2015-08-27-PHOTO-00002473Yo añadiría a esta frase del psiquiatra Fernando Sarráis, que fomentar la paz interior también va contra los antisistema…

En cualquier caso la afirmación me permite empezar diciendo que por esta razón, en la medida en que algunos tipos de vacaciones permiten también -hasta cierto punto- hacer “vacaciones del sistema”, la paz interior se reencuentra o se siente más cercana durante el descanso estival. La vuelta, muy a menudo, supone romper el paréntesis revitalizador y sumergirse de nuevo en la locura creciente “del sistema”.

Contaba en el último post, “Escrito desde un país llamado silencio”, que los Media siguen el ritmo de las vacaciones, aflojan y adaptan -o al menos lo intentan con más o menos éxito- sus formatos a esta necesidad de los clientes, de paz y de reencuentro.

Entre los que escriben en los Media, durante las vacaciones, como ocurre en la vida, los hay que huyen de la desazón que significa vivir al ritmo que impone nuestra sociedad (y el correspondiente director de periódico). Me refería en el último post a los artículos de verano de Sílvia Soler en el periódico “ARA”. Cabe decir, sin embargo, en este caso, a diferencia de otros, que sus artículos de verano no son tan diferentes de los que publica cada sábado. A mí, tanto los de verano como los que no lo son, me transmiten paz y bienestar.

El último de la serie de vacaciones, una especie de “cierre del verano” era -marca de la casa- cálido y tierno. Una cierta melancolía agradable al principio…:

“Hemos recogido las tumbonas y las hemos subido al altillo. Hemos hecho un último repaso al apartamento y hemos ido recogiendo pedazos del verano que habían quedado olvidados debajo de la cama. Un pie de pato, la toalla de rayas amarillas y azules, una chancleta, fichas de colores del parchís, el insecticida, una botella con un culo de vermut blanco que hemos vertido en el fregadero, en un trágico gesto que despide todos los aperitivos al aire libre, con berberechos y patatas y aceitunas y abejas que quieren bañarse en los vasos de refresco”…

Al final, pone en valor las pequeñas cosas de la vuelta a casa, dejando intuir todo lo bonito que tiene el otoño y la vida cotidiana si se sabe vivir desde la paz de espíritu…:

“Y de repente llega una brisa que te pone la piel de gallina (…) Y aquel roce inocente en los brazos desencadena un montón de sensaciones. Te dan ganas de volver a los horarios, de tener la agenda apretada, los hijos en la universidad o en la escuela, como debe ser. Quieres ponerte pantalones vaqueros y un jersey que abrigue, y calcetines y botas. Y te preguntas si es posible esta añoranza de la rutina que te ha hecho renegar tan a menudo durante el curso“.

Las buenas vacaciones -para mí al menos- lo son en la medida en que facilitan poder reposar y reflexionar y -¿por qué no?- dar rienda suelta a la imaginación, y darse permiso para sentir y para soñar, cómo querríamos vivir siempre. A ciertas edades a desear que la -temida o/y anhelada- jubilación sea un período rico y alegre, como unas vacaciones eternas bien aprovechadas.

Ignasi Aragay escribía el pasado domingo en el periódico “ARA” (ya como quien dice -y pensando en el periodo de vacaciones- en “tiempo de descuento”) lo siguiente:

“El día que sea mayor de verdad, el día que efectivamente sea viejo, elegiré una ventana con vistas al mar, al cielo y al Canigó. Somos así: nunca dejamos de soñar, hasta el final.

Adormilado, me estiro sobre la arena, beso el cielo. Entonces siento la voz interior que me alerta: el tiempo de las mariposas amarillas ha acabado. ¡Adiós a la magia! Ay, amigos, todo se acaba”.

Soñar para hacer más digerible la realidad. Hacer realidad los sueños que nos permitirán ser mejores personas, es un esfuerzo motivador que no debemos abandonar nunca para ser capaces de disfrutar cuando el tiempo de las mariposas y la magia parezca que acaban.

Estos días, terminadas las vacaciones, con el reencuentro con la cara más agresiva del sistema, he observado, he sentido, en las miradas de mucha gente y en sus comentarios, el predominio de una cierta melancolía, aunque generalmente más dulce que agria. Ciertamente, en algunos casos la contrariedad derivada de tener que volver a la “normalidad”, al “sistema enemigo de la paz interior”, era evidente.

Dejando de lado a los humanos más virtuosos que viven en paz y armonía en una sociedad que no lo facilita, la mayoría de mortales necesitamos pequeñas treguas. Es cierto que hay quien interioriza la máquina (auto) destructiva tanto, que ni siquiera en vacaciones llega a detenerla. Pero afortunadamente, para muchos, el tiempo de descanso estival es un periodo de quietud y reencuentro, de buenos propósitos que -más allá de que quizás no pasen de aquí- son sinceros. Si estos se desvanecen al volver a casa, al trabajo, los primeros días pueden resultar duros, tristes y teñidos de melancolía…

Es lunes 5 de septiembre. Voy al hospital y me encuentro a conocidos y algún amigo. Para muchos es el primer día de trabajo después de vacaciones…

-¡¡¡Hola!!! ¿Cómo estás? Haces buena cara…

-Bien. Estoy bien. ¿Qué haces por aquí? Ahora ya no te veo. Parece mentira cómo pasa el tiempo. No hace tanto que nos dejaste…

-¿Has ido a Lanzarote este año?

-¡Sí, claro! Unos cuantos días durante la primera quincena de agosto…

-Así que coincidimos en la isla unos días. No nos encontramos, por eso… Nunca te agradeceré lo suficiente que me la redescubrieras. Recuerdo perfectamente el día en que lo hablamos. No sé a santo de qué yo comenté que me gustaba mucho y que iba de vez en cuando en invierno. Tú me hiciste saber que ir en verano era muy atractivo. Qué curioso que nunca se me hubiera ocurrido…

-La verdad es que se está muy bien. Yo siempre voy a un hotelito sencillo pero agradable y confortable. Ahora estamos buscando para alquilar o comprar algo…

Me despido y a continuación mi intento de ir a desayunar se ve de nuevo agradablemente interrumpido por el encuentro con otro colega. Hablamos de las vacaciones ya que acaba de reincorporarse al trabajo.

-¿Qué has hecho? ¿Te has ido al extranjero?

Me mira, y vivo y simpático como es, sonríe, mira a ambos lados como queriéndose asegurar de que nadie lo escuchará y con complicidad y estando seguro que no le malinterpretaré comenta:

-Como dice un amigo mío, viajar es “de pobres”…

No le malinterpreto. Pobres de espíritu -algunos, no todos los que viajan- que no gustándose van lejos para tratar de huir de sí mismos y, claro, difícilmente lograrlo.

Se trata de una buena persona que aprecia la paz y la tranquilidad derentrée
las vacaciones y que no le apetece el ajetreo y el cansancio de los viajes. Me cuenta que las idas y venidas al aeropuerto a acompañar amigos y familiares, viendo el trasiego febril de gente con maletas, han acentuado este sentimiento de estima a quedarse en algún rincón tranquilo.

Finalmente llego allí donde quería ir: a la cafetería del hospital. Hoy tengo razones para hacer una excepción e ignorando mis estrictos hábitos alimenticios, pido un apetitoso bocadillo de jamón y un café. Me siento en una mesa disponiéndome a correr el riesgo de hojear un periódico que hay por allí -y por tanto poner en riesgo mi bienestar-, cuando veo entrar a un tercer colega que, se gira, me mira, le saludo, al principio no me reconoce, pero enseguida sí. Se acerca a la mesa y de pie me cuenta -transmitiéndome con la cara y la postura una mezcla de ausencia, de disconformidad, tal vez de traición a sí mismo por haber vuelto- que es el primer día de trabajo tras las vacaciones. No se le ve sosegado. Le invito a sentarse. Se acerca a la barra a comprar algo para desayunar y se sienta frente a mí… El inicio de la conversación, estándar para romper el hielo:

-¿Qué haces por aquí? ¿Estás bien?

-Pruebas. Espero estar bien…

Pienso que los periodos de incertidumbre en los que esperas que no se confirme un mal diagnóstico tienen una potencia “antisistema de la de verdad” -no confundir con la charlotada de la “nueva política”- extraordinaria…

El colega, como tantos médicos, combina la práctica pública con la privada. Es de los convencidos del valor social de la sanidad pública, a la que ha dedicado su vida. Pero, también como tantos colegas está “quemado”. Un cierto burnout que en el momento que lo encuentro -el de empezar a trabajar después de vacaciones- se deja notar con intensidad…

Me dice:

-Estas vacaciones he estado pensando que todo esto no merece la pena… Tengo ganas de cambiar. El tema no es económico. Hace años que lo que gano haciendo una sola intervención privada al mes, rebasa mi salario en la pública. Pero no es eso. Si lo fuera ya haría tiempo que hubiera marchado… Este sistema cansa. Siento que no vale la pena el esfuerzo…

El “sistema”, pienso yo. Después de unas vacaciones tranquilas lejos del ruido, de experimentar la paz y la tranquilidad, volver a “esta guerra”… Le comprendo muy bien… Los recortes, por supuesto. Pero peor que los recortes el nuevo paradigma de lo “público” impulsado por populistas que guiados por el odio y el espíritu de revancha, está expulsando -desde la ignorancia- la inteligencia y los mejores profesionales de la esfera pública. El que tengo sentado delante es una de tantas víctimas. Algún día, cuando se constate con toda la crudeza y sin paliativos el desastre que está en marcha, la desolación será abrumadora…

-¿Has viajado? (le pregunto)

-No. Me paso el año viajando por trabajo y estoy harto. ¡Solo fui con mi mujer a visitar a unos familiares en las islas un par de días y encima nos perdieron las maletas! (¡¡¡Vueling, claro!!!) Tengo ganas de dejar de trabajar o reducir drásticamente la actividad…

-Así eres de los que no tiene miedo a la jubilación.

-¿Miedo? Con las cosas que tengo que hacer y que tengo ganas de hacer, tener que aguantar todo esto…

Si se va, el bien común se resentirá. Si se va, el “sistema” -¡¡¡en este caso un sistema gobernado con los cánones de los antisistema!!!- habrá ganado para que pierdan todos. Pero él durante estas vacaciones “ha fomentado la paz interior” y, claro…

El “sistema” está agotado y los “antisistema” hacen patente día sí y día también que lejos de formar parte de la solución, agrandan el problema…

Se comprende que la reflexión y el reencuentro con lo auténtico inviten a alejarse de esta espiral de locura. El ejército de los que desde el anonimato procuran crear pequeñas islas para humanos va creciendo al margen del “sistema-sistema” y del “sistema-antisistema”.

Durante el día pienso repetidas veces en esta conversación y en la cara y la mirada de mi interlocutor.

Al final de la jornada decido terminar la lectura de la penúltima obra que escribió Saramago, “El último cuaderno”, un compendio de los textos escritos para su blog entre marzo de 2009 y junio de 2010. Murió el 18 de junio de 2010 y el último post es del día 2 de junio de ese año. Solo tiene dos palabras -la fuerza ya era escasa-  “Obrigado, Mankell”, en agradecimiento al escritor sueco por participar en la flotilla de barcos que llevaban material de ayuda a Palestina y que fue atacada por el ejército israelí…

Bueno, en el post del 31 de julio de 2009, dedicado a Álvaro Cunhal -que fue Secretario General del Partido Comunista Portugués, del que Saramago era militante y con el que había discrepado más de una vez-, se puede leer:

El mundo siguió su camino y nos dejó atrás. Envejecer es no ser necesario. Todavía necesitábamos a Cunhal cuando él se retiró. Ahora es demasiado tarde. Aunque no conseguimos disimular esta especie de sentimiento de orfandad que nos invade cuando pensamos en él. Cuando pienso en él”.

Yo creo que no ser necesario, más que envejecer significa morir. Envejecer puede que no permita producir en sentido sistémico, pero la experiencia y la sabiduría de los mayores son una gran fuente de riqueza. ¿O es que aquel viejo que sueña ser Aragay, y que quiere morir mirando al mar, el cielo y el Canigó, no es muy necesario, imprescindible?

Cuando -como hoy mi colega médico- la gente habla de retirarse antes de los 60, lo que muy frecuentemente quiere indicar es que su aportación ya no tiene sentido hacerla al sistema desde el sistema. Ni, atención, mucho menos, desde el antisistema. Tiene sentido hacerla desde la independencia que proporciona la desvinculación del enemigo de la paz interior, del hombre y del Planeta.

Acabo haciendo mención al comentario amable que me habéis hecho muchos lectores este verano sobre una supuesta mejora en la calidad de mis posts (¡gracias!). Y creedme que no lo hago por vanidad. Quisiera pediros que analicéis si lo habéis hecho movidos por la lectura de los posts escritos durante las vacaciones… Si es así -que sospecho que sí- no me extrañaría que este post no os guste tanto. Yo no lo considero del mismo nivel. Será que la vuelta al “core del sistema” ya ha empezado a carcomer mi paz interior. ¡¡¡Digo yo!!!

Pero no os preocupéis, somos fuertes, somos resistentes, ya empezamos a, como el diablo, saber un poco más por el hecho de envejecer y desde donde ahora nos toca, intentaremos hacer lo que hay que hacer tan bien como sepamos… La calidad y los resultados no siempre serán de alto nivel. Pero confiamos en que el balance sea positivo para los más inmediatos. Si lo es para ellos, lo será para el conjunto…

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2 comentarios sobre “FOMENTAR LA PAZ INTERIOR VA CONTRA EL SISTEMA

  1. Josep Maria,
    Somiar sense perdre el sentit de la realitat, estar a dins observant-ho des de fora, experimentar la voràgine quotidiana sense perdre la serenitat … Aquest és el repte!

    1. josepmariavia dice:

      Un grandíssim repte!!! Els tres components del teu comentari, tot i referir-se a un mateix tot, són, cadascun d’ells un gran repte.

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