Llego al Hotel Lafayette, en la calle Soriano de Montevideo, sobre las 3 y media de la tarde. Hace mucho calor. Recuerdo un día de verano del año 1995 llegando también temprano por la tarde, muerto de calor y deseando entrar en la habitación para ducharme y esperar reconfortado por el aire acondicionado que aflojara el calor. Venía del Hospital Militar, donde dirigía un proyecto de reforma. No recuerdo el nombre del responsable militar del hospital. Creo que era un coronel. Lo que sí recuerdo es que había participado en el golpe de Estado de 1973.

Solo pretendo reencontrarme con amigos y volver a visitar lugares de Montevideo que me trasladan a una época de mi vida llena de buenos recuerdos. Quizás simplemente es aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor” o, dicho de otro modo, incapacidad de practicar el difícil arte de vivir y disfrutar el presente. Pero el presente de este viaje al pasado estoy absolutamente predispuesto a disfrutarlo.

No ha sido fácil reencontrarme con todos los viejos amigos que quería ver. Están de vacaciones en la playa. Pablo en Piriápolis y Hugo en Punta del Este. Lo que ellos denominan “estaciones balnearias”. Recuerdo la primera vez que escuché esta expresión. Hay variedades del idioma que llaman la atención por su belleza y se te quedan grabadas…

Me quedo parado contemplando la fachada del Lafayette. ¡Está igual! En el exterior de cada habitación, perturbando la armonía de la fachada, siguen viéndose las máquinas de los viejos aparatos de aire acondicionado. Cruzo la calle Soriano, para mirar con más perspectiva la fachada y caligrafía peculiar del letrero donde pone “Hotel Lafayette”.

Lo reservé con tiempo para intentar asegurarme que tendría la habitación 805, que era “la mía” cuando iba por trabajo hace más de 20 años y en la que recibí una llamada telefónica decisiva, mencionada en dos de los últimos post (ver “Verano andino” del 28 de enero de 2018 y “Uruguay no se puede explicar sin el fútbol” del 11 de febrero de 2018).

Juraría que el ascensor era el mismo. Subí hasta el 8º piso y la primera impresión que tuve al abrir la puerta de la habitación 805 fue que nada había cambiado. Y como nada había cambiado, todo era mucho más viejo, pero bien cuidado. A mano derecha el mismo armario empotrado con puertas correderas de madera clara, perforadas con tres filas de cuadraditos que agujereaban la madera. A la izquierda el WC idéntico, con el mismo y característico secador de pelo adosado a la pared. Delante de mí la nevera, el mueble con la TV y al fondo, junto a la ventana, la misma mesa redonda con dos sillas y una vieja lámpara colgante encima. Mesa en la que me había pasado horas escribiendo… La cama… todo igual. Y la luz de verano de primera hora de la tarde también. Lo único nuevo era el Wifi, inexistente hace 23 años…

Una ducha y hacia la calle. No he conseguido contactar con Pablo Vico, pero he encontrado su dirección en la guía telefónica de ANTEL. Me dirijo hacia la calle Ingeniero Eduardo García de Zúñiga y cuando llego llamo al timbre. Nadie contesta. Estoy ya a punto de irme cuando escucho una voz. El interfono no funciona demasiado bien y quien me ha contestado, el hijo de Pablo, me dice que espere, que baja a la entrada. ¡Cuando lo veo no tengo ninguna duda de que es el hijo de su padre! Me cuenta que Pablo está en Piriápolis, pero que le llame. “Conozco a mi padre y no se perdonaría ignorar la visita de un amigo venido de Barcelona”. Son las 4 de la tarde. Pablito, el hijo, llama a su padre y le dice “tengo una sorpresa para ti” y me lo pasa. Gran alegría mutua, pequeño intercambio y rápidamente Pablo me dice que cenamos juntos a Montevideo. Él está en Piriápolis en su residencia de vacaciones, a una hora y media de coche. Le digo que aunque me encantará verlo, que quizás todo es demasiado forzado… Quedamos a las 20:30h en un restaurante.

Vuelvo al Lafayette para iniciar un paseo por el centro de Montevideo hasta el barrio antiguo. Sigo por Soriano, giro a la derecha por Héctor Gutiérrez Ruiz hasta San José y de allí a la Plaza Cagancha, atravesada por la Avenida 18 de julio (el 18 de julio de 1830, dos años después de la independencia, se juró la primera Constitución de la República Oriental del Uruguay en el Cabildo de Montevideo). Rápidamente conecto con el recuerdo de aquel lugar de sensación de vieja capital latinoamericana deteriorada, del que tenía grabados los símbolos alquímicos de la fachada del Palacio de Justicia. Sigo por 18 de julio hasta la Plaza de la Independencia. Se nubla y parece que vaya a llover.

En la Plaza de la Independencia no sé si caerá un chaparrón de verano o todo quedará en 4 gotas que lo único que harán será incrementar el bochorno. Paro, me siento, y lo que tenía que ser -hace mucho tiempo, ya que yo la veo tan vetusta como hace 20 años- una plaza moderna de estilo afrancesado, combina un edificio gubernamental relativamente moderno sin ningún atractivo, con el Palacio Salvo, de estilo art déco. Mientras cuento 26 o 27 plantas, un peatón me cuenta que en su momento fue el edificio más alto de Montevideo. En el centro de la plaza, la estatua ecuestre del Libertador Artigas, y en el subsuelo, el mausoleo con los restos mortales del héroe custodiados por dos soldados vestidos de gala, con las paredes llenas de sentencias patrióticas.

Junto a la plaza está el Teatro Solís. Evidentemente me acerco y recuerdo una noche de ópera con el amigo Galimberti. Disfrutamos de “L’elisir d’amore” en una producción que venía del Teatro Colón de Buenos Aires. En mi conocimiento limitadísimo de Montevideo, el Teatro Solís y el museo Torres García y el de Arte Precolombino e Indígena, me provocan la sensación de gran ciudad que no es Montevideo, pero sí  que lo es hasta cierto punto en Latinoamérica. ¡Una ciudad en la que vive la mitad del país!

Me quedo mirando la fachada del Solís reconstruido después del incendio de 1998 (la última vez que yo había estado fue antes del incendio) y la encuentro igual. Una chica con un mapa de la ciudad, hablando castellano con acento inglés y mirando al cielo (está negro, el viento sopla fuerte y parece que la tormenta sea inminente) me pregunta por el Parque Rodó. Le digo que soy extranjero, que no conozco bien la ciudad, pero que me suena que a pie no creo que llegue en mucho menos de una hora. Me explica que es de Wellington, New Zealand, le explico que estuve hace algo más de un año y expresa cierta sorpresa… Decide que cogerá un taxi para ir al Parque Rodó y yo entro al Teatro Solís. Tengo suerte porque están haciendo una reparación y me dejan acceder a la platea. Sí que me doy cuenta de que ha cambiado, pero no sabría decir qué exactamente…

Me adentro hacia la ciudad vieja y en la Plaza Constitución recupero una de las imágenes más agradables que recuerdo de Montevideo. ¡Arbolado impresionante, una fuente preciosa en el centro y un quiosco francés que había olvidado completamente y que al verlo me devolvió de golpe al pasado! Los artesanos recogen las paradas aunque parece que el temporal ya ha pasado y ha descargado sobre el Río de la Plata. ¡Entro a la Catedral y al salir me paro a escuchar a un grupo de 3 músicos, que interpreta de forma increíblemente magistral “The Dark Side of the Moon” de Pink Floyd! Me aseguro de que no sea un playback, ya que no puedo dar crédito a la calidad con la que interpretan. Los grabo y se lo envío a un montón de amigos absolutamente impresionado por la calidad. Dejo un billete de no sé cuántos pesos uruguayos (no sé si resulto generoso o rancio) en el sombrero que tienen en el suelo y sigo por la afrancesada y peatonal calle Sarandi. Regusto agradable. La ciudad vieja se va haciendo estrecha y cada vez que cruzo una calle veo el Río de la Plata a ambos lados. Giro a la izquierda y camino hasta la Rambla de Francia. Gente paseando, corriendo, circulando en bici, pescando en la orilla de un río/mar del Plata con unas olas excepcionales que salpican más allá de la acera hasta los coches aparcados en la calle con conductores y acompañantes que contemplan el mar y la ciudad al fondo, o que esperan tal vez que caiga la noche… miro el Río de la Plata, miro atrás los edificios altos del centro de Montevideo, respiro hondo y me impregno de aquellas sensaciones tan positivas que me producía siempre la llegada y la estancia en esta ciudad. Como dicen ellos, “la capital más austral de América”.

¡Vuelvo a atajar hacia la derecha en zigzag hasta el Mercado del Puerto

PLAZA DE LA CONSTITUCIÓN

y de pronto me encuentro el Hospital Maciel! Recuerdo perfectamente cuando lo visitamos hace dos décadas para ver si se podía desarrollar un proyecto de “hospital de autogestión”. Lo encuentro extraordinariamente viejo y dejado. ¡No me parece que haya mejorado mucho en 20 años!

La mía no es una visita turística. Selecciono los lugares que quiero ver en función de cómo me conectan con las buenas vibraciones que me provoca este país o el recuerdo que tengo del mismo. Al día siguiente a las 4 y media de la tarde tengo que ir hacia el aeropuerto para volver a Chile y tengo muchas cosas por ver. Busco un Uber y aparte de pedirle que me lleve al restaurante donde he quedado para cenar con Pablo, quedo con él para que me recoja a las 9 de la mañana del día siguiente en casa el Dr. Hugo Mussacchio, que me ha invitado a las 8 a desayunar -ver post “Verano andino” del 28 de enero de 2018-. Le cuento que quiero ver la antigua Estación Central, el Palacio Legislativo -que visito por el gusto de ver un hermoso palacio iniciado por el arquitecto italiano Vittorio Meano, uno del equipo de arquitectos que diseñó el Teatro Colón de Buenos Aires, y para ver el pequeño Senado y el no tan pequeño Congreso de un pequeño país independiente-, el Obelisco, el Hospital Militar en el que trabajé y el hospital público y Facultad de Medicina Hospital de Clínicas, también frecuentado hace años por trabajo. Visité todos estos lugares y también los estadios de fútbol Centenario -escenario de la primera Copa del Mundo de fútbol en 1930-, el del Nacional (en construcción) y el nuevo estadio del Peñarol inaugurado hace pocos años. Volviendo quise parar en la playa de Pocitos por la que paseé y me senté un rato a contemplar el Río de la Plata. A mi derecha, en un mini estadio de Mecano, había una competición de fútbol playa. Creedme que no se puede conectar con este pequeño país si no se capta el significado del fútbol.

A las 20:30h en punto entro en el Restaurante “El Rincón de los poetas” y veo a Pablo sentado y poco cambiado para hacer dos décadas que no lo veía. Sus ojos claros y la sonrisa dulce reflejo de la bondad que lo caracteriza, no han cambiado. Un profundo y sentido abrazo es el preludio de una conversación que más allá de las formalidades adentra rápidamente y sin barreras hacia lo que nos hace vibrar. Pequeño espacio para la puesta al día de las respectivas situaciones laborales y para la situación política en Cataluña, y gran espacio para compartir la felicidad que le proporciona su nieto, la suerte que tenemos de tener los hijos que tenemos, lo hermosa que es la vida cuando de forma inesperada te hace estos valuosos regalos  y evidentemente ¡¡¡un espacio para el Peñarol, para el Barça y para Luisito Suárez!!! Y el gusto de revivir juntos momentos vividos que, gracias a la memoria selectiva, son todos gratos de recordar.

Al día siguiente a las 8 de la mañana me recibe en su casa Hugo Mussacchio. Desayuno con él y su mujer. Contrariamente a Pablo, él sí ha cambiado. Tiene 80 años, por lo tanto significa que la última vez que lo vi hace 20 años tenía aproximadamente mi edad. Confieso que ver transformado a aquel hombre maduro elegantemente vestido de blanco en el hospital y fuera de él, en un anciano venerable, me hace reflexionar… Convaleciente de una neumonía, se excusa por no acompañarme al tour que quiero hacer por la ciudad. ¡Faltaría más! Ni hablamos del trabajo que compartimos a mitad de los 90. Los hijos, los nietos y la salud centran una conversación que, adivino en la expresión melancólica de sus ojos azules, él piensa que probablemente será la última que tendrá conmigo… Yo le digo que nunca se sabe, “quién te habría dicho hace un mes que estaríamos desayunando tan a gusto los tres en esta casa donde tantas veces cenamos y compartimos alegrías e inquietudes…”.

Hacia las 4 y media de la tarde -no hace ni 30 horas que he llegado a Montevideo- el conductor del Uber -que no es ni de Peñarol ni de Nacional, es del Huracán, ahora en segunda o tercera división y con quien ya hemos confraternizado- me lleva de nuevo hacia el aeropuerto. Por las Ramblas, bordeando el Río de la Plata. Me paso el viaje con la ventana abierta, mirando a la derecha el Río de la Plata. Normalmente habría visto mucha gente bañándose y tomando el sol. Hoy, por el viento y el mal tiempo, solo surfistas y otros deportistas. Rambla República Argentina, Playa Ramírez, de nuevo Pocitos, Playas Buceo, Malvin, Brava, Honda, de los Ingleses, Verde, de la Mulata, Carrasco…

De nuevo cruzo con el avión Argentina y los Andes, y en Santiago de Chile me espera mi hijo con quien después de explicarme su jornada laboral, comparto sensaciones y recuerdos vividos. Creo que un poco sorprendido, pero a la vez feliz de que me haya sentido tan feliz de reencontrarme con amigos que conocí cuando él era pequeño y yo… ¡¡¡mucho más joven!!!

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2 comentarios sobre “URUGUAY, PEQUEÑO GRAN PAÍS

  1. Josep Maria,
    Gràcies per compartir “el present d’aquest viatge al passat”, he trobat l’expressió molt encertada. Si és cert que no podem viure de la nostàlgia, menys encara de la dolor del passat, seria poc assenyat, a la nostra edat, no gaudir dels records, de l’experiència acumulada, del que, de fet, està constituint bona part del nostre present. Com en tantes coses és una qüestió d’equilibri, de saber englobar de manera constructiva els diferents elements de la nostra existència …

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies Guillermo. Vaig assaborir molt aquest viatge. He intentat quelcom difícil: compartir sensacions. No sento que me n’hagi sortit gaire, però confio que alguna cosa es pugui intuir i desitjo que us sentiu lliures de fervos-les vostres, cadascú a la seva manera

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