje de Plensa.

Termino este resumen de mensajes y deseos que me han aportado valor añadido y felicidad con este en el que me decían: “Vivir no es estar vivos. Vivir es la actitud de llenar la vida”.

El valor de la amistad, la sabiduría fruto del envejecimiento, la acción individual como contribución al bien común, la soledad positiva -por lo tanto, la deseada-, la dimensión espiritual del hombre, la convivencia del bien y el mal en todo lo que es humano, el perdón, el arrepentimiento, el juzgar o no juzgar, el balance individual de las vidas humanas, la fe, la confianza, el ser más que el tener, la actitud ante la vida, el ganarse la libertad…

Nada nuevo, me diréis. Es verdad, nada nuevo. Pero como el pudor, la educación mal entendida, la vergüenza, el sin sentido que llega a ser el estilo de vida en la cotidianidad de nuestras sociedades materialistas, las propias contradicciones que tenemos todos, la falta de “militancia activa” (no todo el mundo actúa como Mujica, o como Casaldàliga, por añadir un activista más); todo ello nos lleva a vivir demasiado tiempo demasiado alejados de estos valores que tanto expresamos en estas fechas. Las “clases de repaso” no están de más. ¡Todo lo contrario!

Primera sortida del sol 2019 . Torre Montgó (Catalunya)

En este caso, juzgo positivamente este tipo de mensajes recibidos estos días. Ya lo mencionaba en el último post a propósito de una felicitación de Navidad recibida y que reproduje (ver “Rompecabezas navideño” del 24 de diciembre de 2018). Respeto a quien le pese más la contradicción -real o aparente- que puede suponer el “buenismo navideño” respecto a la vida cotidiana. Pero, personalmente, prefiero conservarlo. Al fin y al cabo si la lección de vida recibida en forma de felicitación o mensaje nos refuerza, poco importa la intencionalidad real del emisor. Pensemos en lo que, en el fondo, nos une a todos en nuestra humanidad dual y contradictoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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