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Los humanos somos una especie curiosa. Nos pasamos la vida intentando aprender  y preparándonos, sufriendo y preocupándonos por cosas que a menudo no pasan ni pasarán. Estudiamos, nos formamos, invertimos tiempo y dinero en la obtención de títulos y diplomas que, más allá del valor añadido a nuestro bagaje, nos proporcionan unos conocimientos, unas técnicas, unos instrumentos, que quizás nunca utilicemos. Pensamos en casi todo y nos preparamos para un cúmulo de eventualidades que pueden suceder o no. Sin embargo, no estamos preparados para el único hecho cierto que se producirá en la vida de todos y cada uno de nosotros: la muerte.

La muerte en nuestra sociedad es un gran tabú. No se habla. Como decía Epicuro: “Mientras vivimos, la muerte no está presente y cuando se presenta ya no existimos“.  Pero no queremos ni hablar, ni pensar. Si alguien nos hablara de prepararnos para cuando llegue el momento, nos resultaría extraño e incluso molesto.

Me declaro creyente descreído, que lucha o cree que lucha, por creer cada día más y lo hago con mucha dificultad. No solo pensando en la muerte. También, y sobre todo, pensando en la vida. Siento envidia sana de quienes profesan la fe y aunque, cuando hablamos la mayoría me dice algo que por otro lado es evidente, que tener fe no les exime de tener todo tipo de dudas;  no puedo más que pensar que disponen de  una buena “caja de herramientas”  para afrontar la vida respetando y queriendo a los demás, algo que, sin duda, también ayuda a morir tranquilo. Dicho de esta forma, podría parecer una banalización excesiva de un hecho muy trascendente, como si la fe fuera “un tipo de aspirina” que calma el dolor y permite ser funcional. Para mí no es esto. Es mucho más que esto. Entre la idea -a mi entender- negra, de que la muerte es el final y la visión- blanca, por seguir la analogía- de que es un camino hacia otra vida, hay muchos grises, dependiendo de las personas y del momento vital. La fe proporciona esperanza, ayuda a vivir y también, según parece, a morir.

A pesar de que escribo estas líneas el día de Todos los Santos, no es esta la causa del escrito. Es otra. Un amigo se está muriendo y me angustia pensar si, por cómo es él, se despedirá de todo el mundo de quien se tenga que despedir y se marchará en paz. Evidentemente la inquietud es mía. Quizás también suya. No lo sé. Pero conociéndole temo que por no incomodar a nadie, viva demasiado sólo la parte más difícil del proceso. En su entorno tiene muy buena compañía. Buena y respetuosa, como no podría ser de otra forma. Y con alguien de su entorno lo hemos hablado y hemos compartido esta intranquilidad. Repito, es mi inquietud y la de otras personas que le quieren. No sabemos cuáles son las suyas…

Las personas determinamos lo que queremos, podemos o estamos dispuestos a compartir. Mi experiencia con amigos que han fallecido después de enfermedades que han proporcionado el tiempo suficiente para que se diera la posibilidad de despedirse, ha sido reconfortante y positiva. Claro está que hablo desde mi perspectiva, pero recuerdo algún caso en el que quién nos dejaba también me expresó que despedirse le ayudaba a marchar en paz.

En julio de 1997 falleció una persona que trabajó conmigo mucho tiempo y con quien habíamos compartido muchos momentos de disfrute, de diálogo, de comunicación y muchas confidencias. Además de su capacidad intelectual, su pragmatismo, sentido del humor y fina ironía completan resumidamente el recuerdo que me ha quedado de él. Yo tenía que irme de viaje durante quince días y sabía que muy probablemente cuando regresara, él ya no estaría.

Le fui a ver, su mujer nos dejó a solas y lo encontré relajado y en paz. Había pasado unos días difíciles a causa del dolor provocado por una obstrucción de las vías biliares y la incomodidad también dolorosa que provoca la distensión abdominal por acumulación de líquido ascítico. Una pertinente intervención paliativa, destinada evidentemente a aliviar y no a curar (por muchos homenajes que les hagamos a nuestros equipos de cuidados paliativos, siempre nos quedaremos cortos),  le permitió morir sin molestias y en paz. Y se despidió de mí utilizando su ironía. Sus ojos de “pícaro” miraron los míos y me dijo “¡mala hierba… al final también se muere!”. Nos abrazamos y salí con los ojos vidriosos, pero tremendamente reconfortado y sobre todo con la sensación de que él había podido verbalizar, compartir y asumir serenamente su final.

Bien, si Dios no dispone lo contrario, de aquí a pocos días tengo que irme de viaje. Estoy en contacto con la compañera de mi amigo, que ayer me manifestó que él parecía interesado en que nos viéramos. No sé si la combinación de su estado físico con el anímico permitirá que este último encuentro se produzca o no.

Pero  más allá de mi caso, y de cómo pueda sentirme, que es lo de menos, la cuestión es la idea de morir en paz, compartiendo preocupaciones con los seres queridos, despedirte, dar las gracias o aclarar cosas que hayan podido quedar pendientes o reconciliarte si es necesario. A veces también parece que los que han de marchar “pidan permiso”. Su organismo saca fuerzas de donde ya no quedan para resistir unos días más, esperando a que alguien muy concreto diga “todo está bien, vete tranquilo”, o simplemente les sonría y les diga “Adiós, vete en paz”.

Esto de exponerte públicamente a través de un blog, debe tener sus ventajas y sin duda tiene diversos inconvenientes. Y también se debe saber establecer los límites entre lo que pertenece a la esfera pública y lo que pertenece a la privada. Determinadas exhibiciones públicas no son adecuadas, ni de buen gusto. Por lo tanto, si me equivoco pido disculpas, pero más allá de que pueda o no despedirme  de mi amigo, estas líneas me  proporcionan la sensación, probablemente absurda, de contribuir (puro voluntarismo estéril probablemente, impotencia quizás) a que se vaya en paz. Gracias, amigo, por tu generosidad y ¡buena suerte!

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5 comentarios sobre “TODOS LOS SANTOS, PURA COINCIDENCIA…

  1. Estic d’acord en el que ningún no ens prepara per anar-nos-en. Jo diria, que mes que un tema tabú es un tema desconegut i incòmode per la seva incertesa. Ningú vol marxar i quan un veu que ho ha de fer hi ha molts paràmetres que fan que la seva reacció sigui difícil de predir. Tinc la sensació que te a veure en com ha estat la teva vida i la dificultat de deixar “enllestit” tot allò que deixes i un gran coratge per enfrontar-te a aquells que es queden i certament et recordaran. La gent fa el que pot, mes que el que sap, pero jo penso honestament que no hi ha res mes reconfortant que mirar als ulls de la gent que estimes i fer-los una ultima i sentida abraçada. Totalment d’acord Via.

  2. Gemma dice:

    La mort; quín gran misteri! Tant és el sexe, raça, condició social… Tots passarem pel mateix. Per tant, per què negar la realitat? Hi ha que prefereix ignorar-la, rebutjar-la com enemiga de la vida; d’altres és un moment únic, alliberador, que es viu sense temor i sense angoixa.
    Sí, cal parlar-ne! Tot i que és una barreja de sensacions emocionals, hem d’acompanyar a l’èsser estimat que passa per aquest moment únic, especial, íntim; té conciència que no queda temps i són tantes les coses que queden per dir…busca la complicitat dels familiars i amics amb un somriure, una abraçada, mirar-se als ulls, agafar-se les mans, recordar aquell moment viscut tan especial… per marxar en pau!
    Tots voldriem tenir una mort dolça, però no sabem el destí que ens espera. Crec que qualsevol moment és bó per parlar de la mort.

  3. macu dice:

    Posiblemente todos los que nos dejan en algún momento tienen la conciencia de que se van pero defiendo que saber o no es una decisión personal. No quiero que se despida de mi nadie a quien quiero, si se va, la despedida no me consuela, ni su mirada ni nada, si debo aferrarme a algo, si puedo, seria a la fe, al recuerdo de su cara, del tacto de su piel, de su voz….aún asi, no estoy preparada para esto, me duele el alma y los ojos. No, nunca me han gustado las despedidas, no, definitivamente no estoy preparada ni creo que nadie lo esté

  4. Fa un parell d’anys un amic meu es va suicidar. La seva germana em va preguntar com explicar-ho als seus fills, nebots del meu amic. No vaig saber què respondre, però els hi vaig escriure un conte que els hi va ser molt útil. Posteriorment s’ha convertit en un album il.lustrat que està servint de consol a molta gent, petits i adults, En Max i la seva ombra.

    Aquí el vídeo:http://www.youtube.com/watch?v=CfJhQf1yhlM
    Aquí més informació: http://joseluisregojo.blogspot.com.es/2013/01/en-max-i-la-seva-ombra.html

    En Max i la seva ombra és una història entranyable entre un noi i la seva ombra, un diàleg on els silencis són més importants que les paraules. Un diàleg que aconsegueix donar respostes senzilles a preguntes que ens hem fet des que el món és món i que només els nens i nenes s’atreveixen a preguntar amb una innocent cruesa.

    Si algun lector del seu bloc o vosté mateix vol tenir una còpia del llibre no tinc cap inconvenient en enviar-li el pdf del text amb les il.lustracions.

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies José Luis i felicitats per la iniciativa. És magnífica!!
      Si que m’agradaria rebre el pdf amb les imatges. Et faré arribar el meu mail

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