ABRAHAM J. STEINBERG

ABRAHAM J. STEINBERG

Este es el título de un texto que escribí en el año 2005 y que firmé con el seudónimo de Gérard de Pouvourville.

Empezaba así:

La vida es como un paseo solitario. Nacemos, vivimos y morimos solos. Por el camino coincidimos, en algunos tramos, con otros caminantes. El problema surge cuando queremos adueñarnos de alguno o algunos de estos caminantes: parejas, hijos, etc. Para conseguir un mundo mejor, basta con quererlos con sinceridad. Pero sin perder la consciencia de la individualidad, la independencia y la libertad sin las cuales nadie podrá encontrar su verdadero camino.”

En un mundo en que todo va muy deprisa y en el que nadie tiene tiempo para pararse a pensar en nada más que lo más o menos inmediato -no pensar es una forma de evitar enfrentarse a uno mismo-, ni en, como decía un compañero hace pocos días, darse el placer de saborear el pasado sin prisa, como quien con los ojos cerrados y respirando de forma lenta y relajada deja impregnarse a través de todos sus sentidos de los aromas del buen vino; en este mundo, la disponibilidad para leer, con algo de suerte, va algo más allá de lo que permite un twitter.

Mis textos son largos. Mis párrafos son largos. Pongo puntos y comas a mi antojo, sin seguir ninguna norma y… quizá en alguna ocasión el lector deba escoger entre no acabar de leer el párrafo o… dejar de respirar.

Cuando empecé este blog, el responsable técnico me decía “tendría que escribir posts más cortos. Son demasiado largos”. En algún momento pensé escribir un post sobre la identidad de los destinatarios de mis escritos: ¿son los demás o yo mismo? Respuesta: somos todos, vosotros y yo. Debo suponer que si me leéis es porque la extensión de mis escritos os parece bien. E imagino que quizá también alguien intentó leer mis escritos, pero lo dejó cansado porque “me enrollo” demasiado.

Últimamente, aquel mismo responsable técnico me decía que este blog está bastante bien posicionado en Google. Y me comentaba que ahora vuelven a apreciarse los posts largos. Y pensé, “como las faldas, va por modas: ahora cortas, ahora largas, otra vez cortas…”. Da igual. ¡¡Yo escribo así y no lo puedo remediar!!

Y todo esto tan largo -que me podría haber ahorrado- para decir que hace tiempo, mucho tiempo, que me planteo colgar en el blog el texto “Mundos superpuestos“. Pero es que ni yo mismo me doy cuenta de que es demasiado largo. Una persona que lo ha leído y a quien le ha gustado me dijo: “divídelo en capítulos, en partes…”. Imagino que es lo que acabaré haciendo. Aunque es un texto que tiene la virtud de enganchar y que apetece leerlo de una tirada.

Y puesto que he pensado que lo acabaré publicando por partes, ¡pues lo amplío! O quizá lo retoco. O incluso lo reinvento. Ahora mismo no sé…

En cualquier caso, esta historia empezó un día del mes de marzo de 2005. Era primavera. Por fin había llegado, después de un invierno que fue lo bastante frío como para parecer más largo de lo que había sido en realidad.

Una mañana de sábado me fui a mi club con la intención de salir a correr un rato al aire libre y disfrutar del sol y del buen tiempo.

Al abrir la taquilla donde guardaba la ropa de deporte, de repente cayeron al suelo un montón de papeles. Los recogí y descubrí que era un manuscrito de Gabriel García Márquez, con quién había coincidido una vez en una cena en Maracaibo, Venezuela, llamada originalmente por los conquistadores españoles Nueva Zamora. Ya veis, justo ahora que se habla tanto de los viajes de ciertos políticos españoles y catalanes a Venezuela, resulta que yo también había ido.

Pero fue antes de que Hugo Chávez protagonizara el golpe de estado contra el buen amigo de Felipe González, Carlos Andrés Pérez de Bricio. Este señor, en febrero de 1989 ejerció una violenta represión que costó la vida a al menos 3000 personas y Felipe González ayudó a su colega en “aquellos momentos críticos” con 600 millones de dólares.

Todo esto que explico no viene al caso, porque no aporta nada a mi relato.  Lo que quiero explicar de esta historia tan larga y que aún no sé cómo hacerlo, gira en torno a un personaje denominado Abraham J. Steinberg.

Se trata de la historia real, o parte de ella, de Abraham J. Steinberg. Debo confesar que no entiendo muy bien mi papel en esta historia. Pero no cabe duda de que me siento muy atraído por la figura de este personaje que no he conocido nunca.

El azar quiso que en una ocasión cayera en mis manos un retrato suyo. Era alto, atractivo y atlético. Elegante y distante. Parecía como si no fuera de este mundo.

Llamaba la atención por la fuerza, intensidad y profundidad de su mirada. Con ojos claros, serenamente tristes, de persona sabia. Denotaba una presencia ausente.

Si ya me sorprendió encontrar dentro de mi taquilla del club el manuscrito de García Márquez, aún entendí menos que entre aquellos papeles escritos en Barranquilla apareciera otro escrito firmado por Abraham J. Steinberg.

Era un texto que conocía muy bien. Hacía 20 años que me lo había entregado Samuel Cesarman en Ciudad de México, a principios de septiembre, durante una cena de celebración del año nuevo judío, en casa de sus padres.

Pasados unos años, regalé estos papeles a R. Kennedy e incomprensiblemente no guardé ninguna copia. Era el verano de 1985 en Cape Code, Massachussets.

El manuscrito de García Márquez empezaba así: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla“. Frase que utilizaría en su libro de memorias “Vivir para contarla“.

Abraham J. Steinberg, en la vida a la que hace referencia el citado texto, era descendiente de la tribu de David y sin saberlo buscaba la “tierra prometida” por Jehová. Tardó muchos años en comprender que lo que buscaba no estaba fuera de él ni lo encontraría en los demás. Tenía que buscarlo en lo más profundo de su ser.

Leyéndolo y mirando su fotografía, sentía que Abraham J. Steinberg no era una persona vulgar. Era un ser excepcional. Era un hombre especial y con un talento extraordinario. Su rostro rebosaba espiritualidad y el juego extremadamente delicado e inquieto de los rasgos de su fisonomía reflejaba una vida anímica extraordinaria, tremendamente interesante, excesivamente agitada, enormemente delicada y sensible.

Sin duda era un hombre que había brillado más que los demás hombres y que poseía la sabiduría, en temas del espíritu, que solo tienen las personas que transcienden. Aquellas personas que parece que no tienen ambición, que no destacan, discretas. Aquellas personas que no quieren brillar, ni convencer a nadie. Aquellas pocas personas que ni siquiera quieren tener la razón.

Parecía mentira que tuviera que arrastrarse por tantas y tantas vidas antes, y que incluso en esta, tardase tanto en descubrir dentro de sí mismo lo que era evidente: que era portador de la Verdad.

De cualquier modo, esta fue la última vida de Abraham J. Steinberg. Y lo que imagino que os expondré sobre él en este u otros posts, os permitirá comprobar que la mayor parte de la misma fue bastante tortuosa.

Hacía décadas que había marchado a América y ya viejo sintió el impulso de volver a Europa de viaje. Un viaje que podría parecer que igual mejor no hubiera empezado nunca… Pero no, contrariamente a lo que podría parecer, no era una mala idea.

Curiosamente, cuando hacía años que las mujeres habían desaparecido de su vida y de su cabeza, en el vuelo hacia Europa le tocó de compañera de asiento una chica judía de Westmount llamada Lucie Bronffman. Era una mujer de una belleza excepcional que debía tener la mitad de años que él y que había decidido vivir en pareja con un indonesio que hacía poco que había conocido. Iba a su encuentro y quería tener hijos.

Estaba más preocupada por su compañero y sus futuros hijos que de sí misma y de lo que ocurría realmente en su interior. Como la mayoría de personas, vivía poco el presente. Lo vivía, pero estaba más pendiente del futuro, más preocupada por garantizar la felicidad del futuro y de unos hijos que todavía no existían y que quizá no existirían nunca.

A Abraham J. Steinberg no le pareció oportuno ser del todo explícito a la hora de contestar a algunas preguntas que le hizo ella sobre su pasado y sobre lo que pretendía hacer en el tiempo que le podría quedar de vida. Sí que le dijo que los años que le pudieran quedar, fueran los que fueran, no tendrían sentido si no los dedicaba a los demás.

Entendió que buscaba una pareja y le explicó la historia de un hombre muy mayor que encontró el amor de su vida cuando creía que la única aventura que le quedaba por vivir era la de la muerte. Una chica jovencísima, casi una niña, con la que tenía que ser un episodio esporádico de amor desenfrenado se transformó en verdadero amor.

Sin saber por qué, esta historia le recordó a Abraham J. Steinberg un episodio de cuando siendo joven y vivía en Europa fue a estudiar a América y conoció a una joven de Barcelona. Por primera vez en muchos años, un recuerdo agradable, romántico, tierno sobre una pasión vivida hacía muchísimos años, en el continente donde estaba viviendo y estudiando temporalmente, le devolvió la imagen de una mujer a su cabeza.

Lo que le impulsó a viajar a Europa fue una fuerza interior extraña que tiraba de él hacia la casa donde había nacido y donde vivió los primeros años de su vida. Pero, de repente, decidió que iría a Barcelona. Nunca había estado ahí.

De repente, aquel viaje que había empezado a regañadientes, sin quererlo, como impulsado por una fuerza interior que le dominaba, adquirió un cierto interés. Pensar en acercarse a la casa familiar le provocaba malas sensaciones, pero la aversión era directamente proporcional a su incapacidad de vencer a la fuerza que le llevaba, sí o sí, hacia su infancia. La idea de visitar Barcelona le dio ánimos. Nunca se habría imaginado lo que le pasaría una vez ahí.

Pero el relato de los hechos acontecidos en Barcelona lo explicaré en otro post, si tengo ocasión.

Tengo que pensar si me veo capaz de dividir la verdadera historia de Abraham J. Steinberg en varias partes más. Por un lado, me es difícil, desde el punto de vista técnico, y, por el otro, mi alma se resiste…

Ya veremos… Una parte de la historia es demasiado previsible y eso le quita interés. Pero, a la vez, lo que le ocurrió a Abraham J. Steinberg, aparte de ser rigurosamente cierto, es de una profundidad y de una intensidad que quizá valga la pena relatarlo.

Tengo que acabar de pensar en cómo hacerlo…

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6 comentarios sobre “MUNDOS SUPERPUESTOS

  1. Pensa, Josep Maria, pensa … esperarem impacients.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies Guillermo. Aviat tindreu novetats del jueu milenari Abraham J. Steinberg…

  2. Me ha gustado el relato y has despertado mi curiosidad.

    Como dijo Salvador Paniker . “ La juventud de un ser no se mide por los años que tiene , sinó por la curiosidad que almacena “.

    Gracias por rejuvenecerme y no tardes en continuar narrándonos la historia de Abraham Steinberg.

    1. josepmariavia dice:

      Muchas gracias por tu comentario Marga. La verdad es que este post, con los que le seguirán, son una novedad en este bloc. Si he logrado suscitar tu curiosidad me doy por satisfecho.
      No tardaré en seguir con las andanzas de Abraham J. Steinberg. Habrá de todo, cosas bonitas y otras un poco más duras, como siempre en la vida…
      Por cierto me encanta Paniker!

  3. Segueix Josep M. No et resisteixis i fes-nos aquest regal.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies pels ànims. Seguirà. Potser fins i tot i interposo un post curtet sobre un tema que m’ha agradat i que, en el fons, esta relacionat amb la història del personatge de “Mons suoerposats”

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