zaratus[1]Muchos hemos coincidido en señalar la crisis moral que nos afecta como la madre de todas las crisis. De la crisis económica, derivada de la sustitución de la economía productiva por la financiera que ha contrapuesto la redistribución racional de la renta con el mercado. De la crisis política, que ha transformado políticos y gobiernos democráticos compartimentados en territorios estatales, nacionales, regionales… en instrumentos al servicio del poder económico que es uno y global. De la crisis del individuo, que en el mejor de los casos busca la felicidad en el interior de sí mismo y que en el peor, le asusta la idea de conectar con su propia esencia en el sentido más trascendente.

En general, bien o mal, el hombre moderno, aquel que bautizamos como homo ecconomicus, persigue el bienestar personal ignorando que nunca lo alcanzará sin intentar hacer feliz al prójimo, por tanto, sin compromiso con aquello que es colectivo.

En este contexto, no resulta extraño que la mayor parte de religiones, en la medida en que promueven el altruismo y sólo ofrecen el acceso a la felicidad a partir de practicar el bien común y de querer a los demás, hayan sido sustituidas por nuevas (o adaptación de antiguas) formas de espiritualidad, o simplemente por la búsqueda de la felicidad a través del consumo enfermizo de todo tipo de bienes y de servicios. A primera vista, en la medida en que la mayoría coincidimos en que valores como el sentido comunitario, el compromiso colectivo o la ya mencionada práctica del bien común, constituyen el antídoto ideal contra la crisis madre de todas las crisis, la crisis moral, podríamos pensar, con convencimiento o con sentido instrumental, en el retorno a las religiones como parte de la solución. Pero éstas conllevan “exigencias molestas” como la inhibición sexual y la renuncia a todo tipo de placeres, y además acaban generando mala conciencia y sentimiento de culpa.

La crisis del Estado del Bienestar resulta paradigmática de la crisis moral que nos afecta. El análisis de las condiciones económicas, políticas y sociales que hicieron posible el bienestar, nos ilustra sobre la contradicción que supone querer mantener este activo colectivo sin revertir el sistema de valores que sustenta una concepción individualista de nuestra existencia, totalmente contrapuesta al espíritu fundacional del Welfare State.

En diferentes posts he intentado explicar que el Estado del Bienestar fue posible porque:

1.) Nació en un contexto -final de la II Guerra Mundial- en el que todo el mundo, unos más que otros, todos habían perdido algo y nadie estaba bien. Sin embargo, la mayoría cedieron parte de lo que era suyo para reconstruir el espacio colectivo. Hacía 60 años que Zarathustra ya había hablado y que “Dios había muerto” para dar paso al ideal del superhombre. Pero la realidad de la nimiedad humana (cuya conciencia es la que explica precisamente la grandeza humana) se había impuesto con toda crudeza. Hoy en día, parece como si el Zarathrusta de Nietzsche -probablemente en forma de tablet– se haya transformado en el libro de cabecera de la mayor parte de individuos del mundo llamado desarrollado.

2.) Desde el final de la II Guerra Mundial, hasta la llamada crisis del petróleo de 1973, se vivió una época en la que se combinaron un crecimiento económico excepcional con la redistribución de la riqueza más equitativa que probablemente se haya vivido nunca. Actualmente, igual que ocurrió en el momento de la gran depresión de 1929, cuando la renta se acumuló en manos del 10% de la población más rica, la riqueza se ha concentrado aún más en un número más reducido de manos. La lógica desigualitaria del capitalismo financiero ha hecho añicos la tregua que se estableció entre el capitalismo liberal y un sistema democrático que perseguía la distribución equitativa de la renta. El armisticio entre mercado y democracia en el interior de las naciones, y la cooperación económica y monetaria internacional, permitieron a las sociedades occidentales vivir los mejores veinticinco años de su historia.

Durante aquellas décadas los protagonistas creían en un Dios -resucitado después de la muerte anunciada por Zarathrusta- o creían en la lucha de clases entre hombres de carne y hueso. Seres humanos limitados, pero llenos de ideales, que perseguían la cooperación y el bien común, lejos del superhombre que había matado a Dios convencido de que no había nada por encima de la voluntad individual.

Hoy en día, los artífices de la economía financiera, en el mejor de los casos, han sustituido religión por una “espiritualidad ligada a una ética personal de la autenticidad, que se reduce a la búsqueda del bienestar personal como camino hacia la felicidad. No hay espacio para el proyecto colectivo ni para pensar en nada que no sea uno mismo. La industria de la autoayuda ha “hecho el agosto” a partir del estrés generado por esta nueva forma de religión light, que ignora a cualquier otro que no sea el propio yo.

3.) En el terreno político, socialdemocracia y democracia cristiana, inspiradas en la religión o simplemente en el sentido del compromiso social, apostaron con convicción por el Estado del Bienestar como fundamento de la cohesión social.

Hoy en día, los políticos están tremendamente condicionados por los intereses económicos y todos, políticos, agentes económicos y ciudadanos, compartimos esta nueva religión de la autenticidad, entendida como la búsqueda de la felicidad a partir del bienestar individual. Como si los votos en las elecciones, el dinero o el consumo de prestaciones sociales, obtenidos de la manera que sea y sin ninguna conciencia de responsabilidad colectiva, acercaran al nirvana.

Según la revista “Forbes”, los ingresos de las quinientas empresas más importantes del mundo (muchas de ellas forman parte del núcleo duro de la economía financiera), producen el equivalente a la mitad del PIB mundial. De modo que nos encontramos que unos cuantos miles de miembros de 500 consejos de dirección y accionistas mayoritarios deciden con sus estrategias de mercado, quién ha de comprar qué y por qué. Basta con pensar en cuántas manos se concentra el poder que define las estrategias de uso de Internet y de las nuevas tecnologías -incluidas las prioridades en investigación y conocimiento orientadas en la línea de la lógica dominante- que han acelerado la transformación del hombre hacia un ser individualista, consumidor incansable de nuevas necesidades generadas artificialmente que impiden vivir de una forma pausada, tranquila y consciente.

Nos gusta tanto el consumismo y la inmediatez, concebidos desde la persecución del bienestar personal, que las prestaciones del Estado del Bienestar las devoramos con los mismos patrones de consumo y con los mismas motivaciones que nos impulsan a acaparar cualquier tipo de bien o servicio.

En resumen, la crisis moral individual, que por suma se convierte en colectiva, ha provocado la crisis económica, la crisis política y la del bienestar, en la medida en que ninguna de las condiciones que lo hicieron posible se da hoy en día.

El individualismo postmoderno nos “clonifica” bajo un lema tan hipócrita como es el de la libertad por encima de todo. Un concepto de libertad deteriorado que, como el no menos demacrado concepto de democracia, hace tambalear el valor de la justicia. Hace poco mencionaba que entre los elementos diversos que hay en la base de situaciones como la de Can Vies, encontramos el de contraponer el sentido de la justicia a la democracia. La reacción desesperada, incluso rabiosa, de exigir justicia conlleva riesgos evidentes si no se enmarca en una nueva racionalidad. Pero en ella hay una inequívoca reivindicación de cambio que, aunque todavía no se sabe “cómo debe concretarse, persigue la justicia social y la recuperación de la dignidad humana. En la medida que el ser humano es un ser social, la recuperación de la comunidad y del sentido del compromiso son indispensables para hacer frente a la actual crisis moral deshumanizadora.

No quisiera de ninguna manera contribuir a “lograr la parálisis por el análisis”. Soy consciente de las limitaciones de este tipo de aportaciones. Pero no hay soluciones milagrosas. Paradójicamente, creo que incluso el compromiso con lo colectivo deberá ser el resultado de sumar decisiones individuales, es decir, que el punto de partida se encuentra en la individualidad en la que estamos instalados la mayoría. Quisiera tener la fe de los más creyentes, o al menos confiar en las teorías de la energía mental de la new age, en el sentido que por el hecho de desear mucho una cosa, se ​​empieza a alcanzarla. Objetivos más modestos como el fomento de la vida asociativa no son, sin embargo, despreciables…

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