Me desperté, preparé café y me lo tomé sentado mirando embelesado el Parc Joyce desde la ventana del salón. Pensaba en la conversación del día anterior con Harry y la agradable cena en Les Mignardises.

Cando llegara el invierno, me iba a ir dos o tres meses a algún lugar cálido. De momento, iba a mantener alquilada la casa. Los precios del alquiler en Montreal siempre habían sido mucho más bajos que los de Barcelona. Cuando fui allí de joven, ya era así. Aparte, aquella casita en el Parc Joyce estaba muy bien de precio. Al fin y al cabo, era canadiense y llevaba ocho años viviendo allí y me sentía muy bien. “¿Quizás algún día me acabaré quedando aquí, inviernos incluidos? No lo creo. Pero, verdaderamente, este es un país donde las cosas funcionan. Encontrar a un electricista que venga cuando a ti te va bien o la emergencia lo requiere, es fácil. Y vienen con ropa y protecciones adecuadas, el certificado que los habilita para ejercer, las herramientas necesarias, recambios… Además, son educados, no ensucian, y recogen toda la porquería que queda antes de irse. Y lo que es más importante, difícilmente deben venir tres o cuatro veces porque a la primera no logran reparar la avería, o les falta una pieza o la reparación dura tres horas y el problema reaparece después. Los servicios médicos son de calidad en un sistema público de cobertura universal y gratuita en el que las listas de espera han aumentado, pero nada que ver con lo que ocurre, por ejemplo, en Cataluña. No, no descarto acabar viviendo en Canadá, a pesar de los inviernos. Quién sabe… Volviendo a la pregunta retórica de Kallifatides ‘Qué importancia tenía a qué rincón de mundo iba a parar’ (ver “Historias reales y a la vez ficticias” del 19 de agosto de 2021) ya dije que la vida ya me había demostrado muchas veces que no se pueden hacer planes. Pero encontrar un buen electricista o servicios médicos accesibles y de calidad, especialmente cuando vas envejeciendo, forma parte de una dimensión diferente a la que tiene en la cabeza Kallifatides cuando dice lo que dice, con toda la razón si lo situamos en la dimensión trascendente pertinente”. ¿No habíamos dicho que planificar no sirve de nada?

A finales de noviembre volé de Dorval a Los Angeles, y de allí a Thaití. Pasé una noche en Papeete, en un hotel poblado de turistas de paso hacia diferentes islas de la Polinesia o volviendo de estas a cualquier parte del mundo. Al día siguiente volé hasta Bora Bora, donde la distancia más larga no llega a los 5 km, y no es del todo imposible encontrar a un electricista que consiga arreglar lo que se ha estropeado, de una forma u otra -este ya es otro tema- y.… eso sí, mejor no enfermar gravemente. “Qué curioso”, me dije a mí mismo. “Estoy pensando como un canadiense. Todo se pega”. En cualquier caso, no era aún lo suficientemente canadiense como para decidir prescindir del azul turquesa del mar de la Polinesia, de salir en barca con Tiki, un pescador amigo desde hace años que ha tenido contacto con “la civilización”, y entrar en esa dimensión desconocida, en la que el tiempo se detiene y todo queda muy lejos. Entonces, los electricistas torpes, chapuceros o groseros y malhablados, dejan de existir. Y asumes que, si te da un infarto, tratarás de dejar que pase lo que tenga que pasar con la mayor tranquilidad posible.

Tiki me esperaba en Motu Mute, el aeropuerto de Bora Bora, con su viejo y destartalado Toyota Land Cruiser, pero robusto y capacitado todavía para transitar por donde fuera. Fuimos hasta su cabaña cerca de Turtle Beach, al sur de donde se encuentran los grandes resorts de lujo, pero suficientemente alejado de los mismos, en la corona de coral que, con forma de media luna, rodea parcialmente la isla principal. La cabaña de al lado de la suya, construida por el propio Tiki, es, como la suya, una fale, una cabaña típica de la Polinesia, pero situada   sobre pilotes, sobre el mar -la suya está en la playa, a pocos metros-, mezclando el tipismo local con los clásicos bungalows de hotel tropical que, por primera vez en la historia, fueron construidos sobre el mar en la Polinesia francesa por unos americanos de California. Sin embargo, aparte de los materiales, por dentro poco tienen que ver con las humildes cabañas de los pescadores. Tiki, lo único que hizo diferente fue incorporar el suelo de cristal, de manera que dentro de la cabaña, cuando caminas, parece que estés sobre las aguas azul turquesa y por debajo de tus pies ves pasar delfines, peces manta, peces raya, peces mariposa, morenas e infinidad de otras especies de peces tropicales. La cabaña se sostiene sobre pilotes de tronco de cocotero, con paredes también hechas con madera de cocotero y techos de paja de hoja de pandanus secas que protegen bien del agua y alejan los insectos. Los muebles son todos de caña y madera de cocotero. Es austera, pero confortable. Tiki había pensado alquilarla a viajeros con espíritu aventurero o personas -en palabras suyas- “integradas con la naturaleza”. No quería oír hablar de turistas, ya que consideraba que la isla se había ido prostituyendo, precisamente, para atraer a turistas. Él me enseñó a vivir y moverme, evitándolos.

-Tiki, si no te gustan los turistas, lo que entiendo perfectamente -a pesar de que, en el fondo, por mucho que yo absurdamente no me considere uno de ellos, debo de ser uno-, ¿por qué has construido esta cabaña así?

-No me gusta el turismo, pero sí los humanos. Si pudiera, eliminaría algunos de los resorts -quizás no todos, ya que también respeto que algunos habitantes de aquí prefieran trabajar allí que seguir con la pesca y los cocoteros-, pero soy curioso, no he viajado nunca ni creo que lo haga y me apasiona conocer a personas como tú.

– ¿Y qué te aporta conocer a personas como yo? ¿Qué necesidad tienes? Tú has optado por seguir siendo pescador y no transformarte en camarero de resort, vives ajeno al turismo, tienes familia y amigos nativos…

-Necesidad, no tengo ninguna. Pero sí curiosidad. ¡Lo que me explicáis, la forma en la que vivís, los pensamientos que tenéis… me sorprenden tanto! Me hacéis pensar y aprendo… A mí me gusta cuando vienes. Me cuesta imaginar cómo es vivir en Canadá o en Europa o en Japón. No sé qué pasa allí, pero parece que sufrís. Muchas veces me parece que ser feliz con vuestros quebraderos de cabeza, con la vida que vivís, es más difícil que aquí. ¿No crees, Armand? Cuando me explicas que te gusta estar solo, supongo que quieres decir que los demás te molestan y no sé por qué te molestan. Me gusta escucharte e intento entenderte, pero no estoy seguro de conseguirlo.

-Tiki, ahora te diría que no “facis el pagès” (que no te hagas el tonto), pero no creo que entiendas la expresión. Cuando vuelves de pescar y ves a los turistas de los resorts navegando con embarcaciones de lujo, haciendo submarinismo… cuando los observas, ¿qué diferencias ves? Supongo que me dirás que “son” ricos y tú no. Seguramente no te equivocarás si dices que “tienen” más que tú. Pero no son más que tú. Tampoco son menos, pero han optado por ignorar que “son” y vivir en la abundancia de lo que tienen. Y, para que nos entendamos, en esto se basa nuestro mundo, lo que se conoce como “civilización” que, en definitiva, comporta mucha degradación. Del hombre y del medio. Por eso, yo suelo estar solo. Intento mantener contacto con personas que, como yo, intentamos “ser” más que “tener”. Pero muchos -yo seguro- somos víctimas de haber sido educados en el tener y vivir en una sociedad que persigue tener más, más y más. Tanto que, incluso, destroza la naturaleza para tener más. Ya sé que tú no, pero los que mandan aquí también han apostado por hacer lo mismo. Todavía sois muchos los que o no participáis o lo hacéis como si representarais una comedia que se acaba con la jornada laboral y la vuelta a casa, con vuestra gente. Sé que sabes perfectamente de lo que te hablo y que tienes claro que quieres vivir al margen hasta donde puedas y mientras puedas. En esto, desde realidades y puntos de partida muy diferentes, nos parecemos.

-Ven a vivir aquí, Armand. Puedes estar tranquilo y solo, y cuando quieras hablar, reír, comer y beber, hacerlo con nosotros.

-Seguramente no soy lo suficientemente valiente para hacerlo, y si lo fuera, pienso que haría lo correcto. El confort, la comodidad material y cierto concepto de seguridad que nos han inculcado muy profundamente, me lo ponen difícil. Ya sabes lo nervioso que me pongo cuando no se pone en marcha el coche (risas). Mi abuelo, que vivió en África ecuatorial desde el final de la Guerra Civil española, me explicaba cómo le sorprendió, al llegar allí, la diferencia entre los colonizadores europeos y los negros en cuanto a percepción del riesgo. No es que los negros no amaran la vida, pero sabían que era efímera, porque vivían inmersos en todo tipo de riesgos. Era su normalidad, y eso les permitía vivir intensamente lo único que tenían, que no era más que el presente, la vida momento a momento. Los blancos necesitaban seguridad, control sobre todo y también sobre el futuro. Y mucho dinero para mitigar los riesgos y “vivir bien” hasta creerse inmortales. Imagina qué contraste entre el que tiene asumido con normalidad que mejor vivir el presente, porque un león se te puede engullir en cualquier momento, y el que ha llegado a creerse un homo deus. Lo peor es que la civilización ha ganado la partida de la autodestrucción, y personas como vosotros os habéis quedado ofuscados y no queréis ser menos… Lo entiendo. Es una pena, pero es así y lo entiendo. ¡Qué suerte tienes: has rechazado tener televisión y smartphone!

Tiki fue con la barca a ver tiburones y yo me senté en el porche de la fale, sobre el Pacífico. Era como si navegara, y me quedé relajado con la mirada clavada en el azul turquesa del mar…

“Qué difícil es aprender que no hace falta ir a ningún sitio diferente del lugar donde se está, si uno está bien. Poco importa el sitio si uno está bien. Si te fijas bien en todo lo que hay donde estás, no paras de descubrir cosas. Las mismas cosas cambian simplemente con el tono de luz. Con las estaciones, por supuesto, pero simplemente con el paso de las horas. Cada instante, cada ‘ahora’ tiene una luz, un color, un sonido, distintos de los instantes anteriores y posteriores. Nuestros estados de ánimo, que también varían, nacen, mueren, renacen y vuelven a morir, nos dan perspectivas diferentes a las mismas cosas en cada cambio, en cada transición… El mejor lugar para estar es aquel que te permite ver, desde la paz, cómo nacen y mueren los pensamientos. Y este lugar, es un no-lugar. El amigo Bendesky tiene razón cuando me habla de ensanchar el espacio interior para vivir holgadamente, sin tener que estar pendiente del espacio exterior, ya sea la nieve de Canadá, la arena blanca de Bora Bora o los arrozales del Delta de l’Ebre. En la civilización del tener, para detener el tiempo, callar, escuchar, observar y ver nacer y morir los pensamientos, hemos tenido que copiar la meditación oriental. Tiki, quizás conoce la palabra o quizás no. Pero cuando tira el ancla, sin saber qué hora es -ni falta que le hace-, no habla, escucha el viento, las olas y los cantos de las aves y otros animales que no lo distraen -los lleva integrados- y en aquel momento, más allá de únicamente mirar, se fusiona con los movimientos de los tiburones, está en ese no-lugar. Y su vida va de un no-lugar a otro sin haberse movido nunca de la isla -ni falta que le hace-. Aún recuerdo el día que me dijo: ‘Yo soy lo que queda cuando los pensamientos solo los observo, pero no los pienso’.

FONT: Pixers

Me lo dijo con tanta sencillez y naturalidad… Tiene tan claro que la vida es más bonita que cualquier cosa que pensemos de ella…”.

Definitivamente, el lugar es accesorio. El frío y la nieve o el calor y el mar de aguas cálidas, también. El no-lugar interior y pacífico no… Tanto que, si no lo encuentras, puedes llegar a creer que la preocupación por los electricistas o los precios de los alquileres o, incluso, por la accesibilidad al sistema de salud pueden acabar decidiendo -ellos y no tú- el lugar donde debes vivir. Peor, el no-lugar donde acabarás buscando inútilmente la felicidad.

 

 

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