IMG_0583Son las 22:01 y todavía no ha oscurecido. Si miro lo que tengo delante, parece que sea de noche. Es el efecto de la pared de la montaña a esta hora. Pero si levanto la mirada hasta la cima de la sierra que veo desde el balcón, el cielo todavía está de un azul bastante claro. Pocas veces he visto esta claridad a esta hora, pocas veces voy en verano al Pirineo.

Este paisaje normalmente lo veo cubierto de nieve. Me gusta ver la puesta de sol a media tarde con las montañas cubiertas de nieve. Ahora, sin embargo, con la ventana abierta y mientras el fresco empieza a ser intenso y estremece la piel, el paisaje también me parece precioso.

Las escasas luces de las casas vecinas cada vez son más evidentes. A medida que escribo, el fresco que se deja sentir a través de la ventana abierta del balcón, cada vez me recuerda más a las temperaturas de un otoño avanzado que a las del veraniego julio.

Fuera ya no veo nada y miro lo que me rodea dentro de casa. La chimenea, que casi siempre que estoy aquí a estas horas está funcionando, y ahora está apagada. La inmensidad de la montaña no se ve pero como sé que está ahí, el efecto de su presencia persiste y lo relaciono con la paz y el placer íntimo que transmiten las llamas de la leña cuando arde en la chimenea. Hoy no es el caso. Todo sensaciones recreadas.

El silencio es absoluto. Silencio de fresca noche de verano en la montaña. Todo es estático. Yo mismo estoy quieto escribiendo en un balancín… El balancín de casa.

En la pared, los cuadros de siempre. De repente la mirada se detiene en un retrato que me hizo Pierre Canessa hace 35 años en Canadá. En Repentigny. En el número 345 de la rue de Larochelle. Un suburbio de clase media acomodada del Montréal metropolitano. Esto sucedió en su estudio de pintura, en un día muy caluroso y húmedo de finales de julio. En aquella época empecé a descubrir América. Reagan era el presidente de los Estados Unidos y Renè Levesque (fui a su entierro en otoño de 1987) era el presidente del Quebec. Se celebraban los Juegos Olímpicos de verano en Moscú. Los anteriores, los de 1976, se habían celebrado en Montréal. ¿Os acordáis de Nadia Comaneci? El muro de Berlín todavía no había caído…

IMG_8765Al cabo de pocos días visitaría New York por primera vez en mi vida. Recuerdo el viaje de noche en un tren Amtrak y la entrada en Manhattan con la primera luz del día. ¡La visión de los rascacielos me impresionó! Hasta que el tren se adentró en un túnel (¿debió atravesar el Hudson por debajo?) y todo se oscureció hasta que, llegado a Philadelphia Station, salí a la calle y caí en la cuenta de que estaba en el Madison Square Garden. Tenía 22 años y me sentía pequeño en aquellas calles llenas de monumentos de cemento inmensos.

Fuera, ahora sí, definitivamente es negro noche. Continúo mirando los objetos que hay por casa. Dos números 5 de cera roja me recuerdan que hace dos años soplé velas para celebrar aquí, en medio de las montañas, mi cumpleaños. En esta casa hemos celebrado muchos cumpleaños. Pero no los míos, que son en verano. Este fue una excepción. Aquí hemos celebrado la mayor parte de los cumpleaños de mi hijo pequeño, que este diciembre cumplirá 22 y que hoy mismo ha llegado a una ciudad del sudeste asiático.

Continuo escribiendo y en la pantalla aparece un mensaje de un buen amigo que ahora vive y trabaja en Chile. Dice que le ha gustado el post que reproduce lo que escribí en Río de Janeiro en el año 1997. Mientras tanto el silencio sepulcral de la noche pirenaica es absoluto. Salgo al balcón y asomo la cabeza hacia fuera, poniendo la oreja, como queriendo escuchar alguna cosa. Pero nada. Seguro que a mi alrededor hay muchas almas inquietas y otras en paz. Pero no las veo. Las puedo imaginar pero no las veo. Es como si estuviera solo en medio de la montaña. La sensación es placentera.

La visión de los esquís y de las botas de esquí, de las raquetas y de toda la equipación de nieve, contrastan con el paisaje. Otro cuadro de un paisaje nevado de Canadá me traslada a una noche de noviembre de 1986. En plena snow storm (tormenta de nieve) salí a pasear por Ridgewood Street, mi calle cuando vivía en Montréal. El silencio hubiera resultado angustioso si no hubiera sido por la sensación de euforia que me invadió. Alguien me explicó que era consecuencia de la electricidad estática. No tengo ni idea. Pero recuerdo como a cada paso las piernas se hundían en la nieve hasta la altura de la rodilla y a pesar de la dificultad para caminar y la sensación de sábana de nieve que me envolvía caída del cielo y que no me permitía ver nada, la estimulación era alta. Y no había tomada ninguna sustancia euforizante. Terminé en un restaurante italiano que se llamaba Pizzafiore, comiendo una pizza hecha al horno de leña. ¡Muy buena!

IMG_0585Empieza a hacer frío. Tendré que cerrar la ventana del balcón.

Sigo mirando los objetos que veo, desde hace años cada vez que vengo a esta casa. Pero el recuerdo de una conversación domina ahora mi pensamiento. Me sorprende que alguien pueda pensar que porque he viajado mucho y -según opina esa persona- he hecho muchas cosas, le parece que estoy de vuelta de todo. Como si mi posición de partida en este momento, fuera mejor que la suya y la de otros por los viajes, los trabajos, las experiencias… Lo puedo entender. Pero no lo veo así. De nuevo la cuestión de lo que hemos hecho y de la imagen que damos, o tienen los demás de nosotros, versus lo que realmente somos.

¿No te parece suficiente? (me lo pregunta en relación a todo lo que he hecho) Algunos todavía estamos en la búsqueda de qué queremos hacer ( dice hacer, no ser) cuando seamos mayores.

Yo formo parte de estos (le respondo).

Y me replica con incredulidad:

-No, no.

Me pregunta si no tengo suficiente con lo que he hecho.

La cuestión, según mi opinión, no reside tanto en lo que hemos hecho, sino en lo que somos. A menudo lo que haces determina un personaje alejado de lo que realmente “eres”.

No conozco lo suficiente a la persona que me dice esto para concluir si lo que realmente le preocupa es que considera que ha hecho poco, o bien su preocupación tiene más que ver con el ser que con el hacer. No lo sé. Quizás hemos protagonizado un diálogo de sordos.

Me pregunta si me siento solo, le respondo que no, pero me doy cuenta que tampoco me cree.

La soledad no se arregla haciendo cosas o rodeándote de personas. La soledad, en mi caso, evoca más una cuestión de vacío interior que de compañía. Solo o acompañado, en medio de estas montañas, conectas con una inmensidad que te supera y ves claro que el tema no es New York, Montréal o el sudeste asiático o las cosas que has hecho, los éxitos que has atesorado y los enemigos que también te has generado. El tema es estar tranquilo y en paz con uno mismo.

Estas y otras cosas son las que me evoca este paisaje que hoy es verde, cuando normalmente para mí es blanco. Miro hacia fuera y ya solo veo las luces de las casas mientras un último recuerdo me viene a la cabeza. La oscuridad me retrotrae al comentario de un amigo que me resultó sorprendente. Una experiencia reciente, nueva para él, que nunca había vivido. Quería conocer a una persona que le parecía interesante y no pudo conseguir una tercera cita tras dos comidas en cuatro años. La persona que llamaba su atención le dijo que cuando alguien se interesaba por ella automáticamente se cerraba. Le surgían miedos y desconfianzas por analogía con experiencias vividas. Parece mentira cómo el pasado y cómo se interioriza, puede cerrar las puertas del presente.

IMG_0586Pero esto también forma parte de la vida. No todo el mundo está en disposición de ser accesible. De la misma forma que hay montañas preciosas que quisieras subir y no puedes, hay seres humanos maravillosos que limitados por sus propios temores se convierten en tan inalcanzables como estas montañas.

Todos tenemos nuestros miedos y debemos ser respetuosos con los miedos de los otros, aunque esto les haga inaccesibles como sucede con ciertas montañas. Quizás cuando son de color verde, te atreves a escalar hasta la cima. Pero cuando la nieve y el hielo se acumulan, las miras de lejos y también disfrutas de su belleza.

Y ahora que ya todo es tan oscuro, si no fuera porque es verano, no sabría si la montaña de delante es verde o es blanca. De hecho, en este preciso momento diría que es negra. Todo cambia y todo es relativo y nosotros somos bien poca cosa, aunque parezca que hemos hecho muchas cosas, que hemos tenido grandes experiencias. En la esencia humana, todos somos muy semejantes y al mismo tiempo muy diferentes. Es hora de ir a dormir.

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4 comentarios sobre “UNA NOCHE DE VERANO EN LA MONTAÑA

  1. Gràcies Josep Maria.
    La lectura del teu escrit m’ha transmès una agradable sensació de serenor.

    1. josepmariavia dice:

      Hi ha massa “soroll” al món dit civilitzat. La soledat a la muntanya, el silenci, s’agraeixen…

  2. Maria dice:

    Preciós…..enriquidor….feia dies no entrava al blog,i aquest post m’ha donat una bella estona d’un dissabte d’agost.
    Grácies per compartir la teva riquesa…

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies Maria!

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