Este es el título del primer libro del amigo Albert Carné. Una obra que presentó en la capilla románica de Santa Anna, en Argelaguer, en la Garrotxa, el pasado sábado 1 de junio. A partir de aquí, mil ideas y sentimientos se me pasan por la cabeza…

Empecemos por Josep Pla. Baix Empordà en este caso. Volvamos a la descripción como gran producción literaria, tema recurrente en este blog.

“Salvador Dalí Domènech (¿cuántas veces habéis visto su segundo apellido escrito o si se desea, descrito detalladamente?) nació en Figueres el 13 de mayo de 1904. Tiene, pues, en el momento de escribir estas líneas (mayo 1958), cincuenta y cuatro años. Su padre fue el señor Salvador Dalí Cusí, natural de Cadaqués, abogado y notario. El notario Dalí fue un experto jurisconsulto de gran renombre (…). La madre del pintor, la señora Felipa Domènech, murió joven. La señora Dalí, nacida Domènech, fue la hermana del señor Domènech, que regentó con gran honorabilidad y gran discreción la centenaria Librería Domènech de la Rambla del Centre de Barcelona (…)”. (Homenots. Cuarta serie. Josep Pla)

Bueno… Quizás alguien dirá “¿Y qué?” o “¿Qué tiene de especial eso?”. Respuesta, emitida modesta y subjetivamente: “¡Il faut le faire!”.

 A mi modo de ver, en una buena descripción, se pueden ocultar sentimientos, inquietudes, deseos, ideas, opiniones, una fuerte carga espiritual… Mil cosas que se pueden adivinar más o menos y que, como ocurre, por ejemplo, con la pintura, en especial la abstracta, la descripción literaria de calidad, ofrece un gran espacio a la imaginación y la creatividad del lector.

Tengo la suerte de formar parte de los amigos de Albert Carné. Los años, nuestro envejecer juntos y el azar, entre otras cosas, han hecho que Àlex Susanna, escritor y poeta reconocido con gran bagaje cultural y sensibilidad; Joan Oliveras, hombre polifacético, tremendamente sensible, positivo y humildemente hedonista, cultivado y que no escribe porque no quiere (cuando lo ha hecho la calidad ha sido remarcable) y, yo mismo, “escribiente” aficionado, con sus respectivas parejas cuando las hay y/o cuando las ha habido y/o cuando aún no se han ido, formamos un grupo de amigos, según como poco homogéneo. Como muy bien dice el amigo Carné, “un grupo de amigos que disfrutaban por el solo hecho de ver las cosas de manera diferente”.

Àlex colaboró en la edición del libro de Albert y, más allá de este cometido, le animó y ayudó a sacar adelante el proyecto.

El día 1 de junio, estando Albert y Àlex en el altar de la capilla de Santa Anna de Argelaguer, y los invitados e interesados ​​en la presentación, en los bancos destinados a los feligreses, lo primero que hizo Àlex en su intervención, fue referirse a la cita de Josep Pla que inaugura la obra del amigo:

“En estos atardeceres de primavera una de las pocas cosas que me construye -quiero decir que me distrae- es la contemplación de un huerto, como los que hay en los alrededores del pueblo. Admirablemente cultivados, son unas puras, exquisitas delicadezas de trabajo”.

Y, no en vano, hizo notar la importancia de este viraje rápido del “me construye” al “quiero decir que me distrae”. Era como un homenaje a la cautela, al poner las cosas en su sitio, al dejar espacio para lo que realmente puede ser sublime, pero aún está por venir…  Malo si a la primera sacas un 10 si esto conlleva el riesgo de no mejorar y no perseverar, o bien es el fruto de la valoración de un profesor poco riguroso que no te hace ningún favor para seguir aprendiendo …  a vivir. Aprecié mucho esta ponderación.

Albert nos habló con el entusiasmo vital que se desprende del libro. Y de su compañía. Su entusiasmo es tal, que genera ideas a una velocidad superior a la capacidad que tiene de verbalizarlas, aunque ¡habla mucho y muy deprisa!

No es por casualidad que la obra de Albert comience con una cita de Pla. Él, como Àlex, y como yo mismo, valoramos mucho la obra, la literatura del Premio Nobel catalán que no fue. Reproduzco, al azar, un párrafo del Mas Espuella:

“En pleno mediodía, unos minutos después de las doce, voy con Gemma y Oriol llenando el carro con los útiles para ir hacia los ruscos. Este momento de prepararlo todo para ir a hacer de apicultor siempre lo encuentro emocionante: ¿qué nos encontraremos?, ¿qué habrá pasado?, ¿los ruscos estarán bien?, ¿habrá crías y miel en los panales? (…) La operación de abrir las colmenas es como un ritual religioso, que, para acabar de redondearlo, incluso le hace falta un poco de humo, como en las misas (…)”.

Descripción detallada, “planiana”, que desarrolla la razón de ser de la obra, que no deja de ser otra que la actual razón de ser del autor, y que lo expresa con mucha claridad: “volver a la tierra“. Cuando has ido demasiado lejos, si tienes suerte, si eres de los privilegiados que tarde o temprano encuentran un sentido a la vida, buscas la manera de, en palabras de Albert, “volver a la tierra“. Llamadle como queráis: volver al centro, a lo que realmente es importante, a la dimensión espiritual, al reencuentro con lo único importante que hay dentro de uno mismo y que a menudo tiene poco que ver con las diferentes “obras de teatro” que te ha tocado representar a lo largo de la vida … el autor lo expresa muy, muy bien. Fuerza en el inicio, se deja intuir a lo largo de la obra y lo plasma rotundamente en la conclusión –sobreañadida, no prevista inicialmente, quizá para no dejar espacio a la duda sobre el porqué de este libro- cuando dice:

“Después de más de media vida confinado en unos despachos, pisando con zapatos de suela el tacto afelpado de la moqueta y de asistir a mil cenas con manteles de hilo rodeado de intérpretes tediosos y de conversaciones banales; después de años y años de hacer este mismo personaje en dos funciones por día, había olvidado el olor que hace el polvo de la alfalfa cuando la escupe la segadora y se te pega en el pecho y en la nuca y los brazos , y también ese placer furtivo, sensual y profundo de unas manos delicadas rebozadas de barro.

La idea de ‘volver a la tierra’ no es, por tanto, un recurso semántico para hacer más bonita la prosa, ni tampoco es el gesto retórico de una metáfora más o menos ingeniosa. Quiere expresar un sentimiento profundo surgido del viaje introspectivo que me ha permitido saber de dónde soy, qué quiero hacer y con qué compañía. “

Esta explosión vital, me traslada a una imagen de hace unos veinte años, época en la que cada 15 días me sentaba alrededor de una mesa redonda en el Palau de la Generalitat con 14 o 15 personas más. Era el Gobierno de Catalunya del que yo era Secretario. Mi escepticismo crónico me proporcionaba una ventaja -desde la perspectiva de autenticidad que expresa Albert-, que entonces me parecía suficiente y salvadora: lo veía -dicho con el debido respeto y metafóricamente- como haber sido invitado a una obra de teatro remarcable, pero no en la platea, ni siquiera en la primera fila. ¡No! Estaba en lo alto del escenario y se suponía que era un actor más, pero yo no lo sentía así. Eso sí, me parecía una localidad privilegiada.

Con el tiempo he concluido que sí, que aquello estuvo muy bien, que de todo se aprende y que hay que ser agradecido y tengo que estarlo por haber tenido la oportunidad de verlo todo: platea, escenario, tramoyas, tramoyistas y todo lo que se esconde detrás del escenario, camerinos y los actores desnudos entre obra y obra y los que los retratan. Pero el escepticismo que siempre me permitió estar a una distancia prudencial (me reprochaban a veces que no parecía “bastante implicado”), no fue suficiente. Yo también he necesitado intentar, estoy intentando, “volver a la tierra”, lejos de aquel supuesto glamour que forma parte del pasado pero que hoy no me interesa para nada…

No sé si haré ningún favor al amigo, reproduciendo de forma descontextualizada un párrafo del libro que él ya temía que podría ser mal interpretado. Como una especie de menosprecio -aparente- del pueblo de Argelaguer, cuando en realidad es todo lo contrario. Decía:

“Argelaguer -que nadie se enfade- no tiene casi nada y, sin embargo, algo debe tener, para que nos guste tanto y haga tantos años que vamos”. Argelaguer es pequeño. Está todo visto rápidamente. Esto de tener o no tener… Los sitios que te permiten “volver a la tierra”, lo tienen todo o ¡casi todo!

Para mí fue agradable volver a Mas Espuella, en Argelaguer, en la Garrotxa, tierra preciosa, rica y con una fuerza especial. Dos de mis mejores amigos tienen un vínculo muy fuerte con esta tierra. La madre de Pep Capdevila era de Argelaguer. El padre de Joan Oliveras era de las Planes d’Hostoles. Al día siguiente de la presentación del libro de Albert, Joan y Anna fueron a Les Planes a depositar las cenizas de su padre, el Dr. Joan Oliveras, en la tumba familiar de Les Planes. El propio Dr. Oliveras, padre de Joan, era hijo del Dr. Salvador Oliveras -el abuelo de Joan-, nacido también en Argelaguer, médico de Les Planes, posición que unas décadas después ocuparía, el Dr. Capdevila, mi amigo Pep Capdevila. A pesar de los años que pasaron, sólo hubo dos médicos en el pueblo entre el Dr. Oliveras -abuelo de Joan- nacido en el siglo XIX y el Dr. Capdevila -mi amigo- jubilado en el siglo XXI.

Al terminar de leer el libro Mas Espuella. Cuaderno de un día envié un mensaje a su autor que reproduzco omitiendo lo que no es necesario hacer público:
“Estimado Albert, acabo de terminar de leer Mas Espuella.

Felicidades por “haber vuelto a la tierra”. La búsqueda de la autenticidad, de uno mismo, del yo real y no de los diferentes personajes que has interpretado durante años, es muy importante. Aquellos años de ‘púrpura’, moqueta pomposa y manteles de hilo, han destrozado muchas almas de personas de las que tan sólo queda un cuerpo con un cerebro más o menos tarado.

Te felicito y te envidio por haber cerrado aquella etapa.

Sólo los muy virtuosos encuentran la paz casi permanente, una especie de nirvana en la tierra, en cualquier lugar. Ya sea en la cima del Aconcagua o en un atasco de tráfico interminable, con todo el mundo crispado y tocando el claxon sin parar, en medio de una multi contaminación inhumana. Los menos elevados, requerimos la ayuda de entornos

Àlex Susanna i Albert Carné

especiales para nosotros, que nos facilitan el reencuentro con nosotros mismos. Es lo que a mí me pasa en el Delta…

Quizás sí que Argelaguer ‘se enfade quien quiera’, ‘no tiene casi nada’. Pero para ti, en especial el Mas Espuella y las almas con que lo asocias, tienen esta virtud de pacificar tu espíritu. ¡Impagable!

Está bien escrito. He disfrutado leyéndolo. ¡Gracias!”

¡Ah! … sepas que esta obra de la Garrotxa, ya ocupa un lugar destacado en una repisa de una biblioteca que construyo a trompicones en el ¡Baix Ebre!

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