article-2526912-1A3765E700000578-443_964x633-730x479[1]Una vez en Europa, en Londres, a Abraham J. Steinberg le tomó un par de días de viaje llegar a su país natal. Es difícil saber cuántos días se quedó antes de ir hacia Barcelona.

Pero de todo lo que contiene el manuscrito, lo esencial para entender su historia se concentra en tres fragmentos.

Este es el primero:

No sabría explicar el qué, qué fuerza, qué extraño fenómeno me hizo querer volver a mi pasado.

De hecho, era como ir a ver una vieja película filmada en otro espacio y en otro tiempo. Una película en la que yo era el actor secundario. El resto de personajes, los principales, los de verdad, hacía años que había muerto.

Estaba claro que yo ya no era el mismo que hacía veinte, treinta, cuarenta años atrás. Mis circunstancias no eran las mismas. Yo tampoco era el mismo. Yo no era yo. Yo solo existía en el presente. Como un personaje del pasado que también estaba muerto.

Pero no sé porqué aquel día supe encontrar un vínculo entre estos dos yoes, el del pasado y el del presente…

…Me fui acercando a la puerta de la vieja mansión familiar que, a pesar de haberla heredado, nunca la tenía presente. La había abandonado por completo.

La última vez que había caminado por aquel camino estaba polvoriento y no tenía asfalto. El polvo de las estaciones secas se convertía en barro en las húmedas. En aquella época no estaba asfaltado. Pero ahora sí. ¿Quién debía haber decidido asfaltar aquel camino que llevaba a un cul-de-sac ocupado por una mansión fantasmagórica y muerta? ¿Quién estaría interesado en arreglar un camino que únicamente conducía a un mundo inexistente, un mundo de muertos, a la nada?

La casa que había sido nuestro hogar, ahora estaba destartalada, abandonada, olvidada. El aspecto de los jardines era deplorable. Estaban llenos de matorrales, sucios, con hojas y ramas secas caídas de los árboles por todas partes…

Era evidente que mis hermanas, si todavía vivían, no se habían hecho cargo. De hecho, el heredero era yo. ¡¡¡Tampoco podía esperar que una hipotética nostalgia implicase tanto altruismo!!!

Algunas puertas y ventanales tenían los vidrios rotos. Crucé la puerta y subí las escaleras. Fui directo a la torre que, como si de una antigua torre de vigía se tratara, coronoba la mansión. Tenía ventanas en las 4 paredes. Iba girando sobre mí a medida que miraba a mi alrededor. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Me senté en una silla tan vieja como yo, llena de telarañas, y fijé la mirada en dirección a la puerta de entrada de la mansión, a través de las ventanas de la pared norte.

Mientras respiraba lenta y reposadamente, el tiempo iba corriendo hacia atrás.

De repente empecé a ver imágenes del pasado. Me pareció ver a Mary llevándome de la mano. Yo era muy pequeño. Me había ido a buscar al parvulario. ¡Pobre Mary!

Fueron apareciendo Leo, Mike, Bob, Charles, Julie, Patricia, Jenny… Todas aquellas personas que por una razón u otra nos hacían la vida más fácil y agradable.

Seguí yendo hacia atrás por el túnel del tiempo con la mirada perdida en el horizonte infinito y reviví algunas escenas horribles, propias de los años posteriores a la guerra. Vi a los nazis quemando los libros del abuelo y hechos incluso más desagradables. Tanto, que me da angustia describirlos.

Todo volvía. Vi el libro de canto de la Sinagoga medio quemado en el jardín. También vi en la torre mi mesa de estudio, encima de la cual estaban los cuadernos de álgebra y los apuntes de la universidad. Y también volví a ver la lluvia del mes de mayo…

Me veía a mi mismo sentado en el centro de aquella torre, estudiando para los exámenes finales, durante primaveras lluviosas, llenas de sentimientos e inquietudes de juventud.

Volvieron aquellas lejanas noches de verano en las que vivía mi soledad habitual con un regusto especialmente dulce… Solo las amigas de mis hermanas se obstinaban por intentar hacerme ver, de manera más o menos sutil, que no me podía quedar encerrado en mí mismo. Pero yo, en aquella época, desconfiaba de las intenciones de aquellas chicas y las ignoraba.

Todo aquello ya no existía. Solo cobraba vida en algún rincón de mi cerebro o de mi alma. Nadie más que yo vivía para recordarlo. Todo aquello ya no tenía sentido en aquel momento.

A pesar de todo, algo dentro de mí me impulsaba a continuar con la búsqueda. Bajé desde la torre a la tercera planta, el lugar donde se encontraban nuestras habitaciones. Los papás dormían en aquella planta, en un ala de la casa que solo ocupaban ellos y que mientras fuimos pequeños siempre estuvo rodeada de cierto misterio. Tuve el reflejo propio de la infancia y, sobre todo, de las vueltas a casa de madrugada durante la adolescencia, de no hacer ruido para no despertar a mis padres.

Sin embargo, no me detuve en la tercera planta y seguí bajando hasta la segunda. En la segunda planta estaba el salón mágico, el despacho-sala de estar del abuelo, con un ventanal desde el que se veía el gran teatro del mundo. El mirador del mundo.

De repente me encontré ante la puerta doble que daba paso al salón mágico. Abrí ambas hojas de la puerta enérgicamente y ante mí apareció aquel rincón tan especial en el que había pasado momentos de todo tipo a lo largo de mi vida.

Curiosamente, en ese salón estaba todo igual. Parecía como si el tiempo no hubiera transcurrido. Incluso parecía limpio. Los cristales estaban enteros y no había telarañas.

A la derecha estaba el piano del abuelo, como siempre encima de la alfombra persa, que no parecía ajada.

Sobre el piano una foto de él en el río Congo y un dibujo que le regaló Picasso en el café “Quatre Gats”, pocos años antes del estallido de la guerra civil española, años en que para un judío vivir en una Europa que acabaría siendo dominada por Hitler no era un lugar seguro. Ni siquiera Cataluña, país en el que vivió, era un lugar recomendable durante el franquismo. Todas estas circunstancias le obligaron a exiliarse a África.

Los sofás seguían en el mismo sitio. Estaban cubiertos por las fundas que mamá y Mary colocaban en verano cuando nos íbamos de vacaciones.

A la izquierda estaba el despacho del abuelo, con su vieja mesa de barco y la biblioteca con los libros que se pudieron salvar de la quema de la SS: Marx, Cambó, Nietzsche, Marcuse, Ausiàs March, Churchill, Camus, Sartre, Saint-Exupéry, Paul Valéry, Verlaine, James Joyce…. No debían de ser gente de letras los agentes del terror. Que no entendieran el catalán era normal. Pero “El capital” y “Así habló Zaratustra“, entre otros, eran ediciones alemanas… Un dibujo de Renoir y una obra de Dalí completaban la decoración.

Y al fondo… ¡¡Ah!!… Al fondo, el gran ventanal, ante el cual los jardines y las viñas daban paso a un horizonte que no terminaba nunca.

Me acordé de mí mismo delante de aquellos ventanales. Durante años y años fueron los ventanales a través de los cuales imaginaba el mundo. El mundo que yo había construido con las explicaciones de mis antepasados que habían escapado del holocausto nazi, lo que me contaba el abuelo durante los veranos que nos veíamos en París, lo que me enseñaban los profesores en la escuela o lo que me dibujaban mis padres y otros seres humanos.

Todo esto, junto con lo que leía e imaginaba, constituía mi mundo. Un mundo que contemplaba en el horizonte a través del gran ventanal de aquel salón mágico.

Recordé, especialmente, dos momentos. Uno, el del verano antes de empezar mis estudios universitarios. Yo era un adolescente plagado de dudas e inquietudes. Y rebosante de energía, que no sabía muy bien cómo canalizar. La etapa escolar había acabado. Aparecí en casa con las notas. Lo celebramos cenando en familia. Al acabar, subí al despacho del abuelo. Al salón mágico. Puse música y me senté delante del gran ventanal a través del cual se veía el mundo. Mi pasado me pesaba.

Un relámpago fue el preludio de una fuerte tormenta de verano. Bajé al jardín a disfrutar del agua en estado puro y de ese olor que desprende la hierba seca cuando de repente se pone a llover a cántaros.

Volví a subir al despacho totalmente empapado. Me desvestí y me envolví en una manta. Empecé a respirar de forma relajada y continué mirando hacia el infinito a través del ventanal. Me esperaba una nueva vida en la universidad. Pero antes quería descubrir el mundo de mis antepasados.

La noche se fue consumiendo en el salón mágico. Los pensamientos fueron desapareciendo de mi mente y dieron paso a un estado mental de paz, a la par que a un estado corporal de ingravidez. Vivaldi seguía sonando.

Con la primera claridad del día fui recuperando la consciencia espacial y temporal. Tenía claro que debía visitar Europa Central, especialmente Austria, y que tenía que ir a Israel.

Todavía desconocía que mi paso por el mundo había empezado por primera vez antes del nacimiento de Jesús de Nazaret, otro judío como yo.

Y así lo hice. Viajé durante un año y medio y conocí lugares donde habían nacido, vivido y, en algunos casos, muerto mis antepasados.

Cuando acabó mi periplo, fui a la universidad. Y después completé mis estudios en un continente que no era el europeo. Fui a Nueva Inglaterra y al final de ese período volví a casa y al salón mágico. Por el camino, conocí a muchos Dioses y muchos Diablos.

De nuevo me encontraba sentado delante del gran ventanal con la intención de contemplar el mundo. Era como hacer un test, como preguntar al vacío qué había pasado durante aquellos años.

Volví a experimentar aquella sensación única que solo se podía conseguir con la magia de aquella estancia. Ese fue otro momento trascendente que, visto ahora, me provoca indulgencia compasiva conmigo mismo. Tenía que decidir qué haría como adulto en esta vida.

Y, de igual modo que hasta entonces, continué haciendo un montón de cosas, generalmente apreciadas en el mundo en el que viví. Llegué a destacar, según los patrones de éxito convencionales, y también me generé un número razonable de enemigos.

Pero me sentía tremendamente vacío. Vacío y pobre de espíritu. El bienestar material en el que vivía era confortable, pero también engañoso. Y no me servía. En realidad era una trampa. Suponía un vínculo que me impedía ser libre. No me permitía conocerme a mí mismo, que conociese lo más ancestral de mí mismo, aquello que me había llevado a vivir cientos de vidas antes de esta a la que hago referencia, sin haber descubierto nunca la Verdad, ni nada que se le pareciese.

De repente, me fue dominando la sensación de estar sumido en el absurdo. Todos estos recuerdos, eran eso, recuerdos y nada más. Nada de eso existía ya, no tenía ningún sentido en el presente.

Me enfadé conmigo mismo, con la intransigencia habitual que me aplicaba a mí mismo y a los que me rodeaban. No entendí porqué había querido revivir un mundo que ya no existía. Ahora sé que si no lo hubiera hecho, ¡nunca habría llegado a entender el sentido de la vida y de la muerte!

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4 comentarios sobre “MUNDOS SUPERPUESTOS (3). EL RETORNO A LOS ORÍGENES

  1. Josep Maria,
    Arribes a la qüestió fonamental, la del “sentit”. Però per endinsar-se en ella cal haver passat pel pas previ indispensable, la del “no sentit”. El haver experimentat ser un “étranger” per a un mateix, per als altres i que els altres ho siguin també per a tu. Steinberg està ara en una incòmoda frontera existencial, però ha recorregut el camí que calia per anar més enllà del nihilisme. No hi ha dreceres. Molts no traspassen la frontera i, malauradament, són encara més els que s’aturen abans d’arribar-hi…

    1. josepmariavia dice:

      Cal ser valent i honest amb un mateix. És fàcil de relatar, no tant de dur a terme.
      Ja dic en algun capítol de “Móns superposats” que desconec la relació entre Abraham J. Steinberg l jo mateix. Però que intentaré indagar al respecte en els últims capítols.
      Viure té ple sentit, si s’arriba a comprendre el sentit de la vida, cosa no necessàriament fàcil

  2. BeaHAzcarate dice:

    Hola Josep Maria.
    El texto de Steinberg me ha recordado un sentimiento que tuve cuando tuve quedejarde vivir en mi querido Sant Cugat hace cuatro años y volver a Madrid, ciudad en la que naci. Quizas se deba a edad, quizas es un tema de caracter pero justamente para mi , volver amis origenes, no me hacia edpecial ilusion porque lo identificaba como volver a un espacio seguro, conocido y para eso todavia me quedaba , a mi entender, mucho tiempo. Volver a tu pasado es un tema que me ha provocado siempremuchos pensamientos y siempre claros. Es como jubilarse. Lo identifico un poco con el cansancio de la vida y la necedidad del recogimiento. Quizas tampoco Steinberg estaba preparado…

    1. josepmariavia dice:

      Gracias por tu comentario Bea. Aprovecho para comentarte, por si se te hubiese pasado por alto, que la historia de Abraham J. Steinberg se desarrolla en 8 post, aparte del que tu comentas que es el 3. De los 8, por el momento solo hay la mitad traducidos al castellano. Pero si viviste en Sant Cugat (por cierto, el pueblo en el que yo nací), tal vez te resulte comprensible el catalán. Gracias por el interés y por el comentario!

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