En las Tierras del Ebro, el viento no es una excepción. Ahí está. Forma parte del paisaje, del carácter, del ritmo cotidiano. Aquí, el viento no aparece ocasionalmente. Vive, mora en este territorio. Se instala. Nos acompaña desde siempre. Como ocurre en el norte del país, en el Empordà o en tantos otros territorios, sabemos qué significa levantarte con un mistral que azota ventanas, doblega árboles y te obliga a caminar ligeramente inclinado, como si el cuerpo, sin darse cuenta, hubiera aprendido a negociar con la meteorología. El viento de poniente no es una anécdota. Es un rasgo estructural de estas tierras.
Por eso, el día en que se activó el Ventcat y se cerraron escuelas, bibliotecas, gimnasios y servicios municipales, se recomendó el teletrabajo, se desaconsejó el transporte público y, en definitiva, se invitó al país entero a replegarse en casa, aquí, en el sur, muchos fruncimos el ceño. No por inconsciencia ni por menospreciar el riesgo, sino por perplejidad. Con todo el respeto por la mujer que perdió la vida y por las personas heridas en el área metropolitana más o menos ampliada, con toda la consideración humana que estas situaciones merecen siempre, también es cierto que en este territorio nuestro, episodios graves vinculados al viento y a las inclemencias han existido toda la vida. Muchos no fueron precedidos por ninguna alerta, ni generaron dispositivos extraordinarios, ni ocuparon titulares durante días. Ocurrieron, hicieron daño, dejaron cicatrices y se asumieron en silencio, como tantas otras cosas que suceden lejos del centro. No sé si alguna vez alguien ha contado los muertos que ha dejado el mistral desbocado en estas tierras.
El día de la alerta nacional por viento, viento hizo, sí. En algunos lugares, rachas de noventa kilómetros por hora i más. Respetable. Pero para nosotros, francamente, un día normal. Uno de esos días en que el viento silba un poco más fuerte, las aguas del Delta se rizan, los árboles oscilan y, pese a todo, la vida continúa. Nadie piensa seriamente que haya que parar el país. (Ahora mismo, ahora, sábado 14 de febrero a las 12:47, mientras escribo, las ráfagas alcanzan los 120 kilómetros por hora. Aquí, en casa. Un poco más al sur, en el Montsià, se han alcanzado los 140 kilómetros por hora).
Y entonces surge la conversación, el debate. Porque ante estos episodios emerge una sociología espontánea del territorio, un mosaico de reacciones, matices, ironías y resentimientos acumulados. Hay quien lo vive como una nueva prueba del abandono estructural: en Barcelona sopla un poco de viento y se paraliza todo; aquí, cuando sopla de verdad, nadie mueve un dedo. Hay quien lo enfoca desde la burla: pixapins, no saben lo que es el viento, con cuatro soplidos ya cierran el país. Hay quien opta por la indiferencia escéptica: “sin novedad en el frente”, viven en otro mundo. Y hay también toda una gama de posiciones intermedias, de silencios resignados, de reflexiones inacabadas.
Mientras tanto, la realidad seguía su curso extraño. Niños sin escuela, servicios municipales suspendidos, calles medio vacías. Gente caminando con cierta perplejidad, mirándose de reojo, como si participaran, sin ensayo previo, en una obra de
teatro absurda. ¿Qué les ha dado hoy a los de Barcelona? Podías imaginar perfectamente la escena. Personas cruzándose por la acera con el viento peinándoles el cabello, intercambiando miradas interrogativas, como si el país se hubiera detenido por error. Yo, que vengo de Barcelona y hace años que vivo aquí, sentí vergüenza ajena. No orgullo territorial, no supremacismo meteorológico. Vergüenza ajena. Mucha.
Porque aquello que para nosotros era un día normal se había convertido en una emergencia nacional. Y, de pronto, la distancia entre centro y periferia se hacía visible, casi física, como si existieran dos países superpuestos. El país asumido como real y el país percibido desde el área metropolitana.
Es cierto que todos pensamos inevitablemente en Valencia, en las tragedias recientes, en la fragilidad de la naturaleza. Es comprensible que las administraciones opten por la prudencia extrema. A posteriori siempre es fácil opinar. Nadie quiere ser responsable de haber infravalorado un riesgo. Pero aquí aparece un segundo nivel del debate, más profundo y más incómodo.
La decisión la toma un gobierno que hace bandera de la gestión, que contrapone la buena administración al conflicto político para ahorrarse el debate sobre la independencia. Un gobierno que presume de hacer funcionar el país. El gobierno de los trenes de cercanías que no funcionan, de los AVE que se detienen, de las autopistas colapsadas y cada vez más deterioradas, de servicios saturados, de maestros y agricultores en huelga, de listas de espera sanitarias interminables y de personas mayores que mueren en lista de espera para ser evaluadas del grado de dependencia y/o para acceder a una plaza residencial. El gobierno que se jacta de la buena gestión. El gobierno que nos aboca a la dependencia de España. Y es ese mismo gobierno el que paraliza el país por un día de viento relativamente ordinario. La paradoja es casi literaria.
Todo ello conduce a una pregunta de fondo, dirigida a quienes ven el país desde el Eixample, desde las rondas, desde los despachos, desde un entorno en el que el viento es una anomalía y no una condición estructural, donde cualquier alteración del confort se percibe como una crisis. Desde la periferia, la duda persiste: ¿conocen realmente el país que gobiernan? ¿Han paseado un mínimo por el territorio? ¿Han sentido alguna vez el mistral en la cara durante días?
Ante esta duda reaparece el recuerdo de otra manera de gobernar, de otra relación con el país. Guste más o menos el personaje, nadie como Jordi Pujol conoció este país palmo a palmo, no solo la meteorología, sino sobre todo la gente, las maneras de ser, de pensar, de sentir, de mirar Barcelona desde fuera. Aquella cartografía humana minuciosa contrasta con la gestión actual, más abstracta, más virtual, más desconectada del terreno, como si Cataluña fuera sobre todo un conjunto de datos, gráficos y titulares. Un PowerPoint.
Todo nace de una mirada metropolitana, de unos mapas mentales del confort urbano, de un lugar donde el viento asusta porque no se convive con él. Este episodio, aparentemente menor, es revelador. Habla de centralismo mental, de desconocimiento territorial, de una fragilidad proyectada sobre el resto del país. No es una cuestión de emociones, sino de competencia, de conocimiento y de una ignorancia manifiesta aplicada sin rubor.
Y aún está el detalle final, casi de novela. Todo esto ocurre mientras el presidente del país está en casa, enfermo, una circunstancia que merece todo el respeto, pero que, rodeada de una extraña no-comunicación, genera perplejidad. Un país detenido, un vendaval que no acaba de llegar, calles medio desiertas, una sensación difusa de provisionalidad. Y uno no
sabe muy bien si se trata de una escena trágica, absurda o, simplemente, una imagen precisa del momento que vivimos.
Un día de viento ha sido suficiente para mostrar, una vez más, las fracturas invisibles. Y nosotros, en el sur lejano, hemos seguido caminando ligeramente inclinados, como siempre, sabiendo que el viento pasará y que, probablemente, el país seguirá gobernándose desde un lugar donde, todavía hoy, el viento asusta.
Vivir en otro mundo
Días antes de que el país quedara paralizado por la alerta de viento, en un chat de amigos, de colegas, uno de sus miembros, catedrático, muy representativo de la oficialidad, me soltó, con una naturalidad aparentemente impecable: “vives en otro mundo”. Lo dijo sin estridencias, sin agresividad, casi como quien formula una evidencia. Con esa seguridad propia de quien se siente plenamente instalado en el lugar correcto. Una frase dicha con condescendencia amable, como si fuera un comentario menor, pero cargada de una jerarquía implícita.
En aquel momento, la frase quedó flotando en el ambiente. Me provocó una sonrisa interior y poco más. Pero el episodio del viento, el contraste brutal entre la solemnidad de los protocolos decretados desde la metrópoli y la normalidad con la que el fenómeno era vivido en las Tierras del Ebro, le dio de pronto una densidad inesperada. Aquel “vives en otro mundo” adquiría un sentido nuevo. Ya no era solo una observación informal. Se convertía en una clave para entender una manera de mirar el país, la realidad y el poder.
Todo el país detenido por unos protocolos sacralizados desde el centro, mientras aquí el viento formaba parte, una vez más, de la cotidianidad. No era tanto una discusión sobre la alerta en sí misma, sino sobre su alcance indiscriminado, sobre esa tendencia a convertir cualquier alteración del confort metropolitano en emergencia nacional. El mundo oficial y la vida real, el centro y la periferia, los despachos y la calle, los modelos y la experiencia.
Aquel “vives en otro mundo” procedía de ese mundo oficial, de ese espacio que se arroga el derecho de decidir qué es razonable, qué es solvente, qué es homologable, y qué queda fuera de los límites de lo que merece ser tomado en serio. Se pronuncia desde una autoridad que no necesita proclamarse, porque se da por supuesta, para establecer cuál es el “mundo correcto” y qué debe considerarse una desviación. Para entendernos, si en el mundo correcto hace viento, entonces hace viento, y no hay nada más que discutir. Se cierra el país y punto.
Este mecanismo es bien conocido. No hace falta debatir en profundidad ni entrar en argumentos detallados. Basta con insinuar que el otro no entiende cómo funcionan las cosas. De ese modo, el desacuerdo deja de ser una posición legítima y pasa a verse como una anomalía. La discrepancia se interpreta como una salida de tono, como una infracción implícita de unos límites que nadie ha escrito pero que todos parecen conocer. Desde esa posición de autoridad se lleva a cabo un gesto discreto de reubicación simbólica del interlocutor, es decir, se le desplaza del lugar de interlocutor legítimo al espacio de quien no entiende, exagera o se sitúa fuera del marco aceptable, sin necesidad de discutir sus argumentos. Es una forma elegante, pulcra y aparentemente objetiva de expulsar a alguien del terreno de lo legítimo.
Pero pensándolo bien, llego a la conclusión de que sí. Que, en parte y de forma sesgada, el catedrático infalible tenía razón. Sí, vivo en otro mundo. Pero no porque desconozca este. Al contrario. Vivo en él porque lo conozco demasiado bien. Porque he estado dentro. Porque he formado parte. Porque he asumido responsabilidades. Porque he tomado decisiones con consecuencias. Porque he tenido que afrontar errores, presiones, conflictos y costes. Porque he participado en espacios donde no solo se habla, sino donde lo que se decide impacta directamente en la vida de personas concretas.
He visto cómo funciona todo esto desde dentro. He visto cómo se fabrican consensos, cómo se construyen relatos, cómo se delimitan los márgenes de lo aceptable, cómo se decide, a menudo sin decirlo explícitamente, quién es serio y quién es problemático, quién suma y quién molesta, quién entra en el circuito y quién queda fuera. He visto cómo se construye la respetabilidad y cómo se penaliza, sin demasiado ruido, la incomodidad. He visto, en definitiva, cómo se pontifica sobre cuál es el mundo correcto para vivir.
Mi interlocutor docto habla desde un mundo muy concreto: el de la academia consolidada, los foros prestigiosos, las tribunas de opinión, los consejos asesores, los reconocimientos institucionales. Un mundo ordenado, estable, relativamente protegido. He aprendido mucho de ese mundo, y no niego ni su rigor, ni su utilidad, ni el papel imprescindible que desempeña en una sociedad compleja. También conozco sus exigentes mecanismos de evaluación, acreditación y validación entre iguales. Todo eso es real y conviene reconocerlo.
La diferencia no es, por tanto, la ausencia de rigor. Es la naturaleza de la experiencia. No es lo mismo analizar un sistema que tener que hacer que funcione. No es lo mismo opinar sobre eficiencia que asumir sus costes. No es lo mismo hablar de
sostenibilidad que gestionar sus contradicciones. No es lo mismo teorizar sobre productividad que responder por sus efectos. No es lo mismo describir el poder que tener que soportar sus tensiones, sus presiones y sus límites. Hay una diferencia profunda entre decidir pensando en indicadores y decidir pensando en personas. Cuando nunca has tenido que ponerte el mono de trabajo, conviene ser prudente antes de sentenciar en base a estudios, informes y, sobre todo, a la dependencia del establishment.
Esta distancia respecto de la responsabilidad ejecutiva se proyecta también en el ámbito público. Se manifiesta en una presencia constante en el debate colectivo: artículos, columnas, tribunas, informes, propuestas, diagnósticos, recomendaciones. Todo es analizado, prescrito y ordenado desde el marco conceptual. Y eso también es legítimo. Forma parte del funcionamiento de una sociedad compleja. Pero solo forma parte. No es el todo.
El problema aparece cuando esa presencia se vuelve estructural, cuando se consolida como voz autorizada recurrente en los medios, hasta el punto de que los mismos esquemas interpretativos, repetidos en múltiples soportes, dejan de parecer opiniones y pasan a funcionar como evidencias. Los medios, en este sentido, no son simples canales de expresión ni espacios neutrales. Forman parte de un engranaje que selecciona, ordena y legitima determinadas miradas sobre la realidad, hasta convertirlas en sentido común, en normalidad asumida, en horizonte indiscutible. Inventan la realidad. Y la reinventan cada vez que el guion lo exige.
En este marco, la presencia constante de voces académicas, expertas y autorizadas no es accidental, sino funcional. Contribuye a dotar de racionalidad, prestigio y apariencia de necesidad a un sistema que, sin ese apoyo discursivo, mostraría con demasiada claridad sus clarobscuros. La información, así administrada, no incomoda ni despierta sospechas en primera instancia. Ordena, tranquiliza, orienta. Evita preguntas, ofrece explicaciones. No desestabiliza, armoniza. Y acaba convirtiéndose en una forma sutil de gobierno del pensamiento, más eficaz que cualquier imposición directa.
Así es como se construye un relato que presenta como inevitables dinámicas que, en realidad, son opcionales. Un relato que no solo describe el mundo, sino que lo consolida. Que termina legitimando como natural una manera de vivir marcada por la aceleración permanente, el rendimiento infinito, la competencia constante y la autoexplotación interiorizada. La locura de vivir en los estertores de la degeneración del capitalismo.
El discurso aparentemente técnico y neutral no es ajeno a este proceso. Lo que se presenta como eficiencia, modernización o adaptación no es otra cosa que la exacerbación de un modelo que convierte la existencia en proyecto, el tiempo en recurso y a la persona en capital productivo y de consumo. No es el discurso el que crea este mundo inhumano, pero lo hace aceptable, lo legitima y, finalmente, consigue que se perciba como inevitable. El cansancio se convierte en mérito. La precariedad, en flexibilidad. La autoexplotación, en el resultado de una actitud responsable. Y todo ello se impone como si no hubiera alternativa.
Este mundo así concebido no se sostiene solo. Necesita legitimación constante. Necesita voces autorizadas que transformen una realidad a menudo conocida solo de manera indirecta en datos, indicadores y modelos gestionables. A cambio, ofrece prestigio, visibilidad y centralidad. Todo ello configura un mecanismo discreto, pero extraordinariamente eficaz, de autorreproducción.
Yo he intentado ir saliendo de ahí lentamente. No por resentimiento ni por necesidad de diferenciarme, sino por salud mental y por intentar tender a ser honesto conmigo mismo. Con los años he procurado llevar una vida más conectada al territorio, al tiempo real, al silencio. He reducido las dependencias que he podido, he bajado el volumen, he preservado espacios de realidad. Y puedo decir, de forma descriptiva y no por vanidad, que he logrado dejar de confundir el reconocimiento con el sentido, el prestigio con la dignidad, la admiración con el afecto.
No se trata de ocupar ninguna posición moralmente superior. Se trata, simplemente, de no dejarse absorber por completo por una forma de vida que tiende a la deshumanización y que se presenta como inevitable.
Cuando alguien me dice que “vivo en otro mundo”, hace tiempo que ya no lo interpreto como una anécdota. Lo leo como un reflejo. El reflejo de un sistema que, cuando se siente cuestionado, no responde con argumentos, sino con etiquetas. Que no dialoga, sino que clasifica.
Y sí. Es cierto. Vivo en otro mundo. Vivo en él porque conozco demasiado bien este y no quiero regresar a él.


Molt bones Josep Maria, quan et llegeixo toco de peus al terra i em ve a la memòria el difunt pare Batllori, quan en un moment de l’inerviu la periodista li diu que és un savi, ell contesta senyoreta un servidor va aprofitar el baxillerat; donç tu també el vas aprofitar. Els teus articles mai saps on et portaran, jo gaudeixo i em deixo portar. Preciós article , però em quedo amb el que dius de’n Jordi Pujol. Va venir a Sant Aniol de Finestres a inagurar les aigues municipals i un servidor estava al costat del senyor mestre i regidors, quan em va tocar saludar-me, l’alcalde em presenta i li diu que sóc el metge titular de Les Planes d’Hostòles i Sant Aniol, molt de gust doctor, a veure diguin- que fa el Claudi de la Pruenca ?, amb la Marta de jovenets quan estavem acampats al gorg del salt del molí dels Murris i anavem a comprar la llet, per cert vostè si ha banyat ? no, ho hauria de probar es molt freda, però et relaxa per tot el dia, hi ha anat mai fins al mas de Pla Buscàs ? ha pujat caminant pel camí dels Morts fins a Les Medes ?, Que fan els de la Clota, amb la Marta hi anavem a comprar els ous , els de can Llens encara porten l’hostal de les Encies ? escolti encara raja la font de les Encies ? Amics meus vaig quedar astorat de l’ampli coneixament d’un racó de món, no tenia temps de contestar que ja em preguntava una altre record. Afirmo el que ens dius tu del president, jo mai li arribaré als talons. Ànims als actuals liders.Novament agraït pel post.
Moltes gràcies, Pep. En Pujol va ser un estadista. Si en lloc de Catalunya, li hagués tocat presidir un país amb estat propi, estaria al nivell de Churchill en la consideració històrica.
Aquests dies, ja fa dos mesos, s’està celebrant a Madrid El judici contra la família Pujol. Ningú en parla, perquè s’està fent evident que tot ha ser una conxorxa burda!