Llego hacia las 6 de la tarde a Miami. Pasar el control de inmigración, recuperar la maleta y alquilar un coche me lleva un par de horas. Normalmente hubiera continuado hacia San José de Costa Rica, pero mañana al mediodía tengo una reunión y una comida que los clientes han insistido en hacer en sábado.

Miami es una ciudad a la que he tenido que ir muy a menudo por trabajo, aparte de un viaje privado con la familia. Recuerdo haberme instalado en diferentes zonas. En dos o tres ocasiones en Key Biscayne, una vez en Downtown, dos en North Beach, dos o tres en South Beach y las demás en un hotel del área del aeropuerto que me parece muy práctico para estancias cortas en las que, rápidamente, te tienes que ir a coger un avión a las 6 de la mañana.

No soy capaz de recordar la última vez que vine. Diría que fue durante 2012. He visto el aeropuerto muy cambiado, mejorado. Ha habido inversión.

La Dolphin Expressway no está saturada y en 10 minutos estoy en el hotel. Al bajar del coche el intenso calor me hace conectar con una sensación tropical muy familiar. El cielo se va abriendo, los claros ganan la batalla a las nubes pero, ya se sabe, en cualquier momento puede volver a haber un aguacero torrencial. El suelo está mojado. Las palmeras y el resto de árboles y plantas también, y el olor es característico, el propio de la vegetación tropical calentada durante horas a 35 grados o más y empapada de agua de repente. La humedad se respira…

Lo primero que me viene a la memoria son escenas, recuerdos de ese mismo parking del hotel al aire libre. Recuerdo que durante años hubo dos o tres papagayos enjaulados en la entrada. Miro hacia allí. Ya no están. Pero veo a mis hijos, pequeños, divirtiéndose escuchando a los loros repetir lo que les van diciendo.

Recuerdo una parada inesperada, volviendo de hacer una consultoría en Costa Rica, en 1995 o 1996, por indisposición de una compañera que nos obligó a interrumpir la vuelta y quedarnos un par de días en este mismo hotel. Afortunadamente, no fue nada. Muchos recuerdos… Con un ex socio… Después de realizar una operación importante (así lo sentíamos nosotros entonces) en Brickell Avenue, fuimos a celebrarlo a un restaurante cubano de Key Byscaine. Y por supuesto, una tormenta tropical inolvidable, que me dejó calado y me obligó a comprar ropa para cambiarme y poderme secar.

Ese día, o alguno antes o después, llegando al hotel, una chica bajó de un coche y se puso a bailar la canción de Matt Bianco, Ordinary day, que se oía con fuerza por los altavoces del vehículo con las puertas abiertas. Como si lo viera…

Reuniones de trabajo con socios y clientes mexicanos y argentinos. Miami, en cierto modo es una capital latinoamericana. Muchas empresas de todo el mundo que operan en Latinoamérica tienen oficina, a menudo el headquarter. Alguna de estas reuniones había dado paso a veladas con productos nicaragüenses (Flor de Caña) y cigarros de la tierra de Fidel.

En la “calle ocho” y en las terrazas y restaurantes de Miami Beach, la oferta de cigarros habanos hecha por miembros de la numerosa e influyente comunidad de exiliados del castrismo, incluye de todo: falsificaciones groseras y piezas auténticas… La mayoría conservadores y republicanos, no están muy contentos con la iniciativa de Obama (¿o de Castro? ¿O del Papa -que al menos hizo de mediador-? ¿O de los dos o los tres?), de restablecer relaciones con el castrismo.

Llego por la calle 5 a Collins Avenue, aparco y decido caminar un rato por Ocean Drive. Tengo que hacer tiempo. Hace mucho calor. Un termómetro marca 91 grados Fahrenheit -unos 33-34 grados centígrados- y me paro un rato en una terraza, en la que recuerdos y pensamientos varios llegan a mi mente.

El Park Central Hotel está medio derribado. ¿Renovación? ¿Seguirá siendo un hotel peculiar en Miami Beach? ¿Qué puede ser sino este edificio art decó en esta zona? Recuerdo que una vez me alojé allí y pasé mucho calor. El aparato de aire acondicionado fabricaba más ruido que aire fresco y acabé durmiendo mal con el clásico ventilador colgado del techo, sobre la cama.

Recuerdo que una noche, cenando en la terraza del Larios, uno de los negocios de Gloria Stefan y su marido en South Beach, un grupo de 4 o 5 personas comenzaron a interpretar la canción “Macarena” de los hermanos sevillanos Los del Río y una masa de gente se añadió hasta colapsar Ocean Drive cantando y dando palmas. Era todo un espectáculo. Gente de pie mirándolo, los que estaban sentados en las terrazas añadiéndose a la fiesta. Una limusina Hummer, bloqueada como el resto de coches, descargó una cantidad importante de gente que se añadieron a la “procesión de la Macarena”. Ferraris, Maseratis, Corvettes y otros deportivos y grupos de moteros con motos Harley Davidson, frustrados de no poder exhibirse circulando lentamente, por esta avenida, arriba y abajo -una atracción característica del lugar- se dividían entre los que se añadían a la fiesta cantando desde los coches y los que esperaban poder circular, más o menos divertidos o hastiados.

Yo no sabía quién era Gianni Versace hasta que el día que lo asesinaron, en julio de 1997 (lo recuerdo porque yo cerraba mi primera etapa profesional como consultor y estaba en Miami) paseando por esta avenida, vi policías y cámaras de TV ante su casa, una especie de palacete difícil de calificar, pero que, en cualquier caso, llama la atención por contraste con el resto de edificios art decó de la zona.

Una reportera y un cámara de TV iban preguntando a la gente que andaba por allí y me preguntaron qué pensaba de la muerte de Versace. Cuando les dije que no lo conocía se extrañaron bastante. Así fue como me enteré de que se trataba de un gran diseñador de moda italiano, que tenía una casa allí y que fue asesinado en circunstancias extrañas.

– Me pareció verte en el peaje de Key Byiscaine con un Jaguar XK rojo descapotable acompañado de una chica rubia guapísima.

Le dije, añadiendo:

– ¿Puede ser?

– Puede ser… (contestó él)

Retomo la marcha. He quedado para comer con dos judíos en Lincoln Road y no quiero llegar tarde. Al cabo de un rato ya vuelvo a estar en Collins Avenue y paso ante el Delano y…

El hombre estaba en la ducha en un hotel de Chicago. Acababa de llegar de Zurich e intentaba reponerse un poco, cuando de repente sonó el teléfono. No paraba de sonar y una vez se secó lo cogió.

– ¿Sí?
– ¿Dónde estás?
– ¿Dónde quieres que esté? En Chicago y tú?
– En Miami.
– ¡¿En Miami?! ¿Qué haces en Miami? ¿No deberías estar aquí?
– Déjalo estar ahora. Me tienes que ayudar. Me he escapado con Julie y me han pillado los paparazzi en la playa con ella… En fin, ya sabes … de noche.
– ¿No lo podíais hacer en el hotel? ¿En qué hotel estás?
– En el Delano…
– ¿Pero cómo se te ocurre ir al Delano con Julie? ¿No puedes ser más discreto? ¿Y ya que estás no te puedes quedar en la habitación a hacer el trabajo en lugar de hacerlo en la playa? ¡Has perdido la cabeza!
– De acuerdo, de acuerdo ¡Para! Ahora hay que negociar para que no vendan el material a ninguna agencia o medio.
– Me parece que lo tienes difícil. Pero tu jefe de prensa es bueno. Que intente hablar con ellos.
– Ya lo ha hecho y no quieren hablar por teléfono, hay que ir a Dallas a hablar con quien te diré y quiero que acompañes a Jaume.
– ¡¡¡No fastidies!!! ¿Acabo de llegar de Zurich y ahora quieres que me vaya a Dallas? ¡¡¡Si no he tenido tiempo ni de deshacer la maleta!!!

El almuerzo con los judíos ha ido bien. Firmaremos el contrato la próxima semana en Buenos Aires. Decido volver a pie por Washington Avenue hasta la calle 7, donde tengo aparcado el coche.

El cielo se va tapando y la tormenta tropical se ve venir. Cae un primer aguacero torrencial y me resguardo en el primer sito que puedo. Es un bar-restaurante librería, bio. Como un pastel de zanahoria que quizás sí que es bio, pero parece -por el sabor- más bien un terrón de azúcar big size.

Tormenta tropical… Cierro los ojos y recuerdo una conversación mantenida años atrás en uno de estos restaurantes de Miami Beach, con una persona entrañable. Todo vino por la lectura de un relato africano. El momento, el contexto y el contenido del relato hicieron que nos quedara grabado en la memoria de los dos. Siempre que nos vemos lo recordamos…

Ya son las 4 de la tarde y mañana tengo que madrugar mucho para viajar a Costa Rica. Sin estar recuperado de las 6 horas de diferencia, hay añadiré dos más. Decido ir hasta el Downtown, con la idea de volver al hotel, en la zona del aeropuerto, por Coral Gables. Cojo la 395 W y a esta hora veo los cruceros que ya han atracado en el puerto. Barcelona es, no sé si el tercer o el cuarto puerto crucerístico del mundo. Pero el primero es Miami.

No me atrae nada la idea de hacer un crucero, pero la vista de tantos barcos mastodónticos atracados uno tras otro impresiona.

Salgo de la autopista en dirección sur y llego al Downtown, bastante transitado por ser sábado. El American Airlines Arena, donde juegan los Miami Heat, Brickell Avenue. Voy a buscar la “calle ocho”, la pequeña Cuba y si bien el castellano, con todas las variedades latinoamericanas se escucha por todas partes, allí domina la versión cubana. Más que “spanglish”, “cubanglish” diría yo.

En un momento determinado tumbo hacia el sur hasta llegar a Coral Way, avenida atractiva por su vegetación tropical, que atraviesa el corazón de Coral Gables. Un semáforo me hace parar en la esquina con Ponce de León y de pronto recuerdo que allí había un steakhouse de la cadena Houston. Ahora, siendo el local aparentemente igual desde fuera, veo que ha cambiado de nombre. Ya no existe el Houston. Me viene a la mente el recuerdo de una cena con un compañero colombiano y su mujer.

Él y yo llegábamos de Nicaragua de hacer una consultoría por el Banco Interamericano de Desarrollo. Él hacía poco que vivía en Miami, precisamente en Brickell Avenue. Fue a casa, yo a un hotel en Key Byscaine y al atardecer nos encontramos en Houston. Era el año 2006 y la situación en Colombia era bastante insegura. A regañadientes y pensando en sus hijos se convirtieron en emigrantes a la fuerza, con dificultades para regularizar su situación en Estados Unidos…

Este escrito lo inicié el 10 de junio. Hace justo una semana. Ahora sigo escribiendo en un avión que me lleva precisamente a Bogotá, desde Washington, para hacer escala y cambiar de avión hacia Buenos Aires. Por la pantalla veo que estamos sobrevolando Fort Lauderdale, ciudad ubicada a unas 30 o 40 millas al norte de Miami. Volveré a cruzar Cuba -esta vez por Camagüey- como lo hice el domingo 12 y el miércoles 15, entonces por el tercio este de la isla, para ir y volver de San José de Costa Rica. Hoy seguiremos por Jamaica, acabaremos de cruzar el Caribe y sobrevolaremos Colombia hasta Bogotá.

Pero estaba en Coral Gables… Termino diciendo sólo que me dirijo al hotel, hacia la zona del aeropuerto y, sin solución de continuidad, el glamour de este barrio, da lugar a un suburbio latino con mayoría de cubanos, que contrasta bastante con el paisaje urbano que acabo de dejar. Definitivamente, la avenida 57 SW no es Coral Way, ni Valencia o Granada Street u otras calles que por el nombre recuerdan a la dominación española de Florida.

¡Dejo las cosas en el hotel y voy a cenar a un restaurante cubano de un mall de barrio, en el que todos están más pendientes de la Copa América (juega Estados Unidos contra no recuerdo quién) que de servir a los clientes!

¿Sigo? No, paro ya. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tiene compartir este tipo de (muy) mala guía de viaje? Quizás poco -o ninguno- para algún lector. Para mí el de revivir sensaciones que intento transmitir. De hecho es un subproducto marginal de la actividad central y que motiva el viaje, que es la obligación de hacerlo por trabajo.

Hacía años que en tan pocos días, no hacía tantos kilómetros ni visitaba tantos países y/o ciudades.

Si imagino un universo -que no creo que quede bien representado por la muestra de posibles lectores de este post- una minoría que saben de qué va, lo vivirán o lo vivirían entre la sensación de normalidad absoluta de trabajo y la “pereza” de ponerse en mi lugar, pensando lo que supone hacer unos 45.000 km en 12 días, con cambios de hora continuados y pasando por las 4 estaciones del año en este relativamente corto periodo de tiempo. Y no hace falta ser piloto de avión o asistente de vuelo. Yo mismo, hace dos décadas volaba una semana al mes (en ocasiones dos) a alguno o varios lugares de América, desde Canadá hasta la Patagonia. Y conozco decenas de consultores, profesionales y empresarios que tienen que viajar a ritmos que alteran la fisiología y la homeostasis del cuerpo humano. ¡Cuando llegaban las vacaciones, no sólo no quería ni oír hablar de viajar, sino que no cogía un avión ni para ir a las Baleares!

Haciendo bueno el dicho de que todo el mundo quiere lo que no tiene, cuando dejé de viajar a este ritmo, echaba de menos el poder moverme por el mundo. Por lo tanto puedo entender que algún lector sienta envidia (¡¡¡por favor, que sea sana!!!), pero casi osaría asegurarle que pronto se cansaría de este tipo de viajes: habiendo trabajado en casi todos los países americanos, sólo conozco algo bien Costa Rica, Perú y más o menos algunas capitales. Conozco muchas regiones y ciudades de América del Norte, pero por haber vivido durante un periodo largo universitario y algunos cortos.

Reconozco que da gusto reencontrarme con antiguos clientes y compañeros de trabajo. Algunos ya jubilados, otros aún haciendo el mismo trabajo que hace 5, 10, 20 años. La parte más agradable del viaje son estos reencuentros que hacen revenir recuerdos aparentemente olvidados, vividos o suscitados por las personas reencontradas y el contexto, el lugar físico, los olores, los acentos, el tipo de comida, el sabor que tiene y tantas y tantas cosas que podría listar y otros que no, porque seguro que operan sobre mí, pero de forma inconsciente.

Las horas de viaje, el trabajo y el cansancio no me permitirán escribir en el momento ideal que no es otro que aquellos instantes en que alguna persona, alguna voz, alguna imagen, alguna sensación me impulsa a transmitir vivencias con una intensidad y una frescura que, cuando pasan los días, vas perdiendo. Es lo que me pasa ahora mismo, momento en el que termino este escrito iniciado hace una semana y continuado en ratos perdidos…

Estoy a punto de aterrizar en Bogotá y recordar a García-Márquez, el Gabo, me emociona. La oscuridad nocturna me hace pensar en un vuelo un viernes por la noche, tarde, después de una semana de trabajo en Mendoza, desde esta ciudad andina en Buenos Aires. En el aeropuerto de Mendoza, llamado “El Plumerillo” había monjes budistas -probable entre actor es secundàries- que participaban en las escenas rodadas en los Andes, de la película “El pequeño Buda”.

¿Y por qué este recuerdo ahora? Es tarde, es de noche, estoy muy cansado y aunque todavía tengo que hacer escala en Bogotá y volar 6 horas largas más hasta Buenos Aires, la situación me ha recordado a la de aquel día. Era tarde, era de noche, a pesar de tener 20 años menos, estaba muy cansado y el destino final del día era, como hoy, Buenos Aires. Entonces Aeroparque, un aeropuerto peligrosamente urbano, que continúa existiendo. Hoy Ezeiza, aeropuerto que durante un año, frecuenté casi cada mes.

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4 comentarios sobre “TORMENTA TROPICAL EN MIAMI

  1. Olga dice:

    De Barcelona estan he pogut sentir aquesta olor intensa i penetrant de fulles i terra molla…..la estimada i acollidora América on hi caben tots els colors del mon.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies pel comentari Olga. Aquests dies a Costa Rica he recordat amb satisfacció periodes de treball compatits en aquell pais

  2. Helena Ris dice:

    ho veus com us ho passàveu bastant millor del que reconeixíeu quan arribàveu? 🙂
    molt bon escrit. M’ha agradat molt

    1. josepmariavia dice:

      Fina ironia Helena. En resum diria que quan viatges per feina molt sovint, t’acaba neguitejant la sola visió d’un avió. Quan deixes de fer-ho, trobes a faltar viatjar. Som així els humans. Com dic al post, sempre volem el que no tenim¡

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