-¿Cómo te fue el encuentro espiritual? (Le soltó, socarrón, Roc a Manel).

-Me transportó al pasado. Sensación de business as usual. Manda huevos, lo único que quería yo era conocer a gente del territorio, personas interesantes para establar una conversación y… Quién sabe, quizás estos llevarían a otros y… no sé, al menos tener la posibilidad de interaccionar con algún humano de vez en cuando, más allá de las cajeras del supermercado o los camareros de los restaurantes que frecuento. Y nada. Qué paradoja. Gente con “alto nivel de conciencia”, que creen en el amor universal como base de todo, muy “ji, ji, ja, ja”, pero cerrados en sí mismos y diría que, en el fondo, reticentes a abrir puertas a desconocidos como yo.

-Eso es que no les caíste bien.

-Puede ser. Quizás se me notaba que estaba reticente. Por desgracia, he conocido a unos cuentos gurús autoproclamados “maestros”, líderes espirituales, coaches con “nivel de conciencia superior” y “arreglamundos” varios. Y casi siempre pienso que bastante tendrán con ellos mismos como para dar consejos a los demás. Supongo que se notaba y puede que esto…

-Sí, gente de esta que te dice que les suenas y que esto será que os habéis conocido en otra vida y cosas así, ¿no? Nunca sabes si se quieren hacer el simpático, ligar o están convencidos de ello.

-¡Y puede que tengan razón!

-¿Cómo que puede que tengan razón? A ver, Manel…

-Roc, ya sabes que como escéptico nato, lo soy en todas direcciones. Vengo de donde vengo. Y me he formado bajo el paradigma científico. ¿Pero quién sabe qué sí y qué no, en este mundo? Al final, toda esta gente busca respuestas o la felicidad o la verdad o la “Verdad” o llámalo como quieras. Es lo que hacemos todos. Las preguntas que se ha hecho el hombre desde que es hombre. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué sentido tiene la muerte? ¿Y la vida? ¿Hay algo más allá? Yo lo respeto.

-¡Ya te veo sentado como un yogui, haciendo “ommmm” y cantando “mantras” ante una vela y una bengala de sándalo ardiendo, respirando con conciencia, poniendo la mente en blanco y conectando con tu esencia! Eso sí, aún no te veo abrazado a un árbol para absorber la energía de la tierra.

-No, yo tampoco me veo, francamente (sonríe). Pero no me río de ello. Ironizo, porque soy irónico de base y respeto a los que deciden estar en este rollo y estar desde su bondad humana. Como respeto al creyente que va a la iglesia, la sinagoga o la mezquita, y huyo tanto de curas espectrales, como de rabinos ultraortodoxos o ayatolás fundamentalistas, como lo hago de los gurús de tres al cuarto.

-Sí. Estos últimos pueden ser peligrosos.

-O ridículos o ambas cosas. O peor, perversos. Ya sabes que tengo la mala costumbre de juzgar. Esto, en estos entornos, al menos formalmente, está muy mal visto. Ojo, que esta consigna cada vez tiene más acogida en nuestra sociedad enferma en la que, como todo Dios, quiere hacer lo que le da la gana, no soporta que le juzguen. Eso sí, nada nuevo. ¿Te acuerdas de quién decía “no juzguéis y no seréis juzgados”, no? Pero mira, qué quieres que te diga. Yo juzgo y me da exactamente igual lo que me digan.

-Venga, va. Descríbeme la fauna que te encontraste por allí, sin cortarte un pelo (jijiji).

La vida de Manel, como la de, al parecer, casi todos, había cambiado con la pandemia. Una cosa era haber elegido vivir solo, en un lugar tranquilo y alejado del barullo, pero la otra era sentir un aislamiento social impuesto y no deseado. Parecía uno de esos pájaros que, de pasar tantos años enjaulados, cuando de repente les abrían la puerta de la jaula, no se atrevían a salir. Pese a no sentir la necesidad de contactar con nadie, se forzaba a interaccionar con humanos ya que, a pesar de todo, pensaba que tenía que ser verdad que el hombre es un ser social por naturaleza. Pero… Era eso: forzarse, hacer un esfuerzo. No le salía de natural. Y cada vez menos.

Cuando una persona de su círculo laboral, al enterarse de que vivía en el sur, le dijo “y no conoces a Salvadora”, viniendo de quien venía, cómo venía y en el momento en que venía, pensó que era buena idea contactar con aquella desconocida que, después, le invitó a vivir una experiencia en grupo, vinculada a un día de eclipse de luna llena, a una cena vegetariana… Una sesión, digamos, esotérica, espiritual, si preferís llamarla así. No sabía dónde iba ni muy bien lo que iba a hacer ni con quién, pero pensó que era una oportunidad inesperada de socializar.

Para llegar a las barracas donde se hacía la sesión, tardó unos veinte minutos en coche. La pequeña incomodidad de pensar con qué se encontraría allí, se vio compensada por el espectáculo del arroz, creciendo y exhibiendo un verde exuberante, en los arrozales inundados. Una postal de primavera.

-Salvadora me pareció auténtica, sana y profunda. No entendí cómo podía confiar en aquel tipo, un tal Anselm, charlatán y graciosillo, que parecía el maestro de ceremonias. Me pareció alguien que iba de “maestro” y que era un fantasma.

-Es probable que fuera un vendedor de humo, Manel. ¿Pero tan hábil para engañar a más de uno, tal vez también a Salvadora?

-¿Pero tú qué sabes de este Anselm?

-El día que hablamos me dijiste que se llamaba Anselm Netol y pregunté al Sr. Google.

-¿Ah, sí? ¿Y qué te dijo?

-Pues mira…

Roc le enseñó la pantalla del móvil a Manel y este comenzó a leer en voz alta.

Influencer, experto en moda y belleza, “tu guía para vestir mejor”, presentador de TV, escritor, inspirador, experto también -mucha “experteza” y muy variada- en marca personal, conferenciante internacional, motivador, sintecho ocasional (¿una “experiencia vital”?)… Un prolífico autor de libros de autoayuda que igual te anima a vivir la vida que sueñas, te explica qué tienes que hacer para amarte a ti mismo, o aconseja a “mujeres maduras”… Ya ves. ¡Cuidado! no digo que no sea un fuera de serie, ¿eh? Pero…

-¡Esto es lo que es, un farsante! Está claro que a este tipo de personas  no les falta materia gris. Ni ego. Siempre te cuentan que lo mataron, que tocaron fondo y ahora sí que han visto la luz. El Amor, así, en mayúsculas, es la clave… Pero … chico … no sé. Y los que  van “humildemente” de maestros sin ver o querer ver que no es más que una nueva forma de dar salida al macroego que supuestamente aniquilaron. Me viene a la cabeza un psicópata -inteligentísimo y manipulador, como casi todos ellos- que había tenido relación con algunos de los allí presentes. Seducía a las parroquianas de buen ver que caían en su red y abusaba de las que se dejaban, que eran unas cuantas. Cuando me hablaron de este se me pusieron los pelos de punta y, no sé por qué, Netol me parecía de la misma clase. ¡Me resultaba incomprensible que una mujer cuerda como Salvadora se relacionara con el jeta de Netol!

-Quién sabe, a lo mejor la ayudó a sacar adelante su proyecto. Ya sabes, estos son listos y si se ponen pueden hacer maravillas. Quizás se encontrará con la sorpresa de que ella, cuando haya conseguido lo que quiere, le seguirá respetando y quizás apreciando, pero “no se hará de su secta”. Es decir, patada en el culo al estilo zen. ¡Con mucho amor!

-Fue muy bueno, porque dentro de la variedad de tipos de personas presentes, una pija de lo más típico y característico del “upper Diagonal”, explicaba el palo vital que había sufrido y que, en resumidas cuentas, hacía que estuviera allí. Un lugar donde probablemente no habría ido a parar nunca si no hubiera tocado fondo. Lo respeto, ¿eh? Pero este no es el tema. A Netol le faltó tiempo para explicarle no sé qué retiro que había hecho en no sé qué país, en un hotel de superlujo. ¿Sabes lo de la gauche caviar en política? Pues lo mismo aplicado al “camino hacia la iluminación”. ¡Un tipo con suficiente versatilidad para practicar la sublimación de lo que no es material, exhibiendo su experiencia en medio del lujo extremo, para hacerse el simpático con aquella señora cargada de botox! La cena vegana buenísima, eso sí, precedida de una introducción sobrante de Netol, después de un simulacro de respiración consciente de tipo meditativo, alrededor de unas velas, unos cuantos tópicos zen, bla, bla, bla y… Cuando Salvadora comenzó a tocar la dilruba hindú y a cantar unas notas suaves y penetrantes, en un entorno de naturaleza exuberante… ¡Allí quedó claro quién era el maestro y quién era el vendedor de humo! Sentados entre arrozales y cañaverales, la potencia de la naturaleza se sentía con mucha fuerza. Cantos de aves y gritos de animales se mezclaban con el ruido típico de las cañas movidas por el viento y la música, y la voz de Salvadora. ¡Sublime! Estaba tan nublado -incluso llovió un poco- que la noche era negra y no se veía nada. Oscuridad. Lo creas o no, al cabo de unos minutos de interpretación de Salvadora, la luna fue apareciendo entre las nubes, hasta contemplarse entera y enorme, en toda su plenitud.

-Coño, a ver si el poder de hacer salir a la luna, te habrá convertido, Manel…

-Tú ríete, Roc, graciosillo. Fue lo único interesante de la velada. Hablo por mí, claro. La mayoría se quedaron a dormir. Yo me fui…

-Y qué, ahora tienes una agenda llena de nuevos amigos y amigas de este  lugar donde vives, en el que no sé qué se te ha perdido , ni exactamente qué leches haces allí. Piensa que puedes parecer un snob. O peor, un “pijoprogre”…

¡Que cabrón! Cómo me conoces los puntos débiles. “Pijoprogre”, dice. Pues no. Ningún nombre nuevo en la agenda. Fracaso total. Lo más sencillo sería colgar el sambenito a los demás. ¿Pero sabes? Yo creo que cuando lo fuerzas, cuando haces aquello de “venga va, voy al sarao este zen a ver qué me encuentro”, acabas actuando sin proponértelo como “repelente de mosquitos”. Yo mucho criticar a la pija y quizás yo pintaba tan poco o incluso menos que ella allí en medio. ¿Ves? Algo sí aprendí hace años. Cuando las cosas no salen como quieres, antes de empezar a buscar culpables fuera, piensa en qué has hecho tú que quizás sea la causa. Y quizás era simplemente eso.

-No digo que no. Pero creo que te crees más excepcional, lo digo en el sentido “de excepción”, de lo que eres. El confinamiento y las medidas sociales, nos han hecho polvo a todos. Nada ha sido igual después. En realidad, hay gente para todo. Pero pienso que somos mayoría los que no hemos normalizado nuestras relaciones ni nuestra vida social. Que la vida ha cambiado. Vivimos diferente. El miedo, por mucho que evitamos usar esta palabra, nos ha podido.

Mientras Manel volvía a casa, el cielo continuó abriendose, las nubes desaparecieron y ya no dejó de ver la luna llena durante todo el camino. Abrió las ventanas del coche y el techo solar. El fresco que hacía le provocaba un estímulo singular. Placentero. Se detuvo a “relajar la vejiga” y se echó a reír. Él, que nunca se había dedicado a ver series, entonces había disfrutado con El método Kominsky. Le vino a la cabeza Sandy (Michael Douglas) y sus problemas de próstata. Él -que por profesión, entendía de próstatas- estaba bien. Pero una cosa llevó a la otra y sin dejar de disfrutar de los campos de arroz que, cuando la vista se había acomodado a la luz lunar, ya eran visibles, siguió el camino, recordando los detalles de la amistad entre Sandy y Norman Newland (Alan Arkin) y recordó a Sandy diciendo a Norman: “¿Sabes que este es el cuarto funeral al que voy este mes?”. Y él contestándole: “A nuestra edad se le llama vida social”. Este no era el tipo de vida social a la que aspiraba Manel que, de todos modos, se consideraba afortunado. Disfrutaba leyendo y escribiendo, haciendo deporte y aún tenía humor de aventurarse a hacer experimentos con el vivido aquella noche. Comenzó a reírse y explotó a carcajadas, pensando en la situación.

Mientras Salvadora derrochaba arte, sentimiento y energía con el instrumento de cuerda y su voz, él grabó un par de minutos de la sesión. Los escuchó en la parte final del trayecto y volvió a pensar: “Definitivamente, esta mujer transmite mucha paz”. Anselm Netol ya se había borrado de su cabeza.

Entró en casa y vio dos lunas llenas. Una en el cielo, enorme, preciosa, que iluminaba el mar que se había vuelto color plata, y la otra, la que se reflejaba en la piscina de su casa. Se acostó pensando que era “una experiencia más a la saca” y dando gracias por cómo la había tratado la vida hasta ese momento -malos ratos propios de cualquier vida incluidos, claro-.

Al día siguiente hacía un día espléndido, así que aprovechó para pasear en bici por una zona pantanosa y disfrutar de los mismos cantos de aves que la noche anterior. Faltaban los sonidos de la dilruba y la voz de Salvadora. Los cañaverales, de los que entraban y salían patos nadando o volando, seguían bailando rítmicamente y produciendo su propia música… La naturaleza seguía mostrándose, como un regalo, de forma generosa y altruista. Y esto, a pesar del mal trato que le proporcionamos los humanos. Cómo somos, ¿eh? Vivimos matando. ¿Vivimos?

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