Fachadas perfectas, vidas en descomposición
Casi nunca veo la televisión. Sí que veo, de forma aleatoria, sin ninguna regularidad, series. Quiero decir que puedo pasar meses sin mirar ninguna y, de repente, sin saber por qué, me encuentro una serie de tardes pegado a la pantalla del televisor, que, como he dicho, no uso para ver canales de televisión. Series de vez en cuando y partidos de fútbol más a menudo. Fundamentalmente del Barça (se puede decir que todos los que juega) y otros de buenos equipos de fútbol del mundo. Por tanto, si son buenos, europeos o sudamericanos.
En cuanto a las series, no siempre tengo claro qué es lo que hace que me resulten atractivas. Llevo incorporado el hábito de observar la condición humana, aquello que determina el comportamiento de los de mi especie, y creo que el asunto va por ahí. En muchas series hay cierta exageración de rasgos en los personajes, a menudo vinculados a los roles que interpretan: presidente de gobierno, espía, médico “heroico”, asesino en serie…. Pienso que esto explica que algunas series sin contenido aparente puedan acabar interesándome. Es el caso, por ejemplo, de la danesa: Los secretos que ocultamos.
Más allá de las valoraciones técnicas, la crítica coincide en que el mensaje social tiene fuerza. Pienso que sí, que es un mensaje social contundente. Machismo más o menos sutil, racismo latente, perfumado y pasado por el tamiz de la estética civilizada de las “grandes democracias” escandinavas, descripción por la vía de los hechos de cómo es el rol de mujer objeto en la burguesía danesa (¡bastante sofisticado!), educación de los hijos un poco abandonada a su suerte, clasismo de corte socialdemócrata… Es interesante. Y todo ello se desarrolla en un entorno dominado por la belleza de los lugares, de las casas y de los personajes. Es como un desbordamiento de belleza y poder. Lo he observado atentamente, comprobando en multitud de detalles la denuncia de la decrepitud, diría que agónica, del capitalismo. Obviamente, los protagonistas, como la humanidad en general en la vida real, acaban ignorando la realidad de lo que sucede para poder continuar viviendo desconectados de sí mismos y de la Verdad. La apuesta por la autodestrucción de la especie es incompatible con mantenerse conectado con la Verdad. La serie muestra magistralmente cómo la degeneración contrasta con los cuerpos bellos y eróticos y se consume en un ambiente dominado por el lujo y las comodidades materiales que proporciona la riqueza. Entiendo que se le pueda encontrar un punto de perversión.
Este inicio de año, pues, entre otras cosas, ha estado marcado por cómo esta serie ha complementado mi visión del mundo, bajo una óptica diferente de la que me es propia en el entorno en que vivo. Lo que va discurriendo a medida que pasan los capítulos no es, ni mucho menos, exclusivo ni característico de Dinamarca (se trata de un buen exponente del corrosivo mundo globalizado), pero permite observar la peculiaridad nórdica. Y ese ha sido el valor añadido. No lo que denuncia, sino cómo lo hace. Quiero dejar constancia de ello en las primeras anotaciones de este 2026.
Más allá del concepto estereotipado según el cual la modernidad, la calidad democrática, los niveles de bienestar alcanzados, el civismo, el bajo nivel de corrupción y de criminalidad, los buenos resultados obtenidos en rankings internacionales de felicidad y todo aquello que se utiliza habitualmente para señalar a las sociedades escandinavas como envidiables, nunca puedo evitar quedarme pensando no en lo que muestran, sino en lo que intentan ocultar detrás de tanta perfección, orden y civilidad. Alcoholismo, suicidios, prevalencia elevada y creciente de problemas de salud mental, violaciones, personas muertas en soledad que nadie echa de menos… son consustanciales a todas las sociedades llamadas desarrolladas. En Dinamarca, sin embargo, me llama la atención una especie de grito sórdido que se procura sofocar y que la mayoría no quiere escuchar, hasta inmunizarse frente a la depravación y acabar no oyéndolo a base de esforzarse en no escuchar…
El actor que elige el director de la serie para interpretar a Rasmus Hoffman, empresario multimillonario de éxito, es ostensiblemente más bajo y con aspecto de haber vivido muchas primaveras más que su esposa, Katarina. Una mujer objeto, de una belleza sublime, que parece estar encantada con su marido. Entre las pocas responsabilidades que tiene, la de educar a su hijo Óscar no parece haberla ejercido con gran dedicación, según se desprende de la trama. No hace falta decir que las altas responsabilidades empresariales de Rasmus son del todo incompatibles con ocuparse de la educación de su hijo. La escuela, los amigos, la red social presencial privilegiada, así como las redes sociales virtuales y las au pair, acabarán determinando la personalidad, la manera de ser y el sistema de valores del niño.
Óscar, un árbol que crece torcido, un chico manifiestamente trastornado, viola y deja embarazada a Rudie, la au pair filipina que han contratado sus padres. Más que au pair, “chica de la limpieza” camuflada de au pair. Igual que Angel, también au pair filipina, que trabaja en casa de los vecinos. Allí, Mike, un abogado de éxito, atractivo, visiblemente musculoso e imponente, domina el espacio con una presencia que impone respeto. Cada gesto es fuerza. Su esposa, Cecilie, rubia, esbelta, magnética, sostiene el orden jerárquico con la belleza. No es meramente ornamental, hace algún tipo de trabajo que no parece muy relevante y, claramente, es cómplice pasiva de una decadencia que observa sin intervenir. Como su vecina, ausente en el cuidado de los hijos, actúa como decorado viviente de un sistema tan glamuroso como falso. Me encantó una conversación que mantiene con la au pair Angel, en la cual, a base de tratarla “como a igual”, acaba confundiéndola y colocándola en una situación incómoda. Una manera de intentar tranquilizar su propia conciencia por aquello que ella misma juzga que no hace bien. Jerarquía social teñida de igualitarismo hipócrita.
La vecina, Katarina, sabedora de que el niño ha violado y dejado embarazada a la filipina, simplemente la asesina y santas pascuas. Katarina es joven, elegante, de una belleza incontestable, y camina con determinación, alternando, según a quién se dirige, frialdad con dulzura y, cuando hace falta, sensualidad. El marido, que aunque aparece poco es omnipresente comprando silencios, tapando escándalos y protegiendo el negocio, agradece ese trato servil de la joven asesina, a quien tácitamente reconoce los servicios prestados y la invita a pasar página.
Fue remarcable también la forma en que la policía completa el círculo: el inspector intenta forzar a la agente de color a mirar hacia otro lado. Sin duda, en todas partes se esconden ciertos crímenes para proteger a los poderosos. Pero, una vez más, alguna dimensión de las formas me sorprendió.
En general, me ha impresionado la predominancia de cierta sutileza a la hora de formular la denuncia social. No hay sermones ni excesos. Detrás de las formas exquisitas, o no tanto pero —forzosamente— suaves, cubiertas por la sonrisa civilizada, la descomposición de la naturaleza humana que esconden contrasta de forma estremecedora.
Sobre el ruido, la lentitud y la preservación del alma
He empezado el año con la lectura de la obra del filósofo Byung-Chul Han, Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, que se encuentra en las antípodas de lo que se ve en Los secretos que ocultamos.
Mientras leo, la música de fondo de la radio se ve inmediatamente reemplazada por información, y el peso tóxico de la actualidad nos cae encima sin piedad. ¡Maldita información, maldita actualidad!
Hay días —cada vez más— en que el mundo parece reducirse a un titular. Hoy Donald Trump secuestra a Maduro, mañana amenaza a Groenlandia, al día siguiente aparece con otra excentricidad grotesca. Todo reclama atención inmediata y opinión. Y, sin embargo, nada permanece: lo que hoy ocupa los debates será atropellado mañana por otra noticia igual de estridente, y ésta, a su vez, se disolverá sin convertirse en experiencia, conocimiento o sabiduría. Ruido inútil y tóxico.
Esta realidad ya no sorprende a nadie. Nos hemos acostumbrado. Quizá esta normalización del ruido sea el síntoma más grave de la enfermedad que padece la humanidad. Byung-Chul Han lleva años describiendo este proceso con lucidez. Más allá de la tecnología, las conspiraciones o la manipulación mediática clásica, pone sobre la mesa el daño que hace la información al ser humano, a su alma, a su capacidad de vivir con plenitud. El problema no es que no sepamos qué sucede, sino que todo ocurre demasiado rápido para que algo se consolide dentro de nosotros. Vivimos en una actualidad permanente que no tiene duración. Y sin duración no hay experiencia. Sin experiencia no hay memoria. Sin memoria no hay verdad.
La vida no es Vida. Es aceleración, es rapidez, es ir desbordado y no tener tiempo para nada. Se trata de no tener tiempo para pensar, de privarse de la distancia necesaria para reflexionar sobre cómo y por qué vivimos. Trabajamos para producir y consumir en la sociedad del cansancio. Rendimiento, productividad, fatiga, noticias, actualidad… y la rueda no para. Si lo hiciera, toda la gran estafa quedaría al descubierto.
El sistema necesita que no tengamos tiempo para reflexionar. Así, mercantiliza incluso el tiempo de ocio, transforma conceptos filosóficos eternos, como la felicidad, en productos consumibles. Hace pocos días quise escuchar un podcast del buen amigo y hombre sabio Francesc Torralba sobre la importancia del tiempo. La entrevista se veía constantemente interrumpida por anuncios de fórmulas milagrosas para hacerse rico sin esfuerzo, inversiones en criptomonedas o cantos a la excelencia destinados a presentar la IA como el gran oráculo. La combinación resultaba grotesca, yendo desde técnicas de mindfulness enlatado para experimentar el silencio, a programas de detox digital que acababan fomentando la adicción a las redes, pasando por catálogos de productos y servicios para lograr una slow life. Todo perfectamente empaquetado, comercializado, banalizado y corrompido, lejos de la esencia originaria.
En este contexto, todo lo que no aumenta el rendimiento, la productividad o la utilidad es visto como peligroso por el sistema. Los que, modestamente, intentamos vivir fuera de estos valores tóxicos, somos considerados antisistema, personajes inquietantes e incluso peligrosos. Por eso, las propuestas de Byung-Chul Han, por su contundencia alternativa, resultan incómodas. No ofrecen recetas ni manual, su filosofía es diagnóstica, no normativa. Pretende hacer visible el mal, ponerle nombre y mostrar su lógica interna. Y eso ya es una forma de intervención, ya que quien entreve la realidad en medio de la densa niebla ya no está completamente capturado por el absurdo de la cotidianidad. No es ascetismo, no se trata de moralina. Es recuperar soberanía interior, reducir dependencias, ampliar el margen existencial y decir “basta”. No por virtud, sino por libertad. Poner en valor la atención genuina como antídoto contra la tiranía del ruido, de la exigencia de eficacia y de la hiperactividad constante es revolucionario. También lo es apelar a la “descreación” de uno mismo, a “desmontar el ego” para situarse en el vacío, único (no) espacio donde encontrar la paz y disfrutar de la belleza, o defender el dolor como experiencia imprescindible para establecer el vínculo íntimo entre el cuerpo y la realidad. La inactividad, insiste el filósofo, es la condición de posibilidad de una vida no capturada por la hiperactividad.
En nuestro “manicomio” colectivo, estas ideas generan incomodidad y rechazo porque cuestionan el estilo de vida predominante, aceptado e incluso admirado a pesar de destruir el alma humana. No es extraño que las propuestas orientadas
a la lentitud, al silencio, a la inactividad o a la presencia sean calificadas de excentricidades o directamente de locuras. Lo que incomoda no es su rareza, sino su capacidad de revelar la gravedad de lo que se ha considerado habitual.
La paradoja es radical: en un mundo al revés, lo que empobrece la vida se ha impuesto como norma, mientras que aquello que podría humanizar y preservar el alma es rechazado como desviación. Resistir, en este contexto, no es un gesto heroico, sino simplemente la manera de no aceptar como inevitable lo que es destructivo.



Bon escrit, i en continguts, Josep M. . Haig de dir que sempre m’ha encuriosit quin és el criteri per a establir un rànquing de felicitat per països. De fet, ja em sembla molt complex poder fixar comparatives entre percepcions culturals diferents sobre el concepte de felicitat. I també haig de confessar que les societats que menys felices m’han semblat sempre, son precisament les nòrdiques. Soc refotudament mediterrani. Però tan li fa el que em sembli, en aquest sentit, perquè de fet, el constructe universal que hem bastit és un generador colossal d’infelicitats, o de felicitats artificioses. Sense cap mena de dubte, coincideixo en l’anàlisi sintètica que fas sobre la necessitat contemplativa, “l’atenció”, la “religiositat” no entesa com a expressió de dogma d’una confessió concreta, si no entesa com a acte de coneixement del que hom pot atènyer com a veritat. Em sembla que ja t’ho vaig dir, Josep M., també vaig començar l’any amb el mateix llibre. Ja fa temps que anem llegint textos filosòfics sobre aquestes qüestions, com cercant un refugi de corroborament d’allò que vivencialment anem constatant. No sé si tot plegat ens situa en la perifèria. En tot cas, sempre m’he sentit atret per aquest espai col·lateral que sense perdre contacte amb la normalitat acceptada, et situa en un mirador estrany, com en una pel·lícula filmada en un pla seqüència únic. Hi ha un dret, fins i tot una necessitat irrenunciable de poder optar per una conventualitat voluntària cada vegada que et vingui de gust. I la pràctica d’aquest salt a una altra esfera, és un plaer esplèndid, reconfortant, i asserenador.
Així que endavant amb les rareses….
Moltes gràcies, Joan, pel ric, brillant i ben escrit comentari.
A banda de l’agraïment, només puc expressar el meu acord.
No som antisistema: som autoexclosos. Almenys autoexclosos del nucli dur, del core, de la “normalitat” del món estereotípicament globalitzat. Ubicats en aquest espai col·lateral, veí de la màquina infernal que dius.
Els veritables antisistema del “manicomi” no saben que ho són, o sí, però prefereixen normalitzar la bogeria col·lectiva i fer creure, i fer-se creure, que els excèntrics són, som, els “contemplatius” d’aquesta zona tangencial veïna del psiquiàtric. Els que voldríem un “sistema” amb ànima, pensat per a éssers humans.
Text molt ben detallat i expresat. De com es avui la societat, no tant sols la nòrdica si no tota aquella que te la privilegis de viure entre carrers i oficines, que les cases son només per anar a dormir poques hores, i els caps de setmana cal fer tot l’exercici físic que no has fet en els últims deu anys. Per tant vas de marató en marató, o partit de pàdel a partit ja que en cas contrari si no ho fas, no ets ningú.
I el nivell de dopamina que generes i l’addicció que tot això et dona es sensacional. Fins que un dia, el cos es passa de voltes, cau pel forat de l’escala com si fos un tragecte sense fi.
I fins que no comences a estar una mica lúcid de la mort súbita que has patit, no ets capaç de valorar el sentit ampli de la vida.
Més humana i amb més esperança.
Així que es una llàstima que generacions madures que estem inmersos en la productivitat i “he de fer” perquè “sinó”, ens perdem el present dels nostres dies i no siguem conscients de la volatilitat de la nostra salut física i mental.
Moltes gràcies pel comentari. Cal no perdre de vista el que és realment important a la vida. I gairebé res del que conforma la vida quotidiana de la nostra societat, no només no és important, sinó que és destructiu per a la ment, el cos i l’ànima dels éssers humans. Cal saber escoltar la Veritat en el silenci. Això requereix fugir del soroll exterior i apaivagar la remor interior. No és fàcil. La majoria no està per això. Cal ser valent. Ser coherent implica anar contracorrent. No ser comprés per la majoria i caminar molts trams del camí sol. Millor sol que mal acompanyat. Millor ben acompanyat que sol.