72537beb52559d000a5fdae41ca10d46Día de difuntos, noviembre, otoño. Tiempo de silencio y de recogimiento.

Comentaba hace poco con el lúcido teólogo y filósofo Francesc Torralba el contenido de uno de sus libros: “Destriar el bé del mal. L’art de trobar criteris ètics en la vida diària” (“Discenir entre el bien y el mal. El arte de disponer de criterios éticos en la vida cotidiana”). Hablábamos del espacio existente entre el relativismo y el dogmatismo.

Hace poco me declaraba, en un post, contrario al relativismo. Evidentemente la alternativa no está en el dogmatismo. Pero el espacio intermedio que queda entre lo que está bien y lo que no lo está, es amplio y solo se puede diferenciar a partir de las propias capacidades, con los instrumentos de los que dispone cada uno. Pero no puede hacerse de cualquier manera ni siendo excesivamente permisivo. Hay que saber encontrar los límites más allá de lo estrictamente legal. Existe un juicio interno que en ningún caso puede ser, no debería ser, frívolo.

Tiempo de silencio. Por ahora mi respuesta al ruido en el que estoy sumergido, es el silencio. Me refiero a las manifestaciones públicas a través de este blog o de cualquier otro medio. Algunos os preguntaréis el porqué.

El péndulo se fue demasiado lejos en una dirección y ahora se halla en el polo opuesto. Los poderosos que lo empujaron hasta el extremo de ignorar impunemente a los que más sufren, a los más frágiles, ahora, debilitados como están, no les queda más remedio que contemplar pasivamente la llegada de unos “nuevos poderosos” que explotan el sufrimiento de las mismas víctimas (siempre son las mismas), situando el péndulo deliberada y perversamente en el extremo opuesto.

En ambos casos pagan justos por pecadores. Ahora les toca a unos, luego serán los otros. Aprovechando que unos cuantos en nombre de la democracia y la libertad perpetraron abusos de poder ignominiosos, se presenta esta práctica como un mal generalizado y se acaba acusando y condenando a demasiadas personas, cuya ética se fundamenta en valores sólidos. Entre los populistas que manipulan el sufrimiento de los damnificados por los abusos y la corrupción y entre los que se esconden detrás de la libertad de expresión y de comunicación para calumniar, mentir, denigrar y desprestigiar a aquellos que puede resultar más rentable destrozar; a partir de “cuatro gatos”, eso sí, muy ruidosos, se acaba generando una imagen que incluye, también injustamente, a una mayoría de ciudadanos movidos por actitudes derivadas de valores nobles y convicciones respetables. En ambos casos -poderosos y nuevos poderosos- se trata de minorías que carecen de un valor fundamental: la integridad.

Algunos de los lectores del blog habéis mostrado vuestra extrañeza ante el hecho de que últimamente no haya tratado temas de salud, de sanidad, relativos a la situación nacional… Desde luego no es por falta de “materia prima”. Probablemente ya os imagináis que podría hablar largo y tendido.

Lo que sucede es que en determinados momentos callar, incluso abstenerse de replicar cuando atacan tu dignidad o te denigran mintiendo sobre ti o sobre lo que tú haces, tiene valor y significado. El de evitar que aumente la toxicidad ambiental. El de no contribuir a alejar el péndulo todavía más del centro, del punto de equilibrio.

Si digo ahora que algún día explicaré cómo el uso malintencionado de un concepto noble, el de transparencia, por parte de los que mienten sin sonrojarse cuando afirman que se está privatizando la sanidad, para concluir que de allí vienen las listas de espera, ya estoy rompiendo el silencio. Pero de momento aquí me detengo. Si merece la pena, ya explicaré qué lista de espera concreta y en qué lugar específico se está produciendo como consecuencia de la mala intención o de la ignorancia (sinceramente no lo sé) en el uso del concepto de transparencia.

Ya está bien de afirmar que se está privatizando la sanidad o lo que sea, con la falta de rigor con la que se hace. Ser serio es fácil: privado es lo que no es público, aquello cuyos propietarios, personas físicas o jurídicas, son privados. En Catalunya, ningún equipamiento sanitario, y ninguno es ninguno, que en los últimos 2, 3, 5, 7 años fuese público ha sido privatizado. Quien diga lo contrario miente.

Se puede opinar sobre esta afirmación o sobre cualquier otra. Lo que no se puede es atacar la dignidad de nadie que se pronuncie honestamente. Torralba diferencia bien entre convicción y dogma. La capacidad de mantener una cierta distancia respecto a la propia convicción, de no aferrarse a ella y de comprender las de los demás por distintas que sean o incluso contrarias, aleja del dogmatismo y -si el juego es limpio-, favorece la sana confrontación de ideas. Por lo tanto, si alguien está convencido de lo contrario por supuesto que puede manifestarlo, pero a ser posible de forma respetuosa.

Igualmente, los que afirmaban que la suma de dos entidades sanitarias públicas en Lleida daba como resultado una privada, si estaban convencidos de ello fruto de un razonamiento honesto, sería deseable que lo expusiesen. Técnicamente hablando, se trata de una “ecuación” imposible.

Hablar de privatizaciones o de falta de transparencia por simple adhesión irracional al mantra dominante, sin poderlo demostrar de forma fehaciente, no es de recibo. Esta afirmación puede ser un ejemplo de una opinión que trata de eludir tanto el relativismo como el dogmatismo. Opino, estoy convencido de que actuar de la forma que acabo de describir no es correcto y creo que la forma honesta de demostrarme que no estoy en lo cierto pasa por la argumentación rigurosa en sentido contrario o matizado. Pero en ningún caso por la difamación, la mentira o el ataque a la dignidad, simplemente porque no gusta lo que digo a aquellos que por dogmatismo empujan el péndulo hacia el extremo opuesto, el más alejado del punto en el que se encontraba antes de la crisis (2007) y que generó grandes dosis de legítima indignación.

En otro orden de cosas, tengo mi propia opinión sobre las dificultades existentes entre Junts pel Sí y la CUP para acordar quién ha de ser el presidente de la Generalitat. Hasta hace un par de días, he comprendido y he aceptado todo lo que ha pasado sin compartir ni mucho menos muchas de las acciones ni de las manifestaciones alrededor de los hechos sucedidos. Hoy manifiesto que una cosa es que una fuerza política decisiva a la vez que minoritaria, vote contra el candidato propuesto por Junts pel Sí para la presidencia de la Generalitat y otra muy distinta es otorgarse la potestad de indicar a una coalición electoral ajena, quien ha de proponer para este o para cualquier otro cargo. Esto ha sucedido y no me parece una forma de proceder que sume, que ayude, en un momento tan delicado. Al igual que en el ejemplo anterior, acepto opiniones contrarias argumentadas y respetuosas. No me parecería correcto que se me identificara a mí, solamente con una de mis opiniones. Yo no soy esta opinión. Se puede juzgar mi opinión pero no a mí de forma integral por emitirla.

Bien, lo cierto es que con lo que acabo de mencionar ya he roto el silencio al que me refería. Pero no demasiado ya que continuo pensando que por ahora, el silencio respecto a algunos hechos, aún tiene valor, suma.

Callar, analizar una situación y no pronunciarse, guardar un secreto, reservarse una opinión, puede formar parte del bien o del mal y este es un juicio que le corresponde  en exclusiva a quien decide hablar o callar. Solo a este actor. Como bien dice Torralba, “sin límites no hay civilización, pero un exceso de límites deteriora las libertades humanas y sin libertad tampoco hay civilización”.

Ejercer mi libertad a guardar silencio es una manera de limitar, al menos, el debate, que practico  porque creo que, actualmente, en ciertos ámbitos y reconociendo que no estoy solo en el mundo y que formo asimismo parte de una comunidad, no añadiría valor colectivo alguno el hecho de romper el silencio y, sí en cambio podría contribuir a la crispación de un ambiente excesivamente irritado.

Creo que demasiada gente ignora que el poner límite a la acción y a la expresión, que el saber administrar sabiamente la libertad de actuar o de opinar, no guarda relación con la represión, con la censura o la autocensura, sino que también puede ser una forma de contribuir al bien común y a la paz social. Es un arte difícil el de saber aplicar en cada momento y en cada situación los límites adecuados. Es imposible exigir la perfección pero sí sería conveniente poner todo el empeño en intentar hacerlo lo mejor posible, asumiendo el riesgo de equivocarse.

La pérdida, mutación o difuminación de valores incontestables dificulta este ejercicio. Frente a este vacío retomo Torralba cuando cita la filósofa Judith Butler que propone transformar la debilidad que supone el no disponer de un sistema sólido de convicciones y de creencias, de un sistema de ideas de carácter general, en una oportunidad, en predisposición “a la humildad y a la generosidad“. Al perdón. Y añade Butler: “Necesitaré ser perdonado por todo aquello que no conozco bien y deberé sentirme obligado a ofrecer el perdón a los demás por todo aquello que constituye su opacidad parcial”.

El silencio puede ser también una manera humilde de reconocer las propias dificultades ante la falta de referentes morales claros. Y puede constituir también una forma de compasión en el sentido más amplio y positivo del término. El perdón ha de hacerse público y lo que se considera imperdonable también.

El silencio puede ser nocivo. Pero hay que otorgarle también el carácter de virtud.

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Un comentario sobre “EL VALOR DEL SILENCIO

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