LA VOZ DE GALICIA

La última cosa de la que querría hablar ahora, estos días, hoy, es de los recortes que se aplicaron al sistema de salud. Preferiría no hablar de ello. Pero lo tengo que hacer, sino no me vería capaz de contextualizar lo que pretendo comunicar.

Quien me conoce sabe lo mucho que significa para mí el Hospital del Mar de Barcelona (Final de etapa en el Parc de Salut Mar de Barcelona, 29 de junio 2015 (2) ) el Parque de Salud Mar de Barcelona, incluidos los lectores de este bloc, así como los colegas y el personal del hospital con los que me relacioné más directamente durante los años que estuve en aquel centro. Estoy seguro que, en estos momentos, todavía muchos profesionales no han comprendido el porqué de los recortes y la mayoría o se han rebelado o, mal que bien, se han resignado. Al menos hasta ahora. No sé qué puede pasar en un futuro más o menos inmediato…

Ahora, un problema de salud, llamado COVID19, impactará terriblemente en la economía. En el año 2011, una crisis económica que ya había hecho estragos, impactó terriblemente en el sistema sanitario. O se incrementaban los ingresos fiscales (incremento de impuestos, que ya se sabe que quiere decir esto en España: azote a clases medias y desfavorecidas) o se disminuía los gasto¡ Empujados por Europa nuestros políticos tuvieron que optar por la segunda opción y a mí, entre otros, me  tocó de los primeros aplicar los recortes y asumir, muy a mi pesar, el haber impulsado el primer ERO en un hospital público del Estado. Podría seguir explicando que, dado el terreno de juego que nos dibujaron, la medida, tal y como se aplicó, fue la menos lesiva… Podría decir muchas cosas, que ni antes sirvieron para mitigar el descontento, ni servirían ahora.

Pienso que es justo recordar también, sin vanidad ninguna, simplemente por hacer un balance completo, de activos y de pasivos, que me propuse, sí o sí, a pesar de la crisis, a pesar de la insuficiencia financiera de la Generalitat, a pesar de todos los pesares, que eran muchos, conseguir los 47 millones de euros necesarios per hacer las obras de la primera fase de ampliación del hospital. Con la ayuda de todos – el Hospital del Mar, cuando los retos son importantes, demuestra más que ninguno, que hay mucha gente que, además de “llevar la camiseta”, saben sudarla- trabajando en equipo, lo conseguimos. El Ayuntamiento de Barcelona y el alcalde Xavier Trias, fueron decisivos para conseguirlo.

El problema entonces, cómo ahora es el mismo: no se destinan suficientes recursos para financiar y poder mantener el sistema sanitario que tenemos, y que queremos tener, y al personal del cual, nunca agradeceremos suficiente el esfuerzo que ha hecho en la crisis del COVID19. Y el tema no es la financiación de la sanidad, el tema es la financiación autonómica y el desequilibrio fiscal bajo la excusa de un malentendido, por abusivo y casi cínico, concepto de “solidaridad interterritorial”. No me extenderé. Sirva, al menos, como referencia cuando en los próximos meses, previsiblemente, se desate de nuevo el malestar de unos profesionales sanitarios que no se merecen seguir trabajando en estas condiciones.

La época de los recortes fue muy dura y mi sensación sincera era, que nunca, ningún paciente tuvo que soportar el descontento, la decepción, el malestar, la rabia de médicos, enfermeras y el conjunto de profesionales. Al menos en el trato directo. Todos se comportaron como son, unos auténticos profesionales a los que su trabajo, afortunadamente, los apasiona, aunque la procesión vaya por dentro.

Estos días, he podido vivir de nuevo, de manera intensa ese “vaciarse”, darlo todo y más, para atender a los pacientes en una situación más que crítica. No cabe decir que, durante la crisis, nadie ha pensado en cómo ha sido su vida laboral -y sus retribuciones-, en especial desde los recortes y lo han dado todo y más. ¡Mucho más, muchísimo más!

Durante estas semanas, por mi trabajo, por compartir con los colegas las preocupaciones sobre sus pacientes y personas que han muerto, por la estima a muchos compañeros, he vivido la experiencia que por muchos años que pasen nunca olvidaré, de conversaciones inimaginables surgidas de la crudeza de la crisis. He hablado, hemos hablado, desde el corazón, con muchos médicos y enfermeras, principalmente del Hospital del Mar, pero también de otros centros. Las emociones y la necesidad de hacer equipo, de sumar y, sobre todo sacar la fuerza de donde ya quedaba poca, para a pesar de todo, continuar adelante y no pensar en nada más. Ahora que las aguas, lentamente -y Dios nos libre de un rebrote agresivo- van volviendo a su sitio, aparece el cansancio físico y psicológico y muchas otras emociones, diferentes de las del momento infernal de la pandemia. Cuando decidimos estudiar medicina u otras profesiones sanitarias, nadie nos dijo que fuera fácil. Pero les pandemias graves, nos quedaron como un recuerdo a caballo de la epidemiología y la historia de la medicina, como un horror que se quedó estancado a principios del siglo XX. Pandemias, por cierto, que llevaron al Ayuntamiento de Barcelona a crear el Hospital del Mar, el “Hospital de infecciosos”, en 1914.

Cuando hablo con algunas de las buenas personas que cada día, a les 8 de la noche salen a aplaudir a los profesionales, me doy cuenta que hay aspectos de la cuestión que cuesta un poco de entender. Imagino a mis compañeros viviendo este momento diario, bonito, sí, muy bonito, pero viviéndolo, a pesar de todo, con un sentimiento agridulce. Agradecimiento y emoción. Ojos vidriosos y silencio. Alguna reacción irada también, “menos aplaudir y más recursos para trabajar”. Todos necesitamos de vez en cuando la palmada en la espalda. Pero… no es suficiente.

Del mismo modo, la decisión que ha tomado o está a punto de tomar, el Departamento de Salud de la Generalitat, consistente en una especie de “paga de gratitud” (desconozco formalmente como la llamarán), me provoca muchas dudas. Como me decía algún directivo de Salud y algún amigo, a nadie le molesta recibir 300, 500, 1000 €, adicionales, los que sean, en una nómina. Como decía, la palmada en la espalda se agradece. Pero… No descarto reacciones fruto de la frustración, derivada de unos marcos salariales que, si normalmente, ya contribuyen bastante al burnout, en el estado de ánimo de agotamiento postCOVID19, puedan tener un efecto incendiario. Si yo estuviera en la piel de la Consellera y su equipo directivo, esta iniciativa la acompañaría de un compromiso firme y concreto de atacar el problema de fondo de insuficiencia financiera. Tenemos que enfrentarnos, todos, a la realidad de la vida.

En cuanto a la realidad de la muerte, he tenido la sensación -subrayo que es una impresión mía tal vez no compartida per otros compañeros- que alguna cosa ha cambiado en el ánimo y la manera de vivir el final de vida, por parte de los profesionales de la salud.

Para mí un aspecto muy delicado del ejercicio de la medicina es la forma de relacionarse con los pacientes y la comunicación, verbal y no verbal, con ellos. Es necesario encontrar la proximidad emocional precisa con cada paciente. De la misma manera que no puedes vivir los avatares de la enfermedad, del final de la vida i la muerte, como los vivirías con un familiar -sencillamente sería imposible emocionalmente el ejercicio profesional- tampoco puedes mostrarte frio y distante. Y esta proximidad óptima no siempre es fácil de encontrar. Estos días, también entre los profesionales, las emociones se han desbordado y la muerte se ha dejado sentir como nunca.

Confieso que me impactó ver llorar de impotencia a un par de compañeros, jefes de servicio, de la UCI y de Urgencias respectivamente, de dos grandes hospitales universitarios de Barcelona. Verlos llorar, después de doblar y triplicar guardias de 12 horas, agotados de ver gente muriendo sola y multiplicarse para, sin abandonar el trabajo, tratar de acompañar durante los últimos instantes aquellas vidas que se extinguían. A menudo de manera relativamente inesperada y a gran velocidad. No podemos olvidar que estamos hablando de dos especialidades que comportan ver a menudo bastantes muertes, pero la vivencia esta vez ha presentado, cuanto menos, matices escalofriantes. Creo que el esfuerzo físico, mental y psíquico de estas semanas ha superado, en muchos casos, el poder mantener las pautas emocionales propias del trabajo hospitalario.

Cuando he hablado estos días de estas reacciones -y de cómo son en condiciones ordinarias- a persones ajenas a nuestras profesiones sanitarias, ha habido cosas que les han sorprendido. Y tengo que decir que, en cierta medida, me ha sorprendido que se sorprendieran.

Cuando estudiamos medicina, tampoco nos dijo nadie que afrontar la muerte fuera fácil. Simplemente no nos hablaron de la muerte y esta es una de las cosas que más han sorprendido cuando lo he explicado a amigos ajenos a la profesión. Ciertamente, el final de vida y la muerte, por más extraño que pueda resultar, no deja de ser un tema, no tabú en el sentido que lo es en nuestras sociedades caracterizadas por la tanatofobia, pero sí controvertido y difícil de tratar en el mundo médico. Y esto con independencia de que la muerte forme parte de la medicina, como no forma parte de, prácticamente, ninguna otra profesión.

Pienso que les cosas van cambiando a la hora de contemplar estos aspectos en los programas formativos de las profesiones sanitarias. Personalmente, durante la carrera, oí hablar de “muerte” un día en una clase de Medicina Legal. El día que nos explicaron el diagnóstico de muerte y la manera de cumplimentar un certificado de defunción.

A los médicos nos formaban para salvar vidas y, aunque sorprenda, la muerte acababa teniendo algún componente de “fracaso profesional”. Nadie nos lo dijo así, explícitamente, pero iba implícito en la formación y en la cultura de la profesión. A menudo no era necesario esperar que alguien muriera en la cama del hospital o en casa, para desaparecer de su lado velozmente. Era evidente que cuando la muerte era inminente, allá no había nada más a hacer porqué los que todavía vivían nos esperaban. Acompañar el final de vida, saber expresar correctamente las condolencias a los familiares… Difícil. Nadie nos lo enseñó nunca y las herramientas eran las mismas que podía tener cualquier ciudadano y todo quedaba en manos de la  sensibilidad, la empatía, los valores, el humanismo de cada profesional. El final de la vida era cosa de los de cuidados paliativos. Por cierto, especialidad todavía no del todo reconocida y que tuvo un parto -y está teniendo una vida- difícil. ¡Qué diferentes hubieran sido muchas de las muertes de gente mayor, que se han producido estos días en las residencias, si hubiesen tenido acceso a cuidados paliativos! Tratamientos médicos aparte, la comunicación con los moribundos y sus familiares, es esencial y hay que esmerarse en hacerlo bien.

Tengo claro que habrá un antes y un después del COVID19, por como los profesionales sanitarios afrontarán la vida profesional. Si no se resuelven los problemas que -a pesar de ser previos- los recortes nos pusieron de forma cruda encima de la mesa, el burnout podrá llegar a extremos inimaginables. ¡¡¡No quiero ni pensar, lo que podría suponer un segundo brote de las características de este!!!

Sobre cómo afrontar la muerte, no soy capaz de predecir si el COVID19 nos habrá hecho mejores profesionales en este sentido. Sí que puedo decir que muchos compañeros han vivido la muerte en su trabajo, como no lo habían vivido nunca.

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6 comentarios sobre “LA VIDA EN CONFINAMIENTO (3) HACER FRENTE A LA VIDA, HACER FRENTE A LA MUERTE

  1. Montse Grau dice:

    No hi ha vida sense mort. La mort és present però no li donem la importància que es mereix, ni a nivell professional ni a nivell personal. L’altra dia una infermera experta en mort i dol comentava que quan algú proper mor hem d’aturar la vida per a poder fer el comiat com cal i que tots els dols mal resolts tornen.
    Molt d’acord amb totes les teves reflexions sobre les retallades i la sanitat del nostre país. Gràcies per fer-nos-hi pensar.
    Celebrem la vida, celebrem la mort.

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies pel teu comentari, intel.ligent i sensible.
      Pel que fa a la mort, sovint oblidem que és una part inevitable de la vida i mai sabem com posar-nos-hi davant!!!

  2. Helena Ris dice:

    Excel·lent reflexió Josep Ma. Aquest és dels blogs que passaria a l’Albert i en parlaríem

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies Helena! Quina il.lusió que em fa el que el dius que el tema podria suscitar un debat bonic amb l’estimat Albert Oriol Bosch!!!

  3. León Bendesky dice:

    Josep, tu reflexión como médico es bárbara, en materia de lo que significa la salud en una sociedad y cómo se acota por los recursos y las decisiones política. El dictum de que la salud cuesta y el dinero alcanza para lo que alcanza es muy real en este contexto. ¿Tiene la salud un precio? ¿Lo tiene la vida misma? Apuntas en tu escrito, explícita e implícitamente a una respuesta dura. La política es disfuncional, la política pública también, la alineación de los objetivos es perversa. Qué resultará tras esta pandemia no se puede saber. Vivimos en un entorno de incertidumbre radical. Es difícil, si no es que imposible, prefigurar los escenarios posibles. En todo caso lo que ha quedado desenmascarado en todas las sociedades está ahí frente a todos. Como siempre, habrá interpretaciones antagónicas. Te abrazo

    1. josepmariavia dice:

      Hace años que aprendimos que la salud no tiene precio -no digamos la vida-, pero tiene coste. Si hablar de financiación de la salud siempre es un problema, tras el COVID19, con el drama económico que nos espera… Sigo diciendo que, ojalá, aprendamos algo de todo esto. Abrazo

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