Plaza de la República

Plaza de la República

Son las 7 de la mañana y apenas empieza a hacerse de día. Día de San Luis, 21 de junio, inicio del invierno en Buenos Aires. Hace una temperatura de 7 grados. En Barcelona empieza el verano.

Llegué a Buenos Aires el sábado 18 de junio, después de pasar menos de 48 horas en Washington DC. Hice escala en Bogotá y de allí a Buenos Aires, donde llegué poco después de las 6 de la mañana y de pasar la noche en el avión. Era de noche, la niebla provocaba humedad y hacía frío.

En el trayecto Washington-Bogotá, mi vecino de asiento llevaba la camiseta de la selección colombiana que se jugaba contra Perú su continuidad en la Copa América. El hombre, que me explicó que hacía años que vivía en Estados Unidos, estaba nerviosísimo. Cuando aterrizamos en Bogotá, conectó de inmediato el móvil: ¡¡¡Prórroga!!!

Mientras esperaba para embarcar hacia Buenos Aires, en el aeropuerto de Bogotá todo el mundo iba buscando aparatos de TV, mirando y escuchando a través de ordenadores, tablets y smartphones para seguir la tanda de penaltis. Al final pasaron…

En el trayecto hacia Buenos Aires, me tocó de compañera de vuelo una señora (diría que) más mayor de lo que parecía. Una “porteña” muy auténtica…

Creo que la última vez que estuve en el aeropuerto de Ezeiza fue en 1998 y de forma frecuente entre 1994 y 1997. Siempre por trabajo, como en esta ocasión.

Llego al hotel francamente cansado y la buena noticia es que tengo lo que queda de sábado y domingo para descansar. El lunes es fiesta nacional, el Día de la Bandera, pero de todos modos empiezo las reuniones de trabajo.

Descanso un rato y voy a caminar aprovechando que el día es soleado. Final de otoño con temperaturas de invierno que se suavizan hacia el mediodía y primera hora de la tarde. Una amiga argentina de Barcelona me advirtió, con pesar, de que no encontraría grandes cambios en relación al Buenos Aires de hace dos décadas. Y así ha sido. Quizás existen, pero lo cierto es que la fisonomía de la ciudad y el ambiente no me dan la sensación de cambios relevantes.

Políticamente, el populismo de Menem dio paso al populismo “chavista” del kirchnerismo (Néstor y Cristina) y, según me cuentan, el cansancio y el desencanto de la gente llevaron a Macri al poder, sin que de momento (solo hace 6 meses que gobierna), nadie saque todavía demasiadas conclusiones. Pero la ciudad la encuentro parecida al recuerdo que tenía de ella… Me parece, no lo puedo asegurar, que el “subte” (metro), está un poco más desarrollado de lo que estaba. Es la diferencia que me llama más la atención.

Volver a visitar, después de tantos años, La Recoleta, Palermo y el desarrollo de la zona portuaria, desde La Recoleta (antes del puerto propiamente dicho) hasta el lujoso Puerto Madero por un lado, y San Telmo, la Boca y un par de “villas miseria”, por otro lado, resulta chocante. Quedo francamente impactado y el malestar que me provoca la comparación, no me lo quitaré de encima en todo lo que queda de estancia. Me domina el malestar. Es una lástima -por no decir una aberración- que con la riqueza natural de este país -y pese a la enorme evasión de capitales- la desigualdad sea tan sobrecogedora. Se palpa en un ambiente de corrupción generalizada. No recuerdo ni una sola conversación en la que no se hablara del tema, con resignación -sincera o no-, con queja, pero dando por hecho con pesimismo, que la corrupción es estructural y generalizada. Por más extraño que parezca, lo que pasa en España parece de aficionados si se compara con lo que aquí se explica y se respira. Si tenemos que hacer caso a los datos del índice de Percepción de la Corrupción, de International Transparency, Argentina ocupaba en 2015 el puesto 107 de 168 y España el 36… Para completar el mapa del viaje, Costa Rica ocupa el lugar 40 y Estados Unidos el 16.

Me pierdo por el lujo del barrio de La Recoleta. Voy hasta el “Cementerio de La Recoleta”, hasta llegar a la calle Alvear, que recuerda a una de

Calle Corrientes

Calle Corrientes

las calles más aristocráticas de París, giro a la izquierda por Montevideo hasta girar a la derecha por la Avenida Libertador donde me encuentro las glamurosas galerías “Patio Bulrich”. Sigo caminando, cruzo por debajo de la prolongación de la imponente Avenida 9 de Julio y me paro en la Plaza San Martín, donde además de la estatua del “libertador” está el monumento a los caídos en las Malvinas. En un muro -a modo del Memorial Vietnam de Washington- están inscritos los nombres de todas las víctimas de aquella absurda guerra, si es que hay alguna que no sea absurda. Recuerdo que la primera vez que lo vi la sensación fue aún más impactante.

La Torre Monumental, hoteles de lujo… cruzo la Avenida Eduardo Madero hasta la Avenida Antártida, desde donde diviso, en dirección al magnífico Puerto Madero, opulentos rascacielos (destaca entre ellos el de uno de los grandes bancos españoles). Antes de llegar al Puerto, la estación fluvial del “Buquebús” me recuerda viajes de hace años, cruzando el Río de la Plata, hasta Montevideo -ciudad entrañable, donde también trabajé- o Colonia, una especie de pequeña “Cartagena de Indias” en Uruguay. Llego a Puerto Madero y me quedo impresionado por cómo ha crecido. Restaurante, bares, más restaurantes y más bares, no precisamente sencillos, todos con terrazas, frente al paseo que transcurre en paralelo a un magnífico puerto deportivo, lleno de embarcaciones que no pasan desapercibidas.

Paro y me siento en un banco de diseño y no me puedo quitar de la cabeza que todo esto esté en la misma ciudad que presenta niveles de pobreza extrema y de miseria. Y ya sé que esto ocurre en todas las grandes ciudades, o casi, Barcelona incluida. Pero no estamos hablando de proporciones comparables. ¡Es indignante! Por cierto, a principios de los 90, el Ayuntamiento de Barcelona colaboró con el de Buenos Aires en la preparación del diseño y el concurso de ideas para desarrollar el proyecto de un Puerto Madero, “alucinante”, a “lo grande” porteño, porteño!

Recuerdo un 31 de enero (quizás de 1995 o 1996), recién llegado a Buenos Aires desde Santiago de Chile, que fui a cenar a un Puerto Madero que empezaba a ser una realidad, pero nada parecido a lo que es ahora. Prácticamente no había restaurantes todavía.

Hacía un calor insoportable y la sensación era la que hubiera podido tener un barcelonés un 31 de agosto de aquellos años en los que la ciudad quedaba desierta y aún no había prácticamente ningún turista deambulando. Aquellos años en los que se publicaba una foto en el periódico mostrando la poca gente que quedaba en la ciudad, atravesando un Paseo de Gracia sin coches. En ese momento -hacía días que estaba fuera de casa-, cenando solo y pasando calor, no me sentía precisamente afortunado por más que pueda resultar extraño…

Subo desde el Puerto hacia el centro por Corrientes -calle que da nombre al famoso tango-, giro a la izquierda por Reconquista y después de cruzar Sarmiento, Teniente General Juan Domingo Perón y Rivadavia, llego a la Plaza de Mayo con una Casa Rosada hiperprotegida, donde no queda ni rastro de “las madres” ni, por supuesto, de “las abuelas de mayo”. Hay acampados supervivientes de la Guerra de las Malvinas que con aspecto de homeless, tienen unas tiendas de mala muerte plantadas y unas pancartas colgadas reclamando ayudas.

Completo el largo paseo por la Avenida de Mayo hasta 9 de Julio -a los porteños les sigue pareciendo que  Mayo tiene un aire madrileño que yo no le acabo de ver- giro a la derecha para llegar a la Plaza de la República donde está el inmenso obelisco símbolo de Buenos Aires y me doy la vuelta para contemplar lo que fue el Ministerio de Salud (no sé si todavía lo es), un edificio alto y antiguo que tiene dibujada una imagen enorme de la cara de Evita Perón. Recuerdo los períodos de trabajo en ese edificio…

Inevitablemente paro en el Café Tortoni, en la Avenida de Mayo. Una maravilla centenaria, sí. Pero el grado de adaptación al turismo es tan

Café Tortoni

Café Tortoni

exagerado, que ésta es la sensación que se me queda grabada por encima de cualquier otra. Fue lugar de encuentro de artistas famosos. Escritores, pintores, Carlos Gardel -que actuó en alguna ocasión- lo frecuentaba… Yo mismo pude disfrutar de un Café Tortoni poco “turistificado”, hace un par de décadas. Recuerdo haber visto interpretar y bailar tangos, aunque con muy pocos turistas.

Vuelvo a coger Corrientes en dirección al puerto -teatros con las fachadas transformadas en anuncios de las obras que se representan- y llegando a Florida giro a la izquierda para comer algo en las bellísimas “Galerías Pacífico” que, una vez más, con toda su solera, representan un fuerte contraste con la cara paupérrima de la ciudad.

A media tarde llego al hotel bastante cansado. Después de una ducha reparadora y de hacer una revisión de documentación para las reuniones del lunes, ceno en la habitación un pack de verduras y legumbres que he comprado en un establecimiento chino -los chinos también están llegando de forma significativa a Argentina- y miro por la TV la Copa América. Argentina-Venezuela. Lo miro por la TV, pero lo escucho por radio. La locuacidad, el verbo fácil de los locutores argentinos, el peculiar argot futbolístico, dirigido a elogiar la grandeza de Messi, me llaman mucho la atención. Parecía que las críticas históricas a Messi, jugador del seleccionado argentino, se han desvanecido y que sus compatriotas han caído rendidos a su grandeza futbolística. Ahora que ya sé que la tragedia contra Chile en la final se ha repetido por segunda vez consecutiva y que Leo ha anunciado que no jugará más con Argentina… vuelvo a estar situado en la realidad.

Domingo. Último día para tratar de explorar la ciudad. Voy a San Telmo y al ser domingo, en la Plaza Dorrego y la calle Defensa, con adoquines característicos, como otros del barrio, puedo visitar la Feria de San Telmo y constatar, una vez más, como en el caso del Café Tortoni, que el turismo, que tiene sus cosas buenas, degrada las ciudades. El aspecto de los restaurantes, los cafés y la fisonomía urbana, me parecen víctimas de una transformación que no parece natural, vegetativa …

El mercado de San Telmo, la Iglesia de San Pedro Telmo y la Iglesia ortodoxa rusa de la Trinidad, testigo de la inmigración de finales del siglo XIX y primera parte del XX. El bar Sur y otros con mucho encanto. El Viejo Almacén al que no sé si van muchos más porteños a escuchar y ver bailar tango, que barceloneses a un “tablao” flamenco en nuestra ciudad.

Personalmente, lo que siempre me ha impresionado más de San Telmo, son los “conventitos”, habitaciones diminutas, pertenecientes a antiguas casas coloniales troceadas, a menudo muy bonitas, que una burguesía local abandonó huyendo de epidemias y enfermedades, y alquilaban en pequeñas porciones a los inmigrantes que venían de Europa a, al menos de entrada, malvivir en aquellos reducidos espacios.

Acabo yendo a La Boca, a pesar de que siempre me pareció que la explotación turística de este barrio -basada en el Estadio del Boca Juniors, la Bombonera, y del callejón que inspiró el tango “Caminito”- era comparable a forzar un montaje turístico en medio del barrio de La Mina de Barcelona de los peores tiempos.

IMG_3626Además de contemplar la Bombonera, me salgo del circuito turístico y constato la pobreza llamativa, no sé si tan extrema como la de ciertas “villas miseria”, pero… Por cierto, me cuentan que se ha puesto en marcha una oferta turística consistente en “viva la experiencia de una villa miseria”, lugares donde no se atreve a entrar ni la policía y donde se puede encontrar de todo. ¡Qué contraste con Palermo! Aparte del Palermo de toda la vida, exhuberante, con los “Bosques“ y viviendas exclusivas, ha surgido lo que denominan Palermo Soho y Palermo Hollywood, dónde la riqueza y el bienestar material resultan arrolladores.

El hecho de haber podido aprovechar un fin de semana en Buenos Aires, me permite concluir que a pesar de todo es una gran ciudad y que la visita fue grata. Así se lo expliqué en un e-mail a un buen amigo de Buenos Aires que vive en Estados Unidos. Reproduzco, a modo de conclusión, su respuesta a mi correo. Decía:

(…) Me alegra saber que la visita a BA te ha resultado grata. ¡No me imaginaba que tu última visita había sido hace 19 años! Lo de los contrastes y desigualdades daría para conversar bastante, resultado de lo que por aquellas latitudes llaman capitalismo salvaje pero también de políticas y estilos de ejercicio del poder que utilizaron a los pobres como materia prima, y sin olvidarnos de la forma como se dilapidaron y/o robaron recursos públicos en cantidades astronómicas. Pero BA sigue siendo una gran ciudad y a mí como porteño me da una gran satisfacción que los visitantes la disfruten (…)”.

Una gran ciudad que he podido recorrer disfrutando de un solecito agradable que endulzaba el invierno austral. ¡Merece la pena!

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2 comentarios sobre “OTOÑO-INVIERNO AUSTRAL

  1. Tenies raó Josep Maria, el meu comentari al teu anterior post seria molt més adient en aquest!

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies!

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