Tengo que empezar por decir que soy un recién llegado a las Terres de l’Ebre. Buscaba un rincón, de unas características determinadas, que solo fui capaz de encontrar en estas tierras del sur y en el Alt Empordà. Si soy sincero, el Empordà me tiraba. Lo había frecuentado por el hecho de llevar toda una vida de veraneo, vacaciones varias, fines de semana y tiempo de ocio, en el Baix Empordà. El clima, sin embargo, hizo que me decidiera por las Terres de l’Ebre.

No las conocía, más allá de unas pocas visitas esporádicas. Y… qué queréis que os diga, me han enamorado. Este mundo desconocido me ha resultado muy atractivo. Y ahora… ahora, corro el riesgo de empezar a hacer algún comentario propio de los que en el Empordà llaman los de “can fanga”.

El viernes pasado escuchaba a Jordi Basté entrevistando a un ganadero, Pere Jornet, que perdió 200 ovejas en el incendio de la Ribera d’Ebre. La sensación fue extraña. Adelanto que, lejos de criticar a Basté, me identifico mucho en la incompetencia, no profesional en su caso, simplemente la propia de los “urbanitas”, para abordar esa realidad rural. Nada que no se vive puede ser interiorizado y los de ciudad, por mucha empatía y ganas que tengamos de comprender ese mundo, siempre seguiremos siendo de ciudad. Que quede claro: yo lo hubiera hecho mucho peor que Basté. Pero… ser noticia cuando tu mundo, la tierra, lo que más quieres, ha sido devastado, para dejar de serlo cuando el incendio se ha extinguido y te devuelven al anonimato porque ya no interesas… ¡la situación es de crudeza, porque si tu vida es desvivirte por los animales, que se mueran quemados…!

¡Quizás soy ingenuo, pero en la solidaridad que se desató entre agricultores y ganaderos, había mucho sentimiento, mucho compromiso, gente trabajadora para los que el territorio, los campos, el ganado, son la materialización del país, la obra divina, su vida!

Un ganadero solidario de una zona alejada de la tierra quemada decía, refiriéndose a Jornet y a todos: “Todo esto lo hacemos para que el territorio no quede más vacío de lo que está: si no hay ganado, el territorio se muere. Esta persona (Jornet) es muy legítima de no querer continuar, pero si quiere continuar, que no sea por falta de ganado”.

Jornet le decía a Basté que de entrada, la sensación era de sentirse hundido y de no tener más fuerza para tirar adelante. ¡La solidaridad y, sobre todo los ánimos y el empuje de un hijo joven -en la veintena- lo condujeron a decidir volver a empezar de cero! Menos mal que algunos jóvenes están dispuestos a continuar. Y quizás será una generación con mayor capacidad de hacerse oír.

Pau Ciuraneta, un agricultor y ganadero de 25 años al que las llamas del incendio de la Ribera d’Ebre le quemaron todo, ponía descarnadamente el dedo en la llaga. Decía: “Nos tenéis y nos habéis tenido siempre abandonados. Esto, entre todos, tenemos que hacer que cambie”.

Según información de “Nació Digital”, Ciuraneta reclamaba más atención por parte de las administraciones, a quien acusaba de “solo poner impedimentos”. En un discurso emocionante y abrazando a todas las partes del territorio catalán que son “la despensa de Cataluña”, instaba a reconocer la labor de los agricultores, los ganaderos y los productores del territorio.

Tengo que insistir en que, por respeto, reconozco que por mucho que me lo pueda parecer, seguro que yo no me puedo poner del todo en la piel de estas personas, a pesar de la empatía extrema que me generan, incrementada por el aprecio creciente que siento por las Terres de l’Ebre y la gente que voy conociendo. Pero sí puedo compartir del todo la denuncia que hace Ciuraneta de los Media. ¡¡¡Unos buitres asquerosos e insensibles movidos solo por las audiencias y la facturación!!!

“Ayer todo esto era una lluvia de medios, aprovechándose del ‘morbo’ y vendiendo una exclusiva a partir de nuestro sufrimiento”, afirmaba señalando sus cultivos quemados. Ciuraneta apelaba a su generación, “la más complicada”, y remachaba con una crítica sobre el mundo rural: “Somos mucho más que un ‘instastories’, que un debate en Twitter y cualquier micromecenaje que os permite tener el alma tranquila”.

La noticia de “Nació Digital” concluía:

“El agricultor y ganadero ha destacado el mundo rural, su lucha por mantener el paisaje, las tierras cultivadas y no perder la vegetación. Ha aplaudido la labor de este mundo, que afirma que ‘allí donde otros ven miseria, ellos ven futuro y poder ganarse la vida’. Ciuraneta ha querido aplaudir la labor de todos aquellos que han luchado contra el fuego, extinguiendo el incendio y aquellos que lucharán por volver a rehacer toda la tierra quemada”.

Desde que empecé a frecuentar las Terres de l’Ebre, constaté el sentimiento de abandono que tienen sus habitantes. A partir de un punto que no sabría detallar, a medida que se avanza por el sur del Baix Camp y te aproximas a la Ribera d’Ebre y el Baix Ebre, encuentras un territorio diferente, con personalidad propia. Si “Tabàrnia” existe o existió alguna vez, estaríamos hablando de las antípodas de este territorio real o ficticio.

Antes hablaba del Empordà, donde los pueblos, en general, son bonitos. En l’Ebre, en general, no lo son. Hay dignísimas excepciones, como Miravet por citar un ejemplo, pero en general se trata de un urbanismo caótico alejado de las pautas más elementales de la estética. Sin embargo, y a pesar de las estadísticas, no tengo la percepción de pobreza. En los pueblos que más frecuento, tengo la sensación de que la gente se gana la vida y que, a su manera, viven bien. Quizás aún conservan un arraigo a la tierra -cuando se refieren a su territorio, a l sus productos, hablan de “lo terreno”– y a la naturaleza, que les permite poner un poco más en práctica que a los “urbanitas”, aquello de que el dinero no da la felicidad. Pero se sienten abandonados… Y desgracias como la de este incendio, incrementan esa sensación. Entiendo perfectamente a Pau Ciuraneta indignado por ser noticia solo en la desgracia y la necesidad de consumo de morbo que tiene nuestra sociedad. Dentro de una o dos semanas todos los que han bajado de Barcelona -a ayudar de verdad, a captar votos, o a exprimir informativamente la desgracia- desaparecerán del todo y ellos seguirán allí con sus problemas.

Yo no puedo hablar mucho porque -y esto intentaré explicarlo muy bien para no ser malinterpretado- los forasteros que convivimos con ellos, en parte, no como elección consciente, hemos ido a parar allí buscando una tranquilidad difícil de encontrar en otros lugares cercanos al mar, tranquilidad que no es ajena a dicho abandono. Lejos de desear que el abandono persista para mantener la tranquilidad, correspondería reclamar la atención de “Barcelona” -incluso quizás la de Tarragona- para resolver y mejorar problemas básicos. Los recién llegados también sufrimos muchos de sus problemas. Me tendría que remontar a los años 60 del siglo pasado, para recordar tantos cortes de corriente eléctrica y de suministro de agua como he sufrido desde que estoy allí. El estado de las líneas de alta y media tensión y de las conducciones de agua no es lo que debería ser, ni mucho menos. No está a la altura del nivel medio de Cataluña. Solo es un ejemplo.

Aparte de los nativos o asimilados, la población está compuesta por un montón de jubilados extranjeros -en general europeos- y neorrurales y residentes permanentes o casi, procedentes de territorio metropolitano, que buscamos, no vivir más cerca de centrales nucleares, pero sí vivir con más paz, respirar un aire más puro y evitar las aglomeraciones humanas propias de la metrópoli o de las zonas de vacaciones típicas -de mar o montaña- a las que huyen los de Barcelona.

Llegas al pueblo, te paras a comprar pan -pan, no lo que venden como pan en tantos lugares- en la panadería. Maite, siempre atenta y solícita disfruta contándote que forma parte de una familia que hace 60 años que hacen de panaderos. Debe de ser de la segunda generación. No es tanto, pero conservan la pasión por el oficio: “Si quieres pan de semillas, llámame el día antes porque así te lo preparamos”.

Con los años se ha dedicado a la pastelería y la repostería. Los turrones de Navidad -como las monas de Pascua o la coca de Sant Joan- son deliciosos. Y ella, sin prisa -nunca hay prisa, el ritmo es otro- te explica con todo lujo de detalle cómo preparan todos los productos.

Me gusta también hacer una parada en la herrería. Un taller de artesanos de los que ya no se encuentran. Me hicieron una escalera exterior de hierro que si la necesitara en Barcelona no sabría dónde ir a buscarla y la que encontraría no estaría seguramente tan bien hecha como aquella. Josep Ma padre y Josep Ma hijo representan la tercera y la cuarta generación de una familia de herreros, respectivamente. Aficionados a la música, a través de una banda y de grupos de música popular, enriquecen el tejido asociativo del puelo. Son unos enamorados de su oficio, transmiten calma y serenidad, y tampoco tienen nunca prisa. Eso sí, los encargos tardan lo que tardan. Pero a ellos se les ve felices. También comparten con resignación la sensación de abandono antes mencionada, pero que no los saquen de allí, de “lo terreno”, de su medio.

Bueno… este no deja de ser un escrito de uno de “can fanga”, que valora lo que no tiene. No creo que Maite, con los del pueblo, dedique tanto tiempo a destacar la calidad de la materia prima natural y fresca que utilizan ni la manera artesanal que tienen de hacer el trabajo. ¡¡¡Pero, claro, ya sabe, ya saben, que los que venimos de Barcelona, ​​aunque no sufrimos el  abandono que se sufre allí, aunque no tenemos la sensación de ser “el último de la fila” en cuanto a las prioridades públicas, hace tiempo que nos hemos acostumbrado -como decía aquél- a que los tomates no huelan a tomate y el llamado “pan”, sea una mezcla de vete a saber qué, hasta el punto que la Administración ha acabado sacando una norma que indica “cómo se tiene que hacer el pan”!!! ¡Hace pocos días en la radio escuchaba a una funcionaria de la Generalitat, describiendo con entusiasmo esta norma desde el convencimiento del valor de regularlo todo! ¡¡¡Qué horror!!! En el pueblo, sin necesidad de tanta norma, hacen un pan exquisito, bueno, natural y hecho con productos de proximidad. Lo dejas encima del mármol de la cocina y al cabo de tres o cuatro días puedes seguir consumiéndolo sin problemas.

Me pregunto si en el sur han valorado todo lo que pueden llegar a perder si un día las administraciones deciden que los sacan del abandono: ¡que Dios los pille confesados!

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