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Durante muchos años se ha hablado de la necesidad de reformas profundas, que tienden a la racionalidad, para preservar el Estado del Bienestar. El problema es que se ha hablado mucho, se ha actuado poco y con la crisis (económica, pero sobre todo de valores) nos ha cogido el toro. Y ahora corramos todos y a ver qué pasa.

El desaparecido Luis de Sebastián, profesor de ESADE y muchas cosas más mientras vivió, nos recordaba una premisa, sin la cuál no hay Estado del Bienestar posible. Escribía Luis de Sebastián:

“Después de la II Guerra Mundial, los países europeos se recuperaron gracias al esfuerzo colectivo. Unos más que otros, pero todo el mundo, perdió alguna cosa en la guerra. Y en un contexto en el que nadie estaba bien, todo el mundo cedió alguna cosa de lo que consideraban suyo, para reconstruir unos países arrasados y levantarlos espectacularmente…”.

Es decir, el Estado del Bienestar fue posible gracias a la existencia de unos valores colectivos que, demasiado mayoritariamente, fueron desapareciendo con el paso del tiempo. Es una herencia de nuestros esforzados antepasados ​​que, gracias a su esfuerzo más que al nuestro, la hemos disfrutado más que ellos. El Estado del Bienestar no hubiera sido posible sin la existencia de un tejido social sólido, de un sentido comunitario y sin la conciencia de que el ser humano es un ser social.

Pero la combinación del Estado del Bienestar con la volatilización de los valores que lo hicieron posible, nos convirtieron en seres malcriados e insolidarios. No sólo no quisimos renunciar a los excesos de protección, sino que pretendimos que ese tipo de “barra libre” fuera eterna y cada vez más generosa.

Ahora vemos que estamos pagando las consecuencias de haber vivido muy por encima de nuestras posibilidades. En este contexto, el exceso de protección del “papá Estado” fomentó la pérdida de responsabilidad, lo que facilitó el abuso y el fomento de la discriminación en lugar de la equidad.

Todo esto ha ocurrido en una sociedad en la que la felicidad se ha asociado al consumismo y en la que, servicios como los sanitarios y otros de los que conforman las prestaciones del bienestar, se han consumido con los mismos patrones de consumo que hemos empleado para consumir cualquier otro producto o servicio. Hemos buscado lo “bueno, bonito y barato” (gratuito de hecho) y hemos exigido que la prestación fuera rápida, de calidad y disponible las 24 horas del día, los 365 días del año. No ha habido mucho espacio para la reflexión sobre la responsabilidad colectiva frente la preservación del Estado del Bienestar, ni sobre las responsabilidades individuales y colectivas en el uso (mal uso y abuso) de los servicios.

Se puede afirmar que la crisis del Estado del Bienestar es fruto de la crisis económica. Yo sería partidario de decir que tanto la crisis económica como la crisis del Estado del Bienestar son el resultado de una profunda crisis de valores.

El sufrimiento asociado a la crisis que nos afecta fomentará, está fomentando ya, una revisión del sistema de valores. No tengo claro si estamos más cerca de un nuevo espíritu constructivo realista y adaptado a las circunstancias o de la revuelta social. En cualquier caso, no tienen por qué ser dos fenómenos excluyentes; pueden convertirse ambos en momentos diferentes del proceso de salida de la crisis.

Lo que sí me parece tener más claro es que el paisaje que nos encontraremos a la salida del túnel, no será compatible con el concepto de “reforma”. Habrá que reinventar y nos equivocaremos si queremos hacerlo con los parámetros de antes de la crisis, porque son los que nos condujeron a la misma.

Cuando el desenfreno que nos domina, (corrupción -la real y la falsa-, indignación, pesimismo, deseo de venganza, fomento del odio, judicialización de la vida cotidiana, falta de escrúpulos por parte de los Media a la hora de vender periódicos y audiencias de radio y TV -todo vale-, uso destructivo y autodestructivo de Internet …) vaya a la baja, habrá que hacer un llamamiento a quienes conscientes de que hay que volver a empezar desde el esfuerzo y el sacrificio, y tomando buena nota de los errores cometidos, estén dispuestos de nuevo a construir más allá del desánimo, con realismo sobre las posibilidades y con espíritu positivo.

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