La todavía joven profesora de matemáticas estaba concentrada corrigiendo exámenes cuando el tren llegó a la estación Lleida-Pirineus.

Un hombre y una mujer se acercaron hasta donde estaba sentada, sin aclararse mucho con las plazas que debían ocupar. Finalmente, el hombre se sentó delante de la profesora, en diagonal (ella estaba en el pasillo y el hombre, delante, en la esquina de la ventana), mientras la mujer que había subido con él trataba de ver cómo podían sentarse juntos.

—Yo creo que a mi lado no hay nadie. Siéntate y si viene alguien ya nos arreglaremos de una manera u otra —dijo el hombre que había subido en Lleida a la mujer que había subido con él.

La profesora pensó que era normal que si iban juntos quisieran sentarse juntos. Pero sintió que alguna razón poderosa hacía que quisieran viajar sentados uno al lado del otro, sí o sí.

“Quizás tienen que acabar una presentación en el tren. O discutir un plan de negocio o…”.

Pero no. No. Las embarazadas solo ven embarazadas todo el día, en todas partes. Acaban teniendo la sensación de que todas las mujeres en edad fértil están embarazadas. Y quienes tienen un cáncer de próstata, al cabo del tiempo descubren que está lleno de hombres con cáncer de próstata.

La profesora no estaba embarazada ni tenía ningún cáncer. Cada día tenía más claro lo que le decían sus amigas: “Estás en plena midlife crisis”.

Llevaba veintidós años casada y sentía que su proyecto vital, más allá del matrimonio, debía cambiar radicalmente. El sentimiento era cada día más intenso y la contradicción interna crecía proporcionalmente.

Tuvo claro que los dos viajeros de Lleida no iban a trabajar. “Uno de los dos o los dos están casados y van a pasar un fin de semana a Madrid para vivir desenfrenadamente un amor que tiene que ser clandestino, a la fuerza”. Sintió mucha envidia.

Ella, al día siguiente por la noche, después de impartir la sesión de formación continuada a los colegas más noveles que le esperaban en Madrid, tenía que volver a Reus. Menos mal que se las había apañado para irse el día de antes, ya que al día siguiente empezaba temprano y terminaba tarde. Al menos tendría una noche para ella, ya que cuando llegara a casa ya sabía lo que le esperaba. Llegaría agotada, con suerte entre la ida y la vuelta podría terminar de corregir los ejercicios de sus alumnos, y nada le eximiría de ponerse a preparar la cena para aquel marido ―que ya no encajaba en el rompecabezas de sus anhelos de mujer madura― y para los dos hijos. Hacía tiempo que el sueño de llegar un día a casa y encontrarse la cena preparada y todos esperándola con una sonrisa, se había desvanecido. “Si por mí fuera, me ducharía y me iría a dormir sin cenar. No tengo hambre. Y cuando pienso en aquellos tres sentados mirando la televisión sin que se les ocurra la posibilidad de hacer algo por mí. ¿De verdad que no merezco algo más…?”.

La mujer que tenía sentada frente a ella, aproximó suavemente su mano a la de Albert (la escuchó diciéndole cómo le amaba antes de pronunciar su nombre) y empezó a acariciarle, mientras dejaba reposar su cabeza sobre el hombro derecho de él, cerrando los ojos. A él, los ojos le brillaban de esa manera que solo brillan cuando… Se miraban con complicidad y con amor. Alternaban los silencios con palabras que se susurraban al oido de forma dulce. De repente se quedaban mirándose, callados, sonrientes. La maestra vio cómo Albert cogía la mano de la chica, con los dedos entrelazados.

Empezó a pensar cómo debían de haberse conocido, qué había hecho que se encontraran, cómo serían sus vidas antes de conocerse, las relaciones con el marido y/o la mujer, si es que existían… Acabó cerrando los ojos, incapaz de seguir corrigiendo exámenes, y el pensamiento campó con toda libertad.

“¿Y yo qué sabía cuando tenía 20, 25, 30 años cómo sería mi vida a los 50 que cumpliré el mes que viene? ¿Estaba enamorada de Gerard? Yo diría que sí. Entonces lo estaba. Lo que ocurre es que aquello, visto con la mirada de ahora, era otra cosa. Éramos jóvenes. Queríamos tener hijos. Bueno, yo quería tener hijos. ¿Y él? Decía que sí… Si decía que sí, debía de pensarlo. Nuestros amigos se iban casando. Cada boda era una fiesta mayor que nos afianzaba en nuestra decisión. ¡Cuántas primeras cenas en casas de parejas de amigos recién casados! Visto ahora parece que jugáramos a “papás y a mamás”. Éramos unos críos. Teníamos sueños de todo tipo. Profesionales, personales, queríamos que la vida fuera de color de rosa… Pero la vida está hecha de etapas. Diferentes personas viven en el mismo cuerpo durante una misma vida. Me pregunto si es esperable, con vidas tan largas, llegar a convivir felizmente 60 o 70 años con una misma persona. Si es deseable. No necesito ser profesor de mates, para saber que aquí el principio de funcionamiento es muy diferente. No existen normas exactas ni universales. Pero no entiendo cómo podía creer que las personas que éramos Gerard y yo cuando nos enamoramos a los 20, fuéramos las mismas y sintiéramos lo mismo a los 30, a los 40, ahora que ya tengo los 50 a la vuelta de la esquina y Gerard ya los ha cumplido … Tampoco creo que se pueda aplicar ningún esquema general al que están viviendo esa pareja que tengo enfrente. Pero está claro que se han conocido en la madurez, con etapas quemadas que ya les quedan detrás, en un momento en el que quieres vivir los años que te quedan con más paz, más conscientemente… Los hijos, si los hay, ya son mayores, la carrera profesional está afianzada. O muy avanzada. O acabada. Quieres saborear los momentos de forma más madura. El amor, se va aproximando al Amor. Esto nunca lo conseguiré con Gerard. Forma parte de un pasado feliz, de un presente aburrido y monótono, y con él no existe futuro posible. A menos que me falte valentía, que me acomode, que renuncie o que me intente engañar pensando que alguna variante de felicidad desconocida es posible, en lo que ya me parece más un tanatorio que un hogar… ¡¡¡No sé a qué espero para renacer!!! ¿Miedo a la soledad? Quizás. No puedo esperar a que aparezca un “príncipe azul” para dar el paso. El paso lo tengo que dar con o sin príncipe. ¡Primero debe ser la gallina y después pondrá el huevo o no lo pondrá! La decisión es mía y solo mía. No depende de nadie, ni de Gerard, ni de los chicos, ni de los padres, ni de los suegros, ni de los vecinos, ni de los amigos. Ni de ningún hipotético “príncipe azul”. ¡Pobre príncipe si su rol se limitara a ser usado de trampolín para dar el salto que tengo que dar sola y sin red! ¡Cómo me gustaría preguntarle a ellos qué ha pasado, cómo se han encontrado, que vidas llevaban, que les une tanto que, vistos desde mi asiento de enfrente, parecen un único todo!

LOS PUENTES DE MADISON
Fuente: IB3

Entretanto, Albert se removió en su asiento, abrazó con pasión a su compañera y se besaron como si no hubiera nadie más en el tren. Nada obsceno ni mucho menos. Todo lo contrario. Se sentían completamente desinhibidos y se besaron como hubieran podido hacerlo en una playa solitaria durante la puesta de sol. El gesto, lejos de incomodar a nadie, creó un ambiente muy especial en el vagón. Como si la gente pensara que vivía en dirección contraria a lo que sentía y aquella pareja, haciendo coincidir lo que es con lo que se muestra, les interpelaba a todos sobre su propia felicidad.

El tren llegaba a Guadalajara y la profesora de Reus, emocionada, trasladada a no se sabe qué dimensión y sin tener claro si estaba a punto de arrancar a llorar como una magdalena o de infartar, al constatar que Albert se disponía a bajar del tren y la compañera no, vio esfumarse el idílico fin de semana en Madrid que les había pronosticado…

La joven profesora presintió que la compañera de Albert era empática y amable, y después de dudar unos instantes ―brevísimos― se dirigió a ella.

—Perdona, me llamo Natalia.

—Hola, Natalia, yo soy Rosa. Un placer —dijo, interrumpiendo pertinentemente, Rosa.

—¡Sí, por supuesto! Un placer de verdad. ¡Nunca mejor dicho! Es que no me he podido resistir a preguntarte… no sé… Es que os he visto tan enamorados y… Ahora tendría que decir lo de la envidia sana y tal. Y será, aunque a menudo me pregunto si la envidia puede ser sana. No sé cómo decirte… Yo…

—Tranquila, Natalia. ¿Puede que mirarte en nuestro espejo te haya removido algo?

—¡Sí, por supuesto! No puedo más. ¡La vida que llevo, no sé, no es normal, no es sana! Estoy casada, pero no es solo eso. Esta es una parte importante, por supuesto. Pero es que es todo. Al final es un pack entero. Un pack que ya no me sirve. Yo quiero ser feliz. Tú lo eres, ¿verdad? No tenéis 18 años. Bueno, no digo que si los tuvierais invalidara la felicidad. Pero como yo, diría que habéis, hemos pasado el ecuador de la vida y… Hay quien ha hecho los deberes y yo no sé ni por dónde empezar.

—Una vez un compañero y amigo de la carrera que es psiquiatra, hablando de estos temas, me hizo darme cuenta de una obviedad. Parece mentira cómo, en ocasiones, cuando las cosas te afectan a ti, lo que es evidente, no lo ves. Me hizo ver que las etapas de la vida son diferentes y que la vida se alarga cada vez más —dijo Rosa como adivinando los pensamientos previos de Natalia. Y siguió.

—Qué tiene que ver mi vecina de 95 años consumida por la soledad, hundida en la depresión y el sinsentido que es para ella la vida, con la joven estudiante de Farmacia que un día fue, nerviosa por los exámenes finales, o al cabo de unos años con la joven emocionada cuando el chico que le gustaba le pidió matrimonio, o más tarde feliz de ser madre, o sorprendida por tener que admitir, después de tres décadas, que su matrimonio se había convertido en un vacío tan vacío como es ahora su vida. ¿Es la misma persona? Sí y no. Sus células, más viejas, se renuevan con el patrón de su mismo ADN. Pero su mente, su alma, sus emociones, sus necesidades… Esto cambia. Y lo que te va bien para transitar en un período determinado de la vida, en ocasiones no sirve para otros. No siempre es así, pero… No son matemáticas. Puede que el mismo reloj que te sirve para atravesar el desierto en solitario, te sirva para hacer submarinismo en grupo. Pero es fácil que no sea así… No sé. Disculpa. Creerás que te tomo por tonta. Y por supuesto que no es eso. Es lo que me ha salido decirte.

Natalia le trasladó cómo se sentía y le preguntó qué le parecía.

—No sé, Natalia… Me da cosa hablar. Solo puedo decirte cómo lo veo yo, pero no tengo ni idea de si te puede servir de algo. La situación que me explicas parece calcada a la que viví yo y, hasta cierto punto, diría parecida a la que le tocó a Albert. Cuando le conocí, hacía años que había cambiado de registro y todo eso que nosotras dos tenemos cerca ―de hecho, tú todavía está inmersa en ello― a él le queda ya lejos y no habla demasiado. Yo no di un giro a mi vida como resultado de haber conocido a Albert. Con Albert o sin él, yo no podía seguir engañándome a mí misma. Durante años, creía mis propias mentiras piadosas y así fui de crisis en crisis, hasta la crisis final. Los períodos de sensación de cierta felicidad nebulosa entre crisis, cada vez eran más cortos y menos claros… Me habría podido quedar allí. Mucha gente se queda estancada. No sé los demás, pero yo lo habría terminado viviendo como aceptar que me enterraran en vida. ¡Por suerte, reaccioné! No fue fácil, ni lo hice en un plis plas. Pero un día pasó. Yo diría que la cosa va así: si tiene que ser será. Qué redundante y estúpido, ¿verdad? No sé…

—¿Y Albert? —preguntó Natalia.

—Fue el primer hombre que conocí que no pretendía tenerme “atada a las patas de la cama”. Y con él aprendí que para convivir primero hay que saber vivir. Y esa capacidad o la has trabajado y la tienes o… Y si la tienes debes conservarla. Mira, me has dicho que te habías montado la película de que íbamos a pasar un fin de semana “furtivo” en Madrid. ¡Pues no! Él ha bajado en Guadalajara para ir a ver a un amigo a un pueblo llamado Hueva, que no llega al centenar de habitantes. Se conocieron en la mili. Albert es ingeniero aeronáutico y su amigo Felipe, pastor. Felipe no sabía ni leer ni escribir, y Albert, en la mili, le enseñó. Siempre me ha explicado que necesita verlo de vez en cuando, porque le aporta una riqueza que nunca ha encontrado en nadie más. Así que, a veces, se va a pastar ganado con Felipe un fin de semana. Y este yo lo he aprovechado para quedar con mi gran amiga, Marisa, en Madrid. Como somos capaces de vivir por nosotros mismos, podemos convivir. Y somos muy felices y no lo cambiaría por nada y sé que quiero terminar mi vida así: viviendo y conviviendo con Albert. ¡Y el lunes nos reencontraremos apasionadamente en Lleida! No sé qué más decirte, Natalia… ¡O sí! Que sobre todo decidas tú y no permitas de ningún modo que, ni por activa, ni por pasiva, ni por compasión, ni por chantaje emocional, ni por favor, ni a la fuerza, ni de ninguna manera, nadie ―y nadie es nadie― decida cómo debes vivir tu vida. ¡Tu vida es tuya! Para que me entiendas: no quiero a nadie como quiero a Albert. Pero más allá de que él ya no lo pretende, nunca le permitiría decidir nada de lo que me corresponde a mí. No es mi media naranja. Somos dos naranjas enteras que juntas estamos mejor y queremos estar ahí.

Se intercambiaron teléfonos en el andén de Atocha, se abrazaron y se desearon lo mejor.

Al cabo de un rato, Natalia, envuelta en el albornoz que se había puesto saliendo de la ducha, abrió la puerta del balcón de la habitación del hotel y acercó un sillón hacia afuera. A pesar de no tomar alcohol normalmente, empezó a esforzarse por saborear un whisky con hielo que

NOSOTROS EN LA NOCHE
Fuente: NETFLIX

pidió que le subieran a la habitación y encendió ―fumadora sí que lo era, aunque deseaba dejar el tabaco tanto como lo demás que conformaba su vida―un cigarrillo…

Al igual que Rosa había necesitado que su compañero de carrera, psiquiatra, le hiciera ver lo evidente, la conversación con Rosa y el impacto de todo lo que vivió en aquel tren, acabarían siendo el detonante que necesitaba. Cuando menos te lo esperas, se produce un clic y la vida te sorprende… ¡Qué cosas tiene la vida!

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4 thoughts on “MIDLIFE CRISIS O CÓMO VISUALIZAR LO QUE ES EVIDENTE

  1. Carmen Chalaux Ferrer dice:

    Reflexions del text.
    Com de crisis en vivim moltes al llarg de la vida: malalties, separacions, pèrdues, problemes familiars, econòmics….
    Sempre cal buscar estar bé amb tu mateix, no viure arrutinat i gaudir de petites coses i moments…
    A vegades fa falta sortir de la rutina i fer clic per ser més lliure, més amable i més feliç.
    La Natàlia amb la conversa de tren amb una noia desconeguda se’n adona de coses que tenia bastant oblidades i reacciona a l’hotel fent coses que potser no havia fet mai…

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies pel comentari Carme! Intentar viure com creus que has de viure, encaixant el millor possible les dificultats, però evitant estar on no has d’estar, és important

  2. Guillermo Ruiz Gomar dice:

    “Per conviure primer cal viure”, sembla una obvietat, però ho he trobat fantàstic!

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies Guillermo. Penso.que si no està autònom, si no estàs preparat per viure sense dependència d’altres persones,la convivència pot suposar un risc. Una necessitat més que un gaudi

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