OBRA DE SALOMË DE CAMBRA

OBRA DE SALOMË DE CAMBRA

Ya hice referencia a la vuelta de Abraham J. Steinberg a Europa años después de haber abandonado el viejo continente. También a su repentina decisión de visitar Barcelona durante aquel viaje en busca de lo desconocido.

Pero antes vale la pena centrarse en los motivos -difíciles de explicar con palabras- y, sobre todo, en algunos aspectos de cómo fueron las décadas vividas lejos de Europa, en uno de los lugares más fríos del mundo.

El documento que, no sé cómo, llegó a mi taquilla del club de Barcelona, firmado por Abraham J. Steinberg, dentro del manuscrito de García Márquez, contiene muchos detalles. Por cierto, tal como expliqué, ya me lo habían dado en Ciudad de México años antes, lo regalé, no me quedé ninguna copia y ahora reaparecía de esta forma misteriosa en mi vida.

Está claro que muchas veces me he preguntado cuál fue -y cuál es todavía- mi relación con Abraham J. Steinberg. No lo sé. He pensado muchas cosas que supongo tendré oportunidad de compartir…

El documento de Abraham J. Steinberg, escrito en primera persona, describe su vida como la última de los cientos de vidas vividas anteriormente durante siglos. Como si el reposo eterno estuviera vinculado a “aprobar muchas asignaturas” pendientes. El mito del eterno regreso hasta el reposo final, o en este caso, la multiplicidad de regresos a la vida hasta el descanso eterno del alma.

Si en una sola vida hay momentos de todo tipo, si en una sola trayectoria vital se superponen diversos mundos, en este caso, una síntesis de centenares, quizá miles de vidas vividas por el personaje, encontramos de todo. En su última vida, precisamente esta, aparecen algunas de las partes más aparentemente oscuras de todas sus existencias. Pero sin ella quizá no hubiera encontrado nunca la forma de poner fin al ciclo infernal del eterno regreso, única forma de llegar al destino final y alcanzar la Felicidad.

En el documento se puede leer:

Escapé de la vieja mansión familiar, la misma en la que había nacido y vivido durante mi infancia y buena parte de mi juventud, como si estuviera poseído por el diablo. Huí de mi país convencido de que no volvería nunca más. Lo hice sin dejar rastro, ni ninguna pista sobre mi destino geográfico y vital. Salvo los libros, que los había enviado por barco, todo lo que me llevé cabía en una mochila.

Me fui muy lejos, a un lugar donde nadie me conocía. Decidido a volver a empezar desde el anonimato. Quería olvidar. Necesitaba borrar mi pasado. Cuando vida tras vida no te las arreglas, cuando durante siglos y siglos no consigues vivir ni una sola vida plena, acabas agotado.

En aquel entonces no era consciente o no aceptaba que el conflicto lo llevaba en lo más profundo de mi alma, en mi esencia más íntima y que no lo resolvería simplemente huyendo, por muy lejos que fuera. La tortura me acompañaría siempre, si no encontraba la forma de estar en paz conmigo mismo y con el mundo.

Cansado pues de todas estas vidas, de los hombres y, sobre todo, de mí mismo, acabé en un país rico y civilizado. Las caras de la mayoría de sus habitantes eran bastante inexpresivas, no estaba muy bien visto expresar mucho las emociones, especialmente en público. A menudo eran escondidas y contenidas. Reprimidas.

Los conciudadanos raramente se saludaban cuando se cruzaban por la calle o por las zonas vecinales. No parecía que se ayudaran mucho los unos a los otros. Todo estaba previsto y protocolizado, de tal manera que para cada contingencia vital había un manual de procedimientos. Incluso en caso de riesgo de muerte, costaba visualizar algo más que no fueran los servicios profesionales. Hablaban del estado del bienestar, incluso de la sociedad del bienestar, con mucho orgullo. Pero el amor, la solidaridad, la compasión, la misericordia, no es que no estuvieran presentes, sino que se administraban con mucha contención y medida. La tasa de suicidios era elevada.

Sin embargo, se trataba de una sociedad que había apostado decididamente por el desarrollo acelerado y no escatimaba ningún esfuerzo en conseguir niveles superiores de democracia, de riqueza y de seguridad. El nivel de ingresos per cápita era el más alto del mundo y prácticamente no había corrupción ni en el ámbito público ni en el privado.

Durante años viví solo en aquel país de solitarios. Estaba tranquilo. Al menos aparentemente. En cualquier caso, en ese momento mi soledad era querida y deseada. La sentía necesaria. Y ese entorno nada invasivo era de gran ayuda. Por el momento quería reencontrarme a mí mismo, carecía de fuerzas para querer a los demás, para cuidarlos. Ya tenía bastante con aguantarme a mí mismo. Por eso, aquella sociedad desarrollada y constituida por egoístas me ofrecía lo que necesitaba.

Por lo que pude saber después, sin embargo, las cosas no eran exactamente lo que parecían. Bajo aquella apariencia de civilización pacífica y modélica, el problema de la mayoría era que no querían estar solos. No sabían estar solos. No podían estar solos. Contrariamente a lo que me pasaba a mí, no se trataba de una soledad deseada. La posibilidad de encontrarse a sí mismos, de conocerse de verdad, les daba pánico. Eso provocaba que algunos acabasen viviendo juntos en formatos poco aptos para dar cabida a los sentimientos. Pero el aburrimiento y la rutina angustiante compensaban aquellos riesgos asociados a la soledad no deseada.

De hecho, en el mundo del que procedía ya había conocido muchas organizaciones familiares y de otros tipos que se basaban en y persistían con el único objetivo de evitar la soledad por muy alto que fuera el precio a pagar. En principio se suponía que el amor y los otros sentimientos nobles formaban los cimientos que unían a aquella civilización. Pero no acababa de estar del todo claro que aquello fuera exactamente así. De hecho, la comunidad que escogí para empezar de nuevo mi vida se regía por unas pautas muy diferentes…

De todos modos, en aquel mundo de clones con apariencia ejemplar, muchos de ellos, en la intimidad, cuando entraban en casa, cerraban la puerta y se sentían resguardados del gran teatro exterior sin tener que seguir fingiendo ante los demás, el mundo se les caía encima de forma repentina y con pesadez, de un solo golpe casi mortal, y experimentaban todo tipo de trastornos físicos, psíquicos, sensoriales y espirituales. Tenían sentimientos, necesidades afectivas y alma. Médicos, psicólogos, psiquiatras, terapeutas, agentes de toda clase de religiones y gurús de todo tipo eran claves para apuntalar aquella civilización.

Pero yo estaba a gusto en aquel mundo. Nadie se metía conmigo. Podía estudiar, podía crear, podía meditar. La envidia y el odio, que estaban presentes, sin duda alguna, no se manifestaban. Como tampoco se manifestaba el racismo que estaba profundamente enraizado. Nunca oí hablar de violencia doméstica, de acoso ni de maltrato. Pero siempre intuí que se practicaban en la intimidad.

El individualismo, el desinterés por todo aquello que no fuera la propia persona eran tan grandes que no había lugar para los demás. Ni siquiera para demostrar envidia u odio.

Yo, por aquel entonces, lo viví de forma positiva. De forma muy positiva. Nadie me molestaba y me sentía libre. La vida era tan plácida como un encefalograma plano. Sin embargo, pasado un tiempo, la falta de espacio para compartir emociones y sentimientos empezaba a ser problemática.

Un buen día, pasados 30 años, un vecino interrumpió mi paz. Lo había visto muchas veces. Vivía en la casa de al lado. Pero, como es de suponer, nunca habíamos hablado. Era neozelandés y hacía 40 años que había optado por aquella vida.

Ningún rasgo de su fisonomía ni nada en su aspecto le diferenciaba del resto de ciudadanos de aquella comunidad. Era un clon más. Como una especie de robot con algunas características propias de un vegetal.

El caso es que sintió curiosidad por volver a su país de origen y, extrañamente, me lo vino a explicar. Le escuché y debo decir que por primera vez desde que había abandonado Europa, me hizo pensar en volver a mi país. Me sorprendí a mí mismo con esa idea. Parecía como si las palabras del vecino hubiesen conectado con alguna parte de mi interior que yo no controlaba y que hubiesen tenido un efecto inesperado.

Me resultó extraño. Yo, por aquel entonces, no sentía ningún interés por el pasado. Dentro de mí no había lugar para el pasado ni para las demás personas. De hecho, la sola presencia del neozelandés me resultaba francamente molesta.

Todo esto ocurría en un momento en el que hacía tiempo que no salía de casa. No tenía el más mínimo interés por salir de casa más allá de lo necesario. Básicamente para comprar lo indispensable para poder continuar viviendo y buscando.

Leía, escribía, pensaba, meditaba y descansaba.

La casa era austera y pequeña. Tenía cuatro cuartos y medio y un pequeño jardín. Primero me deshice del teléfono. Conservé una vieja máquina de escribir. Periódicamente tiraba las pocas cosas que recibía, sin abrirlas. Los de la compañía de la luz, del agua y del gas venían de vez en cuando a amenazarme con que me cortarían el suministro. También los del teléfono. Pero entonces les pagaba mis deudas, imagino que con recargos, y no volvían hasta pasado un tiempo. Finalmente les dejé en depósito a cuenta una cantidad ingente de dinero y durante años dejaron de molestarme. De hecho, no volvieron nunca más.

Conservé la radio únicamente para escuchar música. Tiré la televisión. Solo me quedaba pensar la manera de poder morir sin tener que molestar a nadie. Gracias a la radio precisamente me enteré de que unos científicos de El Álamo habían inventado un aparato capaz de detectar la falta de vida humana y de proceder de inmediato a la incineración y eliminación de todo vestigio del ser vivo una vez muerto.

Así pues, inicié los trámites para comprar el aparato de los científicos de El Álamo.”

Pero a medida que iba pasando el tiempo, una fuerza inquietante, desgarradora, difícil de identificar y más difícil incluso de describir, y cada vez más presente, le impulsaba a visitar su país. A medida que empezaba a sentir que si bien era cierto que sin paz interior no se puede querer, la estima implicaba dejar el aislamiento y relacionarse con otros.

Llegados a este punto, ese lugar no era el más indicado para llevar a la práctica dicho cambio.

Compró un billete de avión con destino a Londres, teniendo claro que lo primero que debía hacer era visitar la casa donde había nacido y crecido… La idea de visitar Barcelona surgiría más tarde.

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2 comentarios sobre “MUNDOS SUPERPUESTOS (2). EL PAÍS DE LOS CLÓNICOS

  1. Vaig amb retard. Ràpid cap a la tercera part!

    1. josepmariavia dice:

      Doncs el quart és a punt d’aparèixer!

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