MAURICE GARÇON

En la librería L’Ecume des Pages, no estaba disponible el Journal Inutile 1968-1972, de Paul Morand. En cambio, encontré un dietario de Maurice Garçon, Journal 1939-1945. Lo hojeé con cierto detenimiento y me pareció un diario muy detallista, prácticamente un registro horario de eventos cotidianos, aparente o realmente intrascendentes (pero escritos de forma muy sugestiva y atractiva) y de hechos relevantes de los que el autor había sido testigo o protagonista. Segunda Guerra Mundial y posguerra inmediata…

Pregunté al librero por este hombre y, sonriendo al mismo tiempo que era evidente que pensaba “¿y ahora cómo le cuento yo a este quién era Garçon?”, me lo definió como un abogado peculiar, controvertido. Un abogado “que quería ser poeta”. Cuando me dijo que entre las “choses curieuses” que había hecho, se encontraba haber dirigido una carta al presidente de la república para, soi-disant, tranquilizarlo diciéndole “ne vous inquietez pas, tout va bien”; este tipo de ironía o sarcasmo, ¡me cautivaron!

El caso es que ―y a pesar de la polémica que se ve que le rodeaba―, quizá de forma hasta cierto punto heterodoxa, ganó casos muy importantes, y a la fama como abogado, logró añadir la de escritor capaz de cultivar diferentes géneros y tocar temas tan variopintos como la historia ―con rigor de historiador―, el esoterismo ―le interesaba todo lo relativo al diablo―, el circo o los juegos de manos.

Al igual que Paul Morand, ingresó en la Académie française pero, a diferencia de él, lejos del colaboracionismo, se manifestó, escribió y pleiteó contra Pétain, el régimen de Vichy y todo lo relativo a hacer el juego al nazismo. Estoy deseando leer su “journal”.

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De la librería L’Ecume des Pages a la Galignani, del Boulevard Saint-Germain a la esplendorosa rue Rivoli, en la parte porticada. Cruzamos el río ―desbordado, con los paseos que lo bordean inundados por la lluvia y acceso difícil a las barcas-restaurante y demás― con Romina y nos detenemos en una cervecería. Una de tantas, sin prestar mucha atención, más allá de intentar verificar que la proporción de turistas no sea exagerada. Estamos cerca del Louvre y de las Tulleries. ¿Qué quieres? Al fin y al cabo, según el diccionario, somos turistas. Se ve que, por turista, se entiende aquel que hace turismo ―este tipo de definiciones que hablan del sujeto reportándolo al verbo correspondiente, siempre me han parecido para estúpidos― y se considera que cualquier viaje que no sea por trabajo, estudios…, en definitiva, que sea “por placer”, es hacer turismo. Por tanto, el placer de ver a Oriol y Adriana (los he visto también en Barcelona, en Amer, en las Terres de l’Ebre…), la satisfacción de visitar las librerías y sus libros y libreros (y libreras), como podría hacer en la librería ONA de Barcelona, en la Viladrich de Tortosa, en La Fatal de Lleida o la Geli de Girona, el placer de ver al Barça, como he hecho toda mi vida en Barcelona, o disfrutar de la exposición que ha comisariado Àlex Susanna, como también he hecho con algunas de las que ha montado en Barcelona, me condenan, siempre según el diccionario, nos condenan a ser turistas. ¡Una de las razones para huir de Barcelona ―con permiso de los conceptualistas positivistas del turismo y los turistas― es haber acabado harto de tener la sensación de vivir en un parque temático pensado para turistas! En fin…

Volviendo a la brasserie, yo creo que no predominaban los turistas, a pesar de que los dos comensales de la mesa de al lado hablaban en perfecto colombiano y vestían e iban equipados con una de las variedades de uniforme de turista, más convencional. Ahora podríamos entrar a debatir si se puede hablar con fundamento sobre si existen o no las indumentarias típicas de turista. Pero no hace falta.

Afortunadamente, los tartare de bœuf, avec de la petite salade verte et des frites, en Francia, suelen ser buenos, incluso en los comedores de las fondas de pueblo de mala muerte.

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Mientras Romina entra en la dimensión desconocida, desaparece de este mundo en la sección de libros de (o con) ilustraciones en Gagniani, yo me siento invadido por ese sentimiento genuinamente revitalizante, estimulante, pacificador del espíritu que me proporcionan las librerías. Pienso en el futuro de las mismas. Recuerdo conversaciones con Iolanda Batallé sobre la dificultad de sacar adelante el ambicioso proyecto que resulta hoy concebir, hacer realidad y mantener una librería de libros exclusivamente en catalán en Barcelona ―no digamos, no por ningún delirio de grandeza de “can fanga”, sino simplemente por población, en otras ciudades de Catalunya―. Pero el fenómeno afecta a todas las librerías. Tienen que subir al carro del on line. Está bien. Yo compro ―en raras ocasiones, pero alguna vez lo hago― libros por Internet. Pero el placer de hojear libros de papel ―dejemos a un lado los e-books and so on― de sentarte en espacios agradablemente montados para degustar el producto en algunas librerías, asientos con encanto, cafeterías dentro de la tienda… No hay nada como esto. ¿Desaparecerán las librerías? ¿Los libros de papel? No lo sé. Si tiene que ocurrir, espero no verlo, porque entonces, definitivamente, este mundo ya no será para mí. No voy a ser apto para vivir en él.

Vuelvo al cosmopolitismo francés de los felices años 20, hace un siglo, que mencionaba en el post anterior (ver “París primaveral (I)” del 26 de abril de 2024) y compro un par de libros de viajes de Paul Morand: Hiver Caraïbe et altres voyages y Bains de mer, basins de rêve et altres voyages. El de Morand era un cosmopolitismo de diplomático…

Pocos conceptos políticos y filosóficos han sido más pisoteados de forma perversa. El concepto ha evolucionado en el tiempo y a menudo ha sido utilizado por diferentes grupos de interés, comunidades, partidos, corrientes filosóficas, a su conveniencia. Personalmente, siempre me ha parecido naïve el concepto “ciudadano del mundo” y entre los que lo usan diferencio los que lo hacen de buena fe, con una base moral o religiosa, los hippie, happy flowers de la gauche divine y acomodada, y un montón de gilipollas. ¿Ciudadano del mundo? ¿De qué mundo? Muchos “progres” “izquierdosos”, no se dan cuenta de que el cosmopolitismo ha degenerado en la globalización, una imposición de la “moral” occidental en estado de putrefacción acelerada, por la deriva destructiva del sistema capitalista, sobre el hombre y el medio.

En fin, volviendo al “cosmopolitismo” de hace cien años, yo lo percibo como un elitismo de cara y cruz. Morand contribuyó a dar a conocer el mundo, de primera mano, a muchos que no tenían acceso a él, desde el establishment de una Francia colonial. No sé cuándo aparecieron en el diccionario las palabras turismo y turista. Morand viajó por todo el mundo en una época en la que este privilegio estaba reservado a unos pocos que no siempre estaban interesados en la empatía universal y las relaciones humanas de los “ciudadanos del mundo”. Del mismo modo que no lo están la mayor parte de los militantes del turismo masivo. Muchos de ellos solo ven los beneficios de haber hecho accesible a todos la posibilidad de conocer el mundo. Esta es la cara. Ahora bien, no siempre ven la cruz. No se dan cuenta de que esto tiene más que ver con la globalización destructiva que con el cosmopolitismo de moral bienintencionada.

Cuando el librero que espero está de nuevo libre, los pensamientos suscitados por los libros de viajes de Morand, se desvanecen y le pido Le Journal inutile 1968-1972 y Journal 1912-1939 de Garçon. No los tiene en ese momento y se los encargo. Oriol y Adriana los recogerán y, cuando vengan a Cataluña, ya me los traerán.

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Decidimos volver caminando desde la glamurosa rue Rivoli a Montparnasse. Atravesamos las Tullerías, continuamos por la avenida del General Lemonnier, sorteamos el Sena gracias al Pont Royal, y la rue du Bac nos lleva a dar una larga caminata por el Boulevard Raspail, hasta Montparnasse.

Ayer hizo más bien frío. Hoy hemos salido abrigados con muchas capas de ropa y con paraguas y ha hecho un sol espléndido y un calor más propio del mes de junio. Ha llegado un momento en el que, con el jersey colgando y sin más manos para transportar los libros comprados, abrigos y bufandas y paraguas, la sensación de calor era patente. El efecto colateral más destacable de esta inadecuación entre equipamiento y clima ha sido la pérdida de un jersey.

Oriol y Adriana nos esperan en la terraza del restaurante Pampa, en la rue Montparnasse, picando un plateau de fromage et charcuterie. El cielo nítidamente azul de esta noche primaveral nos anima a subir a la azotea de la tour Montparnasse, lo que, ciertamente, malgré nous, nos delata como turistas. A nuestro favor, diré que renunciar a las vistas de todo París al atardecer y a la iluminación de la tour Eiffel a las 21h, hubiera sido renunciar al placer sensorial y al enaltecimiento del espíritu. Más aún cuando no son tantos los días al cabo del año en los que el cielo de París permite ver gran cosa desde allí arriba. En Barcelona tenemos más suerte y el número de días en los que se puede ver la ciudad y el mar desde el Mirablau, el Tibidabo o la Sagrada Familia, son muchos más. ¿Cuántas veces me habré parado yo, yendo en moto de Sant Cugat a Barcelona por la Arrabassada, a contemplar las vistas desde la cima de la carretera?

Acabamos el día cenando con Oriol y Adriana en un restaurante sin pretensiones.

En la mesa de la derecha, un hombre corpulento, de mediana edad, intenta leer el periódico mientras come con desazón una soupe à l’oignon bien rellena y condimentada. Continúa con un enorme entrecot con las correspondientes frites y se bebe, él solo, una botella de vino tinto. Por otro lado, una pareja con apariencia de estar viviendo la cuarta década de sus vidas, mantienen una conversación, acompañada de un sensual lenguaje corporal y expresiones faciales entre coquetas y lascivas. En un momento dado, el chico, en ejercicio del rol masculino que la sociedad ha reservado a los hombres (al menos, todavía, a la mayoría de los de esa edad) se acerca a la chica en un intento de obtener, al menos, un beso que ella, con sonrisa maliciosa y juguetona, medio esquiva de canto, con poco convencimiento y evidenciando que la noche puede ser larga y, probablemente, todavía “hay partido”. ¡O quizás no! Ay l’amour, ParisQu’est-ce-que tu veux, mon amie?

Nosotros cuatro mantenemos una interesante conversación sobre el rol de las mujeres, situaciones que viven las mujeres en entornos laborales dominados por hombres, abusos, malos tratos. Pienso que, a pesar de la diferencia generacional, coincidimos bastante. Hay que decir que Oriol y Adriana son más decididos, tienen más claro que ante algunas situaciones hay que denunciar. Se hace evidente que, muchas generaciones mayores, están más dominados por el miedo a las represalias…

La noche termina de una forma muy agradable. Pienso que tengo suerte de tener a los hijos que tengo y siento que Oriol y Adriana están viviendo una experiencia maravillosa, tanto en el ámbito laboral como sobre todo en el personal, que les marcará positivamente la vida. ¡Son buenos chicos!

Cuando nos levantamos para irnos, el hombre corpulento del periódico, la carne y el vino ya no está y el Casanova del otro lado continúa el juego amoroso, como hacen estos días las aves del Delta cuando las veo mientras paseo en bicicleta (continuará).

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4 thoughts on “PARÍS PRIMAVERAL (II)

  1. Montserrat dice:

    Gràcies per la passejada. Viatgera no en sóc pas, fa mandra.
    Llegeixo molt amb el kindle, però trio llibres en paper que sé segur subratllare.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies Montserat¡ Potser podría llegir amb Kindle. Però si el llibre m’agradés, el voldria a les lleixes de la meva biblioteca. Per mirar-lo, tocar-lo, acaronar-lo, fullejar-lo, reviure el que m’ha fet sentir… Per a mí els libres són com “éssers vius” i els necesito -també en paper- a la meva vida. Formen part d’ella. Una part molt important!

  2. Teresa Salas Ibañez dice:

    Soc una enamorada de Barcelona amb tots els seus defectes (l’amor es aixó). Si un dia hagués de marxar, el meu lloc elegit seria Paris “malgré les parisiens” a vegades. Quin gust lleguir els dos post reseguint amb la imaginació tots els llocs que descrius. Quants records¡¡¡
    Molta enveja pel lloc, la companyia i per l’oportunitat de presenciar un fet extraordinari: El Barça va guanyar jugant bé.
    Paris i Barça, dos amors entre d’altres, és clar.
    Teresa

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies Teresa¡ Amors compartits. Queden encara dos o tres posts de París i un anirà total o molt abastament dedicat al PSG-Barça.

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