lavandaLa casa de Agnès en la Provenza era antigua, de piedra milenaria, preciosa. Paz, silencio, vistas preciosas sobre campos de lavanda…

Como decía el propio Abraham J. Steinberg (ver post anterior), estaba preparado para la etapa final de todas las etapas y el reencuentro con Agnès simbolizó aprobar la gran asignatura pendiente que le había llevado a tener que transitar por tantas existencias. No vivió únicamente en paz y armonía el amor con ella, sino todo lo que representaba esta relación, como epílogo de un proceso que llevó a nuestro hombre a ser capaz de elevar el amor hacia Agnès y hacia la humanidad a un nivel superior. Le llevó a comprender definitivamente el sentido de la vida y de la muerte.

Recordemos también que Steinberg decía que una vez alcanzada la paz, era indiferente vivir en un lugar o en otro. Sin embargo, eso no quita que la intuición de Agnès al proponerle la Provenza como lugar para vivir tuviera muy presente las características de la naturaleza humana. Por mucho que se haya avanzado en el camino hacia la Verdad, en el reencuentro con la propia existencia, por mucho que la madurez espiritual resista en cualquier entorno, teniendo todo esto en cuenta, la Provenza suponía una garantía adicional, probablemente innecesaria, pero era un lugar facilitador. De hecho, Abraham J. Steinberg todavía era un humano sometido a la debilidad propia de los de su especie.

Lo que atrajo a Agnès, ya hacía años, hacia la Provenza fue, entre otras cosas, la figura y la obra de Frederic Mistral. Un caso curioso: francés atípico -había llegado a hablar de independencia de la tierra del idioma provenzal, lengua del idioma occitano-, fue Premio Nobel francés de literatura sin escribir en francés. Este hecho, en un país tan chovinista y jacobino, causó sorpresa en los círculos literarios, mientras consagró el provenzal como lengua literaria y fue decisivo para evitar su desaparición. Al mismo tiempo que Mistral recibía el Premio Nobel, los profesores todavía pegaban a los niños en las escuelas cuando durante el patio hablaban provenzal.

Su poema épico “Mirèio” es tan brillante que dejó desconcertados a los críticos parisinos que ya daban por muerta la lengua occitana. Pero es que hasta los más críticos tuvieron que admitir la grandiosidad y sobre todo la belleza de este poema lleno de ingenuidad: en las cosas simples a veces se pueden encontrar los mejores estímulos.

Curiosamente “Mirèio”, poema que siempre conmovió a Agnès, evocaba en parte –solo en parte- lo que ella y Abraham J. Steinberg se disponían a compartir.

La obra narra una historia de amor imposible entre dos jóvenes de origen social muy distinto y una muerte por amor. Ni la condición social de Agnès ni la de Abraham eran un problema y la muerte definitiva de Abraham J. Steinberg no sería por amor, pero tuvo unas características remotamente evocadoras de la muerte de Mireya, hija de unos campesinos ricos de Les Baux-de-Provence a la que sus padres impidieron que se casara con Vincènç, un joven pobre.

Ante este hecho, Mireya huye de casa y atraviesa la Camarga con el objetivo de llegar a Saintes-Maries-de-la-Mer para implorar a las santas que su familia acepte la decisión.

Durante el viaje, sufre una insolación debida al calor, se deshidrata y al final del camino se le aparecen las santas que le presentan la felicidad del Otro Mundo. Antes de que su familia la encuentre, se deja ir suavemente hacia la muerte, de forma agradable, confiada y tremendamente serena, abandona su cuerpo…

Abraham J. Steinberg, por su parte, siempre estuvo interesado por la obra y, sobre todo, por la vida de Vincent van Gogh. Una vida torturada y corta de solo 37 años.

Hijo de un pastor protestante, vivió atormentado por la angustia y las pasiones humanas. Trabajó en galerías de arte en La Haya, en París y en Londres y su vida estuvo llena de fracasos sentimentales. Las dificultades para encontrar su vocación profesional en realidad simbolizaban su incapacidad para simplemente vivir y ser feliz. Si a Abraham J. Steinberg le hubieran dicho que se había encarnado en van Gogh en una vida anterior no le hubiera extrañado. Van Gogh no pudo morir en la Provenza. Abraham J. Steinberg, como Mireya, sí.

Van Gogh sintió primero la necesidad espiritual de entregarse a los demás. De hecho, siempre había querido ser pastor, como su padre, y fue a estudiar teología en Ámsterdam, pero no lo logró. De ahí se fue a la Escuela de Evangelización Práctica de Bruselas, de donde le enviaron a una zona minera muy deprimida y paupérrima. Acabaron expulsándole de la Escuela por exceso de implicación con los mineros, a los que daba todo lo que tenía para poder vivir de forma más pobre que ellos.

Perdió la fe y deambuló por Francia y Bélgica, que es cuando empezó a pintar. Después de fracasar en una nueva relación sentimental con una prima, se enamoró por compasión de una prostituta y acabó viviendo con ella y sus hijos, dedicándose a dibujar y pintar.

En París descubrió el impresionismo y el arte japonés. Su hermano -marchante de arte y persona determinante en su vida- le puso en contacto con Pissarro, Seurat, Gauguin, Bernard, Toulouse-Lautrec y, en este ambiente, empezó a redefinir su estilo, encaminándose desde la oscuridad hacia la claridad y los colores vivos y se vio seducido por la idea de trasladarse a Arles, a la soleada Provenza, donde emergió como artista y vivió de forma negativa una soledad no deseada, enloqueciendo cada vez más.

Primero ingresó en el hospital de Arles y, posteriormente, en el psiquiátrico de Saint-Rémy-de-Provence, donde durante un año pintó sin parar, en un período caracterizado por la pérdida progresiva de contacto con la realidad y una terrible sensación de tristeza permanente y de melancolía.

Asediado por sentimientos de culpa, entre otras cosas por considerarse un mal artista, se quitó la vida con un disparo de pistola.

Con menos de 10 años de dedicación a la pintura tuvo suficiente para ocupar un lugar entre los genios de la historia del arte, siendo imposible imaginar cuál habría sido su aportación si no hubiera puesto fin él mismo a su trayectoria humana y artística.

Vincent-van-Gogh¡Qué diferentes las formas de morir de Mireya y de van Gogh! Dos almas abandonando sus respectivos cuerpos con destinos visiblemente diferentes…

Abraham J. Steinberg constataba que la belleza extrema de la Provenza, lejos de darle paz a van Gogh, no pudo invertir el sentido de una vida horrible. Esto reforzaba la idea de que aunque viviera en el lugar más terrible, su paz interior ya no se vería alterada. Pero coincidía con Agnès en que la Provenza, igual que decoraba maravillosamente el amor que les unía, en la medida en que era el símbolo de la superación de vidas y vidas mucho peores que la de van Gogh, se volvía un lugar ideal para alcanzar la muerte definitiva.

Pasaron juntos 15 años maravillosos. Paseos por paisajes encantadores, galerías de arte, anticuarios, pueblecitos preciosos, veladas de profundos intercambios…

Finalmente, llegó el momento de romper para siempre aquel ciclo de vidas y muertes. Su hora, la que había esperado sin saberlo durante siglos, el Gran Momento, había llegado. Lo intuyó y se sintió feliz.

Era primavera. El día había sido soleado y al atardecer Agnès le dijo a Abraham:

-Querido, hace días que noto que se acerca el momento. Es así, ¿verdad?

-Sí, Agnès. El momento ha llegado. Muchas gracias. No sabes lo mucho que te quiero. Gracias, gracias, gracias.

El sol también empezaba a marcharse y Abraham le pidió a Agnès que le acompañase a la sala de estar. Una estancia bonita, bien decorada y amueblada. Pinturas, obras de arte, objetos antiguos, entre los cuales había dos sofás y dos butacas. Abraham se estiró en uno de los sofás y le pidió a Agnès que se sentase en una butaca, cerca de él. Le cogió la mano y mirándola a los ojos, le dijo:

-Voy a reclamar la presencia de Anuar Menaziz y también quiero sentir la tuya. No la física. Tu luz. La misma que me ha permitido conectar con la Luz y que nuestros espíritus sean uno, unidos en el Todo hacia el que me encamino.

-Aquí estoy, Abraham. No sé cuándo acabará esta vida de ahora. No sé si será la última. Aunque siento que sí…Lo que no entiendo es porqué no podemos irnos juntos.

Abraham J. Steinberg sonrió y le dijo:

-Agnès, te queda un último trabajo muy importante por realizar antes de irte. Será tu última existencia y pronto vendrás con todos nosotros. Sin embargo, antes alguien te necesitará aquí…

-Intuyo alguna cosa, Abraham. Sé que pronto nos fundiremos en la Luz para siempre. De hecho, ya nunca dejaremos de estar juntos…

Anuar, una vez más, respondió a la llamada de Abraham J. Steinberg. No le asistiría en la muerte física, como pasó hace siglos, pues hacía tiempo que él había acabado su ciclo de vidas humanas. Pero acompañaría a su espíritu en el tránsito. Ellos dos con Agnès compartieron juntos el momento final.

Me preparé para abandonar mi cuerpo lenta y suavemente. La salida fue placentera y poco a poco me fui acercando a aquella luminosidad que me había recordado el reflejo del sol y de la luna en la nieve del pequeño jardín de casa, en alguna existencia anterior.

Pero esta claridad era la de la Verdad. Las otras eran un sucedáneo. Comprendí que cuando las vi desde mi casa, me evocaron muertes anteriores.

Pero nunca había estado preparado para integrarme en ella definitivamente. ¡¡¡Ahora, por fin, SÍ!!!”

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2 comentarios sobre “MUNDOS SUPERPUESTOS (7). LA LUZ ETERNA

  1. Josep Maria,
    Degut al meu retard en la lectura dels posts, et comentaré globalment els dos darrers en el proper, que acabo igualment de llegir. Vull deixar-te, però, un petit regal que espero que t’agradi tant com a mi. Es tracta de la cançó “Vincent” (Starry nigth) dedicada per Don McLean a Van Gogh amb diapositives de les seves pintures: https://www.youtube.com/watch?v=Ei0ThYOY0_4

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies Guillermo. I tant que m’agrada!!!

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