AYUNTAMIENTO DE SANT CUGAT DEL VALLÈS 1958

“En el Canadell hay una señorita tan distinguida y cuidadosa que a un barómetro lo llama ‘berómetro’. En cambio, los pescadores, a un termómetro lo llaman ‘tarmómetro “.

Josep Pla. “El Quadern Gris”. Escrito -o iniciado, al menos- durante la pandemia de gripe española de 1918.

La cita de Pla me evoca a los años pasados ​​en Calella de Palafrugell. Del Canadell y la playa del Canadell podría explicar muchas historias… Quizás un día lo haré. ¡El “melting pot” -según cómo bufonesco- de Calella, es todo un tema! Pero hoy hablaré de mi pueblo.

Cuando era pequeño, un personaje característico de muchos pueblos, era “el tonto del pueblo”. Hoy una expresión de este tipo a lo mejor te puede llevar a la cárcel, o al menos a dimitir de ministro cuando se hace púbico que un día escribiste una barbaridad de este calibre. Ahora no voy a entrar en la grave patología mental colectiva, mucho más mundialmente pandémica hoy en día que el coronavirus. Me limitaré a decir que confío en que nadie vea herida su sensibilidad en esta descripción. Subrayo que es una descripción. Hay que ponerse en situación: la vida en nuestros pueblos, durante el franquismo, en este caso los años 50 y 60. Las cosas eran como eran… Y entre todos permitimos que el dictador muriera tranquilamente en su cama y que nombrara sucesor. Y vamos por el sucesor del sucesor cuando, de repente, descubrimos que quizás todo sigue “atado y bien atado”.

Bueno, vamos al grano. Recuerdo, de mi Sant Cugat infantil, a “el Diego tonto”, “los tontos de la calle Major”, el Pantaleó y unos hermanos de corta edad a los que llamaban los “Anastasios”, o los “Ambrosios”, no recuerdo bien, porque su padre se llamaba así.

Hace tiempo que noto -confieso que con cierta preocupación- que me falla la memoria. Todo el mundo le quita importancia o alude a la normalidad de la cosa, dada la edad…

Ciertamente, la memoria es selectiva, tiende a borrar los malos recuerdos. Curiosamente recuerdo cosas de cuando era muy, muy pequeño. Más allá de la cosa de conservar la memoria antigua y perder la reciente -¡mal asunto!- queda la duda de si recuerdas o has transformado una serie de explicaciones de los padres o de personas del entorno, en un falso recuerdo. Ahora me vienen a la mente dos recuerdos. Uno que tiene la apariencia de ser de esta última categoría, los falsos recuerdos elaborados a partir de explicaciones, y otro que es, sin duda, un recuerdo real de cuando tenía cinco o seis años. Más bien cinco.

El primero es de cuando pasé las paperas. Yo no sé cuál era la política de vacunaciones a finales de los años 50, principios de los 60 pero, o era deficiente, o mi pediatra no estaba al día o… no sé. Pero pasé casi todo lo que se podía pasar: el sarampión, la escarlatina, la tos ferina, la rubéola, la roséola, la varicela… Afortunadamente ya vacunaban de la polio -recuerdo a personas un poco más mayores que yo o de la misma edad, que cuando la pasaron, los llamaban los del “zapato grande” por el tacón alzado que se tenían que poner en la pierna que se había quedado más corta- y también de la viruela. También tengo que agradecer que las aparatosas paperas que pasé, no se complicaran. Por suerte, las paperas -hoy casi desaparecidas, como casi todas las citadas, gracias a las vacunas- pocas veces acababan provocando infertilidad y aún menos en niños pequeños. Tengo dos hijos bien sanos y fuertes.

El caso es que yo recuerdo estar en la cuna, en el lado derecho de la cama de mis padres, abrigado como si tuviera que ir al Polo Norte, con un gorro de lana blanca y un jersey a juego, de la misma maldita y gruesa lana, ahogándome de calor. No sé si era invierno o verano, pero da igual. A mi madre le daba igual. Siempre que estábamos enfermos nos abrigaba, no fuera caso que… (!). A todo este equipamiento polar, añadió un pañuelo que apretándome la papada, subía lateralmente hacia las dos orejas -cubriendo las parótidas, las glándulas que se inflaman y provocan la parotiditis, conocida como paperas- y que acababa anudado a la cabeza, con un doble nudo, bajo la gorra gruesa de lana que, para que no me la arrancase, me la ataba a la misma papada, justo encima del pañuelo antes mencionado. ¡No recuerdo si bajo el pañuelo ponía Vicks VapoRub, o me confundo con los cuadros catarrales en los que no me libraba de ser untado con aquella pasta pegajosa, que me la ponían en el pecho y encima un algodón para no manchar la ropa! Desde entonces la pestilencia mentolada, me repugna por asociación de ideas.

El famoso pañuelo que mi madre me anudó a la cabeza, me transporta a la primera vez, en mi vida, que vi a un difunto (¡supongo que los freudianos os lo estáis pasando en grande!). Era el señor Blai de cal Roura. Es decir, el señor Blai Roura -borrosamente creo recordar que de origen ampurdanés, pero no lo sé a ciencia cierta. Diría que era de Palamós y que su hermano tenía una pastelería en la villa ampurdanesa- el dueño de la pastelería Roura, donde los días de cada día comprábamos el desayuno (un croissant, una ensaimada o un bollo al que le ponían mantequilla con jamón dulce o salado, catalana, mortadela o queso) y los domingos comprábamos un roscón o un brazo de gitano, de crema, de nata o de chocolate, tanto en el primer supuesto, como en el segundo.

Mi recuerdo del señor Blai es el de un hombre mayor, con ojos claros y cara seria y un poco triste. Se levantaba a las 3 o las 4 de la madrugada para trabajar en el horno y el obrador, para endulzarnos la vida en aquellos grises y dictatoriales años 60. Bueno, cuando lo vi muerto en su casa, acostado en su cama, me intrigó el pañuelo que anudado a la cabeza le sujetaba las barras para que no le quedara la boca abierta. ¡Era idéntico al que me había puesto mi madre a mí cuando tuve las paperas! Igual que el difunto señor Blai, yo tampoco podía abrir bien la boca, ni respirar bien. En el caso de mi madre, el hecho de abrigarme y ponerme aquel “pañuelo/camisa de fuerza”, tenía que ver con el pánico que siempre ha tenido ella a las enfermedades y su relación con la muerte. Por lo tanto, con su concepto de vida y de estilo de vida (!).

Mi madre, de muy jovencita, sobrevivió a la tuberculosis -que la dejó un año clavada en la cama, tratamientos de la época- gracias a que mi abuelo logró obtener las dosis necesarias de la recién aparecida penicilina, en el extranjero. A lo largo de su vida ha pasado por ocho o nueve intervenciones quirúrgicas y su mala salud de hierro, la ha llevado hasta sus 87 años, a vivir sola desde que enterramos hace seis años a mi padre -que siempre había tenido una salud excelente-, continuando -como siempre- quejándose de sus dolores y enfermedades, con la cabeza clara y una limitación de movimientos relativamente leve para la edad. ¿Nos enterrará a todos? No lo sé. Todo esto para decir que mi madre, para que no enfermáramos o nos muriéramos, era capaz de atarnos un pañuelo a la cabeza, como el del difunto señor Blai. No descarto haber estudiado Medicina para acabar de averiguar un poco más sobre el tema…

Cuando explico que yo soy de pueblo para, a continuación, decir que nací en Sant Cugat del Vallès los que me miran con cara de decir “¡va hombre, va! De pueblo dice”, ignoran que en 1958, el pueblo tenía 8.000 habitantes, muchas calles no estaban asfaltadas, ni tenían alumbrado, no sé si había más carros y caballos que coches, pero había muchos y también muchos agricultores. Tengo un buen recuerdo de ver, en la época de la vendimia, carros cargados de portadoras con uvas, ir hacia la bodega a llevarlo para hacer vino. Por cierto, una bodega modernista preciosa, que como la de Pinell de Brai, aquí en las Terres de l’Ebre, es obra del arquitecto de Valls, César Martinell.

Bueno, volvamos al difunto señor Blai, muerto en un Sant Cugat rural. Si siempre me había parecido viejo, en vida, el señor Blai, una vez muerto me pareció muy viejo. Además, si bien se esforzaron para que no se le abriera la boca, no le cerraron sus ojos claros. No creo que la tanatopraxia estuviera muy implantada en ese pueblo del Vallès Occidental. Creo recordar que decían que había muerto joven. Seguro que era bastante más joven de lo que yo soy ahora, pero a mí me parecía muy viejo. “Tantos años de madrugar, de no descansar y de trabajar tanto, han acabado con él”, decía la gente.

PASTELERÍA ROURA

Del mismo modo que no me acuerdo de la edad del difunto señor Blai, tampoco me acuerdo de la mía (no perdáis el hilo y, al menos vosotros, acordaos, de que todo esto venía por la memoria). Pero era pequeño. ¿Once años, por decir algo? No sé por qué mi padre me llevó al velatorio del cadáver de nuestro preciado pastelero. Todo era extraño. Su habitación creo que estaba en el piso de arriba, al que se accedía por una escalera estrecha (tal vez en realidad estaba en la planta baja y se accedía por un pasillo estrecho). Había gente en la calle, dentro la casa, en la habitación del fallecido, haciendo los comentarios de rigor en estas ocasiones. Eso sí, no había -creo- ni comida ni bebida. Lo digo porque en la adolescencia me tocó ir al velatorio y entierro de una hermana de mi abuelo, en un pequeño pueblo de la provincia de Castelló y la escena que tengo grabada en la memoria es de película de Fellini. La casa de la difunta estuvo llena de gente toda la noche -el cadáver se velaba desde el momento de la muerte, hasta que lo enterraban, día y noche- y terminó pareciendo un casino. La gente no paraba de beber, de comer, de fumar, de hablar gritando, de reír estridentemente….

No sé por qué en Sant Cugat no había ni comida ni bebida. Aunque fueran unas lionesas para honrar la memoria del difunto. ¡Pero no! ¿Será verdad que los catalanes somos agarrados? ¿Simplemente más austeros o discretos? No lo sé… Quién me iba a decir que al cabo de los años presidiría el Consejo Asesor de una gran compañía funeraria, propiedad de un fondo de inversión canadiense y que acabaría aprendiendo mucho -más que estudiando y haciendo de médico- sobre el final de vida, la muerte, el duelo y los ritos mortuorios según las diferentes culturas y su evolución en el tiempo. Bueno, no hay duda de que comer, beber, reír y disfrutar, además de ayudar a liberar la tensión del momento, ayuda a la familia a la preparación para el duelo. Pero en mi pueblo, entonces, esto no funcionaba así.

Me impresionó la profesionalidad del señor Lluis de la casa de “ca l’enterramorts”. Era invierno y el hombre llegó con un abrigo grueso, de color casi negro aunque no exactamente y, eso sí, corbata de riguroso negro, bigote a juego con la corbata y pelo repeinado igual de negro. No sé si era natural, o la indiscutible profesionalidad del hombre hacía que se tiñera con el tinte más oscuro disponible en ese momento. Recuerdo que alguien dijo que se ponía betún negro en el pelo y yo me acerqué para olerlo y no lo percibí. (Esto me hace pensar que cuando fui Secretario del Govern de la Generalitat, uno de los consejeros sí que se ponía betún negro para teñirse el pelo). El rasgo más revelador de la profesionalidad del señor Lluis era, sin embargo, la expresión de su cara, una cara de dolor profundo. Como si el fallecido fuera su hermano gemelo. Esta actitud se agradecía. Era la cara que tenía siempre, cuando te cruzabas con él por el pueblo. Llevaba bajo el brazo una carpeta, algún portafolio, no sé muy bien… Seguramente un muestrario de cajas de muerto, de recordatorios… El señor Blai yacía sobre la cama sin caja todavía. Tendrían que elegirla y ese sería el motivo de que el diligente señor Lluís fuera con aquel fajo de papel bajo el brazo.

¿Os habéis perdido? Bueno, rehagamos el camino en orden inverso. Al difunto señor Blai Roura de la pastelería Roura, para que no se le quedara abierta la boca con el rigor mortis, le anudaron la mandíbula con un pañuelo atado a la cabeza, como el que mi madre me puso a mí para, supuestamente, protegerme de las paperas. ¿Puede que el impacto fuera tan grande que, a pesar de tener, no sé, dos años, recuerde esa imagen? ¿Simplemente he reconstruido una historia contada transformándola en recuerdo? Mis compañeros expertos en neurociencias o desarrollo infantil lo podrán decir. Eso sí, mi memoria es gráfica. No llega quizás a fotográfica, pero veo las imágenes. Bueno, acabo recordándoos que me falta explicar el segundo recuerdo que, tengo claro, que lo es de verdad.

Estaba en el parvulario sentado en una silla tan pequeña y bajita como la mesita, con unos cuantos niños y niñas más, mientras la señorita Maria explicaba algo que los tenía a todos boquiabiertos. ¡Como casi siempre, recuerdo la imagen, pero sin sonido! Tengo claro que mis compañeros se habían metido en la historia de la señorita Maria y ponían cara de alucinados. Yo pensaba: “¿Y si no es verdad? ¿Por qué se lo creen? Tal vez es cierto o tal vez no… “.

Yo quería mucho a la señorita Maria. La cité en los agradecimientos de mi tesis doctoral, por el hecho de haberme enseñado a leer y escribir. ¡Basta con decir que -en principio- nunca hubiera podido hacer una tesis doctoral siendo analfabeto! Pero eso no tenía que ver con mi escepticismo que, ya veis, viene si no “de fábrica”, prácticamente. Durante años me han hecho darme cuenta de mis dificultades para expresar algunas emociones y/o me han tachado de pesimista. Bueno, no sé si es así. ¡Pero si algo hay de eso, debe tener que ver con este escepticismo ancestral que todavía me acompaña!

Siguiendo atrás vuelvo al principio, para no cerrar en falso la narración: “los tontos” de mi pueblo.

“El Diego tonto”, me daba miedo. Me acuerdo yendo por Sant Cugat con mi padre -a mi padre le encantaba salir a pasear- que cuando lo veía de lejos, con su boina negra calada hasta las orejas, una faja negra y un bastón que le ayudaba a aguantarse de pie en su andar tambaleante e inseguro, me asustaba. Mi padre sonreía y alguna vez me convencía para que nos acercáramos y él intercambiaba algunas palabras con Diego, en una conversación que a mí me parecía surrealista.

Mi recuerdo de los “tontos de la calle Major” es más que borroso. Seguro que pesa más el haber oído hablar de ellos que el recuerdo personal. En cambio, de los “Anastasios” y del Pantaleó sí que me acuerdo.

El padre de los “Anastasios”, era visiblemente alcohólico y, además, sufría algún tipo de déficit que, a pesar de ser médico, no soy capaz de asociarlo a mi conocimiento. Me pesa el recuerdo -impactante para un chico entre la infancia y la adolescencia- del aspecto físico de aquel buen hombre que, como el de su mujer -igualmente portadora de algún problema de salud mental-, no describiré. Sólo diré que él, ella o ambos, eran bizcos, exageradamente bizco o bizcos, en un momento que, diría, nunca había visto a ningún bizco. Tenían muchos hijos. Cada año aparecía uno nuevo y la madre vivía en un estado de embarazo permanente. No sé si en ese momento estaban diagnosticados clínicamente, lo dudo, pero seguro que socialmente no.

Los hijos eran altos, delgados y parecidos, en todos los sentidos, a sus padres. ¡Qué cruel era la vida en aquellos tiempos! El franquismo era cruel con todos los que no éramos adictos al régimen, y los niños éramos -si se me permite- “inocentemente crueles” con algunos “diferentes”. Todo era tenebrosamente en blanco y negro…

Una de las distracciones de la vida aburrida del pueblo era ver a los hermanos “Ambrosios”, correr a toda velocidad simulando con las manos coger un manillar y haciendo ruido de motor de motocicleta. Los aplausos y la juerga les animaban aún más a seguir la peculiar “carrera de motos” y así discurría la tarde en aquel Sant Cugat de calles polvorientas. Por cierto, esto pasaba junto a uno de los hoyos del golf de Sant Cugat, el que está al lado de la Rambla Ribatallada, al que los veraneantes, algunos señores de Barcelona y, excepcionalmente, algunos de Sant Cugat, tenían acceso…

Bueno, en el caso de Pantaleó -le llamábamos Panta- sí me veo capaz de hacer una aproximación diagnóstica. Pienso -con alto margen de error, seguro- que era psicótico. De familia rica -creo recordar que vivía con unas tías que se decía que eran millonarias- hoy sería un sin techo sin serlo. Es decir, vagaba todo el día por las calles del pueblo, con una pinta estrafalaria y un cordel haciendo las funciones de cinturón, pero tenía casa. La de las tías ricas.

Lo recuerdo delgado y muy moreno de piel. Llamaba la atención por sus ojos azules -tipo Paul Newman- de mirada inteligente -a menudo psicopatía e inteligencia van juntas- y su prognatismo que hacía sobresalir la punta de la barbilla, mucho más allá del plano vertical de su cara. Esto le impedía expresarse con normalidad cuando hablaba. El tema con Panta, era jugar al ajedrez. ¡¡¡Imposible ganarlo!!! No recuerdo que nunca nadie lo ganara…

EL PARVULARIO AÑOS 60

Siguiendo el hilo de mi pensamiento y recuerdos, debo mencionar a mi buen amigo y compañero de parvulario Ramon Grau Soldevila. Y su padre Tomàs Grau Garriga, hermano del famoso pintor y maestro tapicero de prestigio mundial, Josep Grau Garriga. Todos ellos de Sant Cugat, de cal Magarola. Pienso en Ramon porque él con las múltiples iniciativas locales que van desde Radio Sant Cugat, hasta el Tot Sant Cugat, pasando por lo que queráis, y su padre, convertido en cronista relevante del pueblo en la etapa final de su vida -aunque lo debía cultivar siempre-, me perdonarán – Tomás desde el cielo- por mis imprecisiones. Espero sin embargo, que si non e vero, al menos sea bien trovato.

Simplemente son recuerdos borrosos de un chico de pueblo que, envejeciendo, cada día pierde más la memoria. Del Canadell, ya hablaremos otro día. Y del cárabo de Calella, del pintor Candelària y del Dr. Alsina y Bofill, también…

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8 comentarios sobre “RECUERDOS VELADOS DE UN CHICO DE PUEBLO

  1. Montse Grau dice:

    Els records són selectius i curiosos. Tinc amics que recorden detalls d’una situació que hem viscut conjuntament que no sembla la mateixa que jo recordava. Els neuròlegs també diuen que no podem recordar situacions negatives d’abans dels tres anys però suposo que deuen haver excepcions.
    El retrat del meu poble quan eres petit és entranyable i les fotografies precioses. Gràcies per activar la meva memòria

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies pel teu comentari Montse.
      Els santcugatencs ens estimem el nostre poble. Avui, ja ciutat, és preciós i, malgrat costa retrobar aquell Sant Cugat, el poble de sempre i la gent de sempre, segueixen existint dins la ciutat que és ara!

  2. Xavier Ranera Cahís dice:

    Amarcord!
    M’enrecordo dels pobrets nois “Ambrosios” fent curses de motos, sense cap moto, davant l’estació de Sant Cugat, seguint les provocacions d’algún ganàpia, que ara de ben segur, sentiria molta vergonya. Cal dir que tots erem molt jovenets i immadurs. També recordo amb tristesa el Diego, amb la seva boina negra, caminant lentament i amb dificultats. Venia sovint a casa per demanar algún ajut i la meva mare o la meva àvia, li donàven només menjar (embotits, entrepans…) i unes galetes. Em deien que no li podien donar diners perquè no li convenia: els gastava en alcohol. Era una mica “pitongo”.
    També recordo molt bé al Sr. Roura de la pastisseria del carrer Santa Maria. A casa dèien que feia el millor braç de gitano del poble, millor que el de la pastisseria Sabat!
    Per descomptat recordo a l’enterramorts del poble, el Sr. Lluis Salvador, pare d’un bon amic de tota la vida, malgrat que ara ens veiem molt poc… normalment als enterraments!!! El senyor Lluis Salvador i la seva estimada esposa Isabel, amiga d’infància de la meva mare, venien molts diumenges a casa, quan el Barça jugava fora del Nou Camp, per fer unes partides de cartes molt familiars, mentre jo passava l’estoneta miran per la tele “Viaje al fondo del Mar” i després Maxwell Smart “Superagent 86” i la seva flamant esposa, la “agente 99”.
    Malgrat que la tele i les fotos eren en blanc i negre, els records romanen lluminosos i entranyables!

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies pel comentari, amic Xavier. La Isabel, com la teva mare, era també amiga de la meva. Crec que van anar juntes a l’escola. Tinc bon record de la Isabel. Una senyora carinyosa i amable. I no diguem la teva mare, la María! Quins berenars ens preparava!

  3. Montserrat dice:

    Els bons records et treuen un somriure agraït. Jo sóc de més d’un poble: Ripoll, Gràcia, Sant Cugat.
    A Sant Cugat hi vaig viure uns quants anys. Els primers anys, 1975-1979, vivia al carrer de la Mina, gairebé a l’extraradi. Recordo el carrer sense asfaltar i quant plovia el fang era qui manava, una minsa bombeta en tot el carrer, la fàbrica de “totxos”, les revetlles la carrer. M’agrada recordar-ho.
    Encara hi vaig, el canvi ha estat important, fins i tot hi ha una estació dels ” ferrocates”.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies Montserrat. Recordo tot el que dius. El carrer de la Mina, els carrers de terra, sense asfaltar, el fangar quan plovia i una ridícula bombeta, de tant en tant, en fanals de ferro incrustat a la paret d’alguna casa amb una lampara blanca, que semblava un plat de sopa.
      Recordo les tornades d’escola cap a casa, a l’hivern, fosc,
      fosquíssim,esquivant els forats del carrer que sabia on eren de memòria, en aquells hiverns freds -no com els d’ara- i humits.
      El pas dels anys els ha transformat en records bonics!

  4. Montserrat dice:

    No conec Sant Cugat, però he rigut molt amb aquestes històries viscudes amb ulls de nen. Escolta, tu creus que la teva mare podria trobar una manera per a que la gent de Lleida no es pugués treure la mascareta?!

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies pel comentari Montserrat!
      Doncs has de conèixer Sant Cugat! No serà “el meu Santcu”, el que esboso en el post, però en el context actual de ciutats de Catalunya, és verda, bonica, tranquila i agradable.
      Pel que fa a la gent de Lleida… si els hagués “enganxat” la mare jove i plena d’energia, haguèssin acabat tots amb mascareta, per no sentir-la!!!
      Cuidat molt!

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