Antic Restaurant Valentino. Milanio

La suave maniobra que hizo el Morgan para aparcar delante del Motel Empordà, reconectó a Laura con el presente, mientras esperaba que le trajeran la carta para elegir. Había ido a visitar a una prima de su abuela, casi centenaria, a una residencia cerca de Figueres. “¿Merece la pena vivir así…?”.

Del coche bajó un señor muy elegante, mayor, entre bastante y muy mayor, a pesar de ser difícil precisar su edad. Podía tener 82 o 95… El descenso del vehículo lo hizo de forma pausada y armónica. Del mismo modo en que había aparcado. Se le veía bastante en forma para la edad que parecía tener, pero con las lógicas limitaciones. Parecía que se hubiera vestido con la misma ropa que llevaba Dirk Bogarde en “Muerte en Venecia“. Vestido de lino blanco con zapatos blancos. Eso sí, sin chaleco ni corbata. Cuando se acercó al asiento del lado del conductor para coger el sombrero blanco, tipo “Panamá”, Laura pudo observar que los calcetines también eran de color blanco. Transmitía calma y serenidad.

La imagen descolocó a Laura. El corazón le latía rápido. “No puede ser”, pensó. La semejanza de aquel señor con el señor Portús, Simó Portús, era extraordinaria. Pero no podía ser, no podía ser, ni el vehículo ni el modo de vestir parecían ser de él… De todas formas… ¡Rebeca Portús, con una iniciativa que sorprendió a todos, se compró un Morgan, como aquel, de color verde abeto!

Rebeca fue su mejor amiga. Murió de un cáncer de mama de los más agresivos y mortales, como su madre. Tenía 34 años, los mismos que Laura, que ahora tiene 50 recién cumplidos.

La madre de Rebeca Portús, Alessandra Ferretti, natural de Malmantile, cerca de Florencia, en la antigua ruta de Pisa a Florencia, fue el amor de la vida de Simó Portús. Él era mucho más mayor que ella. Alessandra, como su hija, murió joven, a los 40 y pocos, y de eso ya hacía al menos tres décadas…

Los Portús eran una familia muy paradigmática de la burguesía catalana, originaria del Penedès. No solían llamar la atención, todo lo contrario: la máxima discreción era poca. Simó, cuando Rebeca se emancipó, retornó a los orígenes. Se instaló en una masía construida por su bisabuelo en Sant Martí Sarroca. Le gustaba seguir con la tradición familiar de la viña y el cava -cosa que nunca había abandonado, aunque fuera durante los fines de semana y las vacaciones-, disfrutar de la naturaleza, en la que encontraba el sentido a la vida, pasear, leer y escribir una especie de diario, lo que terminaría siendo sus memorias. De su familia, apreció más la herencia de las generaciones preindustriales, que la fábrica de maquinaria para la industria textil que fundó su padre. Muy a regañadientes estudió Ingeniería y se dedicó al negocio familiar. Cuando podía, sin embargo, se escapaba al Penedès, donde era feliz caminando por los viñedos, entre las cepas. De todos modos, gracias a la evolución industrial familiar, conoció a Alessandra. Fue con motivo de una feria de maquinaria en Milán. Él tenía casi 40 años y ella 22.

Alessandra Ferretti estaba en plena revolución personal contra su familia y su círculo social en ese momento. No soportaba más la vida y costumbres de sus consanguíneos, aristócratas romanos instalados desde hacía años en la Toscana.

Simó tuvo que ir a cenar al Restaurante Valentino, hoy Valentino Vintage, en el número 16 de Corso Monforte, junto a la Piazza San Babila. Un lugar que, por sí mismo, nunca hubiera elegido. Le invitaron unos proveedores de Manchester que, teniendo en cuenta su origen catalán, tuvieron la delicadeza de convocarlo a las 19h, en lugar de a las 17:30h o 18h, como hubieran hecho por voluntad propia. A las 20:15h, sin embargo, ya habían hecho todo lo que tenían que hacer. Él se despidió de sus colegas diciendo que se quedaría un rato más en el restaurante, tomando otro café. Café y… ¡grappa! ¡Una, dos, tres grappes! ¡Después de tres días de feria, era su momento! Más que la grappa, sin embargo, le sedujo la arquitectura del restaurante. Un palacio del siglo XVII, de estilo neoclásico, con amplias arcadas sostenidas por graníticas columnas dóricas, que hacían creíble que durante la belle époque fuera frecuentado -como le explicó el camarero- por Rodolfo Valentino: “Si non e vero e ben trovato”.

Ya cuando estaba cenando con los británicos, quedó embelesado por la presencia de Alessandra. La joven, de cabello tirando a pelirrojo sin serlo del todo, llevaba un vestido rojo de lunares blancos, unos zapatos rojos elegantísimos y un pequeño pañuelo atado alrededor del cuello, igualmente rojo. Pendientes, brazalete y un broche adosado al vestido, modernistas todos, que parecían originales de Masriera y Carreras… Pómulos prominentes, ojos felinos de color verde intenso… Una belleza fuera de lo normal. ¡¡¡Solo alguien tan especial podía lucir un broche modernista en un vestido de lunares!!!

Alessandra compartía mesa con una compañera de la Universidad, con la que se estaba desahogando: no podía más, tenía que huir de aquel ambiente familiar y social

Arxius de bellesa

insoportables. ¡¡¡Necesitaba cambiar radicalmente de vida!!! Estas vivencias en una joven de 22 años podrían sugerir una posible inconsistencia, un estado pasajero, el inconformismo propio de la juventud. ¡¡¡Pero no!!! Alessandra era una mujer muy madura para su edad y, en la medida de lo que podemos creer que sabemos los humanos, ella sabía lo que quería.

Simó, hombre austero y discreto, dedicado a trabajar a pesar de que no estaba entusiasmado con lo que hacía, iba asumiendo su condición de soltero empedernido. Nunca había vivido nada igual, hasta el punto de que ya no creía que lo que le habían explicado amigos y amigas de enamorarse y perder el mundo de vista, fuera posible.

Nervioso como estaba, en un estado de exaltación emocional desconocido y un poco eufórico por las grappes, tuvo una reacción impensable de la que, aún ahora, cuando lo recuerda, no lo entiende, no se reconoce.

Llamó al camarero, le pidió una hoja de papel y un bolígrafo, y escribió en italiano imperfecto lo siguiente:

Cara signorina sconosciuta, mi scuso per la mia audàcia. Ma adesso, non posso faré altro che invitarla a cena, proprio qui, domani alle otto del pomeriggio. Se non ti va bene, non venire. Acetto ciò che il destino mi dà- Scusa ancora il mio coraggio”.

A continuación pidió al camarero que le entregara la nota a Alessandra y le llevara la cuenta por las consumiciones hechas con posterioridad a que se fueran los británicos, dando tiempo a Alessandra de leer la nota y poder observarlo o eventualmente dirigirse a él. Ella lo miró sonriendo haciendo una señal de aprobación y Simó se levantó y abandonó el Restaurante Valentino, al que volvería al día siguiente a las 19:50h en punto.

Cuando Simó entró al comedor del Motel Empordà, Laura pudo constatar sin lugar a dudas que era él. El padre de Rebeca, el enamorado de Alessandra, el industrial que siempre quiso hacer de viticultor, el apasionado de la naturaleza, el hombre sensible y sabio al que hacía años que no veía… Pero… ¿pero por qué iba vestido de aquella manera? ¿Por qué ese Morgan? ¿Qué le pasaba a aquel hombre austero y discreto? ¿Una demencia senil quizás? A saber…

¡Laura estaba sorprendida de haberlo visto, aparte de muy elegante, especialmente atractivo! ¡Constató que la belleza auténtica, no sabe de edades! Estaba incómoda. Sabía que acabaría yendo a saludarlo, pero de momento se quedó inmóvil en su mesa, pensando cómo abordar la situación. Simó no llevaba las gafas y no reparó en la presencia de Laura. Se le veía ensimismado y con aspecto serio. Aquel hombre perdió el amor de su vida hacía 30 años y su hija, Rebeca, un calco de su madre, había muerto hacía 15 años. Y Simó estaba allí. Solo…

Laura seguía mirando la carta cuando recordó detalladamente, como si viera una película, una de las últimas conversaciones con Rebeca Portús.

-¿Sabes, Laura? Sé que estaré poquito por aquí y estoy preparada para irme. Podéis estar tranquilos… Pero parece como si con mi padre me faltara completarla historia. Y creo que a él le pasa lo mismo…

-¿Qué quieres decir?

-Mi padre se casó mayor. Si no hubiera conocido a mi madre, yo creo que no se habría casado nunca. Yo nací porque mi madre quería ser madre. Y él accedió, como hacía con todo lo que le pedía mi madre. Pero creo que fui un resultado marginal inesperado en la vida de mi padre…

-¡Anda! ¡¡¡Qué dices!!!

-Sí. Me ha acabado queriendo y sé que ahora sufre. Pero para él, cuando murió mi madre, en cierto modo se acabó todo. Estoy segura de que a mi madre no le hizo falta pedirle que me cuidara. Sabiendo lo que significaba yo para mi madre, él nunca se desentendería de mí. Pero…

Colecció Masriera

-¡Rebeca, tu padre te quiere!

-Sí, pero no por mí misma, por mi madre…

El camarero se acercó a la mesa de Simó Portús.

-¿Una copa de champagne?

-No. Cava, por favor. El mejor brut nature que tenga del Penedès.

-¡Lo que usted diga, señor! ¿Ha decidido qué quiere comer?

– Sí. No lo veo en la carta, pero le agradecería que me hiciera una ensalada de tomate con aceite de oliva de la primera prensada.

-¿Algo más?

-Sí. Un arroz con espardeñas, tripa de bacalao y berenjena fondant.

Mientras tanto Laura, sentada en una posición desde la que podía observar a Simó sin ser vista, seguía pensativa y con la carta en la mano sin haberse preocupado en absoluto de qué comería…

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