IMG_6007Hoy es Navidad. Desde hace días, y sobre todo ayer, recibo, recibí, felicitaciones de personas cercanas y queridas, sí, pero también de otras, muchas que no conozco mucho o que simplemente no conozco. Si lo pongo en el contexto de la vida cotidiana, no es habitual.

Una amiga me envía un mensaje que pone: “Feliz Navidad. Si es que te gusta la Navidad…”. Me lo dice a mí, pero interpreto un sentido más general: sabe que a mucha gente la Navidad no les hace felices, les entristece o simplemente no les gusta.

Navidad significa, debería significar, se querría que significara paz, amor, fraternidad universal… Es un período, unos días, tal vez solo un día o unos ratos de tregua, en un mundo que nos gustaría que fuera más humano. Incluso muchos de los que cotidianamente maltratan o humillan al prójimo, durante la tregua navideña sienten la necesidad de hacer una parada y desear lo mejor a todos o a casi todos, a saber si incluso a algunas de sus víctimas, sin quizás saber ni siquiera que lo sean.

En la portería de casa recojo el periódico “ARA” y me doy cuenta de que, porque es Navidad, quienes lo hacen han sentido la necesidad de encontrar 50 buenas noticias. ¡Está bien! La explicación dada por la directora en el editorial es un maravilloso reflejo de la sociedad en la que vivimos, más allá del mundo periodístico al que ella se refiere.

Comienza diciendo: “A menudo los periodistas nos quedamos atrapados por una visión negativa del mundo. Los hechos, para pasar a la categoría de noticia, necesitan ser nuevos, sorprendentes, impactantes, insólitos, graves, y estas condiciones, que son necesarias para captar nuestro interés y el de nuestros lectores, se acostumbran a dar más fácilmente en las noticias negativas. El magnetismo del titular en mayúsculas, de la cifra más alta, del decibelio exagerado y la aceleración de la realidad hacen que los periódicos sean, a menudo, un catálogo de la miseria del alma humana con su tristeza, violencia, impotencia y maldad”.

Los periodistas no son mejores ni peores que el resto de mortales. Tienen más repercusión, eso sí, lo que hace que puedan hacer más daño y también que tengan la oportunidad de plantearse cómo, cambiando actitudes, podrían contribuir decisivamente a construir un mundo mejor. En especial los que, conscientes de que vende más lo que destruye y hace daño, las noticias negativas -lo que tampoco habla muy bien de los destinatarios de las mismas-, se esfuerzan en crearlas incluso donde no las hay, o en magnificar hechos intrascendentes hasta provocar que lo que no tiene más, parezca un gran escándalo.

El mundo en el que vivimos, que es el que reflejan los periódicos, es como es. Y el esfuerzo que hacen los del “ARA” porque es Navidad -“sublevarnos… (y) trabajar en un periódico de buenas noticias”- es el mismo que hace la mayoría de la gente el día de Navidad, necesitados como estamos todos de “ser más buenos” y construir un mundo mejor o simplemente frenar un poco la carrera alocada que hemos emprendido para destruir el planeta, tarea en la que, por desgracia de todos, ponemos mucho y demasiado esfuerzo y energía y desgraciadamente estamos sobresaliendo. “Una visión de pesimista”, diría un buen amigo mío. Y yo replicaría expresando mi desacuerdo: “¿Pesimista?”.

¿Son pesimistas los del “ARA” por reconocer la realidad? No. ¿Hay que censurar o tachar de “ejercicio de buenismo”, el esfuerzo de hacer un “periódico de buenas noticias el día de Navidad”? No. Al contrario. Como no hay que censurar a las millones de personas que un día al año, el de Navidad, desean lo mejor a todos. Más vale eso que nada. En todo caso hay que reflexionar sobre qué haría falta para que esto que pasa el día de Navidad, estuviera más presente todo el año.

Hay que admitir que los que habitualmente se esfuerzan más por evitar caer en la negatividad, los que casi siempre son capaces de encontrar la parte positiva a cualquier situación o evento -ilusos y simples de espíritu excluidos-, los que sobresalen de verdad, los santos -que los hay- son personas con mucha vida interior, capaces de desconectar del “ruido del mundo”, el mismo que amplifican los Media. Hay que huir del ruido para ser positivo, a menos que se tenga una gran capacidad de, por ruido que haya, no perder la conexión con la esencia humana que se encuentra en el interior de uno mismo y de los demás. Pocos lo consiguen, pero los hay. Por tanto, dado que es posible, hay que perseverar…

Pero como decía, esto no significa ignorar la realidad. Es más, si no se percibe adecuadamente la realidad, resulta imposible mejorar. Lo que no se identifica como mejorable no se puede mejorar. Hablar abiertamente de la realidad y describirla como es, no tiene nada que ver con el pesimismo. No considero tampoco, por ejemplo, que el Papa sea pesimista cuando dice -lo he escuchado por la radio y no lo puedo reproducir literalmente, pero sí transmitir el mensaje- que hay que rescatar la Navidad de las luces del comercio que arrinconan la luz de Dios y de nuestro afán por los regalos, mientras nos mantenemos insensibles a los que están marginados.

¿Qué es lo que hace que, a pesar de todo, la Navidad desvele sentimientos fuertes y especiales, de alegría, amor y felicidad o de tristeza y enojo, pero sentimientos al fin y al cabo? Doy mi opinión. No tiene más valor que éste, una opinión.

Para mí, la clave de lo que podríamos llamar “efecto Navidad”, más allá del sentido religioso y lo que pueda significar para los creyentes, lo que puede hacer que la Navidad nos emocione, es la conexión -más o menos consciente- con lo que significaba la Navidad en la infancia. Aún ahora escuchamos a veces decir que la Navidad es alegre si hay peques en casa. Se podría decir que hay que recuperar la inocencia y la bondad de los niños para encontrar el verdadero sentido de la Navidad.

Mi recuerdo de la Navidad es bonito. Seguro que hay una parte de aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero recuerdo el frío de diciembre -seguramente, cambio climático aparte, las calefacciones no eran tan buenas como ahora-, el colegio acababa, hacíamos el pesebre entre todos, un concurso de villancicos… La cantinela de los niños del Colegio de San Ildefonso, hacíamos la carta y con los amigos hablábamos de lo que nos traerían los Reyes…

Recuerdo un año que hacía mucho frío y que como tantos otros, fui con mis padres a la Misa del Gallo en el Monasterio de Sant Cugat, mi pueblo. Eran los años 60 y al volver a casa nos cruzamos con un grupo de inmigrantes andaluces que celebraban la Nochebuena en un momento en el que la mayoría de familias catalanas no hacían casi nada especial, Misa del Gallo aparte. Iban bastante bebidos, cantaban y tocaban una zambomba y panderetas. Mis padres me contaron que los españoles hacían una gran cena en Nochebuena y lo celebraban de una forma diferente. Aquella escena provocó un efecto chocante en mi mente de niño. Hoy, cuando lo miro con los ojos de un hijo que ha emigrado en busca de un futuro mejor, aquel recuerdo se enriquece con muchos matices… No siempre es fácil ponerse en la piel de los demás.

Esta es mi percepción, sí. El recuerdo de la Navidad infantil mantiene viva la Navidad y determina -por contraste con el mismo con el paso de los años- la evolución del significado de la Navidad. La comida de Navidad, la escudella, el cocido, el capó, los turrones, los barquillos y las primeras catas de cava, que entonces llamábamos champán. Los canelones de San Esteban, el día de los Inocentes, el día del home dels nassos, la carrera de San Silvestre, las campanadas desde la Puerta del Sol, en riguroso blanco y negro, el Concierto de Año Nuevo, los saltos de esquí y… ¡¡¡la noche de Reyes!!! La cabalgata, la emoción de dar la carta al Rey negro, el recuerdo de la sonrisa feliz de mi padre con los ojos brillantes haciéndome vivir con intensidad y naturalidad que aquellos magos que teníamos delante eran los mismos que habían ido a adorar al Niño Jesús. Para él, que era creyente, este detalle era importante. Sin embargo, con los años y viendo mis dudas, la historia se fue adaptando y ya no eran los mismos, pero eran sus descendientes.

Los días anteriores, a medida que se acercaba el día de Reyes, íbamos acercando sus majestades al Niño Jesús en el pesebre. El día 6 de enero la magia era absoluta. La emoción, indescriptible. ¡¡¡Inenarrable!!! El día 7, día del cumpleaños de mi madre, era para jugar y el 8 de enero volvíamos al colegio pero los profesores nos permitían que durante un rato nos explicáramos qué nos habían traído los Reyes e incluso llevábamos alguno de los juguetes al colegio. Me dejo la décima, el Caga Tió y el recuerdo emocionado de cómo vibraba mi abuelo con la Navidad. Pero los mayores vibraban porque estábamos nosotros: ¡¡¡el verdadero sentido de la Navidad coincide con la inocencia y la bondad de los niños!!!

Ayer fui a buscar a uno de mis hijos al aeropuerto. Aquel niño que hace un par de décadas, tal día como hoy hacía cagar al Tió y recitaba de pie en la silla el verso navideño, la décima, hoy vive y -fundamentalmente- trabaja en Chile. La Navidad ahora sirve para verlo y disfrutar de él unos días… El significado de la Navidad ha cambiado…

Volviendo del aeropuerto me comentó la sensación de extrañeza que le provocaba “venir de vacaciones a Barcelona”. La que quizás sienten muchos de los jóvenes que han tenido que irse a la fuerza porque nuestro país no les ofrecía lo que se esperaban y seguramente merecían… La que se traduce en sentimientos muy diferentes de la alegría con la que vivían la Navidad cuando estos chicos que empiezan a labrar su futuro eran niños.

Durante el trayecto salieron aspectos de la vida cotidiana en el Cono Sur que conozco bastante por haber trabajado allí durante años. Nunca vivido, como es su caso, pero sí trabajado en períodos de corta estancia. El contraste que supone cambiar de golpe de verano a invierno, la sensación de que Navidad no es Navidad a 27 grados y cuando a las 9 de la noche todavía no es oscuro. Hablando con él he recordado cómo una vez, no muy lejos de Navidad, en Montevideo, muerto de calor, me impactó ver a un Papá Noel sudando la gorda a las puertas de unos grandes almacenes.

Mi hijo me decía algo que sospecho que en parte tenía que ver con su propio recuerdo de la Navidad infantil. Decía que para él, Navidad era invierno y que le costaba tener la sensación de Navidad en verano y sin luces en las calles.

También, hablando de la vida cotidiana en aquel país, me decía que agradecía el hecho de no sentir el grado de crispación y mal humor que había experimentado en los últimos años en Barcelona. Destacaba también que por comparación sentía que nuestra sociedad está mucho más deteriorada por la envidia. ¿Quizás podríamos decir, en un sentido figurado, que “necesitan menos la tregua navideña”? Seguro que habrá quien opinará que no por muchos otros motivos. De hecho mi hijo se refería seguramente al ambiente que respira en el trabajo y entre el mundo de los expatriados, ya que Chile no se caracteriza precisamente por ser una sociedad igualitaria y, por ejemplo, el riesgo de robo o atraco es superior al de Barcelona…

Pero Nueva Zelanda sí que es una sociedad igualitaria, tranquila y segura. Y lo digo porque el hecho de haber estado recientemente me mantiene el recuerdo fresco (ver post “Recuerdos del Mar de Tasmania”). A principios de semana yo comentaba algo parecido con un grupo de amigos refiriéndome a que da gusto salir de la tensión, la agresividad patente en la calle, la envidia que decía mi hijo, y el odio creciente, añado yo, ya que hace tiempo que estoy preocupado por cómo incrementa este sentimiento por diferencias de clase, nacionales y religiosas en nuestras sociedades europeas. Me llamó mucho la atención en Nueva Zelanda cómo estaba presente el sentimiento de alegrarse cuando las cosas le van bien al prójimo. ¡¡¡Y no era Navidad!!! El amigo al que me refería al principio, presente en la reunión, me llamó -¡¿cómo no?!- pesimista (!).

Seguro que hay mucha gente -también entre mis familiares y amigos- más positivos que yo. Pero, porque precisamente no me engaño -vivo en un país en el que el periódico el día de Navidad debe buscar buenas noticias para celebrarlo- trato de encontrar las condiciones que me faciliten ser positivo y poder aportar a la sociedad.

En este momento, sin embargo, ni llamaría pesimista ni criticaría a nadie que decidiera abandonar Cataluña para instalarse en una sociedad más sana y saludable para la mente y el espíritu. Más dominada de forma habitual por el “espíritu navideño”. Por ahora no preveo que sea mi caso. Ahora bien, en la medida en que lejos de los santos, no soy lo suficientemente virtuoso para mantener siempre el espíritu todo lo pacificado que desearía en el “ruido de ciudad”, en la selva de la “actualidad” en el sentido descrito por el “ARA”, sí que cada día siento más la necesidad de buscar algún rincón tranquilo para vivir. En nuestro país todavía quedan…

tioDentro de una semana, el día 31, volveré a acompañar a mi hijo al aeropuerto para que pueda llegar en buenas condiciones a trabajar el día 2 de enero a Santiago de Chile. El paso del año 2016 al 2017, lo vivirá sobrevolando el Atlántico en algún punto del camino. ¡Qué diferente será para él estar ya en Chile el día de Reyes, de lo que era vivirlo en casa cuando era pequeño! ¡Qué lejos seguramente aquel espíritu navideño!

Pero hoy todavía es Navidad. Y aunque mi infancia queda lejos y la de mis hijos no tanto pero también, y a pesar de no tener aún nietos jugando con el Niño Jesús y los camellos de los Reyes, este año también he puesto en casa el pesebre, el árbol de Navidad e iluminación propia en el balcón. No sé si mi amigo, que me considera pesimista y se enfadaría conmigo si un día decidiera irme del país harto como estoy del clima social, político y mediático que mina la convivencia, no sé si leerá este post…

Lo lea o no, ya puede ir diciendo, que yo ni me considero pesimista, ni renuncio a la idea de seguir trabajando desde mis posibilidades para contribuir modestamente a hacer un mundo mejor. Y si alguien cree que le resulta más fácil lejos de la toxicidad de Cataluña, se tiene que respetar. Al fin y al cabo, si hay capacidad de generar energía positiva, se genere donde se genere, se beneficia de ella todo el mundo.

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4 comentarios sobre “NAVIDAD Y… EL RESTO DEL AÑO

  1. Josep Maria,
    No s’han de cercar notícies positives simplement perquè sigui Nadal. Crec que hem de saber, SEMPRE, veure la realitat en general i l’ésser humà en particular en tota la seva complexitat, la qual cosa implica no obviar els aspectes positius que, per força, també existeixen.Com vaig dir en un altre context, és una qüestió d’objectivitat, però sobretot d’higiene mental. Una altra qüestió, la que en tot cas determinarà si som optimistes o pessimistes, serà la de ponderar d’una o altra manera el “pes” dels aspectes positius i el dels negatius.
    L’ésser humà no és més que un animalet lleugerament més evolucionat que la resta. Al mateix temps té una espurna sobrenatural en el seu interior. Aquí el terme “sobrenatural” admet amplies accepcions, des de la més espiritual o religiosa a la més prosaica: estar per sobre de la natura habitual dels éssers vius. Únicament així podem entendre les grans creacions de la humanitat: l’art, els grans corrents filosòfics, espirituals o ètics i, fins i tot, l’heroïcitat de la vida quotidiana de tantes persones anònimes. L’home entre àngel i dimoni …. L’evolució ha conduït la natura cap a l’àngel, però les regressions evolutives existeixen, les extincions també. Qui guanyarà? La resposta només la pot donar un optimista o un pessimista. Personalment, com no vull ser ni una cosa ni l’altra, em limitaré a la realitat present.
    PS: Potser m’he allargat massa. Disculpa’m, però el tema m’apassiona.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies pel teu comentari Guillermo. Començo pel final: em sembla molt bé l’extensió del teu comentari. Mira el desastre que és (en la meva opinió) el twitter pel fet d’obligar a expressar una idea o pinió en -crec que- 135 caràcters -o els pocs que siguin-. Al principi vaig rebre forces crítiques per l’extensió dels meus posts. Ara em diuen el contrari… En resum: la llargada que calgui per quedar satisfet sobre el que vols expressar. Per “reprimir” i “capar” la capacitat d’esplaiar-se, ja hi ha la premsa que et limita l’espai del que hi publiques. I els Media… Ja ho veus!. Han d’acabar reconeixent que fomenten el “sang i fetge” per vendre a una població que és el producte que compra!!!
      Pel que fa a l’essencial del que dius totalment d’acord. Fins i tot en el fet de ser o considerar-se optimista o pessimista. Tot i que és molt típic, tòpic i poc original, em considero realista, ni optimista ni pessimista.
      De nou gràcies!

  2. Present dice:

    Fins avui no m’havia pogut posar a escriure una miqueta tranquila desprès de les festes. Molt dens el post de Nadal…!!! no sé si és una mirada enrrera amb certa melangia de la teva vida, una ODA a la pau, al “slow life”, o dissertació massa recargolada sobre amor-pau, optimista-pessimista, bo-dolent, silenci-soroll….

    Tot plegat penso que la reflexió és la que fem la majoria de gent amb certes inquietuts pel comportament humà, o simplement allò que tots voldrien.. cert equilibri entre tot plegat. A mi m’agrada el Nadal, m’agrada aquest esclat de “germanor” encara que sigui puntual, m’agrada la tasca que fan aquests dies tantes persones anònimes ajudant als altres, m’agrada el color dels carrers, m’agraden les Nadales.. i jo seré més simple..: Tots volem el mateix, només fa falta: PASSAR A L’ACCIÓ, i fer de les nostres vides una eina per facilitar la vida dels altres.

    FELIÇ 2017 Josep Mª, segur que serà un gran any, tens la llavor del que necessites per ser feliç.
    Present

    1. josepmariavia dice:

      Matisadament d’acord…

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