En el último post (ver “Escritos del desconfinamiento (2). Miscelánea” del 12 de junio del 2020) hablaba de la diferencia entre soledad y monotonía y explicaba que, en mi caso, al llegar a los 70 u 80 días de confinamiento me sentí acosado por la monotonía y por la forma de teletrabajar. La multiplicación de reuniones para cualquier cosa, que normalmente se resolverían con una llamada de teléfono de cinco o diez minutos, ha terminado formando parte de esta monotonía. Me refiero a las reuniones innecesarias, aburridas y poco productivas.

Por el contrario, he apreciado extraordinariamente pequeñas cosas de la vida como ir a un restaurante o tomar un aperitivo en una terraza. La nueva normalidad temprana nos hace valorar extraordinariamente las cosas más normales de lo cotidiano, por el hecho de haberlas perdido. Del mismo modo que he valorado la libertad de movimiento cuando después de haber tenido un nieto, el primero, hace dos meses, aún no he podido ir a visitarlo al Cono Sur sudamericano, donde vive. ¡Todo llegará!

Ayer, día 13 de junio, exactamente tres meses después de no haberlo hecho, cogí la bicicleta para volver a hacer kilómetros por el Delta. Hay que decir que la meteorología contribuyó, y mucho, a la sensación de haber recuperado muchos grados de libertad. Temía por mi forma física. Durante estos tres meses solo he caminado, y no todos los días, y he ganado peso. Caminar acabó convirtiéndose en monótono y comer era una de las formas de romper la monotonía, a pesar de los riesgos asociados para la salud de acabar comiendo, más o menos, compulsivamente.

Bajé desde casa hasta el mar. Hacía un viento agradable que, de todos modos, durante la vuelta fue a más, dificultando el pedaleo. Mientras bajaba veía nítidamente el horizonte que separaba el mar azul precioso del cielo azul claro, casi blanco. Cuando llegué a la zona urbana -aproximadamente a 1 kilómetro del inicio del Delta- vi los efectos de la fase 3 sobre los restaurantes. Por fin La Barraca había abierto. En esta época, y en días con ventisca como hoy, en la terraza se está bien. Está a pocos metros del mar y las vistas de la costa del Delta son preciosas.

Nada más entrar al Delta, vi y disfruté del verde de las plantaciones de arroz que comienza a crecer. Desde casa ya hace unos días que veo el Delta verde, pero pedaleando por caminos entre campos de arroz y viendo a las aves aterrizar y despegar de los mismos campos, he visto de cerca cómo la naturaleza ha seguido su curso mientras hemos estado confinados y, aunque esta no es una zona de gran contaminación ambiental, seguro que la disminución de emisiones de CO2 también se ha notado.

Muchos de los efectos del Gloria, aún no se han reparado. De todos modos, esta tierra móvil ha cambiado desde el 14 de marzo. Ha habido un par de temporales más, nada que ver con el Gloria, afortunadamente, pero suficientes para desmontar la playa del Goleró, hacer que el agua haya ganado terreno y la arena haya ido a parar tierra adentro, anulando caminos que habitualmente transitaba en bicicleta. He tenido que buscar rutas alternativas, ante la dificultad de pedalear en la arena.

La primera colonia de flamencos me la encontré más al noroeste de donde los veía en invierno. Me senté y me pasé un buen rato observándolos. Continué haciendo más paradas de lo habitual. Necesitaba saborear el paisaje, como si se pudiera recuperar el tiempo perdido. En ese entorno las reacciones tóxicas, la agresividad y la ira que ya he comentado en este blog, que surgen con el desconfinamiento, afortunadamente quedan lejos. El Gloria ya se encargó de dar buena respuesta a la estupidez humana a finales de enero. Pasan «Glorias», «Coronavirus» y no parece que aprendamos mucho…

El trayecto que hice, fue corto comparado con los habituales. Después de tres meses sin pedalear, me pareció prudente no forzar excesivamente los pulmones, el músculoesquelético y la psique de un organismo malacostumbrado por -a pesar de los esfuerzos para minimizarlo- el exceso de sedentarismo. El Zoom, el Teams, el Skype, Jitsi Meet… útiles para trabajar, pero usados ​​abusivamente, han sido enemigos implacables de un estilo de vida saludable.

De vuelta a casa me detuve en La Barraca. Durante dos meses largos no salí del entorno inmediato de casa, lejos de la zona urbana. Desde hace unos 15-20 días bajo, de vez en cuando, hasta la playa y siempre veo La Barraca cerrada. Encontrármela abierta ha sido un estímulo inesperado, ideal para rehidratarse, disfrutando de las vistas maravillosas que se ven desde ese lugar. Un par de conversaciones telefónicas con amigos. Uno de ellos celebrando el primer reencuentro de toda la familia cercana -hijos, nueras, nietos- en Sant Antoni de Calonge, en mi querido Empordà, donde pasaba temporadas durante años.

Esta pincelada de lo que significa por ahora, para mí, la nueva normalidad, básicamente apreciar mucho pequeños detalles que nos habían sido negados durante los meses anteriores, este esbozo, no sería completo, sin incorporar novedades menos agradables.

Un mensaje llega al móvil anunciándome otro (¿hasta cuándo?) programa de TV que contribuirá a incrementar la sensación de que las residencias de ancianos son lugares siniestros, tenebrosos y peligrosos para nuestros abuelos, sin dejar claro que no son centros sanitarios y que lo que ha fallado -y no está bien resuelto- es la atención sanitaria. Esto induce a cuestionar a los profesionales de las residencias, que no son sanitarios y, por tanto, no pueden tratar enfermedades ni curarlas, pero que han hecho su trabajo de forma impecable y admirable. No me saco de la cabeza el daño que hace y hará este tipo de abordaje al sistema residencial. Parecido al que sufren también los centros sociosanitarios y sanitarios.

En cuanto a la judicialización que ya se está viviendo, generará muchos problemas y ya los está generando. Los profesionales sanitarios, que llegaron muy «quemados» cuando les tocó «echar el resto» contra la pandemia, están al límite y, ojo… Si finalmente se produce un rebrote en otoño, no tengo claro que la capacidad de respuesta que tengan les permita mantener el grado de sobreesfuerzo que han hecho entre marzo y mayo/junio.

Reproduzco un fragmento de un artículo publicado por una gerente, médica, de un gran hospital universitario de Cataluña: 

“El ambiente político propicia el desacuerdo en vez de las sinergias. Que haya fiscales que investiguen los protocolos de ingreso a las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) o que haya un aluvión de demandas en los juzgados porque los EPI no estaban disponibles, ni en los hospitales ni en el mercado, o que la Guardia Civil investigue al único profesional que ha estado al pie del cañón dando la cara ante el país entero, en medio de una crisis sin precedentes, desanima”.

Bueno, este es el estado de ánimo. Apuntar, a pesar de que se adivina, que el profesional investigado es Fernando Simón, que ciertamente fue el único profesional sanitario que, durante el estado de alarma, excepto los días que la COVID-19 lo recluyó en casa, informó cada día, a menudo acompañado por políticos y policías que conformaban una imagen singular y extraña. Pero esto fue así, por la lamentable centralización de competencias. Esto no quita que investigar a Fernando Simón por lo que se le investigó, sea lamentable. Especialmente cuando todos hemos sabido el nombre del máximo responsable de hacerlo. Acosar a profesionales sanitarios, centralizar y militarizar actuaciones sanitarias -no en vano, ningún país de Europa ha tenido menos años de gobiernos democráticos en los últimos dos siglos- y ver a unos políticos tirarse a los muertos por la COVID-19 por la cabeza en un continuo de debates violentos y poco constructivos, no ayuda.

Marisa sí ha abierto La Barraca, pero no sin miedo. Podría habilitar mesas en el interior, pero no lo hace. Los cubiertos y servilletas vienen dentro de una bolsa de cartón, para que no queden expuestos sobre las mesas. Para mirar la carta, te facilitan el enlace con la web del restaurante. Si tienes que ir dentro al WC, solo puedes acceder con mascarilla. Ella sufre por su madre, que empieza a tener una edad. Pero ella misma ha vivido con mucha angustia la pandemia y con tristeza el aspecto solitario del paisaje durante esta primavera.

Se acercó a la mesa, contenta de volver a verme -un cliente que vuelve, también se ha convertido en un pequeño detalle que se aprecia- pero sin ocultar su preocupación por lo que pueda pasar, en general y en el restaurante. Como tanta gente, tiene que abrir sí o sí, a pesar de que ella no lo haría, si quiere dar opciones de sobrevivir al negocio.

Me cuenta que ha cumplido escrupulosamente con todos los requisitos de todas las fases del confinamiento y más. Ya lo he dicho, podría acoger clientes en el interior y no lo hace… intuyo que estoy ante una persona que será muy crítica con los que -la mayoría, yo creo- han sacado pocas o ninguna lección de lo que hemos vivido. Sufrirá, sin embargo, por el tipo de negocio que tiene… Se tendrá que callar hasta donde se pueda aguantar, en más de una ocasión…

«Me he pasado horas sentada en el balcón de casa estos meses. Y suerte de tenerlo. Como todo el mundo, he engordado. El cierre nos cogió con un montón de comida -¡y de vino, por cierto! – en las neveras del restaurante…».

Se va y yo sigo sentado mirando el mar, que está como un lago. No como el teléfono, al que no paran de llegar mensajes de compañeros irritadísimos -me cuesta encontrar una palabra que no sea una «palabrota»- con el recuerdo de los aplausos de las 8 de la noche, con el trato que reciben ahora por parte de algunos familiares de enfermos, por las inspecciones varias (salud, trabajo…), Fiscalía y «tutti quanti». No puedo evitar preguntarme «cuántos de estos, cuando venga el rebrote cogerán la baja en una actitud de ‘ya os apañaréis sin nosotros’».

Quien no sepa de qué va, quizás dirá: «¿Tan sinvergüenzas son?». ¡¡¡Yo digo, aparte de no saber qué harán a la hora de la verdad, que entiendo perfectamente que estén hartos!!! ¿Ahora Fiscalía a revisar los protocolos de las UCI? ¿¿¿De verdad???

Una compañera que vivió toda la pandemia al pie del cañón, en urgencias de un hospital, durante larguísimas jornadas de trabajo y doblando y triplicando guardias me dice: 

“El escarnio que se hace de las residencias, es simplemente una forma de desviar la atención del problema real, que no es otro que la falta de recursos y también de una legislación/normativa común para todas y de obligado cumplimiento”.

“Siguen diciendo, incluidos políticos y alguna ministra, que el Ejército encontró personas fallecidas en sus camas. ¡¡¡Y lo dijeron como si les hubieran dejado morir!!! Debían ignorar que en aquellos días las funerarias no daban abasto. Si incluso para retirar los fallecidos de los hospitales fue tremendo, ¿cómo no lo iba a ser de las residencias? Mucha medalla pero un profundo desconocimiento del sistema sanitario. Calladitos hubiesen estado más guapos. ¡¡¡Si no tienes ni idea, por lo menos no intoxiques!!!”.

“Ver a la Fiscalía pedir los protocolos de ingreso en UCI, de unos hospitales que han estado al borde del colapso, tampoco es justo. Pero en vez de sentarse a buscar soluciones, van a ver a quién cargan las responsabilidades…”.

Esta es una pequeña muestra de cómo está el ambiente entre nuestros profesionales… Mientras tanto, mucha «Comisión para la reconstrucción…», mucho ego enorme campando, muchos intereses corporativos, sectoriales, patronales, sindicales, políticos… prácticamente ninguna propuesta para resolver la falta de médicos y enfermeras en las residencias de ancianos, y falta de consenso sobre el «cómo» aplicar una solución.

Llama la atención que ante algo tan evidente, la falta de profesionales sanitarios en las residencias, no haya capacidad de acuerdo en cómo resolverla. Demasiados días he tenido la sensación de que prevalece lo de que «si no se hace como yo digo, no lo apoyaré», sobre la preocupación real por la situación de riesgo en la que, todavía, tenemos a las personas mayores. Ojo, si mañana hubiera un rebrote grave, la situación no sería idéntica en las residencias -algo se ha aprendido-, pero sí muy parecida, porque en la práctica pocas cosas han cambiado. Mientras tanto, los políticos siguen discutiendo si las residencias tienen que pertenecer a Salud o Servicios Sociales, si pueden seguir bajo un Departamento de Trabajo, en discusiones de apariencia estructural -que ni que lo fueran, no es ahora la prioridad-, pero que a menudo esconden afanes competenciales sectoriales o personales. ¡Una vergüenza!

Es una pena que los Media no consideren aún noticia que las residencias siguen prácticamente igual que como estaban. ¿Esperarán el rebrote y las futuras muertes, para volver a hacerse eco de las quejas de los familiares?

Tampoco debe ser noticia, no les debe parecer relevante, que los profesionales sanitarios hayan llegado a un estado límite, que estén indignados porque ya parece que han caído de nuevo en el olvido, más allá de la

La Vanguardia

ridícula paga única, que parece que recibirán pronto. Un «premio» que, personalmente, me parece ofensivo. ¿Quizás serán noticia solo si en un eventual rebrote, no estuvieran dispuestos a dejarse la propia salud como han hecho durante estos meses? Estoy seguro de que no lo harán, más allá de lo que la resistencia física determine. Pero es una pena que todos los que los denuncian e investigan sean noticia, y ellos no.

Afortunadamente, en el Delta, la llegada del verano astronómico parece que coincidirá con el verano real, que siempre ayuda, en especial después del confinamiento. Espero que mientras va creciendo el arroz los eventuales rebrotes sean pequeños y controlables. Si como nos avisan, en otoño, el coronavirus rebrota con cierta agresividad, la belleza del Delta no se verá alterada… Pero sí, todo parece indicar que el virus continuará ensañándose con la vejez. Y, ojalá me equivoque, pero, si eso ocurre, me temo que las residencias de mayores, si no cambian mucho las cosas este verano, volverán a ser noticia…

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